Lecturas Dominicales

Fernández Mallo, el físico de la literatura

Con 'Trilogía de la guerra', el autor español ganó este año el Premio Biblioteca Breve. Entrevista.

Agustín Fernández Mallo

El Premio Biblioteca Breve en su momento lo recibieron autores como Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Y ahora, Agustín Fernández Mallo: uno de los nombres claves de la literatura española.

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Editorial Seix Barral

10 de junio 2018 , 09:00 a.m.


Recorrió las librerías con su primer libro bajo el brazo. Un peregrinaje largo, recuerda, tratando de convencer a los libreros de que le recibieran ejemplares y los pusieran en sus vitrinas. Era el 2001 y Agustín Fernández Mallo había puesto de su dinero para editar su primera creación: Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus. Un libro que ya dejaba ver las huellas particulares de este autor: una suma sin contratiempos de géneros y temas; poesía y prosa, filosofía y ciencia, historias de amor. Fernández Mallo, nacido en La Coruña, España, tenía entonces 34 años y ya había recibido el título de físico. Poco a poco, su libro empezó a encontrar lectores y no pasó mucho tiempo antes de que las editoriales lo buscaran. Después de otros títulos de poesía –su verdadera vocación, dice–, en el 2006 publicó su primera novela: Nocilla Dream, considerada en ese momento el libro del año en España y seleccionada como una de las cuatro novelas más importantes de la década. Vinieron luego Nocilla Experience y Nocilla Lab, una trilogía en la que Fernández Mallo ofrecía una narrativa diferente, arriesgada, novedosa para lo que se estaba haciendo en ese momento en el panorama español, y tan influyente para los autores que también publicaban sus primeras obras, que la crítica decidió llamar a ese grupo de escritores la “Generación Nocilla”. Fernández Mallo es hoy uno de los autores más leídos y quizá el más reseñado de su país. En febrero de este año recibió uno de los premios literarios de más prestigio en castellano, el Biblioteca Breve, por Trilogía de la guerra, que reúne tres historias cruzadas por el conflicto y alimentadas con la imaginación de este autor, que suele llevar a sus lectores a lugares inesperados.

“La idea de este libro apareció cuando me invitaron a la isla San Simón, en España –cuenta Fernández Mallo–. Esa isla fue un campo de concentración de presos de la guerra civil española. Llegué como invitado a un congreso sobre redes sociales y estuve alojado tres días en los barracones donde murieron los presos. Allí tú sientes que es un lugar donde han pasado cosas terribles. De repente había algo que me interrogaba, una serie de sensaciones a las que la poética que yo había desarrollado no podía dar respuesta. Y sencillamente hice lo que creo que hacemos todos los escritores: colocar un personaje en esa isla a ver qué le ocurría. Lo que le pasa es el resto de la novela”.

Puso al personaje en ese lugar, en esa situación, sin saber qué iba a pasar más adelante…

La verdad es que no sabía adónde me iba a conducir. Nunca programo lo que escribo. Las cosas van apareciendo a medida que mi propia cotidianidad, mi día a día, se va desarrollando. Escribo mis novelas como mis poemas: sin saber lo que voy a hacer en la página siguiente. Es la manera de que la novela crezca de forma orgánica y de que luego el lector la sienta como un ente vivo; como tú o como yo, que hemos crecido sin saber lo que nos va a ocurrir mañana, aunque eso no quiera decir que nuestra vida no sea armónica o que no sea interesante.

Este personaje en la isla San Simón –que termina viajando a Nueva York y a Uruguay en busca de un manuscrito de García Lorca que cree perdido– es el eje de la primera parte de la trilogía. ¿En qué momento se suman las otras dos historias?

Cuando acabé esa parte, me di cuenta de que me interesaba seguir explorando los conflictos en general. En todo conflicto, aunque no sea cruento, hay una guerra. Es el principio de prácticamente todo. No en vano la literatura universal empieza con la guerra de Troya. Entonces se me ocurrió la idea del personaje norteamericano (protagonista de la segunda parte), el supuesto cuarto astronauta que fue a la luna con Aldrin, Collins y Armstrong en la primera expedición del Apolo 11. Él nos dice que nunca salió en una foto porque era quien hacía las fotografías. Esa idea, que parece un poco absurda, en su cabeza es perfectamente lógica. Y es una lógica aplastante porque en una época en que los selfies aún no existían, el que hacía la foto no salía en ella. Eso me interesaba porque es una forma de preguntarnos si quien nos ha transmitido la historia de la humanidad, de forma escrita o pictórica, está dentro de lo que escribe o de lo que pinta, o está afuera. Si hay una objetividad absoluta o no la puede haber porque quien toma la foto, o redacta, o pinta, también está dentro de la historia.

