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'El secuestro es el delito más infame de la guerra': Mindefensa

Luis Carlos Villegas habla sobre el caso de su hija. Ambos caminarán de Bogotá al Caguán.

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"Mañana nace un nuevo país; mañana rescatamos a media Colombia territorial y demográficamente", dice Villegas.

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Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

25 de septiembre 2016 , 02:21 a.m.

Nunca ha hablado del secuestro de Juliana, su hija. Las Farc se la llevaron a punta de pistola cuando descendía de las escalinatas de la Universidad Javeriana. Era el 28 de noviembre del año 2000. Su padre, el dirigente industrial de Pereira, Luis Carlos Villegas, era entonces presidente de la Andi. No habló entonces.

No lo hizo cuando vivía los aterradores 100 días de incertidumbre sobre la suerte de su hija de 17 años, ni cuando las Farc la liberaron y la pudo besar y abrazar, horas y horas, con llanto y alegría compartidos infinitamente por su esposa Carmela, por la misma Juliana y por su hermanito Daniel.

Hoy, como ministro de Defensa, y luego de 16 años de mudez, decidió aceptar una petición que le hice para que rompiera su silencio y hablara del episodio, precisamente porque el fin del secuestro es una de las más importantes bases del histórico acuerdo que se firma mañana para ponerles fin a 52 años de guerra.

El ministro Villegas no solo accedió a mi solicitud sino que reveló que va a cumplir con Juliana una promesa que se hicieron cuando terminó el secuestro: recorrer los dos a pie, libres, el camino que ella, secuestrada, fue obligada a transitar entre Bogotá y el Caguán.

“No he hablado del tema porque nunca he querido mezclar mi actividad, pública o privada, con la intimidad de mi familia. Pero el hecho de que mañana se firme el gran acuerdo de paz en Colombia me parece un buen momento, no solo para hablar del secuestro de mi hija sino para enviar un mensaje público, en el sentido de que es posible la reconciliación y de que estos acuerdos se hacen para que otros colombianos no vivan tragedias como el secuestro.

¿Cómo fue la historia?

Yo era presidente de la Andi, y Juliana, mi hija, entonces de 17 años, estudiaba en la Universidad Javeriana. A la salida de una de sus clases la abordó un grupo armado desconocido; la obligaron –encañonada– a subir a un auto y se la llevaron. Era el martes 28 de noviembre del 2000. Pasaron los días sin saber nada de ella. Fueron la Navidad y el final de año más duros de nuestras vidas, la de mi mujer y la mía, y la de los abuelos de Juliana.

(Lea: Carta de caleña que a sus 11 años fue secuestrada por las Farc en Cali)

El hecho de vivir esa tragedia del secuestro, que también han vivido tantas familias colombianas, me compromete mucho más con la celebración del fin de la guerra. En el secuestro, la incertidumbre es inenarrable: ¿dónde estará?, ¿habrá comido?, ¿tendrá frío?, ¿la habrán respetado?, ¿volverá?, ¿seguirá viva?... Eso es la peor tortura que genera el secuestro. Inclusive, peor que la muerte, porque la muerte genera certeza, mientras que el secuestro es incertidumbre.

Con esa tragedia en su memoria, ¿por qué aceptó la invitación del presidente Santos a intervenir en los diálogos de paz con las Farc?

El presidente Santos me dijo que las Farc iban a renunciar al secuestro como arma de guerra, y, a pesar de mi escepticismo inicial, tuve la certeza de que todo lo que se hiciera para evitar la tortura que significó para Colombia el secuestro valía la pena intentarlo, porque es algo que no puede repetirse. Mi familia y yo vivimos los 100 días más trágicos que puede sufrir una persona.

Afortunadamente, Juliana volvió, y volvió después de que las Farc me dieron un certificado, que conservo con tristeza, en el cual reconocen que ni yo ni mi familia pertenecemos o hemos apoyado grupos paramilitares. ¡Como si eso diera autoridad para agredir a las personas!

(Además: Farc piden perdón por el dolor que causaron al emplear el secuestro)

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Villegas (izq.), su hija y su esposa, tras la liberación. Foto: Archivo / EL TIEMPO

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Créame, Yamid: solo quienes lo hemos sufrido sabemos del dolor que produce el secuestro. Es el delito más infame de la guerra. Pero hay espacio para el perdón, para la reconciliación; no para el olvido, porque eso no se puede olvidar; eso queda marcado con fuego en el alma. Pero llegó la hora del perdón y de la reconciliación, para que nunca más un colombiano sufra una tragedia igual.

