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Actualizado 08:03 a.m. - jueves 17 de abril de 2014

Justicia 02:16 a.m.

Hay 18.000 menores en grupos armados y bandas

Hay 18.000 menores en grupos armados y bandas

El informe está ilustrado con obras cedidas por el maestro Fernando Botero.

Foto: Fernando Botero.

Estarían enrolando 17 veces más que hace cuatro años en barrios periféricos, según estudio.

"Éramos pobres... ¡Muy pobres! (...) De no tener ni pa' comer. Mi mamá sufría mucho (...) Y uno, pues... se desespera". Y de pronto entró en un silencio pesado, como si apenas se diera cuenta de su tristeza. "Es que uno pobre no es nadie para nadie".

Juan* entró a las Farc a los 10 años, después de perder a dos de sus nueve hermanos por una enfermedad desconocida, a una hermana que andaba desaparecida, y a su hermano mayor, al que mataron. Salía de su casa todas las mañanas. muy temprano, caminaba más de una hora hasta la escuela, con tres hermanos, y regresaba al mediodía, a trabajar en el campo. (Lea también: Las Farc se llevaron a 13 niños de una escuela del Putumayo).

Un día se quedó dormido en clase. Tenía hambre, estaba exhausto. Se despertó de un golpe en la cabeza. Su maestra, furiosa, le gritaba que era muy tonto para aprender, que no merecía quitarle el puesto a otro niño. "Siempre me trataba de bruto (...) Entonces, no volví", resiente. Y entra en otro silencio, del que emerge con el rostro trastornado, casi gritando: "El día que vea a esa vieja hp, me la paga".

Juan recuerda claramente el día en que se fue para el monte: habían citado a los de su vereda a una reunión de la junta comunal. Ese día, como pocos, había estado jugando fútbol, a pesar de que a los niños les tenían prohibido salir, con las cosas tan revueltas como estaban.

"Llegaron ahí y nos dijeron que qué, que a ver de qué lado estábamos (...) Y ahí nos fuimos varios", recuerda. Él no tenía nada que pensar, pues eso no es una consulta, sino una orden, el destino de quienes viven en medio de la violencia. "Yo no quería irme, ¡qué tal!, pero ¿quién les dice que no a esos manes?"

Juan es una de las miles de caras del reclutamiento de menores de edad, un fenómeno que ha crecido en progresión geométrica en los últimos 4 años, hasta convertirse, junto con el desplazamiento forzado, en uno de los indicadores más preocupantes de la evolución del conflicto, con el carácter epidémico de una emergencia humanitaria.

De eso da fe el informe 'Como corderos entre lobos', que será presentado el miércoles en la sede nacional del Instituto de Bienestar Familiar (Icbf). Se trata de una investigación de cuatro años, llevada a cabo por un equipo de más de 80 personas, que -por primera vez- sistematizó las circunstancias que rodean el reclutamiento de menores de edad en Colombia.

Según el documento, de 120 páginas, todos los niños y niñas reclutados provienen de la fracción más pobre (12,6 por ciento) de la población colombiana. Por lo general, su origen es rural y sus padres son campesinos (69 por ciento), aunque el reclutamiento en zonas urbanas crece aceleradamente. Hoy se recluta en las ciudades 17 veces más que hace cuatro años. Y cada uno de ellos migró o fue desplazado por la fuerza, en promedio, cada tres años, antes de ingresar al grupo armado.

Los menores de edad son reclutados alrededor de los 12 años. La mayoría son varones (57 por ciento), pero el reclutamiento de niñas (43) crece precipitadamente. Uno de los resultados más preocupantes señala la extrema vulnerabilidad de los pueblos indígenas: un niño indígena tiene 674 veces más posibilidades de verse directamente afectado por el conflicto armado o de ser reclutado y usado por un grupo armado ilegal o una banda criminal que cualquier otro niño.

Y al revisar la historia de los desmovilizados adultos, se confirma que el 52,3 por ciento de los combatientes del Eln, el 50,1 de las Farc y el 38,1 de las autodefensas se vincularon a estos grupos armados siendo niños.

No menos de 18.000 niños y adolescentes están vinculados hoy a grupos armados ilegales y organizaciones criminales. El 71 por ciento de estos menores de edad cumplieron con alguna función de milicia o realizaron tareas para el grupo armado antes de vincularse como combatientes.

Y, en un sentido más amplio, unos 100 mil niños y adolescentes están vinculados a sectores de la economía ilegal directamente controlada por grupos armados ilegales y organizaciones criminales.

Lecciones de miedo

Juan, como otros excombatientes, está lleno de cicatrices, en la piel y en el alma. Al principio, lloraba en la noche y solo pensaba en escapar. "Me pusieron a cargar muertos, para que se me pasara el miedo", cuenta. Algo similar cuenta José*: "¿Cuál era el entrenamiento? Nos dividían en un grupo de 'paracos' y uno de 'guerrillo' y nos tocaba emboscarnos. Y si uno de 'guerrillo' cogía un 'paraco', tocaba hacerle lo que un 'guerrillo' le hace a un pamilitar".

"Vea, la cosa era así -comenta Esteban*-. La primera arma que te dan es la parte de un muerto, un pedazo, para que te acostumbres al olor de la muerte. A mí lo primero que me dieron fue una cabeza, y me dijeron: 'Tienes que guardarla en el equipo y cada que haiga (sic) formación me la tienes que pasar'. A todos les tocaba una parte, una pierna, un brazo, una cabeza, y la llevábamos hasta que se descompusiera".

"A uno le enseñan de todo. -anota José-. Al poco tiempo ya sabía de todo y había hecho de todo. ¿Si me entiendes? Al principio era duro, la gente y la familia gritan y eso es feo, ¿si?, porque uno piensa que podría ser uno o la familia. Ya después a uno no le da nada".

"Lo peor fue una vez que me pusieron a sacar una gente -dice Juan sobre la fase incial de su entrenamiento-. Tocaba desaparecer eso (...) Eran muchos y corte y al hueco, corte, al hueco. Casi no se me quita ese olor de muerto. Todo olía a muerto".

En efecto, el 76 por ciento de los niños reclutados ha

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