Cortes

De regidor en Semana Santa a Defensor del Pueblo

Carlos Negret Mosquera fue mensajero y mesero antes de convertirse en un exitoso abogado.

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El Defensor del Pueblo estuvo el viernes en Altos de Cazuca, Soacha, durante la conmemoración del Día Nacional de los Derechos Humanos.

Foto:

Julio César Granados / Defensoría del Pueblo

11 de septiembre 2016 , 12:24 a.m.

Cuando el nombre de Carlos Alfonso Negret Mosquera comenzó a sonar como el nuevo defensor del Pueblo los medios buscaron fotos suyas en la redes y solo encontraron una en la que aparece vestido de encolado frac, camisa diplomática, chaleco de piqué tableado, guantes blancos y zapatos de charol. En las manos –se ve en la imagen– sostiene una delgada cruz de cedro macizo de 1,50 metros de largo, adornada con una coronita de flores moradas de pensamiento y ensueño.

De muy bajo perfil –no maneja ni siquiera Twitter–, va en contravía de todos los demás políticos que no pierden oportunidad para inflar su nombre y su imagen.

El día de la sesión de elección, el más importante de su vida, la fiebre le subió a 41 grados, la presión se le bajó a 50-30, el pulso a 30 y sintió que todo se le iba. “Estabilíceme doctor aunque sea por media hora”, le dijo Carlos Negret al doctor Saab, el médico permanente de la Cámara de Representantes. Le pusieron un catéter con antibióticos y antifebriles, reposó un rato, se abrochó la camisa, subió y apretó el nudo de la corbata color vino jaspeado, enclochó los dos lentes de sus anteojos que siempre lleva colgados en el cuello, se encomendó a Dios y, sudoroso y con la visión borrosa, caminó a echar su discurso en el podio de ese medio ruedo de la Cámara de Representantes, donde muchos políticos han salido corneados.

(Además: Carlos Negret Mosquera, nuevo Defensor del Pueblo)

Solo un representante no votó por Negret. Los otros 146 (147 de los 166 estaban presentes) lo respaldaron como nuevo defensor del Pueblo, defensor de los desprotegidos que son la mayoría de los colombianos.

–¿Cómo logró ese apoyo total de todos los partidos para liderar una de las cuatro complejas y poderosas ‘ías’ del país?

–¿Sería por ser un buen ciudadano?, contesta preguntando.

Y no solo por eso, sino porque no le encontraron ningún esqueleto en el armario, además de esas fotos vestido de regidor en la Semana Santa en Popayán, una especie de Esmad de las procesiones, armado con un bastón de mando en forma de cruz.

Su hoja de vida es elocuente: fabricante y vendedor de ‘brownies’ en el Liceo Cervantes de Bogotá, mensajero de la Caja Agraria, mesero de Crema y Lujuria, mesero de Intermezzo, mesero de Burrito Kids, repartidor de yogures de Lácteos Puracé.

Con estos trabajos se pagó la carrera de abogado en la Universidad Javeriana porque en Popayán los apellidos (los dos) muy pocas veces van acompañados de fortuna. En esa ciudad, dicen, vale más ser respetable que rico.

Y más cuando su madre, la bella Ligia Mosquera Troya, murió de infarto a los 29 años y dejó cuatro hijos (el mayor de apenas cinco años) y cuando César, su padre, murió también seis años después, a los 41. Los hermanos Negret Mosquera son muy unidos, porque no hubo herencia.

En 1951, cuando el subteniente lancero César Negret Velasco –su padre– tenía 20 años, lo mandaron con el Batallón Colombia a combatir en la guerra de las dos Coreas a 15.000 kilómetros de su patria. Luego se retiró con el grado de mayor del Ejército para estudiar derecho y en 1970 fue nombrado alcalde de Popayán por Rodrigo Velasco Arboleda, a quien le renunció en Marzo de 1971, después de que el gobernador, conocido como ‘un hombre llamado caballo’, ordenó, contra su voluntad, echarles la caballería a los estudiantes en huelga; mataron al líder estudiantil ‘Tuto’ González Posso y detuvieron al constitucionalista Ernesto Saa Velasco, profesor de la Universidad del Cauca.

Un día su padre –César Negret– llegó con extraños síntomas al Hospital Militar de Bogotá pero no lo dejaron entrar porque no traía el carné del organismo de seguridad en el bolsillo y murió esa misma noche en la Clínica de Toxicología Uribe Cualla de un infarto cuando lo trataban equivocadamente de intoxicación, por haber almorzado un pescado malo.

En Popayán cada persona o familia tiene su apodo y esa perversidad es tan común que nadie se ofende. A ellos –toda la familia Velasco– les dicen los ‘matapalos’, gracias a que su tío Arcesio Velasco Iragorri enamoró y abandonó a una paisana que la secó el despecho, así como se secan los árboles cuando se les trepa la parásita llamada matapalo.

Al ruedo

Huérfanos de padre y madre, Carlos y otro hermano se vinieron con Gloria Kimmel Villavicencio, la segunda esposa de su padre, a vivir a Bogotá. Una vez graduado como abogado, trabajó en el Banco del Estado, el Incora, Corpavi, fue negociador de deudas entre bancos y clientes y exitoso lobista de varias empresas en el Congreso Nacional, oficio que le permitió conocer los vericuetos, pasillos alfombrados y todas las oficinas del Capitolio, además de legisladores y empleados de todos los niveles y antigüedades.