En todo conflicto, aunque no sea cruento, hay una guerra. Es el principio de prácticamente todo. No en vano la literatura universal empieza con la guerra de Troya.


Este personaje ha vivido diferentes guerras de Estados Unidos. Y esto le permite hacer una especie de retrato del siglo XX y parte del XXI. Anticipa mucho de lo que se está viviendo hoy.

El subtítulo de esa segunda novela es Mickey Mouse ha crecido y ahora es una vaca, que es un verso de una canción de David Bowie. Me interesaba porque en verdad de lo que está hablando es de una transformación monstruosa. Qué duda cabe de que Mickey Mouse convertido en vaca es un monstruo. Es una metáfora de lo que han sido los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. Parecía que era un pueblo que iba a salvar al mundo, una nación un poco ingenua que se ha transformado hasta terminar en esa especie de monstruosidad que es hoy en día, con Donald Trump. Esto, claro, bajo mi humilde punto de vista. Otros pensarán que no. Pero perfectamente Trump puede ser esa vaca que creció desde un ingenuo Mickey Mouse.

En la tercera parte, la protagonista es una mujer que camina por las playas donde se vivió el desembarco de Normandía, en la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué decidió que fuera una mujer?

Siempre me ha interesado explorar la psique, la forma de pensar de una mujer, que ciertamente no es igual que la de un varón. Esta mujer que recorre a pie las playas del desembarco de Normandía nos está diciendo que quiere pisarlas porque allí han muerto cincuenta mil varones. Y ella insiste en esta idea: que no murieron mujeres, sino varones. Que catorce o quince hombres, generales o lo que fuera, de la Segunda Guerra Mundial mandaron a la muerte segura a cincuenta mil hombres. Ella nos hace cuestionarnos qué clase de violencia de género es también la que desde siempre el varón ha ejercido sobre el varón. Al mismo tiempo, cuando está haciendo esta caminata, se está votando el brexit en Gran Bretaña y miles de sirios buscan entrar a Europa y no pueden. Ella hace unas metáforas de lo que fue el desembarco de Normandía y lo que es ahora el desembarco en Europa de una masa de refugiados que nadie quiere acoger. Y nos lleva a pensar por qué estamos empeñados en destruir la Unión Europea, que es una de las zonas más pacíficas del planeta Tierra. Una de las tesis que plantea es que los que vivimos hoy en Europa hemos olvidado lo malo que es la violencia y lo que ha costado construir un territorio sin sangre. Pero, bueno, así parece que fuera un libro de historia o de filosofía. Y en realidad son personajes con sus peripecias.

De hecho a todos los pone a viajar. A desplazarse. ¿Por qué le interesa llevarlos de un lugar a otro?

El recorrido me interesa mucho. Creo que hoy ya no viajamos para descubrir nada. Desde el siglo XX se acabaron los grandes viajes para conocer el planeta. Ya todo está visto. Por eso el ser humano quiere ir a Marte: la Tierra se le quedó pequeña. El viaje dentro de nuestro planeta se ha convertido en un recorrido que se hace más para reconfirmar lo que ya otros nos han contado. En esa reconfirmación van apareciendo experiencias inéditas que las vamos comparando con la información previa que tenemos de cada lugar. Y es en esa comparación entre lo que ya sabíamos y lo que nosotros experimentamos donde aparece lo que nos emociona, los relatos.

Una de las tesis que plantea es que los que vivimos hoy en Europa hemos olvidado lo malo que es la violencia y lo que ha costado construir un territorio sin sangre.

En el libro hay también una relación muy fuerte de los personajes con el pasado…

Pero no es un interés nostálgico. Esto es algo que está en toda mi obra, no solo en esta novela: la idea de que lo que hemos dejado atrás no nos importa –o por lo menos a mí– como un modo de llorar lo que hemos perdido. Es lo contrario: vamos al pasado para encontrar algo que nos informe de cómo somos hoy. Es decir, traemos el pasado a hoy para construir nuestro presente. Un ejemplo gráfico: cuando en una excavación encuentran una mandíbula de un neardental, lo que me interesa no es saber cómo era el neardental, eso me da igual, sino qué me informa esa mandíbula de cómo soy yo.

Ahí ya tendrá que ver su formación científica…

Posiblemente. Pero sería algo inconsciente. Cuando los científicos analizan el origen del universo, quieren ver qué pasó ahí para intentar explicar nuestro universo hoy. Así que podría tener alguna relación, sí. Pero también está en la literatura. Es la idea que tenía Borges, sin ir más lejos: que en el presente estamos reelaborando el pasado porque de esta forma nos construimos hoy a nosotros mismos.

