Conflicto y Narcotráfico

Las guerras interminables del soldado Alejo Durán

El dramático caso de este hombre muestra los estragos del trastorno de estrés postraumático (TEP).

Conflicto armado en Colombia

Una imagen que resume la crudeza del conflicto: el soldado Fredy Iturre llora frente al cadáver de su medio hermano, Simón Gómez, después de un combate con las Farc.

Foto:

William Fernando Martínez / Archivo EL TIEMPO

17 de febrero 2018 , 11:09 p.m.

“Desde que llegó le pusimos ‘Pollito’. Era un cabo tercero y llevaba como tres meses en Norte de Santander. Era como de buena familia –no entendíamos por qué se había metido al Ejército–. Un día nos mandaron a hacer un registro por la vereda Cerro Azul. Como no vimos nada, dijimos: ‘Devolvámonos’. En esas oímos un ruido metálico y ‘Pollito’ nos dijo que termináramos de subir el cerro. Le repetimos que mejor nos regresáramos, que seguro eran raspachines. Ahí lo volvimos a escuchar: era el sonido de una cantimplora golpeando una roca. Todos lo reconocimos.

“Subimos la trocha callados, pero nos vieron. Nos encendimos a plomo y salieron corriendo. ‘¡Vamos a seguirlos!’, gritó el cabo. Para ese tiempo, yo ya tenía siete años de soldado profesional. Entonces lo paré y le dije que volviéramos. Empecé a silbarle al ‘Llanero’, que iba de punta de lanza. Si esos manes nos querían hacer seguir era por algo. En esas, un poco más arriba, salieron dos guerrillos y nos dispararon. ‘¡Vamos!’, gritó ‘Pollito’ y tiró por el camino mientras otros tres lo seguían, disparando como locos.

“Yo venía corriendo detrás de ellos cuando lo cogió la mina. ¡Trun! El cabo voló por encima de los otros tres y quedó pegado a un árbol. Sus piernas cayeron 100 metros loma abajo. ‘Pollito’ quedó con los brazos entre dos ramas, suspendido en el aire como un Cristo mocho. Como si nada, me miró y empezó a gritarme: ‘Ayúdeme a parar, que esa gonorrea casi me mata’. Luego debió sentir algo, porque miró para abajo y se dio cuenta. Se le notaba el dolor en la cara. ‘Me mató, Durán. ¡Me mató! ¡Me mató!’. Todavía gritándome, se deslizó hasta que cayó al suelo en un charco de sangre”.

Sentado en un apartamento de un barrio marginal de Cúcuta, el exsoldado Alejo Durán tensa su cuerpo. “Cualquier cantidad de noches lo escucho”, dice acomodándose en una silla plástica. A su lado, dos amigos, también veteranos de guerra, desvían la mirada. Durán cierra un puño. Tuerce el labio y repite el grito que lo acompaña desde hace más de una década: “Me mató, Durán. Me mató”.

***

Una mañana, frente al pequeño apartamento que le dio el Gobierno por haber sido herido en combate, Durán fuma marihuana para tranquilizarse. Todos los meses gasta unos 150.000 pesos en droga, casi una cuarta parte del salario con el que mantiene a su esposa y su hija, de 6 años. Cada noche, las pesadillas lo despiertan dos o tres veces. Cuando eso sucede, se levanta de improviso con la rabia propia del combate. Su esposa intenta calmarlo. Él disimula. Respira profundo, da un par de pasos hasta la cocina, toma un vaso de agua y abre la ventana. Al rato, enciende un cigarro de marihuana.

Durán no tolera las multitudes ni los ruidos inesperados. Los uniformes o cualquier cosa que le recuerde el Ejército lo descontrolan. No puede ir a un restaurante si un amigo lo invita de improviso ni realizar ninguna otra actividad no planeada. En cada esquina ve peligros inesperados, cilindros a punta de explotar, minas listas para reventar las piernas de los transeúntes. La gente lo irrita, cualquier altercado lo incita a la violencia, termina en peleas a menudo y teme terminar matando a alguien.

