Para una mejor experiencia, active los estilos en la página. Como hacerlo?
Para una mejor experiencia, active el javascript de su navegador. Como hacerlo?

Actualizado 07:14 p.m. - sábado 19 de abril de 2014

Justicia 08:43 a.m.

Así vive Laura Moreno su casa por cárcel

Así vive Laura Moreno su casa por cárcel

Laura Moreno pasa sus días en detención domiciliaria desde hace casi cinco meses

Foto: Néstor Gómez/ EL TIEMPO

En tanto avanza el juicio por la muerte de Luis Colmenares, la joven habla del impacto en su vida.

-Hazme un favor, camina hacia la puerta -le pide un camarógrafo que la graba.

-¿Así? -le pregunta ella.

A las 8 de la noche del viernes pasado, el apartamento de Laura Moreno parecía un set de grabación. No parecía: estaba convertido en un set de grabación. Un canal de televisión estadounidense vino a grabarle una entrevista y armó un tinglado de luces. Poco después, habló para un noticiero nacional. Al final, se sentó a dar esta entrevista (Vea paso a paso el caso de la muerte de Luis Andrés Colmenares).

No se trataba de que volviera a dar su versión de los hechos de ese 31 de octubre de 2010, que ha repetido en todos los medios.
Tampoco de concluir lo que la justicia deberá decidir: si tuvo o no relación con la muerte del estudiante Luis Andrés Colmenares. Se trataba de ver cómo pasa los días, en su casa por cárcel, una de las personas cuyo nombre aparece hoy en carteles de manifestantes que piden justicia, incluso fuera de Colombia.

-Me perdí. Espérame me enfoco -responde ante la primera pregunta, que era: ¿dónde nació? Después de unos segundos, Laura Moreno cuenta que es bogotana, aunque de niña se fue a vivir a Yopal, Casanare. Su papá, Jorge Moreno, trabajaba como contratista de una compañía petrolera y por esa razón su infancia fue errante: a donde enviaban a su padre iban ella, su mamá, su hermano y sus dos hermanas (de parte de madre). "Vivimos por todo el país", dice. Su voz suena tranquila. Ha quedado muy atrás el llanto que hace unos minutos se le vio en directo por televisión (los personajes del caso Colmenares).

La trashumancia acabó en Yopal. Laura cursó allí hasta tercero de primaria, en el Gimnasio de los Llanos. "Como a mi papá le empezó a ir bien y creó su propia empresa, comenzaron a extorsionarlo -cuenta-. Tuvimos que venirnos a Bogotá".

Montajes JM, de la que su padre es socio, presta servicios de ingeniería a multinacionales del petróleo. Primero vivieron en arriendo en el barrio Nicolás de Federmán y luego adquirieron el apartamento que hoy ocupan en Ciudad Salitre. Es amplio, sobrio, situado en el tercer piso de un conjunto residencial con seguridad rigurosa. Laura entró al Colegio Agustiniano, en su sede del Salitre, y aunque era apenas a unas cuadras, la llevaban en el carro de la familia. Durante los últimos años de colegio, ella tuvo que empezar a salir escoltada, debido a extorsiones de delincuentes comunes, que volvieron a aparecer.

-Eso me hizo ser fuerte. Lo mío no es cinismo ni frialdad, como muchos creen -dice Laura, en alusión a lo que tantos colombianos, en foros de redes sociales, comentan sobre la inexpresividad de su rostro y su apariencia, para muchos desafiante, en las audiencias por la muerte de Luis Andrés.

La primera vez que fuimos a su apartamento, ese viernes, estaba seria, contestaba con serenidad. La segunda, cuando aprovechamos para conversar con algunas de las amigas que la acompañaban, estaba sonriente, sentada en el suelo haciendo una cartelera, recibiendo en la puerta de su casa con un amplio saludo a los visitantes.

Desde antes de graduarse del colegio, Laura soñaba con estudiar Ingeniería Industrial en la Universidad de los Andes. No pasó por cuenta de su puntaje en el Icfes. Se inscribió en la Javeriana y allá cursó un solo semestre, en el 2006, sin muy buenos resultados académicos. "La Javeriana era demasiado alocada para mi estilo", dice.

-¿Cómo así 'alocada'?

-Uno sale del colegio desubicado y se encuentra con un sitio que tiene al frente bares y un montón de cosas. No me concentraba. Además, soy una persona obstinada, y mi deseo era estar en Los Andes.

Para entrar a la universidad que quería se presentó a una carrera que exigía menos puntaje de Icfes, Ingeniería Ambiental. Al estar matriculada, empezó su traslado a Ingeniería Industrial. Algunas compañeras la describen como buena alumna, "con unos cuadernos impecablemente ordenados". En la universidad se encontró con un amigo de infancia, Carlos Cárdenas, con quien compartió clases en el Agustiniano desde quinto de primaria. "En el colegio fuimos los mejores amigos, pero él tenía su novia y yo mi novio. Después comenzamos nuestra relación", cuenta. Laura y Carlos Cárdenas fueron novios durante tres años. "Un noviazgo tan largo comienza a ser aburrido. No porque él fuera mala persona, yo quería disfrutar mi juventud", recuerda.

