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¿Terminaremos bebiendo vinos 'made in China'?

China se ha consolidado como el segundo país del mundo con más superficie de viñedos.

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Fangshan, a unos 40 kilómetros al suroeste de Pekín, Xinjiang y Ningxia, al noroeste, y Henan, en el centro, son los lugares con mayor número de viñedos de la potencia asiática.

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AFP

01 de septiembre 2016 , 01:23 p.m.

¿Quién iba a imaginar hace unos años que el país del baiju, un licor de cereales chino con una elevada graduación alcohólica, iba a combinar sus populares -y peligrosos- brindis con este brebaje, casi imprescindible para cerrar exitosamente un acuerdo de negocios en la segunda economía mundial, con una progresiva popularización del vino y la aspiración oficial de crear un producto doméstico de calidad?

A unos 40 kilómetros al suroeste de Pekín se encuentra el distrito de Fangshan, una zona especialmente fértil al situarse entre las montañas Taihang y varios ríos y lagos. Su geografía y una suerte de microclima lo transformaron, hace años, en un enclave tradicional del cultivo de arroces, trigo y frutas de alta calidad. Y, desde comienzos de siglo, también de vino.

Wang (apellido ficticio, ya que prefiere guardar el anonimato) es el dueño de un château en esa zona. Animado, emplaza una y otra vez a la periodista a brindar con él al grito de ‘¡Gan Bei!’, una expresión que todo aquel que haya pasado un tiempo razonable en China sabe que equivale a levantarse ipso facto de la mesa y vaciar, de un solo trago, todo el baiju del recipiente.

Esta sería una escena clásica de los banquetes chinos, si no fuera porque el propietario de la malograda réplica de un castillo de Burdeos lo hace también con las copas de vino. Un vino que, además, produce en los viñedos que rodean el rococó edificio, resultado de una iniciativa de las autoridades locales de convertir esa zona de Pekín en la meca del vino del país asiático.

“Aún hay mucho camino por recorrer”, admite frente a la prensa el viticultor Fang Weixing, quien pasó unos años en Francia para formarse y aplicar lo observado a su regreso a China. Desde entonces, trabaja en el château Bolongbao, muy cercano al de Wang y que forma parte de los 33 existentes, o en proceso de construcción, en ese distrito pequinés. Este ha sido destinado a la producción de vino, en su mayoría tintos de uvas cabernet sauvignon y merlot que se fermentan y envejecen en barriles de roble europeo.

Lo que ocurre en Fangshan es el reflejo de una tendencia que existe, desde hace tiempo, en otras partes de China, sobre todo en la provincia oriental de Shandong; en Xinjiang y Ningxia, al noroeste, y en Henan, en el centro, los lugares con mayor número de viñedos de la potencia asiática.

El país impulsa las actividades vinícolas desde la década de 1980, cuando se pusieron en marcha las primeras plantaciones con cepas extranjeras. Esta concentración ha ido en aumento y el año pasado consolidó a China como el segundo país del mundo con la mayor superficie de viñedos (unas 830 mil hectáreas, aproximadamente el 8 por ciento de la extensión mundial de viñedos), quitándole el puesto a Francia y dejándolo solo detrás de España, según la Organización Internacional del Vino.

Allí, desde 2008 y hasta 2013, la superficie dedicada al cultivo de la vid ha crecido 19 por ciento, el mayor crecimiento entre todos los países en el periodo analizado. La producción está centrada en tintos, en un 90 o 95 por ciento. Pese a ello, la producción sigue siendo muy baja, de 11,1 millones de hectolitros anuales (2014), alrededor de la cuarta parte que Francia, con 46,7 millones de hectolitros al año. Esto, en parte, porque gran cantidad de lo que China vendimia se utiliza como uva de mesa.

Decidido a mejorar esta cifra, el Gobierno chino estableció mecanismos de apoyo técnico y financiero para la industria vitivinícola nacional en su duodécimo Plan Quinquenal, con la intención de alcanzar 22 millones de hectolitros, un objetivo demasiado ambicioso, según los expertos.

Una nueva percepción

Gran conocedor de la producción en Ningxia, de donde salen algunos de los vinos con mejor fama de China, el consultor estadounidense Jim Boyce, también escritor de un blog sobre el vino en este país, explica qué está ocurriendo actualmente en este sector en la segunda economía mundial.

“En China hay dos factores: uno es el valor que se le dé al vino y otro, la calidad. Durante mucho tiempo fue considerado solo un regalo para agasajar o impresionar, pero ahora se está empezando a apreciar más por sus propias cualidades”, dice.

La campaña contra la corrupción del Gobierno de Xi Jinping, que también persigue desde hace tres años la ostentación y los sobornos, les pegó fuertemente a las importaciones de productos de alta gama como el vino, un producto muy aspiracional entre las clases más educadas y acomodadas de China, en las cuales regalar una botella o descorcharla en una cita de negocios da estatus.

