Presidenciales

La polarización golpea la campaña política

Los ataques de intolerantes ciudadanos a varios candidatos, el mayor riesgo electoral en este 2018.

Rodrigo Londoño agredido en Armenia

El candidato Rodrigo Londoño fue agredido en Armenia, Quindío.

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Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO

04 de marzo 2018 , 01:41 a.m.

Lo ocurrido en las últimas horas es la gota que rebosó la copa. Álvaro Uribe, líder del Centro Democrático (CD), es insultado por una multitud en Popayán, Cauca. Al otro extremo, en Cúcuta, Norte de Santander, el carro que lleva a Gustavo Petro, uno de los más caracterizados dirigentes de izquierda, es apedreado.

En un país en donde las elecciones del último medio siglo se han realizado bajo el fuego de los fusiles, ¿cómo podrían calificarse estas agresiones? “Muy graves”, responde Alejandra Barrios, directora de la Misión de Observación Electoral. “Y es urgente ponerle ya un punto final a esta situación, antes de que nos tengamos que lamentar por algo peor”, exige.

No es un atenuante el hecho de que haya habido páginas más dolorosas en nuestra historia. Las elecciones presidenciales de 1990 terminaron en un río de sangre. Sicarios asesinaron a tres aspirantes: Luis Carlos Galán (1989), Carlos Pizarro (1990) y Bernardo Jaramillo (1990). La Unidad Nacional de Análisis y Contexto (Unac), de la Fiscalía, encontró puntos de conexión de quienes accionaron los gatillos: agentes del Estado, paramilitares y mafias de narcotraficantes.

Reina la intolerancia

“En esta oportunidad, dice Jorge Iván Cuervo, profesor e investigador de la Universidad Externado, los agresores son ciudadanos, gente que está resuelta a agredir al candidato que identifica como adversario del de sus preferencias”.

Esto, según su opinión, pone al país en una situación inédita. En los hechos de violencia política de años anteriores, los responsables eran organizaciones con alto poder de impacto, pero claramente definidas y minoritarias en su composición. Pablo Escobar Gaviria, al mando del cartel de Medellín, por ejemplo.

Ahora, en el ambiente gravita una sensación de pugnacidad y polarización general. Es como si la mitad de la población estuviera contra la otra mitad. “Claro que es así”, explica Cuervo. Él, incluso, marca el punto de inflexión de esta fractura: el 2 de octubre del 2016, día del plebiscito para avalar o negar los acuerdos de paz con la guerrilla de las Farc. La apretada votación provocó una herida profunda que aún no sana. Ganó el ‘No’ con el 50,23 por ciento de los votos contra el ‘Sí’ que obtuvo el 49,76 por ciento.

Sandra Borda, decana de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y una estudiosa de la resolución de los conflictos armados, destaca la singularidad del proceso colombiano. “En buena parte de los acuerdos queda una gran mayoría satisfecha frente a una minoría insatisfecha. Con el tiempo, la oposición, por más feroz que sea, se diluye ante el sentir mayoritario”.

En buena parte de los acuerdos queda una gran mayoría satisfecha frente a una minoría insatisfecha. Con el tiempo, la oposición, por más feroz que sea, se diluye ante el sentir mayoritario

“Aquí, el país quedó partido en dos mitades”, dice ella, y anota además que la experiencia muestra que los momentos más “sensibles para que un proceso de paz salga bien son los inmediatamente posteriores a su firma”. En el caso de Colombia no hubo una pausa, sino que de un día para otro empezó la campaña electoral. “No hubo un periodo de transición”, argumenta la docente.

Lo ocurrido en contra de Uribe y Petro es una consecuencia, entonces, de un capítulo que no se ha cerrado. La situación se ha ensuciado aún más porque desde cada extremo se acentúan las narrativas falsas contra el otro. “Llegamos a este extremo por una polarización ideológica suscitada desde las dos orillas electorales que se viven hoy”, dice Carlos Andrés Arias, gerente del centro de pensamiento Estrategia y Poder.

“Por el lado de la derecha, con sofismas del llamado castrochavismo, que infunde un temor de llevarnos a una sociedad fallida como la que hoy padece el pueblo venezolano, y por el lado de la izquierda, que plantea un modelo económico y social lleno de beneficios que no es viable. Eso llevó a que ciudadanos que no tienen la cultura política pasaran a acciones de hecho en rechazo al contrario”, dice Arias.

