Lecturas Dominicales

Irving Penn, cien años

El Grand Palais de París presenta una retrospectiva de la obra del fotógrafo estadounidense.

Irving Penn, cien años

Su primera portada en Vogue apareció el 1 de octubre de 1943. Era una naturaleza muerta. Desde entonces, su carrera como fotógrafo se fue consolidando paso a paso.

Foto:

Irving Penn. Picture of Self. Cuzco, 1948. © Condé Nast.

17 de octubre 2017 , 05:05 p.m.

En la mitad de esta retrospectiva hay un paño raído y manchado. No es cualquier tela: es nada menos que el pedazo de cortina que el fotógrafo estadounidense Irving Penn utilizó como fondo neutro para todas –literalmente todas– sus fotografías. Lo llevaba consigo a cada uno de los estudios que pisó en Londres, Nueva York, Cuzco o Marruecos. Es un objeto que resulta elocuente: revela la simplicidad, la sobriedad y, sobre todo, el talento de quien no necesita más que una tela vieja para lograr retratos poéticos de celebridades, sofisticadas carátulas de moda con modelos enfundadas en trajes de alta costura, desnudos escultóricos y honestas tomas de trabajadores del común.

El telón aparece como testigo silencioso en medio de esta exposición que celebra los 100 años del natalicio de Penn (nació en 1917 y murió en el 2009) y reúne 235 de sus fotografías. La muestra está hoy en el Grand Palais de París y ya se había visto en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, a comienzos de este año, bajo la curaduría de María Morris Hambourg, Jeff Rosenheim y Jérôme Neutres, quienes plantearon un recorrido temático y cronológico que se inicia con un autorretrato de 1948, en Cuzco (Perú), durante uno de sus muchos viajes, cámara y tela al hombro. Penn estaba convencido de que la fotografía es “la historia visual de la humanidad”.

Fue en la escuela de Bellas Artes, bajo la tutela de su maestro Alexey Brodovitch, donde todo comenzó. En las clases de este profesor ruso, Penn aprendió de realismo americano, de publicidad europea, de tipografía y de las tendencias más progresistas del arte contemporáneo. Brodovitch llevaba a sus alumnos a imprentas y a exposiciones de fotografía y de arte. Y según cuenta la curadora Hambourg en el catálogo de la muestra, Brodovitch, al final del curso, le otorgó a Penn el premio al “trabajo excepcional” en su clase y lo invitó a ser su asistente durante el verano de 1937, en la revista Harper’s Bazaar, de Nueva York. Un trabajo que fue definitivo en su carrera.

Allí, a pesar de sus esfuerzos y sus deseos, se dio cuenta de que no sería un gran pintor

Sin embargo, en el momento de su graduación, con veinticuatro años, Penn deseaba ser pintor. Intentó irse a París, pero la ciudad estaba ocupada por los alemanes; así que optó por Coyoacán (México), atraído por los muralistas. Allí, a pesar de sus esfuerzos y sus deseos, se dio cuenta de que no sería un gran pintor. Pero Penn se negaba a ser un artista de segunda categoría. Regresó a Estados Unidos y se enteró de que el nuevo director artístico de la revista Vogue, la gran rival de Harper’s Bazaar, era Alexander Liberman, otro ruso que había llegado a Nueva York y al que Penn había conocido cuando buscaba un empleo.

Liberman lo contrató y le sugirió comenzar por concebir portadas. Penn compuso una serie de naturalezas muertas que fueron rechazadas tajantemente. Desesperado por lo que parecía ser un segundo fracaso en su carrera artística, presentó su renuncia. Pero Liberman la rechazó y lo alentó a aprender los detalles del oficio. Le facilitó un estudio y un técnico que conocía las cámaras fotográficas de formato 20 x 25 centímetros y las películas en colores. Su primera portada en Vogue apareció el 1 de octubre de 1943. Era una naturaleza muerta. Desde entonces, su carrera como fotógrafo se fue consolidando paso a paso y solo se interrumpió en 1944, cuando se fue a la guerra como voluntario. Al regresar de Europa, volvió a Vogue, donde su talento se hizo cada vez más evidente. Ya tenía un estudio propio, donde fotografiaba desnudos y se dedicaba a proyectos personales sin que nadie lo interrumpiera.

