Lecturas Dominicales

Cuando el duelo llega a los niños

Entrevista a la doctora Elsa Lucía Arango sobre su nuevo libro '¿Cómo es el cielo?'

Elsa Lucía Arango

Este libro ofrece herramientas a los adultos para que puedan acompañar mejor a los niños y a los jóvenes en un proceso de duelo.

Foto:

Sebastián Jaramillo.

08 de julio 2018 , 08:45 a.m.



En este tema las preguntas son muchas. Y las respuestas no suelen estar a la mano. ¿Cómo acompañar a un niño cuando un ser querido se ha ido? ¿Cómo ayudarlo a llevar el dolor? Cómo decirle qué pasó, por qué; cómo apoyarlo y ofrecerle esperanza. Muchas veces, con la intención de evitarles la tristeza, los adultos dan pasos en falso que tarde o temprano tienen consecuencias. Los efectos de un duelo mal elaborado resurgen. Siempre. Por eso para el adulto es clave entender cómo apoyar al niño y, al mismo tiempo, cómo pasar su propio duelo. La doctora Elsa Lucía Arango, autora de Experiencias con el cielo y Mundos invisibles –dos libros que se ubicaron en los primeros lugares de los más vendidos–, acaba de publicar ¿Cómo es el cielo?, que busca “facilitar la comprensión de los procesos de muerte y duelo tanto por niños como por adultos”. Con ilustraciones de Ángela Peláez y la colaboración de la psicóloga Annie de Acevedo, el libro desarrolla el tema por medio de la historia de dos niños que han perdido a un ser querido, e incluye una guía para los adultos que vayan a acompañar la lectura.

Tenía la idea de este libro desde hace varios años. ¿Por qué?

Porque veo que muchas personas adultas guardan traumas sobre la muerte, ya sea porque les tocó vivir un duelo siendo niños y nadie los acompañó a llevarlo, o porque les hablaron de la muerte como un tabú. Recuerda que hace veinte o treinta años la muerte era algo que aparecía a diario en los noticieros. La veías en todas partes y no entendías qué pasaba. Los niños, que luego fueron adultos, llegaban a mi consulta con muchos traumas de lo que les tocó vivir. Hoy no tenemos el mismo nivel de violencia, pero esto sigue pasando. La muerte es traumática y mi propósito no es quitarle ese trauma que trae per se. El trauma es una forma como el alma va refinando el carácter: o te rompe, o te vuelve más sabio. Pero si los adultos no sabemos enfrentar la muerte, tampoco podemos enseñarles a los niños a hacerlo. El libro busca darles herramientas a las familias para que puedan pasar el duelo y sanar la tristeza que deja la pérdida de alguien que se va, entendiendo que la muerte no es el final. Es el fin del cuerpo físico, no de la relación.

¿Cuál es el principal error del adulto a la hora de acompañar el duelo de un niño?

Querer evitarle el dolor. Esto únicamente lo posterga y lleva a que el niño se entere solo de lo que pasó, o lo haga a través del peor conducto y cuando no está con red de apoyo. Le dicen “vete a jugar”, “vete al cine”. Le ocultan. Sin permitirle estar en el momento de la muerte de su ser querido, ni ver el cadáver, ni hacerle una oración. Solo se entera de que esa persona no está. No puede procesar su tristeza porque, además, se da cuenta de que si lo lamenta va a causar más dolor. Porque obviamente el niño está percibiendo el dolor. No es tonto. Le toca hacer el duelo en silencio, con rabia. O sea, un mal duelo.

El trauma es una forma como el alma va refinando el carácter: o te rompe, o te vuelve más sabio.

Tal vez se oculta en un intento de cuidar al niño…

¿Sabes por qué lo hace el adulto, más que por cuidarlo? Porque ya tiene una carga muy grande con su propio dolor y no se siente capaz de manejar otro duelo. No tiene las herramientas necesarias. Entonces, para quitarse una carga, asume que el niño no es un ser consciente sino alguien al que se le puede engañar. Pero el niño tiene la percepción intuitiva de que algo grave pasó, y hay que decírselo. Y tiene derecho a enojarse, a ponerse triste. Cuando el adulto acepta que el niño tiene un duelo, deja de cometer el error de pensar que es posible quitar el dolor en la vida. No conozco a nadie consciente al que le hayamos podido ahorrar los dolores.

Parece que hoy ha crecido el temor a la muerte, que es mayor el deseo de negar el tema. ¿Por qué pasa esto?

Es claro que esto empezó a pasar con los avances de la medicina. Antes la muerte se vivía en familia y la mortalidad infantil era parte de la vida. Hoy esta mortalidad ha bajado, afortunadamente, pero se le tiene un miedo enorme a la muerte. Hace siglo y medio las mamás eran mucho más fértiles, había más niños, pero se morían de las enfermedades. El niño sabía que su hermanito había muerto, que su primo había muerto. Se acompañaban en familia, iban al entierro que se hacía. Era algo que se aprendía a manejar entre todos. Hoy, como la medicina hace una sobrevivencia grande y hay muchos menos niños por familia, la muerte no se trata como antes. Yo confío en que las familias aprendamos a manejar mejor las despedidas. Pero si esto no se logra de niño, después es más difícil.

Sin embargo, la relación que los niños tienen con la muerte suele ser más natural, antes de que interfieran los adultos...