La primera piedra

Las acciones de intolerancia extrema en esta campaña empezaron contra Rodrigo Londoño Echeverri, candidato presidencial de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc), en los albores del mes de febrero en Armenia, Quindío. Durante diez cuadras, quien fuera el número uno de la guerrilla que firmó la paz con el gobierno de Juan Manuel Santos recibió una lluvia de desechos que le arrojaron. Su carro fue pinchado por una muchedumbre.

“En ese instante, dice Barrios Cabrera, los demás partidos políticos debieron salir al unísono para censurar este hecho”. Ella cree que al margen de las hondas diferencias, en el presente Londoño es un candidato legal, que con su participación amplía la democracia. Ocurrió lo contrario, la agresión fue justificada. “Ahora, lamentablemente, como un bumerán, se les devolvió”, explica ella. Una insólita paradoja: desde el Estado les dijeron que cambiaran las armas por los votos, pero cuando salieron a hacer campaña, la escalada de agresiones llegó a tal extremo que el naciente partido se planteó abandonarla.

“Llegamos a este punto porque no tenemos la cultura política de rechazar los ataques contra el adversario. No valoramos la controversia y tenemos poco sentido de lo que Stephen Carter llama la ‘etiqueta de la democracia’ y que son las formas que caracterizan la cultura democrática”, dice Juan Fernando Londoño, exviceministro de Interior y director del Centro de Análisis y Asuntos Públicos.

Llegamos a este punto porque no tenemos la cultura política de rechazar los ataques contra el adversario

En este contexto hay otros insumos para tener en cuenta. Los vientos que soplan con las nuevas tecnologías alimentan el fuego de la intolerancia. En la plataforma Netflix hay una entrevista que el presentador David Letterman le hizo a Barack Obama. El exmandatario estadounidense muestra su alarma por el uso político que se les está dando a las redes sociales. Cuenta que él las convirtió en una fabulosa herramienta para llegar a la Casa Blanca para exponer sus ideas. Pero, piensa, ahora las ve como influencia nociva. ¿Por qué? Cada usuario vive en una burbuja en la que las noticias que le llegan tienen que ver con su inclinación ideológica, y, en lugar de reflexionar, robustece su discurso con la consecuente polarización del contexto político que esto supone, explica Obama.

Llamados inaceptables

Hace unos días, con absoluta impunidad, Jhon Jairo Velásquez, el sangriento gatillero del narcotraficante Pablo Escobar, les deslizó a sus 59.000 seguidores en Twitter que había que asesinar a Petro tal como lo hizo en su momento el paramilitar Carlos Castaño con el líder del M-19 Carlos Pizarro Leongómez. En una democracia sólida como la alemana, un mensaje así da cárcel por instigar al delito. Aquí se hicieron memes.

Sandra Borda dice, inquieta, que, además de la artillería en que se han convertido Twitter y las cadenas falsas de WhatsApp, varios medios de comunicación que deberían ser “el sitio ejemplar para exhibir la civilización política” optaron por convertirse en un altavoz de una opción política determinada para atacar al contradictor. “En programas de alta audiencia se impone la gritería”, dice Cuervo. Un oyente no se sienta a escuchar serenos análisis, sino que pasa las horas con el corazón en la mano ante algunas incitaciones que se amplifican en los micrófonos.

El camino correcto

Ante este panorama, ¿qué hacer? Los analistas consultados para este artículo coinciden en señalar al Estado como el protagonista que debe esforzarse para que amaine la tormenta. Aunque reconocen la dificultad del presidente Santos porque en los días finales de su mandato tiene el sol a las espaldas, él debe pararse en la raya para exigir y garantizar una campaña sin violencia. Al fin y al cabo, lo que está en juego es la paz del país. Y, como se reflejó en el ataque a Petro, cualquier desadaptado puede tirar la primera piedra.

Deben deliberar con inteligencia. Solo la inteligencia y los argumentos pueden derrotar la violencia

Un hecho positivo de este suceso es que casi la totalidad de los candidatos que aspiran a llegar a la Presidencia salieron a condenar las agresiones del viernes. “Mi total y contundente rechazo a los hechos violentos de hoy”, reaccionó Germán Vargas Lleras cuando le contaron lo ocurrido con Petro.

Es un buen principio. No se trata, al fin y al cabo, de que los líderes y distintos candidatos dejen a un lado sus diferencias y posen como viejos amigos en una postal, sino que confronten en civilidad. “Deben deliberar con inteligencia. Solo la inteligencia y los argumentos pueden derrotar la violencia”, dice Barrios. De no ser así, puede ocurrir un hecho más grave. Y, entonces, sería como devolvernos medio siglo.

ARMANDO NEIRA
EL TIEMPO
En Twitter: @armandoneira

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