El miedo persiste desde el 2012, cuando se retiró del Ejército tras casi 14 años de servicio. Desde esa época sufre los síntomas del trastorno de estrés postraumático (TEP), un desorden mental en el que la reminiscencia involuntaria de un evento produce ansiedad, sentimientos negativos, pesadillas, hipervigilancia, alucinaciones, irritabilidad y cambios abruptos en el comportamiento.

En Estados Unidos, el país que más ha investigado el tema en años recientes, la prevalencia del TEP para sus soldados en Irak ronda el 23 por ciento, según un metaanálisis de 33 estudios publicado en el ‘Journal of Anxiety Disorder’. En otras palabras, casi uno de cada cuatro veteranos de las operaciones Iraqi Freedom y Enduring Freedom revive constantemente el conflicto.

Los costos que esto genera son colosales. Anualmente, la Administración de Veteranos gasta cerca de 4.000 millones de dólares en tratamientos para esta clase de trastornos, más de dos veces el PIB de un país como Belice. Y esto es poco si se tienen en cuenta los costos relacionados con la productividad. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), las pérdidas financieras debido a los desórdenes mentales fueron de alrededor de 8,5 billones de dólares en el 2010, más de tres veces el PIB actual de India.

En Colombia, un estudio del Hospital Militar encontró una prevalencia del 10,4 por ciento, pero muchos psiquiatras y psicólogos creen que hay un subdiagnóstico significativo. Si las cifras son correctas, al menos 24.000 soldados activos tendrían síntomas similares a los de Durán. Dado que la guerra en Colombia ha durado más de medio siglo, no sería sorprendente que el total de los exsoldados con estos síntomas se acercara a los cientos de miles, una cifra que la ubicaría al lado del cáncer en términos de cantidad de afectados. Muchos de ellos no reciben la atención médica que necesitan y, peor aún, muchos más permanecen ocultos, como Durán, sin diagnóstico por razones económicas o burocráticas.

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En una oficina de Manhattan atiende el doctor Charles Marmar, jefe de psiquiatría del Langone Medical Center de la Universidad de Nueva York, que ha estudiado el TEP durante más de 30 años. “El empuje para promulgar el trastorno de estrés postraumático como un problema de salud pública empezó con Vietnam –dice–. El desorden se había analizado desde hacía siglos bajo un nombre u otro, pero esa guerra cambió todo. Psiquiatras y psicólogos de la Administración de Veteranos empezaron a notar que muchos exsoldados parecían atrapados en el conflicto del sureste asiático”.

En 1983, el ‘National Vietnam Veterans Readjustment Study’, comisionado por el Congreso, halló que más del 15 por ciento de los veteranos sufrían en ese momento de TEP y que al menos el 30 por ciento lo había sufrido en los años posteriores al conflicto.

Estudios recientes han dado luces sobre el origen del problema. A grandes rasgos, el trastorno de estrés postraumático surge de la interacción irregular de tres partes del cerebro: la amígdala, el hipocampo y la corteza medial prefrontal. En situaciones normales, estas áreas interactúan para coordinar la reacción al peligro.

Simplificando bastante, la amígdala, una estructura con forma de almendra ubicada en el lóbulo temporal, genera una respuesta ante un evento traumático; el hipocampo, otra área del lóbulo temporal, registra en la memoria la respuesta a dicho evento, y la corteza medial prefrontal regula la relación entre el evento, la memoria de eventos pasados y la respuesta correspondiente.

Si nos topamos con un tigre, por ejemplo, la amígdala nos provoca un miedo intenso, aumentando el ritmo cardiaco, deteniendo la digestión y dándonos el impulso energético necesario para correr o defendernos. El hipocampo registra esta respuesta al encuentro con el tigre y el lóbulo prefrontal se encarga de analizar, basado en memorias de eventos pasados, si la reacción es consecuente.