También plantea una relación constante de los vivos con los muertos. Incluso aparece vivo Dalí, como personaje.

Esa es otra idea que planea en todo el libro: que los muertos nunca están muertos del todo, y los vivos tampoco estamos vivos del todo. Estamos habitando juntos una zona intermedia en la cual nos relacionamos constantemente. Lo que hablamos antes del tiempo es un ejemplo de eso: la idea de que un neardental muerto pueda informarme de cómo soy yo es prueba de que esos muertos no están tan muertos. Por otro lado, vivimos con los muertos porque estamos todo el tiempo reelaborando la historia, que es reelaborar el relato de los muertos. Estamos inventando una historia porque ellos ya no pueden contarla. Esa relación me parece muy interesante. La red social más grande que existe y existirá no es internet, ni Twitter, ni Facebook, sino la que nos une a los vivos con los muertos. Ha existido en todas las civilizaciones y a veces la literatura occidental la olvida.

“Es un error dar por hecho lo que fue contemplado”. Ese es el epígrafe del libro y pone a pensar sobre el lugar en el que hay que pararse para contar la historia. Y en quién nos podemos fiar...

Es que no hay de quién. Ese es un verso del poeta Carlos Oroza, que sale como personaje en el segundo libro. En realidad hay muchas formas de ese epígrafe en la trilogía: es un error dar por muerto lo que dábamos por muerto porque está aún con nosotros, por ejemplo. O cuando la mujer que hace el recorrido por Normandía habla de los refugiados sirios que ni sabíamos que existían. Esa es otra forma de aplicar el verso: es un error dar por inexistente aquello que en realidad existe. La frase puede verse en muchas partes del libro, y eso me interesaba.

Agustín Fernández Mallo

Fernández Mallo trabajó durante más de veinte años como físico.

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Editorial Seix Barral

Queda claro además que la guerra nos une, de alguna manera.

Yo creo que sí. La guerra une, por supuesto, a los que estamos vivos. Pero también a los vivos con los muertos. Seguramente, si echamos la vista atrás, todos estamos conectados con alguien que murió en alguna guerra. Aunque no lo pensemos habitualmente, porque no nos apetece hacerlo. La guerra es un principio que está ahí y toma muchas configuraciones. Por poner un ejemplo, la crisis económica que hemos vivido en Europa para mí no es más que la eterna lucha que ha habido de religiones: el calvinismo del norte contra el catolicismo del sur. Y la austeridad de los países del norte, de la que se ha hablado en estos últimos años, no es más que ese puritanismo contra el supuesto libertinaje del sur. Eso ha sido una guerra. No cruenta, pero guerra. Los conflictos toman diferentes máscaras. No tienen que ser bélicos. A lo largo del libro hay salpicadas relaciones amorosas. Y están planteadas en modo de un conflicto que hay que estar todo el día resolviéndolo.

Otro tema que bordea el libro es la idea de reciclarlo todo. La urgencia de borrar huellas.

Lo plantea un personaje que citaste antes, un supuesto Salvador Dalí que aún vive hoy y que se pasea por las calles de Nueva York dándole discursos a la gente. Y una de las cosas que nos dice es precisamente que, si lo reciclamos todo, qué van a hacer los futuros arqueólogos. Pues tendrán que trabajar con archivos informáticos. La arqueología del futuro estará basada en esos archivos porque no tendrá materia, objetos, para estudiar cómo éramos. Y esto, que podría ser una cosa chistosa en principio, lleva a otros lugares. Si en nuestro afán de reciclarlo todo, también estamos reciclando la historia, el cuerpo. Bueno, los cuerpos se reciclan cada día en las operaciones de cirugía estética, por ejemplo. Abre un cuestionamiento que me llama mucho la atención y es la idea de que en un mundo que buscamos que vaya hacia lo virtual, parece que queremos dejar atrás el cuerpo, o lo material. Y eso es imposible. Porque siempre va a reclamar su lugar. Nuestros cuerpos no son un archivo informático que circule por una red.

En sus respuestas, usted muestra cómo funcionan también sus libros: plantean una idea que lleva a otro lugar y luego a otro lugar... y así el lector llega a un sitio que no tenía planeado.

Así es como trabaja mi literatura. Pero no porque yo quiera, es que no sé hacerlo de otro modo. Mi cabeza funciona así. Ahora mismo estoy hablando contigo, mirando por la ventana, y pienso en una cosa que me lleva a un libro, que me lleva a una película, que me lleva otra vez a la calle. Creo que nuestro cerebro está construido de esa manera. Para mí, el escritor es el que nos hacer ver lo que hemos visto siempre, nuestra cotidianidad, de otro modo. Y ese es su gran reto.