También fue cónsul en Chicago durante cuatro años en la época de Samper y era famoso en la comunidad porque, por su esencia humanitaria, se dedicó de día a visitar y socorrer, juiciosa y silenciosamente, a los presos connacionales en los estados de Illinois, las Dakotas, Michigan, Wisconsin y Ohio. De noche, los fines de semana, iba feliz a bailar salsa en metederos latinos como si nadie lo conociera. Esa música es otra de sus pasiones, que disfruta a diario rotando sus más de 150 LP, cuando está en su casa, o en CD originales cuando sube a un carro y se vuelve autoritario. Se tiene que escuchar a la Fania All Stars, Niche, Eddie Palmieri o Rubén Blades, sin importar si un viaje es de minutos o de 16 horas a la Costa. Su esposa, María Leonor Velasco Melo, hija del ‘Checo’, y sus hijos, Víctor Manuel y José Vicente, ya se ‘salsarizaron’. Así lo expresan.

En los pocos días que lleva con su primer carro oficial, los escoltas ya se están acostumbrando a oír salsa en el camino cuando se acaban los programas de noticias, y se sorprenden de detalles como el del martes, cuando jugó la selección Colombia contra Brasil, porque los dejó ir más temprano para que vieran el partido como hace (o hacía) él cada que juega su glorioso Deportivo Cali.

Ni en el perfil del teléfono tiene fotos suyas, sino de alguno de sus dos hijos, del último que haya izado la bandera.

Su otra pasión es ser carguero en las procesiones de Semana Santa en Popayán y, mientras se toca y muestra el callo de sus hombros como una medalla de guerra, va contando orondo que ha sido carguero de la Magdalena, el Cristo de la Buena Muerte, el Calvario, el Cristo del Cachorro, el Prendimiento, la Sentencia y el Cristo de Varacruz, y se lamenta de no haber podido llegar a ser el único payanés que ha cargado los cuatro Cristos que desfilan en las procesiones. Por orden médica tuvo que abandonar su barrote y alcayata de carguero después de sufrir un cáncer de linfoma que hace tres años le pegó el primer gran susto de su vida.

Tranquilo, cordial y muy pendiente de su familia y amigos ha ido recorriendo y abonando, sin querer queriendo, el sendero político, haciendo y manteniendo amigos sin esfuerzo, evitando confrontaciones, conciliando, hasta llegar a ganarse el apoyo del ‘Señor Presidente’, como siempre ha llamado a Juan Manuel Santos, quien lo nombró secretario general del partido de ‘la U’, seguramente sabiendo de su enorme capacidad para manejar egos y jerarquías como los que pululan en todo partido político.

Ese andar, sin darse codazos, lo llevó a que saliera electo con 146 de los 147 votos posibles el 16 de agosto, cuando tuvo que abandonar el Congreso en camilla dentro de una ululante ambulancia para luego enterarse, entubado en una sala de cuidados intensivos, que había salido gran ganador.

En esa sala, cuando el país comenzaba a conocer su nombre, pasó cinco días críticos debido a una peritonitis aguda que solo su desmedida fe lo daba por salvado.

El columnista Eduardo Nates López escribió en ‘El Liberal’: “Qué alivio saber que la Defensoría del Pueblo está en manos de quien no tiene interés de competir a diario con sus pares nacionales, por los titulares de prensa ni por las cámaras de televisión ni lagarteando entrevistas ni micrófonos”.

(También: Posconflicto, otro desafío para el nuevo Defensor del Pueblo)

Las obligaciones

Como defensor del Pueblo, Carlos Negret sabe que debe velar por los derechos fundamentales de los colombianos, no recibir órdenes ni instrucciones de ninguna autoridad y dirigir la oficina de reclamos de un país donde la mayoría arrastra un atropello a su dignidad ciudadana.

Debe escuchar y ayudar a enfermos que los botan más enfermos de las clínicas, a niños víctimas del matoneo por su condición racial, sexual o económica; velar por los desplazados y los despojados de las tierras, desaparecidos, ancianos maltratados, indígenas segregados, homosexuales perseguidos por homofóbicos, comunidades a las que les secan o contaminan el derecho al agua, presos hacinados como cajetillas de cigarrillos, habitantes solitarios de las calles, y muy pronto defender los derechos de guerrilleros reinsertados que sean discriminados por su pasado. Sabe que debe desempeñar sus funciones con autonomía, independencia e imparcialidad según su criterio.

El artículo 282 de la Constitución le dicta claramente sus funciones y obligaciones para cumplir con ese mandato de proteger a los sin voz. Gobierna a 2.000 empleados y a más de 4.000 abogados contratados para amparar a los que no pueden pagar las defensas de sus derechos ante las autoridades competentes que muy fácil se tornan incompetentes.

Tiene una especialización en Derecho Internacional de los Derechos Humanos, pero ayudar a los demás es una vocación para la cual no hay que estudiar.

La carantanta y la charla han terminado. Llegó la profesional que le hace la hora diaria de terapia ocupacional por orden médica. “Hermano, lo que sí tengo claro es lo que se necesita para seguir viviendo”, concluye.

(Lea también: Carlos Negret es trasladado de urgencia a clínica)

Esa experiencia la tiene que aplicar para proteger a los enfermos rechazados en las puertas de los hospitales, algunos de los millones de colombianos que tiene que proteger desde su oficina de Defensor del Pueblo.

FERNÁN MARTÍNEZ MAHECHA
Especial para EL TIEMPO

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