Lecturas Dominicales

Tras la voz de María Callas

La exposición 'María por Callas' rememora la vida de la gran soprano. Una vida llena de tragedias.

María Callas

Este mes se cumplen cuarenta años de la muerte de la gran soprano, para muchos la mejor.

Callas, en su casa de Milán. 1958.

Foto:

©Fonds-de-Dotation-Maria-Callas

10 de diciembre 2017 , 10:00 a.m.

La trama de la historia se desarrolla en La Seine Musicale, el gran espacio cultural inaugurado hace poco en el suroeste de París. Allí, en medio del río Sena, se le está rindiendo homenaje a la soprano assoluta, a la inmensa María Callas, que murió el 14 de diciembre de 1977, precisamente en la capital francesa. Durante un recorrido de ochocientos metros cuadrados, es la voz de María, de la diva, la encargada de conducir al espectador por su vida y obra.

En un primer video, la artista comienza por contar que su nombre completo era María Anna Cecilia Sofia Kalogeropoulos, que nació en Manhattan el 2 de diciembre de 1923 y que fue su padre, George, quien cambió su apellido por Callas, al llegar a Estados Unidos. Los Kalogeropoulos dejaron Meligalas, Grecia, en agosto de 1923, cuando María estaba aún en el vientre de su madre. Sus padres buscaban olvidar el dolor de haber perdido a su único hijo, Basile, de tres años. Fue en Nueva York donde Evangelia, madre de María, empezó a darse cuenta de las aptitudes musicales y vocales de la niña, y la inscribió en clases de piano con la esperanza de que un día alcanzara la gloria y dinero. María tenía nueve años. “Ella decidió hacer de mí, lo más pronto posible, una niña prodigio. Es así como, a mis once años, dejé de lado los libros y comencé a acercarme a las angustias y esperas interminables de los concursos, a los que estaba regularmente inscrita”.

Hacia 1937, los padres de María se separaron. Evangelia regresó con sus dos hijas a Grecia, y allí María ingresó al Conservatorio de Atenas, donde trabajó incansablemente para desarrollar sus capacidades vocales y sus cualidades dramáticas. Su profesora Elvira de Hidalgo, sorprendida por la capacidad vocal de su alumna –cubría casi tres octavas–, se dedicó a enseñarle la gran tradición perdida del bel canto. Para ese momento, sin embargo, todavía no había ni un asomo de la diva que sería más tarde. Al contrario, el carácter de María era el de una chica amilanada. “Mi hermana era delgada, bella y atractiva, de modo que mi madre la prefirió siempre antes que a mí. Yo era un patito feo, gorda, torpe, marginada. Es cruel para un niño sentir que no es deseado. Nunca le perdoné haberme robado mi infancia”. A los 21 años, María cortó la relación con su madre y se embarcó sola y sin dinero a Nueva York. “No se trataba únicamente de coraje o inconsciencia de juventud. Era algo más profundo: un instinto, una confianza infalible en que la divina protección no me abandonaría jamás”. En esa etapa ya sabía cómo podía ser su carrera: había firmado sus primeros contratos y conquistado aplausos con Tosca, aunque también había sido excluida del Teatro de Atenas porque despertaba las más fieras envidias por su talento.

Su profesora Elvira de Hidalgo, sorprendida por la capacidad vocal de su alumna –cubría casi tres octavas–, se dedicó a enseñarle la gran tradición perdida del bel canto

Ya en Nueva York, audicionó en el Metropolitan Opera, pero rechazó los papeles que le ofrecieron: Fidelio, porque no quería cantarlo en inglés, y Madame Butterfly, porque estaba convencida de que era una “regordeta” y no le iría bien en ese rol. María no tardó en regresar a Europa. Sólo que esta vez se mudó a Verona, donde conoció a Giovanni Battista Meneghini, un industrial apasionado por la ópera y veintiocho años mayor que, además de cortejarla, tomó la carrera de María en sus manos.

En este punto de la exposición empieza a aparecer la mujer de carne y hueso, tan parecida a las heroínas que interpretaba, dispuestas a darlo todo por amor. En una carta fechada el 22 de septiembre de 1947, María le escribió así a Meneghini: “Mi Battista, te he dado todo, todo, todo mi amor, hasta el más pequeño pensamiento. Vivo para ti. Tu voluntad es la mía, hago todo lo que quieres, pero no encierres este amor en un clóset. Intenta amarlo. Ninguna mujer puede amarte más que yo. Tú me tienes y me tendrás por siempre. No lo olvides. Lo supe ayer, no puedo vivir sin ti”.

María Callas

Gira en Alemania. 1962.

Foto:

©Fonds-de-Dotation-Maria-Callas

En la exhibición –diseñada por Tom Volf– pueden oírse grabaciones oficiales y también piratas que se hacían de sus presentaciones y que Callas adoraba recibir cuando sus seguidores se las enviaban a su casa. “¡Dios, qué bien que canté!”, solía decir. Según ella, su interpretación en los estudios de grabación nunca era tan exquisita como en los teatros. Entre estos discos se encuentra, por ejemplo, su voz en I Puritani, Isolda y Turandot, en Venecia, que le abrió las puertas de la mayoría de los teatros de Italia y, principalmente, de Florencia, donde interpretó por primera vez Norma, su rol emblemático, que le permitía mostrar plenamente su maestría técnica y su intensidad dramática.

