Rafael Antonio Ramírez y su esposa, Dora Nelly Bedoya, junto a los estanques donde crían tilapias y cachamas. Guillermina (f. der.) lideró la creación de la panadería, que produce 20.100 panes diarios
Foto: Andrés Henao y Édgar VargasLas dos iniciativas recibirán este martes el Premio Nacional de Paz, que es patrocinado por EL TIEMPO, Semana, Caracol Radio, Caracol Televisión, Proantiquia, PNUD y Fescol.
La ceremonia será este martes a las 6:30 de la tarde en el Museo Nacional en Bogotá,
San Carlos, el pueblo que se negó a morir
Como si fuera un colonizador antioqueño de los que abrieron monte en épocas pasadas, Rafael Antonio Ramírez luchó contra la selva que cubría su finca en la vereda La Arenosa, de San Carlos, en el oriente de Antioquia, de la que había salido con su padres y 10 hermanos el 17 de enero del 2003, tras una masacre en la que murieron 18 personas.
"Fue triste encontrar la tierrita sin casi nadie y convertida en una selva. Pero pudieron más mis ganas de volver a respirar el aire de montaña", dijo este hombre, que hace parte de las 9.063 personas que desde el 2006 han abierto de nuevo el camino por el que se marcharon, entre 1998 y el 2005, 16.000 de los 23.000 campesinos que habitaban las 78 veredas del municipio.
San Carlos fue uno de los municipios de Antioquia más golpeados por la guerra entre paramilitares y guerrilleros. En más de una ocasión fue noticia nacional porque los campesinos morían cuando uno de los grupos armados disparaba contra los buses y carros escalera que los llevaban a sus fincas.
Pero, además, es considerado el tercer municipio del país donde los civiles más han sufrido por las minas antipersona, con 119 víctimas entre muertos y heridos, de las cuales 15 eran niños. Además, 127 militares cayeron en campos minados. Ahora, el municipio es líder en el combate de estos explosivos, que destrozaron las vidas de tantas familias.
Este fue uno de los pasos fundamentales en el retorno de Rafael Antonio, que, con su esposa, Dora Nelly Bedoya, lidera uno de los proyectos productivos más importantes de los campesinos para garantizar su permanencia en las veredas: el Refugio Raybe, la piscicultora más reconocida de San Carlos.
De esas miles de familias que han regresado al pueblo lentamente desde el 2006 hacen parte Mario Hurtado y su esposa, Merlandy Serpa, que tienen tras sí una historia de amor nacida en medio de la guerra en Putumayo. Él era paramilitar del bloque 'Central Bolívar' en ese departamento cuando le dieron la orden de matar a la que hoy es su mujer para que no cobrara una deuda. Pero él no fue capaz de matarla y cuando él se desmovilizó, en marzo del 2006, se fueron a vivir a San Carlos, donde él había nacido. Allí encontraron un pueblo casi fantasma y a otros paramilitares desmovilizados que pretendían que Mario retomara las armas. "Me negué", cuenta él.
Por eso tuvo que huir a Medellín sin su esposa y sus hijos. Ella debió superar el estigma de ser la mujer de un desmovilizado, pero ahora son líderes en medio del proceso de retorno.
Mario, que había vivido en Cali, donde aprendió hip hop, trabaja con jóvenes, mientras que su mujer lo hace con niños y madres que sufrieron los daños de la guerra. Es promotora de lectura.
Los principios del retorno han sido la voluntad, la seguridad y la dignidad. Bajo este lema, instituciones como Acción Social, Empresas Públicas de Medellín (EPM) y la Gobernación de Antioquia, han apoyado proyectos productivos, entre ellos la siembra de más de 100.000 árboles de café y la construcción de 500 viviendas.
Para el alcalde de San Carlos, Francisco Javier Álvarez, más conocido como 'Pelufo', el éxito del retorno tiene que ver con el trabajo interinstitucional, al que se han unido 30 organizaciones.
Algo para destacar es la alianza Medellín-San Carlos, mediante la cual la capital antioqueña invirtió más de 7 mil millones de pesos para lograr el retorno de 300 familias que se habían refugiado en Medellín. Todos quieren seguir construyendo su futuro en San Carlos.
