Investigación

Cada vez hay más señales de división de banda de ‘los Úsuga’

Dijín dice que ‘Otoniel’, el gran capo, perdió control sobre sus hombres en el bajo Cauca y Nariño.

Dairo Antonio Úsuga Otoniel

Dairo Antonio Úsuga ‘Otoniel’, jefe del ‘clan Úsuga’.

Foto:

Archivo particular

22 de abril 2018 , 12:28 a.m.

“Señor, de nómina andamos mal. Quedamos pagos hasta el mes de septiembre”. Esa nota, que fue interceptada a finales de enero de este año a un correo humano del ‘clan Úsuga’ en Urabá, refleja la crítica situación de esa banda, que llegó a ser la más grande del país y cuyo jefe, ‘Otoniel’, anunció hace más de seis meses su intención de someterse a las autoridades colombianas.

La muerte de tres de sus hombres más poderosos en los últimos seis meses –‘Gavilán’, ‘Inglaterra’ y el ‘Indio’–, así como de 8 de los lugartenientes de confianza, pero sobre todo la incautación de 207 toneladas de cocaína y la captura de más de dos mil de sus hombres en los últimos tres años está produciendo un efecto que, paradójicamente, puede llevar al traste con el plan del Gobierno para someter al clan.

Mientras que en el Congreso aún no arranca el trámite del proyecto de ley con el que se busca darle piso legal a la entrega de ‘Otoniel’ –con gabelas de reclusión y hasta la posibilidad de perdonar algunos delitos para quienes se sometan–, desde el terreno las instituciones que persiguen a la banda empiezan a reportar la atomización del grupo y la falta de control cada vez mayor de la cúpula.

“Hay una situación de debilidad estructural por el no pago de nóminas, pérdida de liderazgo de los jefes de estructura, desconfianza por los malos manejos de dinero y unas zonas que se están quedando sin presencia de estos delincuentes”, le confirmó a este diario el general Jorge Luis Vargas, director de la Dijín de la Policía y cabeza de Agamenón II, la persecución sostenida contra ‘los Úsuga’ que completa ya más de tres años.

Las 207 toneladas de coca que ha perdido la banda le ha representado un hueco billonario en sus fondos ilegales.
Y mientras algunos de sus jefes siguen viviendo con lujos, incluso en la mitad de la selva –colchones ortopédicos y servicios de televisión satelital–, en las bases ha crecido el descontento.

“Yo me ganaba un millón; el raso, 600.000 pesos, y los ‘patrones’ (jefes de célula), de 3 o 4 paquetes para arriba. Ellos son los que hacen la plata”, se le escucha decir en una comunicación interceptada a alias el Sepulturero, un mando medio que desertó hace pocas semanas.

‘Otoniel’, más aislado

Esto se suma a la situación de ‘Otoniel’, quien, según informes de inteligencia, está cada vez más aislado para evitar que se repita con él la historia de sus socios del crimen que murieron en bombardeos o a manos de certeros francotiradores.

“No está recibiendo a su propia gente, por desconfianza. Y cuando en estas organizaciones se pierde la comunicación directa, hasta los más rasos empiezan a desconocer a los grandes jefes”, dice el general Vargas. Agrega que mientras no se produzca el sometimiento del capo, proseguirán las operaciones conjuntas de Ejército y Policía. “Lo tenemos asediado”, afirma Vargas.

No está recibiendo a su propia gente, por desconfianza. Y cuando en estas organizaciones se pierde la comunicación directa, hasta los más rasos empiezan a desconocer a los grandes jefes

Los informes entregados al Gobierno señalan que la prueba más tangible de la división de ‘los Úsuga’ está en el bajo Cauca antioqueño, donde los que antes eran hombres de ‘Otoniel’ están hoy al servicio de ‘los Caparrapos’, banda que antes trabajaba para ‘los Úsuga’ y lleva meses en desobediencia.

Esa guerra por los cultivos de coca y la minería ilegal es la que explica por qué en municipios como Tarazá, Ituango y Cáceres este año se reporta un aumento del 200 por ciento en los homicidios. En Tarazá, por ejemplo, los asesinatos pasaron de 11 en los primeros cuatro meses del 2017 a 47 en el mismo lapso de este año.

La Policía dice que los pocos jefes que siguen fieles a ‘Otoniel’, como ‘Chiquito Malo’ y ‘Marihuano’, en Urabá, dieron orden de reforzar la vigilancia en los campamentos, especialmente en horas de la noche, para evitar la deserción. “Al que se trate de evadir lo matan para que los demás cojan escarmiento”, dicen las autoridades.

Otro frente geográfico del que ‘los Úsuga’ han tenido que moverse es el de los Llanos. En Meta y Guaviare tenían una suerte de alianza con la disidencia de ‘Gentil Duarte’, que terminó copando el grupo que ‘Otoniel’ había enviado desde Urabá para tratar de abrir rutas a Venezuela.

En Norte de Santander, tras la muerte de ‘Inglaterra’ a manos de la Policía, el clan dejó de pesar como organización criminal. Por tal razón, la guerra allá por más de 25.000 hectáreas de coca es entre Eln y ‘pelusos’, pero ya no suenan ‘los Úsuga’.

En Nariño pasó algo similar tras la muerte en una operación policial de alias el Zorro. Allí lo que quedaba de ‘los Úsuga’ empezó a buscar refugio o con las disidencias de las Farc o con el Eln, que sí están activos en la guerra por coca y rutas ilegales.

Con ese mapa, el gobierno del presidente Juan Manuel Santos se enfrenta a una disyuntiva: persistir en la aprobación de un proyecto polémico –porque además les daba gabelas a las disidencias– para un jefe cada vez menos representativo en el mundo criminal, o mantener la persecución que cada vez tiene más arrinconada a la banda.

JUSTICIA
justicia@eltiempo.com
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