El 21 de abril de 1949, María, ortodoxa y no practicante, se casó con Meneghini, que era católico, en una ceremonia simple. Luego comenzó una gira por Argentina, México y Londres, donde sus representaciones de Norma, Aída, Tosca, Medea, Leonora, Carmen y El trovador suscitaron el entusiasmo de críticos y público. El nombre de María Callas empezaba a tener altura internacional. Pronto iba a llegarle la más alta prueba y, a la vez, su coronación: la inauguración de la temporada lírica de La Scala de Milán. “Tenía la impresión de pasar el examen más difícil de mi vida. Pero la acogida que el público milanés le dio a mis Vêpres Siciliennes, bajo la dirección del maestro De Sabato, me fue suficiente para liberarme de mis dudas. Orgullosa de haber conquistado al público más exigente del mundo, me lancé a Armida, de Rossini –que tuve que aprender en cinco días–, cerré la temporada en Roma con I Puritani y me embarqué a México, donde cantaría Lucía, una ópera muy difícil que quería probar en el extranjero antes de insertarla en mi repertorio italiano”.

“¡Dios, qué bien que canté!”, solía decir

De ahí en adelante su carrera fue un puñado de éxitos. No sólo por su indiscutible talento, sino por el “efecto Callas” que empezó a generar. Audrey Hepburn se convirtió en su ideal de belleza, adelgazó y comenzó a frecuentar a Biki, la costurera más famosa de Milán. Esbelta y con aires de diva, subió de nuevo al escenario de La Scala el 7 de diciembre de 1954, y deslumbró con el rol principal de La Vestale. Al mismo tiempo comenzó a protagonizar escándalos por incumplimiento de contratos, caprichos y disputas con los equipos de los teatros. Una de las piezas que se exhiben en la exposición es un pequeño cuadro al óleo de Cignaroli en el que se representa una madona. Pues ese cuadro, que fue un regalo que Meneghini le dio cuando presentó por primera vez La Gioconda en Verona, debía ir con ella a todas partes. Si no estaba en su camerino, ella no cantaba.

Callas empezó a ser el centro de atención de los medios. Llevaba una vida agitada junto al jet set que le valió, en julio de 1959, una invitación para irse de crucero en el yate Christina O, con el magnate griego Aristóteles Onassis. María terminó tan enamorada de él, que decidió divorciarse de su esposo. “Aristo, mi amor –le escribió–. Te amo en cuerpo y alma, y mi único deseo es que tú sientas lo mismo. Me siento privilegiada de haber llegado al más alto nivel de una dura carrera, y doy gracias a Dios de haberte puesto en mi camino. (…) Trata, te lo ruego, de mantenernos juntos por siempre porque necesito de tu amor y tu respeto. (...) Soy tuya. Haz de mí lo que quieras. Tu alma, María”.

María Callas

Callas y Onassis.

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María Callas

En vacaciones, con Pasolini.

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María Callas

Gira de despedida con Di-Stefano. 1973.

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María Callas

Gala de la Legión de Honor, París. 1958.

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María Callas

En Nueva York. 1961.

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Esa carta está fechada en enero 30 de 1968 y ese precisamente es el año que marca el declive de la diva: es cuando Onassis, el amor de su vida, la traiciona y se casa con Jackie Kennedy. “Lo que es peor es que él no me dijo nada de su matrimonio –relataba Callas–. Creo que me lo debía después de nueve años a su lado. No debí haberme enterado por los periódicos”.

Tras el matrimonio de Onassis, María no cantó más la tragedia: la vivió en carne propia. “En la ópera interpreté con frecuencia a heroínas que mueren por amor. Es algo que puedo comprender. Yo habría hecho lo mismo en su lugar”. Devastada y sin su carrera –en 1965 le dijo adiós a la ópera, luego de interpretar una última Tosca en Londres, frente a la reina Isabel– lo único que le quedaba era reaccionar con orgullo y sobrevivir. Llegó un nuevo amor: Pier Paolo Pasolini. Y un nuevo reto: el cine. Encarnó a Medea. Pero su romance con el director italiano duró lo mismo que el rodaje. Las últimas palabras del personaje que caracterizó en la cinta fueron una profecía: “Ya nada es posible”.

Con 47 años, Callas hablaba de la ópera como algo del pasado. Su único contacto con ella era a través de la escuela Juilliard, en Nueva York, donde durante dos años condujo una serie de masterclass para “transmitir mis conocimientos del bel canto a los jóvenes artistas”. Cantaba para enseñar. Y fue precisamente gracias a esa experiencia que retomó la confianza en sí misma. Su amigo y tenor Giuseppe Di Stefano la convenció de llevar a cabo una gran gira de conciertos. María Callas volvió a las tablas, desde Londres hasta Tokio. Pero fue un regreso que se convirtió en el adiós definitivo. Y en el nacimiento de la Callas inmortal.


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