Lecturas Dominicales

'Estoy menos pesimista': Mario Vargas Llosa

El nobel habló de su nueva novela, del proceso de paz colombiano y del sufrimiento de escribir.

Vargas Llosa

Vargas Llosa ha publicado dieciocho novelas y ha ganado el mayor reconocimiento literario. Sin embargo, dice que cada día le cuesta más trabajo escribir.

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Ralf Pascual. Cortesía Revista Bocas

17 de marzo 2017 , 05:03 p.m.



La publicación de 'Cinco esquinas', la novela más reciente de Mario Vargas Llosa, coincidió con la celebración de sus ochenta años. Es un libro de una rara vitalidad: comienza con una escena de sexo entre mujeres que sorprende, antes que nada, a las participantes, y se dedica enseguida a explorar un episodio oscuro de los años de Fujimori: el uso del periodismo para calumniar, chantajear o perseguir. En ese péndulo, entre los espacios más íntimos y la corrupción del mundo público, se mueve la historia.

Cuando hablé con él, Vargas Llosa me dio una noticia: escribir no se hace más fácil con el tiempo. 'Cinco esquinas' le había costado tanto sufrimiento, tantas incertidumbres y tantas dudas como cualquiera de sus novelas. “Pero si no fuera así”, me dijo, “escribir novelas se convertiría en una rutina. Y eso sí que sería terrible”.

El Doctor, el personaje más espeluznante de la novela, usa el periodismo amarillista para mantener a raya a sus críticos. Aunque nunca aparezca su nombre, los lectores vemos en él a Vladimiro Montesinos, el hombre en la sombra de Fujimori. ¿Cómo funcionaba esto?

El periodismo amarillo fue utilizado políticamente por Montesinos de una manera sistemática. Yo creo que es la primera vez, por lo menos en la historia del Perú, que una dictadura ha utilizado ese periodismo como un instrumento de coerción, de chantaje, para silenciar a los críticos o castigarlos, bañándolos de mugre. Es decir, lanzando campañas que los desacreditaban. Montesinos consiguió crear una especie de psicosis entre los opositores: muchas veces no actuaban por el temor de verse enfangados en escándalos por esta prensa inmunda. Montesinos la financiaba y se jactaba de poner él mismo los titulares: decía que era muy buen cabecero. Era un montaje muy profesional. Al principio, la novela iba a ser fundamentalmente sobre eso. Pero luego, como nos ocurre cuando escribi.mos novelas, van surgiendo cosas, se va diversificando la historia.

Ya habías explorado el asunto en algunas páginas de 'El pez en el agua'. Tú mismo fuiste víctima de esa guerra sucia durante la campaña presidencial.

Efectivamente. Este periodismo ha existido siempre: a veces con más categoría, a veces de una manera mucho más vulgar. Pero la novedad era que por primera vez esto se utilizaba de manera industrial, profesional. Montesinos pagaba a los periodistas, pagaba los pasquines; muchas veces, para evitar acciones judiciales, los pasquines chantajistas salían durante una o dos semanas y luego volvían a salir, pero con el título cambiado. Y todo esto lo montó él mismo: compraba periodistas de radio, de televisión… Eso envileció mucho el periodismo.

Pero la novela no comienza con esas escenas de corrupción pública, sino con una escena privada: una de sexo entre dos mujeres casadas que, en principio, no tenían ninguna inclinación homosexual. Son dos mundos que parecen existir sin tocarse, y sin embargo aquí están relacionados por la política.

Hay una explicación para lo que ocurre con estas dos señoras. Probablemente, en circunstancias distintas de las que vive el Perú en esa época —terrorismo, psicosis, secuestros, toque de queda que duró meses—, lo que les ocurre no les hubiera sucedido. Lo curioso de ese encierro forzoso que vivían los peruanos, y sobre todo los limeños, es que hizo que se exacerbaran las relaciones sexuales. La gente buscaba un desfogue, una especie de liberación a través del sexo de esa claustrofobia que se vivía con el toque de queda, que te tenía diez, doce horas encerrado en la casa, y te obligaba a salir rápidamente de los sitios o a quedarte a dormir toda la noche. Eso distorsionó e intensificó tremendamente la vida sexual de la gente. Fue una de las consecuencias inesperadas de lo que vivió el Perú en esos años.

Los personajes de 'Cinco esquinas' tienen un largo linaje en tu literatura: Juan Peineta, fracasado recitador de poesía, es una especie de heredero de Pedro camacho, el autor de radionovelas de 'La tía Julia y el escribidor'. El Doctor nos hace pensar en Cayo Mierda, el poder en la sombra de 'Conversación en La Catedral'.