Mucho más natural. Te cuento algo que viví con mi nieta: estábamos en la finca y ella vio una mariposa muerta. Me la señaló, como diciéndome que hiciera algo por ella. Como soy médica, pensó que podía curarla. Le expliqué que no era posible, que había muerto. Y mira lo que me dijo: “Abandonó su cuerpo”. Ella entendió que es parte de la vida. Al niño se le puede decir que es posible seguir en contacto con el ser querido que se fue, que puede dibujarle, escribirle, ponerle flores, hablarle, reanudar el lazo. Así siente que no lo perdió por completo. Pero como tenemos una cultura de pensamiento mágico en la que se cree que si lo pensamos no lo dejamos ir en paz, que si lo lloramos lo amarramos... Es importante explicarle que la muerte es algo natural y que no debe lamentarse porque la relación no se rompe.

Usted explica cómo la relación continúa con el mundo espiritual...

El libro da herramientas reales sobre lo que ocurre cuando el espíritu abandona el cuerpo. Para muchos el cielo es una fantasía. Pero no lo es. Las historias que narro están apoyadas en estudios médicos de las experiencias cercanas a la muerte de miles de personas en el mundo. Estadísticamente se calcula que por lo menos veinticinco millones las han tenido. Personas que se desprendieron de su cuerpo físico –que fue declarado clínicamente muerto–, tuvieron esa experiencia y regresaron. Al analizar estos casos se ve que todos narran algo igual, lo que muestra que no son alucinaciones, sobre todo cuando se han vivido en distintas culturas, tradiciones y épocas de la humanidad. Las personas han descrito estar en otra dimensión, tan física como la que vemos acá, solo que nosotros no la percibimos. Entiendo que para muchos sea una fábula, pero es un hecho estudiado desde el punto de vista médico, por especialistas como Pim van Lommel o Raymond Moody. Esto ya tiene soporte investigativo.

Las historias que narro están apoyadas en estudios médicos de las experiencias cercanas a la muerte de miles de personas en el mundo

Sigue siendo un tema tabú…

Claro. Pero mira: de los libros número uno en las listas del New York Times, muchos tratan de experiencias cercanas a la muerte y de gente que ha tenido contactos con personas que se han ido. El hecho de que millones los estén leyendo es reflejo de que la humanidad quiere saber qué pasa en el mundo espiritual. Este fenómeno ha crecido enormemente en los últimos veinte años. Lo que antes era vedado y solo para un grupo es leído hoy por millones de personas que han empezado a comprender que las historias que habían oído eran reales. Dicen que nadie sabe cómo es el cielo porque nadie que haya ido ha vuelto. Eso es falso. Centenares de personas han tenido experiencias a través de sueños, visiones, mensajes. Cuando publiqué mi primer libro, muchísima gente se me acercó a contarme sus experiencias. Cada vez más personas están abiertas a hablar de esto. Estamos rompiendo el velo del tabú.

¿Para qué sirve que el niño le escriba cartas o le dibuje a la persona que murió?

Para que elabore sus sentimientos y pueda expresarlos. Le diga “te quiero”, “te agradezco” a la persona que se fue. Así no sigue en la tristeza, que es normal, sino que pasa a un sentimiento de gratitud, de amor. Cuando uno se mantiene en el pensamiento constructivo, en lo bonito de la relación, se cura. Las cartas, los álbumes de recuerdos, los dibujos ayudan a que la comunicación se restablezca. Aceptamos que hay un trauma, pero encontramos una esperanza al saber que es posible renovar el vínculo. Que las dificultades tienen un sentido, porque la muerte es de las cosas que más nos quita el motivo. La búsqueda del libro es precisamente dar esperanza. Está pensado para que el niño más pequeño lo lea con un adulto, y el adulto también lo lea solo. Como dicen con las máscaras de oxígeno en el avión: primero póngase la suya, luego ayude al otro.

¿Una reacción del niño puede ser querer irse también?

La primera reacción de alguien en duelo generalmente es querer morir para estar con el que se fue. Esto sí que lo veo en las mamás que han perdido hijos. Es una respuesta cuando se ama mucho. Pero ¿qué pasa? Que para que el niño no piense eso le hablan cosas terribles de la muerte y del cielo. Y ahí está la contradicción: “El cielo es lindo, pero ni se te ocurra querer irte”. Esto hay que ir aclarándolo. Entender que la vida tiene sus dificultades y sus bendiciones; que desde arriba te pueden ayudar y eso hace más plácido el tiempo acá. Querer regresar al cielo es algo innato en el ser humano, es como querer llegar a casa después de una jornada de estudio. Lo que nos toca es comprender que a casa llegamos luego de que hemos hecho bien la tarea en el colegio. Aquí también tenemos una tarea y cuando se ha terminado nos podemos ir. Uno se va en el momento en que su alma lo llama.

Querer regresar al cielo es algo innato en el ser humano, es como querer llegar a casa después de una jornada de estudio.

¿Qué efectos tiene en un niño un duelo mal elaborado?

Se le tiene un gran temor a la muerte. Arrancan miedos, inseguridades, insomnios, trastornos de ansiedad y depresión, también de aprendizaje. El niño empieza a enfermarse, a tener dolor de cabeza, de estómago. No quiere salir de casa porque no sabe si al volver alguien más se ha ido. Y de adulto no se relaciona bien con su mundo espiritual, que cada día tiene más importancia. El mundo espiritual, que puede incluir o no el religioso, da un sentido al transcurrir por la vida. Aunque mueras –que te vas a morir–, entiendes que la vida continúa después y esa percepción ya es una gran diferencia. Si además crees, como lo hacen muchísimas personas, que luego de esta vida continúas reencarnando, renaciendo, hasta aprender procesos de perfección, le encuentras un motivo incluso a lo que llamamos injusticia. Porque si la vida son solo sobresaltos, si mueres y luego desapareces y nada tiene sentido, termina siendo un sitio muy vano. Aceptar la muerte es un paso básico. Pero aceptar que hay un mundo espiritual, y relacionarse con él, es más importante todavía.


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