Irving Penn, cien años

Irving Penn, cien años.

Foto:

Girl with Tobacco on Tongue. New York, 1951. © Condé Nast.

fue, por supuesto, la casa de Penn. Y en sus páginas se encuentra gran parte de su trabajo. Pero no hay que creer que la totalidad de sus fotografías para esa revista, ni la mayor parte de las de la muestra, se concentran en el ámbito de la moda. De hecho, solamente en una de las once salas de la retrospectiva, titulada Vogue 1947-1951, se pueden ver algunas de las 165 portadas que hizo para esa revista entre 1953 y el 2004 —más que ningún otro fotógrafo hasta ahora—, con una selección de las más célebres modelos de los años 50, entre ellas Lisa Fonssagrives, quien fue su segunda esposa, su musa y, además, una figura histórica del modelaje. En las otras diez salas es posible deleitarse con su sorprendente versatilidad, que le permitía enfocar su lente en los más variados temas. Así sucede en las salas consagradas a sus viajes a Cuzco (Perú), al Pacífico y a África, pero sobre todo en la muy poética sala Los cigarrillos, 1972, en la que solo se ven colillas aplastadas, sucias y quemadas. “Esas colillas que habitualmente espichamos con el zapato para apagarlas, él las trató en su fotografía de una manera muy refinada y las imprimió en papeles muy finos para mostrar que no hay buenos ni malos temas para la poesía, sino que hay buenos o malos poetas”, comenta Jérôme Neutres, curador de la muestra.

Una de las salas que más curiosidad causan es la de los Pequeños oficios, que contrasta con el lujo que se respira en la sala de Vogue y que Penn creó paralelamente durante su trabajo de moda y alta costura en París. Esta serie es un conjunto de conmovedoras y virtuosas imágenes de artesanos de la calle y gente del común, en las que se puede detallar a la perfección sus fisonomías, sus herramientas y sus vestuarios. Otra de las series más bellas y sorprendentes es Desnudos 1949-1950, en la que se pueden ver torsos femeninos que, según asegura el curador de la muestra, cuentan con unos “encuadres que hacen pensar más en esculturas que en fotos de pin-up girls, puesto que hay en ellas un trabajo plástico extremadamente innovador, osado y radical en términos de factura”.

Pero sin duda el clímax de la exposición se halla en las salas dedicadas a los retratos, un trabajo que Penn empezó hacia 1947, cuando Liberman le pidió hacer una serie de retratos de personalidades para darle una dimensión cultural a su carrera. De ahí salieron trabajos clásicos, como los de Picasso, Truman Capote, Jean Cocteau, T. S. Eliot, Ingrid Bergman, Orson Welles, Marlene Dietrich, Francis Bacon, Colette, Salvador Dalí, Igor Stravinsky y Alfred Hitchcock. Son retratos profundos en los que los ojos del espectador terminan concentrándose en la mirada del protagonista, muy penetrante, un tanto sombría. Mirada que Penn logró porque estudiaba los encuadres y la iluminación que en sus obras empleaban artistas como Goya, Daumier o Toulouse-Lautrec, para buscar su misma fuerza, su intensidad, la elocuencia de un retrato al óleo. Imágenes de estilo austero y despojado que le permitían revelar una profundidad que los propios personajes mismos ignoraban. Trabajaba los retratos con una técnica particular: aprisionaba a sus modelos en un rincón, y así lograba un diseño de ángulos muy gráficos que facilitaban un control y medida de las poses y una cierta intimidad que procedía de un largo y lento mecanismo de ajuste psicológico entre el personaje, él, la cámara y su inseparable rollo de paño cliché. Ese pedazo de tela que nunca lo abandonó.

MELISSA SERRATO RAMÍREZ
LECTURAS

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