Presidenciales

Gustavo Petro, un líder en contravía

El exalcalde de Bogotá es un hombre introvertido, apasionado por el porro y el ‘vallenato protesta'.

Gustavo Petro

Petro, el congresista de los recios debates contra el paramilitarismo y la corrupción, no soporta que llamen a pedirle trabajo.

Foto:

Luis Lizarazo / EL TIEMPO

27 de mayo 2018 , 01:44 a.m.

El ‘flaco’ logró huir. Esa noche del 22 de octubre de 1985, se escabulló de la presión de los militares que merodeaban el barrio Bolívar 83, de Zipaquirá, donde sospechaban que se escondía.

Desde hacía días hacían preguntas, y las patrullas eran más habituales. Para el ‘flaco’ era claro que iban tras él. Por eso, vestido de mujer, y aprovechando la bruma de la madrugada en las montañas de esa población cundinamarquesa, se esfumó.

Ese era un barrio especial. Había empezado a levantarse en 1981 a través de la invasión de unos predios en una loma de propiedad de una comunidad religiosa. La toma, liderada por Gustavito, como también llamaban al ‘flaco’, que entonces era el personero de la ciudad, tuvo final feliz para la gente, pues se quedaron con el terreno, lo distribuyeron en lotes de 6 por 12 metros y allí construyeron sus casas en medio de la precariedad. Los habitantes de Bolívar 83 sabían que estaba en la mira de las autoridades y lo iban a proteger. De hecho, se fue a vivir con ellos.

Pero dos días después, el 24 de octubre, los militares lo descubrieron en casa de una vecina. Agarraron del pelo a quien por entonces ya era concejal y lo sacaron de la caleta. En su poder, varios revólveres, explosivos y propaganda del grupo guerrillero M-19. Estuvo encarcelado dos años, en los que, dice, fue torturado en la Escuela de Caballería.

Petro

Una foto escolar en el Gimnasio Canadiense, de Fontibón.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Treinta y tres años después, el ‘flaco’ o ‘Aureliano’, como llamaban en la guerrilla a Gustavo Petro, es uno de los más serios aspirantes a la presidencia de Colombia.
“Clarita y yo no nos habíamos dado cuenta de que Gustavo estaba en el M-19”, dijo en el 2011 en una entrevista con EL TIEMPO Gustavo Petro Sierra, el padre, un hombre nacido en Cereté, Córdoba, que se dedicaba a la agricultura, pero que luego fue maestro, estudió administración de empresas en la Universidad Externado de Colombia, se convirtió en auditor de la Contraloría y tenía ideas alvaristas (por Álvaro Gómez Hurtado, el inmolado líder conservador).

La Clarita de la que habla es Clara Urrego, la maestra de Gachetá, Cundinamarca, hija de un líder liberal del pueblo con la que se casó y con la que levantó su familia de tres hijos. Entre ellos Gustavo, el mayor, que nació en Ciénaga de Oro, Córdoba, el 19 de abril de 1960, una fecha que marca una predestinación: su militancia en el Movimiento 19 de Abril.

“Gustavo estudió Economía en el Externado porque yo lo convencí de que no lo hiciera en la Nacional, que era en la que quería, por las protestas y los cierres. Se había graduado como uno de los mejores bachilleres del colegio La Salle de Zipaquirá (el mismo de Gabriel García Márquez), y el Externado lo había becado.

“Petro es un hombre anfibio –comenta José Cuesta, también exguerrillero– porque es culturalmente caribe pero también cachaco, porque casi toda su vida la pasó en Zipaquirá o en Fontibón (…) No cogió el acento costeño, pero no sé dónde aprendió a bailar tan bien porro”.