Fue entonces cuando conoció a Luis Andrés, que también estudiaba Ingeniería Industrial en Los Andes y era monitor del grupo de Laura en Dinámica de Sistemas. "¿Enamorada de él? No. Lo conocí muy poco. Un mes. Me gustaba lo buena persona que era conmigo, pero yo tenía mi mente cerrada a una relación", dice. "Y no porque mi anterior noviazgo hubiera sido traumático, sino porque quería estar sola por un tiempo", insiste. Se ha sabido ya que en ese mes empezaron un coqueteo. Laura recogía a Luis Andrés en el Kia Sportage que manejaba para ir a la universidad. Y a esa fiesta de Halloween del 2010, la última para Colmenares, fueron juntos. Las versiones sobre lo que pasó esa noche se han oído en su voz decenas de veces. Hay quienes le creen, otros no. Para los abogados de la familia de Luis Andrés Colmenares, Laura "es una mentirosa". Para amigas suyas, como Natalia Girón, "ella es incapaz de esconder algo".

"Confío plenamente en su verdad", afirma.

Luego de la muerte de Colmenares, Laura siguió asistiendo a la universidad y revivió el noviazgo con Cárdenas, según cuenta su amiga Natalia. Cuando recorría los pasillos del plantel, se generaba un murmullo entre los estudiantes. Le empezó a ir mal académicamente y pensó en irse a Canadá a estudiar inglés, un proyecto que dice que venía de tiempo atrás. "Me pareció el momento perfecto. Necesitaba encontrarme conmigo misma".
Estaba acostumbrada a viajar. A Estados Unidos, Europa, Suramérica, Medio Oriente. Sin embargo, cuando estaba lista para ir a Toronto, fue detenida. "Pasé seis días en la Sijín, durmiendo en el piso, comiendo en platos plásticos, bañándome con agua fría. Terrible".

-¿Se arrepiente de algo?

-¿Sabes que no? De pronto en los primeros momentos. Pero hoy no. Creo que ha sido una experiencia que me ha dejado mucho aprendizaje.

En su casa, con detención domiciliaria, vive con su papá, su mamá -Consuelo Ramírez, nacida en Villavicencio y dedicada al hogar- y su hermano Jorge Andrés, de 16 años. El pasado 22 de febrero, cuando fue citada a audiencia en el complejo judicial de Paloquemao, Laura estaba cumpliendo años. Veintidós. En la noche, recibió la visita de familiares y amigos que llegaron con tortas a felicitarla.

Ella describe sus días como tranquilos, unos más que otros. Se levanta, hace ejercicio, lee, teje, fabrica collarcitos. "También me preparo para las audiencias, las citas con los abogados, las entrevistas". La visitan amigos ("pocos, porque más bien soy asocial y por eso paso por antipática", dice Laura) e incluso han ido sacerdotes que han realizado misas en la casa. En su mano derecha, tiene un denario verde de hilo, con el que dice que reza el rosario.

-¿Siempre ha sido tan creyente?

-He creído en Dios, pero esto me ha hecho volverme una persona totalmente espiritual.

Ha recibido apoyo psicológico. La primera vez fue recién muerto Luis Andrés, pero la terapia no duró mucho. "No me sentaba bien repetir la historia". Por eso, rompió los papeles en los que escribió cosas relacionadas con lo vivido. "Lo hice en un ataque de locura.
Para qué ver todo una y otra vez". Ahora, en su detención, ha recibido a otro psicólogo.

Laura cerró su Facebook, cambió su correo electrónico y casi no habla por teléfono. No se ha enfermado, quizá un dolor de cabeza, dice, y en lugar de bajar de peso ha subido, gracias a los antojos que le llevan las visitas. Aún tiene en su habitación tres anchetas de su cumpleaños y cuatro ejemplares que le han regalado de Por qué le pasan cosas malas a la gente buena.

-¿Duerme bien?

-Sí.

-¿Qué le hace falta?

-El viento. Salir a tomar algo en un pub, ir de compras, ver un plato en un restaurante, incluso ir a la universidad.

-¿Usted siente que ha cambiado en algo?

-En mi manera de ver a los demás. He aprendido a no juzgar y no ser tan fuerte con los otros porque hay personas que cometen errores. Afortunadamente, tengo forma de pagar abogado e investigadores, si no, ya estaría en la cárcel, sin tener cómo defenderme.

MARÍA PAULINA ORTIZ
REDACCIÓN EL TIEMPO

Facebook Twitter Google Buzz Enviar Instapapper
Paginar