Lecturas Dominicales

Recordar a Gómez Jattin

Hace veinte años murió Raúl Gómez Jattin. Fragmento de 'Arde Raúl' del periodista Heriberto Fiorillo

Gómez Jattin

Raúl Gómez Jattin fue uno de los poetas más originales de las letras colombianas.

Foto:

Archivo EL TIEMPO.

22 de mayo 2017 , 06:30 p.m.





“Cuando se mencionan los amigos de Raúl en Cartagena, el nombre de la pintora Bibiana Vélez es el primero que entregan casi todos los testigos.

Se conocieron a fines de 1988.

“Raúl –dice ella– me subía muchísimo el ego como artista. Me fascinaba como hablaba de mi obra y ése fue el comienzo de nuestra amistad”.

Prefiero la cárcel a los manicomios. Porque la primera es una casa de hombres, en cambio en los segundos hay muchos locos


Conversador compulsivo y delicioso, Raúl se tomó la hamaca de Bibiana desde el primer día que visitó su casa. “La hamaca era su trono –dice ella–. Su mueble por excelencia. Él escribió muchas poesías desde mi hamaca. Escribía, dormía, comía, en la hamaca. Y fue para mí una grandísima compañía. Un hombre rebosante de vida y de espíritu. Nos daba aliento a todos los que andábamos cerca de él”.

Hubo una época en que Raúl se quedó a vivir en casa de Bibiana. Para él era como su mamá. Se lo decía. Como le decía también “Virgen del Carmen”. Se volvieron tan amigos que, cuando Raúl hacía alguna diablura en la calle, venían a ponerle a ella las quejas.

Raúl se levantaba todas las mañanas muy temprano, como a las cinco, a caminar. “Caminaba mucho –recuerda Bibiana–. Era un hábito. Después, la poesía le fluía”.

Vivía, según Bibiana, con austeridad franciscana. “Pero tenía debilidad por los perfumes y las carteras de mujer”. Y un día le dijo: “Prefiero la cárcel a los manicomios. Porque la primera es una casa de hombres, en cambio en los segundos hay muchos locos”.

Por los días en que se conocieron, un Raúl enfurecido había hecho una pira con sus libros y su ropa en el patio del hotelito que arrendaba en la Calle de la Media Luna. Entre los papeles ardía el prólogo que había prometido para el próximo libro de Ricardo Vélez.

Bibiana había tenido oportunidad de leerlo. “Es buenísimo”, le había dicho a Ricardo en una ocasión. Ahora los dos caminaban hasta el hotelito.

La pira se consumía como un montón de hojas secas. El dueño del lugar había llamado a Bibiana por teléfono. El problema lo tocaba. Él también tenía un hijo en una casa de reposo. “Pero yo no puedo perder mi clientela, ni perder mi hotel por culpa del poeta”.

A punto de trasladar a Raúl al hospital, Bibiana pidió hablar una última vez con su reciente amigo. “Yo estaba convencida –dice– de que tras ese grado de intimidad, conocimiento y empatía que habíamos alcanzado podría llegarle al alma. Pero no. Fue como hablarle a la pared. Una absoluta capacidad de incomunicación”.

Entonces lo enviaron al sanatorio. Allí duraba un mes en promedio y luego regresaba a la normalidad.

A este hospital iría a visitarlo el también poeta Rómulo Bustos, que había disfrutado casi todos sus libros. Le llevó alimentos. Él sabía que Raúl era un tragaldabas. Y esa tarde el poeta estaba rodeado de muchachos.

“Yo tuve la suerte –dice Rómulo– de apreciar al doctor Jekyll de Raúl y no a su mister Hyde. El Raúl que yo conocí tenía un sentido muy sabio de la vida. Un sentido de la pobreza, de saber que llevaba un tesoro de poesía dentro de él y una relación como despojamiento de las cosas. Siempre vi en él una actitud estoica. Jamás supe de sus alucinaciones. Encuentro en su poesía un misticismo de fondo y una relación intensa con el cosmos y la naturaleza. Para mí fue mesurado, medido y con un extraordinario y profundo ego, como una coraza. Ese ego, en mi opinión, le alimentaba la certeza de ser superior, un ser de extremos, un gran poeta”.

Por esa época, Carlos Villalba Bustillo, rector de la Universidad de Cartagena, había comisionado a Raúl para que impartiese un taller de poesía a los estudiantes de los primeros cursos. El poeta, que se desataba en agresiones y maldades contra el mundo de la calle, cumplía puntualmente su compromiso y todos los viernes iba sin falta donde el rector a referirle los pormenores de su labor. “No se tomaba –dice éste– ni un minuto más del tiempo indispensable para atender lo que él consideraba su obligación de informar. Lo hacía con caballerosidad, con respeto y con talante de profesor”.