¿Durante el secuestro de Juliana, las Farc buscaron contacto con usted?

No, nada. Silencio, silencio, silencio. 100 días de terrible silencio. Absolutamente nada. Supe, por un viaje que hizo el presidente Andrés Pastrana al Caguán, que las Farc le informaron que a Juliana la iban a devolver, porque después de investigar habían llegado a la conclusión de que yo nada tuve que ver con el paramilitarismo.

¿Cuándo y cómo fue puesta en libertad?

Es lo más emotivo que he vivido. Yo me fui a llevar al otro hijo, Daniel, al colegio a las 6 de la mañana. Cuando regresaba me llamó mi mujer a decirme que Juliana había sido liberada en el Caguán y que ya llegaba. Yo no podía creerlo. Cuando llegué a mi casa, ella ya estaba allí.

(Lea también: Emiten condena por secuestro y muerte del exgobernador de Antioquia)

Yo vivía en Pereira como usted sabe. Fue el momento más maravilloso de mi vida; fue como volver a ver nacer a una hija.

¿Dónde la liberaron, cómo?

En el Caguán. Se la entregaron a Camilo Gómez, comisionado de paz.

¿Qué le contó ella? ¿En dónde estuvo?

Hicimos un pacto ella y yo, y lo vamos a cumplir. Me dijo que cuando se firmara la paz quería hacer conmigo el recorrido que ella hizo, secuestrada, desde Bogotá, por la salida para Villavicencio hasta San Vicente del Caguán y La Macarena.

¿Por tierra?

Sí. A pie, como ella lo hizo, aun cuando a veces en una de las etapas utilizó una mulita que le prestaron. Pero lo haremos a pie, señor. Lo vamos a hacer.

¿Irán Juliana y usted?

Sí. Y la gente que se quiera unir. Desde Bogotá hasta el Caguán y La Macarena a pie. Vamos a cumplir esa promesa.

¿Por qué usted y su hija hicieron la promesa de recorrer el camino al Caguán?

Ella dice que quiere volver a recorrerlo en libertad. Y que lo quiere recorrer conmigo. Vamos a ver si Carmela, mi mujer, se anima también.

¿Dónde dormía y en dónde descansaba?

En cambuches en el monte.

¿Cuántos hombres la cuidaban?

Al principio, pocos, muy ágiles, era una comisión de 4 o 5. Después, una compañía ya más numerosa, y al final quien la entregó fue el propio ‘Mono Jojoy’.

¿Una niña de 17 años cómo sobrevive a las amenazas de la naturaleza?

Fue una prueba a su fortaleza. Recuerdo que cuando la liberaron un periodista le preguntó si iba a salir del país. Ella se molestó y respondió: “Yo no me voy. Me quedo aquí y haré lo posible porque este país algún día conozca la paz”.

¿A Juliana la llevaron a la zona de despeje?

Sí, señor. Allí se encontró con otros. Era zona de secuestrados. Aun cuando la tenían en aislamiento, no era en una reclusión común. Alguna vez la persiguió una babilla, por ejemplo, según cuenta ella con horror.

¿De los 100 días del secuestro, para usted, cuál fue la mayor pesadilla?

Cuando nos dijeron que la habían sacado de Bogotá y que la llevaban rumbo a la selva del Pacífico. Yo me preocupé muchísimo porque los riesgos de un traslado de esos es terrible; la naturaleza es feroz. Esa preocupación la tuvimos siempre hasta cuando nos informó Camilo Gómez que estaba en la zona de despeje y la iban a liberar.

¿Nunca enfermó?

No, no. Estuvo bien de salud y estuvo bien tratada. Aun cuando, claro, bien tratada y secuestrada es una cosa relativa. No hubo maltrato, es cierto, pero el solo hecho de ser víctima de un secuestro es terrible.

¿Qué recordó ella de estos días con más dolor?

Los movimientos, los traslados a media noche, a las tres de la mañana. Las caminatas eran en su mayoría nocturnas y dormían de día.

¿Y usted perdonó?

