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No es hora de callar

‘A mí me mataron cuando me violaron’: Ángela Escobar

El abuso sexual del que ella fue víctima muestra una realidad que apenas empieza a salir a la luz.

Ángela María Escobar Vásquez l

Ángela durmió en las calles y recogió sobras de la basura. Cuando creía que estaba en las últimas se cruzó con Pilar Rueda, de la Defensoría del Pueblo.

Foto:

Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

22 de mayo 2017 , 03:09 p.m.

A Ángela María Escobar Vásquez le gusta bailar. ¿A cuál colombiana no? En su caso, ese placer le costó la vida. “Por eso me mataron, me violaron”, dice ella.

El ataque ocurrió en la noche del martes 26 de septiembre del año 2000 en su propia cama, en su casa de Guatapé, oriente de Antioquia. Tenía 35 años y entonces trabajaba en la oficina municipal de desarrollo a la comunidad. Minutos antes de la agresión se había bañado con jabón perfumado y puesto una piyama blanca de flores rosadas. Fue la última vez que se sintió bonita.

Aunque las cosas no habían terminado bien con los dos hombres que hasta ese momento había amado y con los que tuvo dos hijos –Diego Alexánder y Jaime Andrés–, se sentía una mujer feliz. “Algún día encontraré a mi príncipe azul”, solía decir con buen humor. Pero este no llegó.

Los que sí arribaron a su vida fueron los paramilitares del Bloque Metro de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), al mando de Carlos Mauricio García Fernández, alias Doblecero, un comandante tan fiero como educado: nacido en Medellín, en un hogar de clase media, recibió una sólida educación con los padres jesuitas en el colegio de San Ignacio de Loyola y estuvo en el Ejército Nacional, donde brilló. Abandonó sus filas con la creencia de que para acabar a las guerrillas era más expedito el camino de la ilegalidad. Trazó con Carlos Castaño la más cruenta ofensiva en este punto del departamento.

Con una geografía de postales, la región pasó a ser escenario de ríos de sangre que empezaron a correr por Marinilla, El Peñol, El Retiro, Sonsón, El Santuario. Los miembros de esta organización de extrema derecha aparecieron en Guatapé de la noche a la mañana. Se instalaron en Casa Posada, en el centro del pueblo. Estaban al mando de alias Sticker, quien puso una mecedora desde donde miraba a la gente que pasaba por el parque central.

Casi no hablaba, apenas susurraba. Sus hombres salían armados y volvían con la misión cumplida. Las mujeres mayores se persignaban al escuchar las historias y pasaban las cuentas del rosario pidiendo a Dios que cesaran las malas nuevas: que al señor de la tienda de la esquina lo mataron porque les había vendido gaseosas a dos supuestos miembros de la guerrilla; que a la enfermera de un hospital la asesinaron por reportar a la policía la llegada de unos heridos a bala; que ‘Sticker’ levantaba el rostro y con un gesto de los labios señalaba a una víctima para que se la llevaran a un carnicero de las AUC que sentía placer al desmembrar personas.

Ángela Escobar no les tenía miedo. Porque ella, creía, no había hecho nada malo y porque carecía de interés por la política. Ella también pensaba que eso era una guerra entre paramilitares y guerrilleros. Sin embargo, un día golpearon a su casa.

Querían saber por qué su hijo menor, que estudiaba con monjas en el colegio Nuestra Señora del Pilar, había perdido el año. Les explicó que el niño sufría de epilepsia y que su desempeño no podía ser medido como el de los demás alumnos; además, que le faltaban los medicamentos, por lo que su rendimiento académico bajaba. Los paramilitares anotaron en un cuaderno en el que llevaban los registros y explicaciones de todo.

Durante las fiestas del pueblo del año 2000, Rafael, el paramilitar que remplazó a ‘Sticker’ en el mando, se le acercó a Ángela. Ella estaba con otras amigas en un baile popular.

“Dígale a su amiga que quiero que se siente conmigo”, le ordenó.

“No”, le respondió. “Usted que dice que es tan hombre, ¿no es capaz de conquistarla solo?

“Usted es bastante altanera”, le replicó él.

“Sincera, que es diferente”, le argumentó; se paró y siguió bailando feliz.

A las dos de la mañana cerraron el local. Ángela se despidió de sus amigas y se fue para su casa. Sus hijos se habían quedado esa noche con sus abuelos.

Para dormir más fresca, tenía la costumbre de bañarse cuando llegaba de bailar. Estaba acomodando las mantas y las almohadas, a las dos de la mañana, y escuchó que golpearon. Pensó que era uno de sus amigos de celebración que quería seguir la parranda. Al abrir la puerta vio a ‘Rafael’ y a dos hombres más.

–¿Qué quiere a estas horas?

–Seguir la fiesta –le dijo mientras entraban a la fuerza y se acomodaban en la sala.

En la mesa de centro pusieron una botella de trago y sus armas.

Rafael la empujó al cuarto. Ella tuvo el pensamiento de que atenuaría la agresión si le facilitaba las cosas: “No, no, así no, venga por las buenas”, le dijo. Era inútil, reflexionaría ella tiempo después, porque el violador no busca un placer sexual sino
de poder: “El violador no ve una víctima, sino un pedazo de carne, un juguete con el que puede hacer lo que se le dé la gana; como un balón al que le puede dar patadas. Es imposible establecer cualquier relación distinta”.