Gustavo Petro

El niño Gustavo Petro (con chaqueta a cuadros) y su familia: su mamá, Clara Urrego; su papá, Gustavo Petro Sierra, y sus dos hermanos.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

El Palacio de Justicia

Mientras Petro andaba perdido en una mazmorra, el M-19 perpetró en noviembre del 85 la toma del Palacio de Justicia, una mancha histórica que marcó a sangre y fuego la historia del grupo y terminó poniéndolo, en un acto de contrición, en la vía de la negociación que hizo que en marzo del 90, en las montañas del Cauca, el grupo depusiera las armas ante el gobierno de Virgilio Barco. Ahí terminó la vida en la clandestinidad y Petro inició una fulgurante carrera política que lo llevó a ser asesor de la Constituyente de 1991 y luego, un aguerrido congresista.

“Durante esos años en el Congreso, Petro y Cuesta no comieron nada diferente a los ‘corrientazos’ de la octava con 12, que se conseguían desde 5 mil pesos”, dice Cuesta. “A veces nos tomábamos unos Néctar, o un wiski, del barateli, o un roncito. Petro ha sido un hombre humilde”.

Después de la derrota del M-19, en la que no consiguieron una sola curul en las legislativas del 94, Petro recibe un encargo diplomático en Bélgica, pero allí se topa con Carlos Arturo Marulanda, el embajador ante Bruselas y la Comunidad Europea, envuelto en un escándalo por lazos con el paramilitarismo.

A su regreso, en 1997, se convierte en candidato de la AD-M19 a la alcaldía de Bogotá, pero solo obtiene 7.000 votos en los comicios que gana Enrique Peñalosa, quien se convertiría en uno de sus principales detractores. Luego vino su brillante paso por el Senado, y después una candidatura presidencial en el 2010 y el triunfo a la alcaldía en el 2011.

A veces nos tomábamos unos Néctar, o un wiski, del barateli, o un roncito. Petro ha sido un hombre humilde

En el capitolio fueron célebres sus denuncias contra la corrupción en la alcaldía de Samuel Moreno y contra los políticos con vínculos con el paramilitarismo y las Farc. Esto le valió ser varias veces destacado como el mejor congresista, pero al tiempo le granjeó poderosos enemigos.

“Es un hombre muy tímido, introvertido, quizás producto de los años en que estuvo en la clandestinidad, o de la forma como fue criado”, cuenta Jorge Rojas, uno de sus asesores más cercanos. Pero también dice que es un hombre que se emociona con los porros de la Banda 19 de Marzo de Laguneta, y le gusta la música de Alejo Durán, Escalona y Máximo Jiménez, un compositor que creó una especie de ‘vallenato protesta’.

Foucault y Habermas

Con tres uniones, tiene seis hijos; el primero, fruto de su relación con Katia Burgos; dos con Mary Luz Herrán, una excombatiente del M-19, y tres con su actual pareja, Verónica Alcocer, uno de los cuales es solo de ella, pero él lo considera propio.

El de la alcaldía fue el más importante cargo al que haya llegado un exguerrillero, en la cual Petro mostró una faceta diferente, pues pasó de inflamado denunciante a administrador de la ciudad más compleja del país.

“En EE. UU., a donde lo llevamos un tiempo por las crecientes amenazas, mientras yo leía informes de derechos humanos, él estudiaba matemática pura y me explicaba su importancia para construir las políticas públicas”. A esas disertaciones en el exilio, Petro “les mezclaba a su admirado Michel Foucault y a Jürgen Habermas, con lo que complejizaba todo, a lo que se suma su devoción por Gabo”, dice Rojas. Y añade Cuesta: “Petro tiene las tres grandes virtudes que requiere un ejercicio político: economía, derecho y filosofía”.

En cambio, lo que pareció faltarle durante su gestión en la alcaldía, interrumpida 35 días por su destitución, fue el pulso necesario en su liderazgo para trabajar en equipo, a lo que se sumaron duros varapalos, como el manejo de las basuras de Bogotá. De sus peores contravías.

Petro tiene las tres grandes virtudes que requiere un ejercicio político: economía, derecho y filosofía

Y es que poco después de asumir, ya se le habían ido algunos de sus principales escuderos. El secretario de Gobierno y dirigente histórico del M-19 Antonio Navarro Wolff fue uno de ellos.