Pues sí, es verdad. No lo había pensado, pero tienes razón: Juan Peineta y Pedro Camacho están emparentados. En cuanto al Doctor y Cayo Mierda, también es verdad, pero eso no es raro: todos los dictadores tienen un hombre en la sombra, el que se baña de mugre, el que practica el terror, el que tortura, organiza los asesinatos… El hombre fuerte, que garantiza la seguridad y adquiere por eso un poder extraordinario. Siempre tienes, detrás de un dictador, personajes como Cayo Mierda o Montesinos. Ahora bien, si tú lo comparas con Montesinos, Esparza Zañartu, el de Conversación en La Catedral, es una especie de pigmeo. Montesinos tenía un vuelo extraordinario. Sentía que el Perú le quedaba chico a su ambición desmedida, y robó como nunca se ha robado en el Perú. Durante esos diez años robaron de una manera tan absolutamente vertiginosa… y no han devuelto nada. De los 6.000 millones de dólares que se robaron, se han recuperado unos 140 que devolvió Suiza. Esa fortuna inmensa está esperándolos para cuando salgan de la cárcel.

¿Puede 'Cinco esquinas' ser un comentario sobre el Perú actual, con el congreso dominado por el fujimorismo, Keiko peleando elecciones, una petición de indulto a Fujimori que se llegó a considerar seriamente?

Felizmente, Humala ya dijo que no, y también Pedro Pablo Kuczynski. Mi esperanza es que Fujimori se quede en la cárcel cinco años más. Es una cárcel dorada, pero cárcel al fin y al cabo. ¿Y sabes qué creo? Que el fujimorismo, como todos los partidos que son la estela de una dictadura, comienza ya a deshacerse. Todos los dictadores han dejado sus partidos políticos. Sánchez Cerro dejó la Unión Revolucionaria, Odría dejó el Partido Nacional Odriísta, Velasco dejó el Partido de velasquistas… todos se han desintegrado. El fujimorismo se ha mantenido vivo por la cantidad de recursos que tenía. Pero yo creo que esta nueva derrota —ojalá no me equivoque— será el principio del fin para el fujimorismo.

La Retaquita, ese personaje bellísimo, es el único capaz de enfrentarse a la maquinaria del amarillismo. No pude dejar de ver en ella una especie de “héroe discreto”, como se titulaba tu anterior novela.

Es exactamente eso. Con ella me ocurrió algo que es muy bonito: de repente un personaje se empieza a crecer. Iba a ser más bien secundario y se te vuelve protagonista, se te va imponiendo, y al final la Retaquita se convierte en la gran protagonista de la historia. Pero lo que dices es la pura verdad. Hay un fondo de decencia en ella que la hace resistirse a ser vejada. De pronto decide jugársela, y se convierte en una especie de heroína: discreta, pero heroína. Y tal vez ese sea el verdadero heroísmo, ¿verdad? No el de un minuto en un campo de batalla, que puede ser un acto irreflexivo empujado por las circunstancias. Es mucho más importante, más duradero, el acto de un personaje discreto que se juega entero y con.sigue efectuar un cambio en las circunstancias políticas. Esos héroes discretos son los verdaderos héroes.

Tus últimas novelas se preocupan por rescatar esos fogonazos de decencia en un mundo corrupto. ¿A qué crees que se deba?

Quizás a que estoy menos pesimista que antes respecto al futuro del país y de América Latina. Tengo la impresión de que las cosas empiezan a ir en la buena dirección. En el Perú, desde la caída de la dictadura en el año 2000, las cosas empiezan a ir bien. Hay una democracia que está funcionando: con todos los defectos, pero está funcionando. Hemos tenido ya cuatro gobiernos elegidos en elecciones más o menos limpias, y han mantenido una política económica más o menos homogénea. Mi impresión es que la era del populismo frenético está terminando. Hay que ver lo que ha pasado en Argentina o en Brasil, con esa revolución de gente harta del populismo… En Venezuela ya parece muy difícil que el régimen vaya a sobrevivir a la catástrofe que están padeciendo. En Colombia hay un proceso que parece traer la paz por fin, después de decenas de años… Parece que el continente va en una buena dirección, y quizás eso se refleja en estas novelas, menos apocalípticas que las que escribía yo al principio.