Dice que su cabeza funciona de esa forma. ¿Era así desde antes de sentarse a escribir?

Diría que sí porque recuerdo de pequeño haciendo lo mismo. De otra manera, claro. No de una forma estética. Pero sí conectando cosas, mundos. Cuando empecé a estudiar la carrera de física, ya tenía la idea de que la física podía estar conectada con mundos estéticos. Y cuando decía esto, las personas, lo tomaban por algo raro, por algo extravagante. Pues bueno, al final eso está en mi literatura y se ha visto que yo tenía razón. Son intuiciones en las que confías y trabajas para ellas durante toda una vida. Ahora tengo 51 años. Hay cosas que escribo hoy y se me ocurrieron cuando tenía 20 o 18.

¿En qué campo de la física ha trabajado?

La física ha sido mi profesión durante veinte años. Forma parte de mi vida. He trabajado en tratamiento del cáncer con radiaciones nucleares. El nombre exacto es radiofísica hospitalaria, que tiene que ver con radioterapia, medicina nuclear y otros campos, pero es una especialidad aparte. Desde hace seis años solo me dedico a los libros. No porque quisiera dejar la física, sino porque no tenía tiempo para llevar el trabajo en el hospital y al mismo tiempo estar ya no tanto escribiendo, sino viajando. La literatura se ha convertido en una cosa muy rara. Ser escritor se ha vuelto también ser un viajero.

En realidad lo que usted ha querido es ser poeta…

Todo lo que escribo es poesía. Mis novelas son poemas disfrazados de novelas. Mis ensayos son poemas disfrazados de ensayos. Cuando construyo una novela, la metodología es la misma que cuando escribo un poema. Me dejo llevar por los estímulos del momento. Cuando escribes un poema es así: no puedes programarlo de antemano. Es algo que aparece. Para mí, la poesía es lo más importante. Con ella empecé y nunca pensé que fuera a escribir novelas. Eso vino luego, de un modo más bien azaroso.

La novela llegó con Proyecto Nocilla, que lo convirtió en una de las figuras más importantes de la narrativa de su país. ¿Qué significó para usted esa trilogía?

Fue mi lanzamiento. Nunca había escrito novela hasta ahí. Y la primera que escribí (Nocilla Dream) fue todo un boom. Y si estamos hablando hoy tú y yo, seguramente es porque escribí aquello. Le debo muchísimo a esa trilogía, que escribí de un modo intuitivo y sin saber si me la iban a publicar. De hecho, pensé que nadie lo iba a hacer. Es un libro que me ha dado mucho. Sin embargo, Trilogía de la guerra es otra cosa. Es una prosa más madura, con más profundidad.

¿Cómo ve hoy el remake que hizo de El hacedor, de Borges, y que terminó demandado por la viuda del autor argentino?

Ese libro hubo que retirarlo del mercado. Pero yo lo veo con mucho cariño. Creo que es uno de mis cúlmenes estéticos. Es un libro que estudian en las universidades. Con frecuencia me escriben y me llaman para decirme que están haciendo una tesis doctoral sobre él. Ahí avancé toda una serie de técnicas que luego otra gente ha ido desarrollando. Ha sido muy importante dentro de mi creación.

Todo lo que escribo es poesía. Mis novelas son poemas disfrazados de novelas. Mis ensayos son poemas disfrazados de ensayos.

Es increíble el escándalo que se formó, cuando en realidad revisitar una obra es tan frecuente en el arte…

De hecho la historia de la literatura es revisitar. Y eso el propio Borges lo sabía muy bien. Pero bueno, eso es un problema más legal del que prefiero no hablar mucho. Estéticamente, es un libro que está salvado.

En ese y en todos sus libros hay otra cosa en común: el humor.

Es fundamental. No concibo nada en la vida que no tenga humor. Para mí es de las formas más inteligentes ya no de relación, sino de conocimiento. Y cuando es bueno, te hace replantear tus ideas preconcebidas. Por otra parte, creo que ya no se puede escribir ninguna novela que no lleve dentro la refutación de sí misma. Que no se ría de sí misma. Si no es así, ya sabemos que es una novela que no funciona. Porque toda jerarquía puede ser demolida en un segundo. Cuando introduces el humor, tú mismo estás admitiendo que dentro de tu relato hay partes que funcionarían para demolerlo a sí mismo y que no importa. La vida es así también. Nuestra vida está llena de cosas que pueden destruirnos en cada momento y, si no sabemos reírnos de ellas, acabaremos mal.


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