En la mayoría, este sistema funciona adecuadamente. Pero alrededor del 30 por ciento de las personas tienen una suerte de cortocircuito al vivir un suceso traumático. En ellos, la memoria del evento no se registra correctamente y las reacciones futuras se tornan desmedidas (sienten pavor al toparse con un gato luego de sobrevivir milagrosamente al tigre, para seguir con el ejemplo). Por eso, muchos exsoldados que sufren TEP se sienten tan mal junto a gente vestida de camuflado.

“Olvídese de los humanos y la ansiedad –plantea Marmar–. Hablemos de puentes. ¿Cuál puente es más probable que se caiga en un terremoto? Si los humanos están construidos de una manera pobre, lo que en este caso quiere decir genéticamente más susceptible o desgastados en su niñez, y les damos un uso fuerte, los destruiremos. La biología y la ingeniería mecánica no son diferentes en este sentido. Es el mismo problema”.

La buena noticia es que ya existen terapias con niveles de éxito de hasta 80 por ciento que permiten a las personas con TEP llevar vidas normales. Pero, por supuesto, antes deben ser evaluadas. Colombia necesita un estudio de prevalencia para entender la magnitud del problema, me advierte Marmar. “Me sorprendería si no fuera de al menos 25 por ciento en las personas que vivieron combates, presión de la guerrilla o secuestro”, afirma.

***

“En mi familia, todos éramos sanos. Luego estuve en una toma en Puerto Inírida y yo digo que desde ahí traigo esta cuestión. Fue poco después de incorporarme al Ejército. En ese tiempo, a finales de los 90, nos dábamos plomo una vez a la semana, barato. En ese tiempo no nos encontrábamos con 15 guerrilleros, sino con 200.

“En Puerto Inírida se metieron como 1.500 guerrilleros. Nosotros éramos 150 soldados. Duramos cuatro días y cuatro noches sin dormir, y no pudieron sacarnos, pero mataron a más de 40. Desde ahí empecé a no dormir de vez en cuando. Y con el tiempo fue peor. Es verdad que hay momentos en que uno se siente bacano. Uno está viviendo la guerra y eso es emocionante, pero luego los muertos aparecen en cantidades, tanto nuestros como de ellos. Entonces uno se siente mal de la cabeza. Al final ya no dormía nunca”.

En casa de un amigo, Durán baja la voz: “Prácticamente estuve a punto de... –fija su mirada en el piso–. Si hubiera durado seis meses más, habría matado a alguien de mi batallón o a mí mismo”.

Sus dos amigos asienten, uno sin una pierna, el otro con esquirlas en todo el cuerpo. Durán recuerda con rabia el año posterior a su partida del Ejército. No podía salir por la ansiedad que le generaba estar fuera de su apartamento. Parte del tiempo lo dedicaba a hablar con abogados para pedir que una junta médica le hiciera otra evaluación. Recibir una pensión dependía en parte de los problemas psicológicos que le diagnosticaran, pero fue una pelea perdida. Su esposa lo mantenía a flote.

“Uno no pide que le den 200 millones –continúa Durán–, pero por lo menos que no sean tan hijueputas. Si uno necesita un tratamiento médico después de haberle servido 14 años al Ejército, atiéndanlo. Si uno requiere una pensión, así sea pequeña, páguenla”.

Frunciendo el ceño, se levanta de la silla y sentencia: “En otra situación, yo ya me habría matado, pero tengo una hija y a mi esposa”. Cierra los ojos y aprieta la mandíbula. Permanece callado, como si estuviera aguardando que algo pasara. Al poco tiempo, sale a fumar.

SANTIAGO WILLS
Periodista bogotano que trabajó en esta historia como parte de la beca Rosalynn Carter en periodismo sobre salud mental.

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