Petro es un poco llanero solitario”, dijo discreto en aquel entonces a este diario, mientras que Daniel García-Peña, viejo compañero de luchas y director de relaciones internacionales de su alcaldía, se despachó en una carta: “(...) No basta con tener los principios correctos ni la razón científica. Un déspota de izquierda, por ser de izquierda, no deja de ser déspota”.

Un periodista que lo ha cubierto desde su época de congresista apuntó: “El de Petro es un liderazgo difícil. Cuando él no es la cabeza, le cuesta tirar del carro. Pero si es el jefe, se convierte en una licuadora de funcionarios porque cree saber más que los expertos. Lo otro es que le gusta meterse en proyectos por llevar la contraria, por el simple placer intelectual de contradecir. Lo que sí se le abona es que es muy estudioso, así a veces le tuerza el pescuezo a las cifras para enredarnos”.

Rojas lo justifica en el alto nivel de exigencia hacia sus colaboradores, dice que no se manda solo y que escucha mucho, y habla de que a diferencia de los que quieren ver similitudes de Petro con Hugo Chávez, con eso del “castrochavismo”, se le hace más parecido al ecuatoriano Rafael Correa: “Los dos son de clase media, estudiaron en colegio de curas, se formaron como economistas, se especializaron en Lovaina y tienen un temperamento firme, nada de medias tintas. La diferencia es que Correa es bastante conservador en temas de familia, aborto y relaciones de personas del mismo sexo, y también por su política económica, de renta petrolera”.

Y añade: “En 20 años nunca le he escuchado decir una grosería a Petro porque “su formación no da para eso (...) Uno pensaría que es un hombre autoritario o que agrede. No. Un rasgo de soberbia, sí. Una vez le reclamé que había que abrir un diálogo: ‘Llamemos a los directores de medios, conversemos con ellos’. Él se paró, caminó y después dijo: ‘Acepto que soy soberbio con los poderosos y trato de ser humilde con los pobres’. Esa, creo, es una idea muy correísta y cristiana del asunto”.

La puntualidad

Otra cosa que tampoco tiene Petro es puntualidad. Los que lo defienden dicen que es un noctámbulo que trabaja hasta la madrugada, por lo que duerme hasta las 10. Para otros, es una falta de respeto. Los demás candidatos se quejaban de que llega tarde a los debates, aunque al de EL TIEMPO llegó de primero.

Aurelio Suárez, que coincidió con él en el Polo Democrático, pero en orillas opuestas, y quien es uno de sus grandes críticos, cree que Petro “siempre ha tenido agenda personal y no agenda colectiva: “Lo que yo recuerdo de él en el Polo es que aprobaba unas cosas en el comité ejecutivo y luego salía a hacer otras. Ese es un señalamiento que Carlos Gaviria hacía con frecuencia. El Polo decidió salir el 4 de febrero del 2008 en la famosa marcha contra las Farc, y Petro se fue a marchar en la de Uribe. Una muestra de inconsecuencia política, y así como en la alcaldía prometió mil cosas que no cumplió, hoy hace lo mismo en la presidencial”.

Rojas recuerda una anécdota de Petro apenas asumió la alcaldía: “Me parecía que era muy importante que Gustavo se reuniera con la cúpula militar por lo que había pasado antes, por las prevenciones, en fin. Llegué con Petro y estaban los generales en una sala del Ministerio de Defensa. Petro los saludó de mano, uno a uno; se sentó al lado del comandante de las Fuerzas Militares. Los observó con una mirada panorámica que parecía intimidante y les dijo: ‘Yo siempre me he hecho una pregunta: ¿Si llego a ser presidente de la República, ustedes qué van a hacer?’ Todos soltaron la carcajada”.

EDUARD SOTO
EDITOR INTERNACIONAL@edusot

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