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Protocolo básico a la hora de llevar una botella de vino de regalo

Se asume que el obsequio podrá ser abierto por quien lo recibe cuando le plazca.

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Quien ofrece un vino demuestra su buena intención, su deseo de participar y sus ganas de agradar.

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10 de agosto 2016 , 06:44 p.m.

Seguro que alguna vez se ha hecho esta pregunta: ¿es correcto llevar a una cena en casa de unos amigos unas botellas de vino? Ya sabe, eso tan frecuente de “vengan a cenar el viernes” y “perfecto, nosotros llevamos el vino”.

¿Es correcto regalar un vino? La respuesta es contundente: ¡por supuesto! Quien lo ofrece demuestra, para empezar, su buena intención, su deseo de participar y sus ganas de agradar. Todo ello, incluyendo las botellas, es motivo de agradecimiento. Pero eso no implica, en absoluto, que ese sea el vino que vaya a beberse en la cena de esa noche.

Si usted convida a unos amigos a comer en su casa, tal invitación es de su entera responsabilidad, hasta en el más mínimo detalle. Usted será quien planifique el menú, quien vaya a su proveedor favorito para adquirir los ingredientes, quien los cocine y, naturalmente, quien se encargue de seleccionar el o los vinos correspondientes. Es -repito- su compromiso.

Esta bebida es una parte muy importante de la comida. No puede dejarse al azar ni para el último momento. Las botellas que se vayan a abrir tienen que estar pensadas cuidadosamente para los platos que se servirán y deben estar en perfectas condiciones: a la temperatura correcta, decantadas y aireadas si así se requiere. Asuntos que no se hacen en dos minutos.

Si uno de sus invitados se presenta con una botella de vino, usted le agradece, y de verdad, pues ha pensado en la ocasión y ha puesto su interés, tiempo y dinero en seleccionar una buena botella. Pero hasta ahí: ese vino se entiende como un regalo, no como aquello que hay que consumir obligatoriamente en ese momento.

Conversarlo antes de la reunión

Ahora bien, esta no es la única posibilidad. Supongamos, por ejemplo, que el invitado sabe lo que su anfitrión va a cocinar. No es el caso de “¿vienen a cenar el sábado?”, sino el de “el sábado voy a hacer tal plato: ¿les gustaría venir?”. En este caso, sí es posible acertar. Naturalmente, debe advertirse al aceptar la invitación: “Estupendo, tengo el vino perfecto para ese plato y yo me encargo de llevarlo”.

Es decir, para que el vino que usted va a llevar llegue a la mesa, el anfitrión debe saber que usted tendrá el apropiado. Y aun así, eso no es suficiente: debe llegar con él en condiciones apropiadas para que sea abierto al llegar; esto es, cuidando, por lo menos, que llegue a una temperatura adecuada para su consumo.

No digo nada sobre una posible decantación, porque esa operación puede hacerse mientras que se toman los aperitivos, y sería raro que un vino de los de ahora necesite un tiempo de aireación muy largo. Esos fueron otros tiempos.

En resumen: si va a llevar un vino a casa de un amigo para cenar, hágalo siempre que juegue en terreno seguro. Si no es así, lleve un vino de regalo. Usted quedará muy bien y no hay quien no se alegre al recibir unas buenas botellas. Y -quién sabe- a lo mejor las reserva para otro encuentro con usted.

Hablamos, claro está, de casas particulares. En España, por ejemplo, no se acostumbra ir al restaurante con el vino ‘puesto’, aunque hay lugares en los que se permite que el comensal lo lleve y se le cobra una discreta (o no) cantidad por descorche y servicio.

Sin embargo, la realidad es que aquí no es costumbre, como tampoco lo es llevarse a casa la media botella que ha sobrado: no cuajó, pese a que hubo lugares que facilitaban unas elegantes bolsas ad hoc. Por cierto: en una ocasión gloriosa, en el restaurante de mi amigo Dino Rossi, él y yo nos beneficiamos de la excelentísima media botella ¡de Petrus! que había dejado un cliente.

No obstante, yo creo que llevar el vino al restaurante o llevarse del mismo el vino sobrante es algo que pega mal con la idiosincrasia del español, siempre tan preocupado por el “qué dirán”.

Volviendo a la cena en la casa de unos amigos, llevar una botella de vino de regalo me parece tan adecuado y elegante como el clásico ramo de flores. Y no he visto el primero que se lamente de que le lleven un vino.

Toda regla tiene su excepción

Dicho todo esto, que quede claro que si, a pesar de ignorar lo que yo había preparado para cenar, usted se presenta en mi casa con una botella de Romanée-Conti, procederé encantado a cambiar de menú: congelar lo ya hecho y preparar, en un pispás, unos simples y sabrosos confits de pato que sacaré del ‘fondo de la despensa’.

A tal generosidad no es posible contestar con el egoísmo de guardarse esa joya para uno solo. Quien le ha regalado esa botella entiende de vinos y los grandes vinos están hechos para beberlos con quienes saben disfrutarlos.

CAIUS APICIUS
PERIODISTA ESPECIALIZADO EN GASTRONOMÍA Y VINOS DE LA AGENCIA EFE

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