Como consecuencia de lo anterior, en los años 2013 y 2014 se registró una baja sensible de las compras al extranjero de vino, lideradas por Francia; pese a ello, desde 2015 se sienten vientos de recuperación en el sector.

Así lo ven Boyce y Cristina Marí, esta última analista de mercado de la Oficina Comercial de España en Pekín. Lo importante es que “cada vez hay más gente que entiende de vino y que exige una mejor relación calidad-precio”, apunta la española.

“Ahora la gente bebe vino más porque le gusta”, subraya el bloguero, quien añade que la expansión de internet y redes sociales hace que la población sepa lo que quiere y explore más allá de las grandes marcas, que era lo que ocurría antes.

El precio del vino sigue siendo uno de los grandes escollos para su definitivo impulso en China. Demasiado elevado, la producción local es aún pequeña para abaratarlo y los altos aranceles encarecen vinos como el francés, con el 43,53 por ciento de la cuota de mercado, o el español, el cuarto más vendido (7,29 por ciento).

En medio de ellos están las marcas australianas y chilenas, en ese orden, ambas más baratas en el mercado chino debido a que los países cuentan con tratados de libre comercio con la potencia asiática, el país latinoamericano desde 2002 y Australia desde el 2015.

China, por su parte, sigue en la tarea de lograr una marca de fama internacional. Boyce señala que, por el momento, “China se centra en la mercadotecnia para vender sus vinos en el extranjero, llevarlos a ferias o promocionarlos, incluso gratis”, dice a Efe. “Va a tomar tiempo”, añade, pero se muestra optimista sobre que “cada vez hay más curiosos sobre el vino chino”.

Boyce ayuda con su particular iniciativa de llevar anualmente a enólogos de todo el mundo a Ningxia para que compitan en un lúdico concurso para ver quién produce el mejor vino tinto y probar, entretanto, los chinos. “Muchos -subraya- se quedan sorprendidos”.

Los grandes están presentes
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Según cálculos de la Organización Internacional de la Viña y el Vino, en el 2015, el gigante asiático sobrepasó las 800.000 hectáreas.

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Por ahora, las compañías Changyu Pioneer Wine o China Great Wall, de poco prestigio, dominan el sector, mientras que los vinos producidos por bodegas con socios o capital extranjero están entre los de mayor calidad. Entre estos últimos, Dynasty es el paradigma, fruto de la francesa Remy Martin y de la china Tianjin City Grape Garden. Su nombre evoca la prematura popularidad del vino en China
durante la dinastía Tang (618-907).

Casi todos los grandes de la industria están presentes en China: Pernod Ricard Winemakers tiene una bodega en el norte de Pekín, que se dedica exclusivamente a la producción de vinos chinos y elabora la marca Helen Mountain. El Grupo Louis Vuitton tiene una fábrica de los espumantes Chandon en la región septentrional de Ningxia, y cosecha merlot y cabernet sauvignon en la provincia meridional de Yunnan. Y Eric Lafite Rothschild desarrolla un proyecto de vinos de alta gama, al igual que la bodega española Torres.

El apoyo firme de las autoridades y una clase media-alta con un paladar cada vez más occidentalizado hacen que para algunos no sea del todo descartable que se cumpla el pronóstico de los distribuidores de vino Berry Brothers and Rudd, quienes han sentenciado que en cincuenta años la calidad del vino chino rivalizará con la del de Burdeos.

Menos realista es imaginarse un Fangshan como esa región gala, aunque la intención de Pekín sea también crear una ciudad internacional del vino en ese distrito, tal como la Ciudad del Vino que se acaba de inaugurar en Burdeos.

A pesar de los vaticinios, las especulaciones y algunos sueños, por ahora lo importante es que el vino chino ya está sobre la mesa y que al baiju le ha salido competencia.

Quinto consumidor global
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china es el segundo pais del mundo con mas superficie de vinedos

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Ya hay 38 millones de personas que beben vino en China regularmente; ese país, de 1.200 millones de habitantes, ahora es el quinto consumidor mundial, aunque su consumo per cápita es de apenas 1,1 litros al año. El 68 por ciento de lo que se bebió en el 2014 fue vino tinto, y el 26 por ciento, blanco. Las previsiones de Euromonitor International apuntan a que las ventas en volumen crecerán a un ritmo superior al 11 por ciento en el período comprendido entre 2014 y 2018. La mayor parte del vino consumido en China es nacional: el 85 por ciento, y solo el 15 por ciento corresponde a vinos importados. Entre los foráneos, los vinos de Francia tienen el 43 por ciento del mercado; los de Australia, el 16, y los de Chile, el 11 por ciento.

PALOMA ALMOGUERA
EFE REPORTAJES

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