La víctima, por su parte, siente una parálisis absoluta. “El miedo me bloqueó toda; mi cuerpo, mis piernas, mis brazos, quedé inmóvil. Lo veía a él, el arma empuñada y me fui, me fui de este mundo, me morí. Mi último pensamiento fue un ruego a Dios para que cuidara mis hijos”.

En esa sensación de estar anestesiada, perdió la noción del momento en el que ‘Rafael’ le arrancó de un mordisco una parte de su intimidad y le dio patadas y puñetazos. Lo recuerda cuando él empezó a vestirse y llamó a uno de sus hombres, quien entró en medio de risas y también la violó. Luego, el tercero. A la madrugada se fueron cantando. Ella se quedó llorando. Entró a la ducha y vio correr con el agua un hilo de sangre. “Creía que el agua se llevaría toda la suciedad que me dejaron, pero no. Esa mancha no se borra nunca”.

(Lea aquí: ¿Cómo hago para denunciar un caso de maltrato en el hogar?)

Luego vino un mensaje para que se fuera del pueblo. Tenía 24 horas para salir. Ella no le contó a nadie de lo sucedido y en silencio empezó a empacar sus cosas. Su familia no entendía y en el pueblo corría el rumor que todo lo justificaba: ‘Algo habrá hecho’.

A pesar de lo ocurrido, ella creía que tenía la suficiente fuerza para volver a la normalidad. Su hijo mayor, Diego Alexánder, buscó a los paramilitares y les preguntó por qué condenaron a su madre al exilio. Entre burlas, le contaron lo ocurrido. La orden era matarla para no dejar testigos. Otro comandante sentenció que se fuera lejos y para siempre

Él buscó a su madre con las cosas y le preguntó por qué no le había contado. Ella le dijo que no había pasado nada, que esa gente era de cuidado y que era mejor irse. El muchacho le respondió que ya sabía la verdad.

“Más que la violación, ese es el dolor más grande que he tenido en mi vida”, dice ahora a sus 52 años edad. Sus ojos verdes se humedecen, entrecruza los dedos de sus manos y pone el mentón sobre ellas. Y llora. Llora su propia muerte.

“En ese momento me sentí tan humillada, tan ofendida. No solo me habían destrozado, sino que ahora habían acabado a mi hijo, y enloquecí”. No es una metáfora, sino un resumen de la travesía de su propio abandono. “No es justo, no es justo”, gritó durante dos semanas continuas antes de empezar a huir.

Fue de pueblo en pueblo, durmió en las calles, amaneció en los parques, recogió sobras de comida en los basureros, tomó alcohol sin freno, fumó de todo, se acostó con muchos hombres por un billete, por unas monedas. “Era mi propio cadáver buscando una tumba”. Le dio cáncer de papiloma humano en tercer grado y neumonía nocosomial.

Cuando creía que estaba en las últimas se cruzó con Pilar Rueda, una consagrada funcionaria de la Defensoría del Pueblo. Fue en el año 2010. Ella le dijo que una mujer jamás debería rendirse y debía batallar siempre. La invitó a la Fundación Círculos de Estudio, un proyecto que buscaba recoger testimonios de mujeres víctimas de abuso sexual en el conflicto armado. Ángela Escobar fue sin mayores expectativas. Allí había 30 mujeres más. Una a una dieron su testimonio, y ella se dio cuenta de que su caso era el menos grave. Volvió a llorar, ya no por su drama, sino en solidaridad con esas mujeres que la rodeaban.

Fue cuando empezó a resucitar. Sintió que su vida tendría un significado si ayudaba a visibilizar esas historias. Ahora es presidenta de la Asociación Red de Mujeres Víctimas y Profesionales, que cuenta ya con 665 integrantes. “Todas, absolutamente todas, han sido violadas, todas han padecido cosas terribles en el ámbito privado, público y, en ocasiones, en el conflicto armado”.

Se apoyan mutuamente para fortalecer su autoestima y poner el tema en la agenda pública. Entre las actividades está la de dar charlas en los colegios para que no se callen como ella lo hizo durante una década, para que no se sientan culpables como en su caso y para “que se quieran aunque sea un poquito”. Desde que empezaron, no ha habido uno sola charla en la que al menos, al final, no se les acerque una niña o un niño para contarles su verdad: que también fue violado o violada.

La Red ya tiene presencia en once departamentos y su propósito es buscar apoyo para llevarlo al resto del país. Tras terminar su relato, Ángela Escobar le sonríe al fotógrafo, su rostro se ilumina, lo levanta con dignidad. ¿Cierto que estoy linda?, le pregunta radiante.

El día de la Dignidad

El próximo jueves 25 de mayo es el Día Nacional por la Dignidad de las Mujeres Víctimas de Violencia Sexual y No Es Hora De Callar lo conmemorará en Tumaco, Nariño con el apoyo de ONU Mujeres y EL TIEMPO Casa Editorial.

A este día de dignificación de las víctimas también se sumaron la embajada de Estados Unidos, Limpal Colombia y Discovery Chanel.

ARMANDO NEIRA
@armandoneira

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