Yo tuve la suerte –dice Rómulo– de apreciar al doctor Jekyll de Raúl y no a su mister Hyde.


Cuando concluyó su taller, Raúl visitó de nuevo las oficinas del doctor Villalba Bustillo para darle las gracias por la oportunidad que le había dado. El rector no quiso quedarse con la curiosidad despierta desde aquella primera vez que hablaron, y le preguntó:

–¿Por qué conmigo es usted tan distinto a como es con los demás?

Y Raúl le respondió, mirándolo a los ojos:

–Porque usted me trata como a un ser humano.

Raúl terminó de ingerir la gaseosa que le había ofrecido el rector y miró hacia la urna que guarda el corazón del eminente José María del Castillo y Rada, en la oficina del educador.

Sonriente, el doctor Villalba Bustillo, le dijo:

–Todavía palpita.

A lo que Raúl comentó, antes de cruzar la puerta:

–Eso es lo que no sucede a los corazones de tantos bichos vivos que no se quieren ni a sí mismos.

Le dio la mano y desapareció.

Francisco Pinaud, más conocido en Cartagena como “Zicalo”, había leído la poesía de Raúl Gómez Jattin gracias a un puñado de poemas que le mostró su amigo, el médico Mario Mendoza. Después se trajo de Bogotá un número del primer libro editado por Juan Manuel Ponce, lo fotocopió y lo repartió entre muchos amigos. Luego vería al poeta en carne y hueso en la galería de libros y café que tenía Eparkio Vega, cerca del convento de los curas.

Pero en 1987 él, su mujer Patricia, Carlos Espinoza Faciolince y su mujer Elsa Marinovich (hermana de Vladimir) reunieron recursos editoriales y económicos para publicar el nuevo libro de Raúl, Hijos del Tiempo.

Presentado por Elsa a Pinaud, Raúl llevó a este último los originales de su obra, entusiasmándolo enseguida: “Un libro íntegro, universal, y una lección de historia”, exclama hoy Pinaud, quién llevó a Elsa y a Raúl donde su padre, el dueño de Editora Bolívar, que había nacido en Montería. “Hubo química entre ellos”, recuerda Pinaud, refiriéndose al encuentro entre su padre y Raúl.

Bibiana Vélez aportó el dinero que faltaba, y así nació el sello editorial El Catalejo, que imprimió el libro de Raúl aprovechando las horas extras de Editora Bolívar. El poeta ansiaba tener libro nuevo para llevarlo al próximo festival de poesía en Medellín, pero no se pudo. Hubo un pequeño atraso, y el libro sólo alcanzó a lanzarse el 7 de agosto por la noche en el Museo de Arte Moderno de Cartagena.

La contraportada de ese volumen rosado de Gómez Jattin lleva un hermoso retrato del autor, pintado al carbón por Bibiana Vélez. Se trata de un Raúl barbudo, sentado tranquilamente al vaivén asmático de una mecedora y que, reproducido en numerosas publicaciones nacionales, se convirtió en poderoso ícono del poeta.

“Ráulo”, como solía llamarlo ella, alcanzaba nuevas dimensiones con la publicación de este libro. “Ahora –comentaba él mismo a varios amigos– he demostrado que soy un poeta culto de aliento universal y no tan solo un retratista de las gentes y los paisajes del Sinú”.

Días atrás, diez mil personas habían ovacionado, hasta la repetición y las lágrimas, los poemas leídos por Gómez Jattin, el 24 de mayo de 1989, en el Centro de Exposiciones de Medellín, durante la segunda edición de “La poesía tiene la palabra”.
“Fue un éxito increíble –dice María Cecilia González, del equipo organizador–. Todo el mundo lo aplaudió”.

Raúl fue alojado en casa de Mónica Flores, quien había ofrecido su hogar en atención a uno de los poetas invitados. Esa tarde Raúl se asomó por la ventana de su habitación y vio pasar a una señora comiendo mangos. El poeta dijo que él también quería. María Cecilia, quien se encontraba allí por petición de su amiga Mónica, aceptó acompañarlo hasta el supermercado más cercano. Raúl fue sin zapatos y con una camisa cortica, que le llegaba al ombligo. “Cuando la gente nos veía, cambiaba de acera”, dice María Cecilia.

En el supermercado, Raúl caminó derechito hasta la montaña de mangos, hundió sus manos en ella y uno tras otro los mordió casi todos. Una señora del supermercado salió malencarada a decirles que había que pagar antes. María Cecilia le entregó unos billetes, y Raúl se fue feliz con todos esos mangos mordidos, que empezó a regalar de una vez”.



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