Con esta, has publicado 18 novelas. Desde 1962, cuando apareció 'La ciudad y los perros', ¿cómo te parece que haya cambiado el lugar de la novela en nuestras sociedades?

Es una pregunta interesante. Si piensas en América Latina, hay hechos que son muy positivos: un público muy numeroso para la novela latinoamericana, mucho más de lo que había cuando yo comencé a escribir. Ahora hay una mayor integración con España; hay escritores latinoamericanos que circulan prácticamente en todo el ámbito de la lengua. Pero también hay un aspecto negativo: la aparición de esa subliteratura del best-seller, literatura de puro entretenimiento, de consumo rápido. De alguna manera, esa literatura distorsiona el gusto, porque se impone a base de publicidad, y eso le cierra espacios a la literatura verdaderamente creativa. Es algo que tiene que ver con la civilización del espectáculo: es un rasgo de nuestro tiempo y América Latina no se puede librar. Por otra parte, la América Latina de hace treinta o cuarenta años era conocida por ser el continente del realismo mágico; ahora, esa tontería se ha acabado. Hay una gran diversidad en nuestra literatura y la caricatura ha desaparecido.

Hace unos años, en Santillana del Mar, dijiste algo que me interesó mucho. Dijiste que antes pensabas que lo importante en las novelas no eran los temas, sino su tratamiento. Y habías cambiado de opinión: ahora creías que el tratamiento es definitivo, por supuesto, pero que sí hay temas más importantes que otros.

No lo recordaba, pero así fue. Es inexacto decir que lo único que importa en una novela es el tratamiento de la historia. Eso es fundamental, desde luego: sin un tratamiento creativo, ninguna historia funciona. Pero al mismo tiempo hay historias más importantes que otras. Se pueden escribir obras maestras con historias absolutamente marginales, que no involucran a nadie más, pero hay temas que tocan un denominador común, y por eso esas novelas —el Quijote, La guerra y la paz, Proust, Conrad— nos parecen expresar de manera más rica y matizada la complejidad de los seres humanos. Por supuesto que hay obras malas sobre grandes temas. Pero si das un tratamiento original en la forma (el lenguaje, la estructura) a una historia llena de riqueza, pues esas son las obras maestras de la literatura.

Acabas de hacer un viaje a Israel y a los territorios ocupados, y nos trajiste noticias más bien desconsoladoras.

Fue una experiencia dolorosa, porque la situación se ha agravado. Es muy difícil pensar que la solución de los dos Estados, de la que se sigue hablando retóricamente, pueda implementarse en algún momento. A no ser que hubiera una buena voluntad de ambas partes de deshacer todo lo que se ha hecho. Es trágico, y no solo para los palestinos: este estado de las cosas está perjudicando tremendamente al propio Israel. Una política colonial siempre tiene efectos graves, no solo sobre el colonizado, sino sobre el colonizador. Afortunadamente hay un sector todavía grande, que no gana elecciones pero que está ahí, que mantiene la lucidez y la vocación democrática, que se opone a los abusos que se cometen contra los palestinos y a las políticas de este gobierno. Es el más reaccionario que ha tenido Israel en toda su historia, en buena parte por la presencia de los partidos religiosos: son pequeños, pero le dan la mayoría a Netanyahu, y ahora imponen, sobre todo en los asentamientos, una política cada vez más agresiva.

Hablaste con Amos Oz y con David Grossman, que son novelistas. Me interesa esto porque se relaciona con lo que pasa en Colombia, donde me pregunto todos los días, en el marco de nuestro proceso de paz, qué papel puede jugar la ficción.

Un papel muy importante. Es muy importante que haya un poco de imaginación, que supuestamente es lo que hacemos nosotros, en un proceso como el de Colombia, donde se está tratando de revertir una situación que tiene más de medio siglo. Y en segundo lugar es importante que haya un lenguaje capaz de expresar realmente verdades e ideas que no sean las del estereotipo y los lugares comunes del político y el politicastro. Un escritor, un intelectual, tiene una función en las situaciones críticas como la que vive Israel y, de un modo muy distinto, Colombia. La idea del compromiso, que tanto despreciaban los intelectuales, está muy vigente ahí. No hay que pensar que va a cambiar el mundo con una poesía o con una novela, pero el compromiso sí tiene una razón de ser: que en la literatura que hagamos se reconozca la gente.


Especial para LECTURAS
*Juan Gabriel Vásquez es escritor. Su última novela es La forma de las ruinas, que se está traduciendo a más de diez idiomas.

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