Mi mujer y yo perdonamos y Juliana también, que es lo más importante. Por eso está bien que hoy usted me jale la lengua y me exprima el corazón hablando de estas cosas. Yo insisto en que en la tragedia del dolor de la guerra es donde está la mayor energía para la reconciliación.

¿Es muy posible que en el Caguán usted y su hija se encuentren con los carceleros?

Sí y será una conversación de reconciliación. El premio de la compensación del dolor es mayor que el dolor: es impedir que a los demás les suceda en el futuro. Eso vale más que el dolor; vale más que el deseo de vengarse; vale más que hacer rabietas todos los días. Es mejor saber que uno ha contribuido a que a los demás no les suceda esa tragedia y ese dolor.

Ahora, ministro, ¿qué va a pasar a partir de mañana en Colombia?

Vendrá un gran momento de reflexión sobre la decisión electoral de votar ‘Sí’ al acuerdo o votar ‘No’ desautorizándolo. Pero ya empezaremos a vernos distinto; a vernos como un país donde se puede circular la carga por carretera a cualquier hora, donde los puertos pueden funcionar en cualquier momento, donde la atención a enfermos o de emergencia se puede hacer también a cualquier hora, porque hay seguridad, porque las extorsiones han rebajado notoriamente. Eso va a cambiar el funcionamiento de este país; lo va a poner al servicio de lo que debemos buscar, que es arrastrar ese campo, esa Colombia rural que no ha podido entrar ni siquiera al siglo XX, para no decir siglo XXI.

Ministro, ¿por qué votará ‘Sí’ en el plebiscito?

Tengo razones personales para decir ‘Sí’; las tendría para el ‘No’, porque yo tengo una herida, tengo rabia y tengo recuerdos terribles, y poco de lo que venga de las Farc me gusta. Pero hay razones para decir sí en mi familia y evitarles a otros colombianos en el futuro el secuestro u otras tragedias.

Usted no comulga con la ley del talión del ojo por ojo…

Absolutamente, para nada; para eso existen instituciones que civilizan a la humanidad. Este país va a ser un país distinto sin las Farc. Dos generaciones y media no sabemos cómo es Colombia sin las Farc armadas, y ese desarme va a suceder. Mañana nace un nuevo país, otra Colombia, mañana rescatamos a media Colombia territorial y demográficamente, que estaba abandonada del progreso de la nación.

¿Qué explicación tiene que dos hombres estadistas, líderes, expresidentes, como Álvaro Uribe y Andrés Pastrana estén empeñados en votar ‘No’?

No tiene una explicación más allá de un toque de vanidad. Como lo dijo el presidente Santos en Naciones Unidas, “esto que pasa mañana se les debe a todos ellos”. Uribe hizo todo lo que tenía que hacer en materia de seguridad y también intentó una conversación de paz con las Farc y con el Eln; la logró con los paramilitares. Pastrana los derrotó política e internacionalmente. Y así…

Ministro, si alguien está indeciso, ¿qué le diría?

Si cree injusto que los militares estén en la cárcel, hágase la reflexión de que si vota ‘No’, los militares detenidos no van a poder salir libres.

¿Cuántos hay?

'Grosso modo', hay 1.000 que están presos y otros 4.000 o un poco más que están en investigación o con medidas.

¿Si gana el ‘Sí’, qué pasará con los militares detenidos?

Muchos de ellos pasarán su navidad, su año nuevo, reyes, en sus casas. El que vota no estará votando porque los militares se queden en la cárcel.

‘No, nuestros militares y policías no están haciendo crochet’

Aprovecho este reportaje para decirles a las viudas, a los huérfanos, a los padres que enterraron a sus hijos o a las madres que están en el Hospital Militar cuidando a su hijo que perdió una pierna o un ojo que el país –a pesar de declaraciones tan aterradoras como las de la señora Cabal– los quiere mucho, los admira, les agradece; reconoce en ellos dignidad, patriotismo, compromiso, y que reconocemos el sacrificio que han hecho. Este año, 985 miembros de la Fuerza Pública han sido muertos o heridos. Pocos ejércitos y policías del mundo pueden decir que han sufrido casi mil bajas, ni siquiera Afganistán o Siria. Que a mí no me vengan a decir que la Fuerza Pública está sentada haciendo ‘crochet’. Está dedicada a garantizar la seguridad de los colombianos, y ¡es la fuerza más poderosa de nuestra historia!

YAMID AMAT
Especial para EL TIEMPO

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