Los cinco milagros que hicieron que todos comieran
De mira altiva y caminar recio, Guillermina Hernández, de 67 años, asegura que gracias a los milagros fundó en Barrancabermeja la Asociación Merquemos Juntos, que ayuda a los más humildes con microcréditos, capacitaciones y una planta procesadora de alimentos.
Recorriendo la casa de tres pisos construida en el popular barrio Versalles, esta hija de un campesino de Barichara cuenta que se abrió camino superando el miedo, la violencia y la pobreza que caracterizan las comunas nororientales del puerto petrolero.
Era 1992. Cuando los barrios más pobres eran escenario de asesinatos y enfrentamientos entre los paramilitares y la guerrilla, que se disputaban el control de la zona, la mujer convenció a diez vecinas para que, en las madrugadas, caminaran durante 45 minutos a un mercado, donde les salía todo más barato.
"En las comunas había pocas tiendas, que vendían muy caro. Aprendí a luchar para criar a mis tres hijos tras la muerte de mi esposo, que duró siete años inválido. Les dije a mis amigas que, si poníamos 200 pesos cada una, les compráramos directamente a los distribuidores", narra Guillermina.
Al principio, el dinero alcanzaba solo para verduras y unas frutas. Luego, la mujer hizo cuentas para determinar cuánto se gastaba cada familia en arroz, azúcar, jabón, aceite, sal y panela.
Aunque la violencia arreciaba, se le fueron uniendo más mujeres, que caminaban a su lado desde las 3 de la mañana para comprar arrobas de productos que distribuían equitativamente y trasladaban en carros de conductores que se unieron a la causa.
"Creo que allí ocurrió el primer milagro porque nunca nos salieron en la madrugada hombres armados. Con la ayuda del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio (PDPMM) constituimos la asociación con el nombre de Merquemos Juntas, pero los hombres se nos pusieron bravos. Así que lo cambiamos a Juntos" (risas).
Los otros milagros
Mientras a la casa llegan decenas de personas buscando un plato de sopa, que cuesta 700 pesos, o un almuerzo de 3.000 (a veces gratis), Lucía García Quintero, tesorera, cuenta que la agrupación ya tiene 38 familias socias.
Tras consolidar la compra de los mercados y establecer una tienda comunal en el 2007, las dos mujeres observaron un día a dos niños que lloraban en la calle. Eran desplazados y llevaban dos días sin comer. "Los invitamos a almorzar y al final de ese mes ya alimentábamos a 19." La plata y los mercados comenzaron a escasear y una fundación de Bogotá les dio 6 millones de pesos. "Con eso -agrega Lucía- consolidamos el restaurante", que fue el segundo milagro. Hoy venden más de 70 almuerzos diarios y preparan comidas de fiestas y reuniones. Y por un convenio con la alcaldía, Merquemos Juntos prepara 26.000 refrigerios diarios para los colegios.
Preocupada porque sus vecinos tenían que empeñar sus enseres, Guillermina los convenció para realizar un bingo y conseguir dinero para los más necesitados. "Prestábamos la platica, pero se iba acabando porque no cobrábamos intereses", cuenta. Ocurrió así otro milagro. "La Fundación Julio Mario Santo Domingo donó 25 millones, que, con otras ayudas de la embajada de Suiza y del PDPMM, sirvieron para consolidar los microcréditos", cuenta Virgilio Rodríguez, vicepresidente de la asociación.
Siguió el milagro que salvó a Guillermina de un atentado porque cambió su horario de misa, y, el último, que les dio la sede de Merquemos Juntos. Pero nada los frena. Ahora quieren montar un banco de pobres. "Tratamos de mercar esperanza y paz porque nuestro objetivo no es hacer plata a costillas de los demás, sino luchar por mejores condiciones de vida", concluye Guillermina.
YEISON GUALDRÓN Y FELIX LEONARDO QUINTERO
ENVIADOS ESPECIALES DE EL TIEMPO
SAN CARLOS Y BARRANCABERMEJA
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