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Memorias y anhelos del municipio que resurgió de ruinas y escombros

Las 9.200 toneladas de escombros tiñeron de gris las calles de ese Salgar que era multicolor.

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"Le voy a decir al cura del pueblo que venga y bendiga mi casita. Durante este tiempo ahorré para la cerámica y lo primero que pienso hacer es instalarla": Manuel Cano

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Archivo particular

07 de septiembre 2016 , 11:13 p.m.

No hubo tiempo para gritar. Lo más importante para Nora Herrera era sacar a su hermano que se hallaba debajo de las paredes y del techo de la que alguna vez fue su casa.

Eran las dos de la mañana y ella no sabía qué era más aterrador, si escuchar a su hermano diciéndole: “Sálvame. No me dejes morir”, o ver la forma en que cada esquina de su pueblo y los sueños rotos de sus habitantes quedaban sumergidos en el lodo.

Fueron las fuertes lluvias durante la madrugada del 18 de mayo del 2015 las que originaron la tragedia. Mientras las personas del municipio de Salgar dormían, la creciente de la quebrada La Liboriana parecía arrastrar tanto las viviendas de colores –que contrastaban con las montañas del suroeste antioqueño– como las vidas de quienes jamás imaginaron acostarse en sus camas para nunca despertar.

“Lo único que yo anhelaba era que terminara de amanecer. Sobre todo porque, si bien había salvado a mi hermano, no pude hacer lo mismo con mi sobrino”, dice Nora, para referirse a Matías, “la alegría de la familia”, quien, de no haberse ahogado tras la avalancha, tendría cuatro años de edad en la actualidad.

Y es que los afectados por la catástrofe natural no fueron pocos. En ese entonces, fallecieron 93 personas, 62 resultaron heridas, 11 desaparecidas y 487 familias quedaron damnificadas, es decir, 1.518 habitantes.

De este pueblo paisa, de gente aguerrida y campesinos berracos, quedaba poco. Las 9.200 toneladas de escombros, de las cuales hicieron parte hasta puentes vehiculares y peatonales, tiñeron de gris las calles de ese Salgar que alguna vez había sido multicolor.

Del terror a la esperanza

Un suspiro, la tristeza a un lado y un tono de voz más alentador que al comienzo de la conversación. “Hoy, casi 16 meses después de la tragedia, estoy feliz. Más agradecida que nunca con Dios porque el Gobierno nos cumplió y me entregaron mi casita”, comenta Nora, explicando que además de la preocupación por la muerte de su sobrino, aquel 18 de mayo, pensaba que se había quedado sin un hogar para su nieta y su hija, de 2 y 18 años, respectivamente.

Al igual que ella, en medio de la alegría por recuperar parte de lo que habían perdido, otras 42 familias recibieron casas de 51 metros cuadrados subsidiadas, en el sector de La Habana, zona urbana de Salgar. De los escombros, las calles y los puentes destruidos no quedan más que ingratos recuerdos. Y a pesar de cargar en sus espaldas con el peso de la muerte de sus seres queridos y vecinos de toda la vida, las personas del municipio sonríen al ver cómo, en medio de lo que parecía el fin, ellos mismos ayudaron a edificarlo nuevamente. “Como yo siempre he trabajado en construcción, participé en el levantamiento de las nuevas casas, el arreglo del parque y los puentes. Gracias a ello y al subsidio de arriendo dado por el Gobierno Nacional, he mantenido a mi familia en todo este tiempo”, comenta Manuel Cano, mientras alista su equipaje y piensa la manera en que, junto con su esposa y su hija de ocho años, va a organizar los muebles de su nuevo hogar.

Por su parte, el papá de Manuel Cano, quien tiene su mismo nombre, firma las escrituras de una casa distinta a la de su hijo. Toma las llaves y abre la puerta. “¡Eh, ave María pues. Qué casa tan linda!”, exclama. Se echa la bendición y decide entrar.

–Y ahora, ¿qué es lo que piensa hacer?
“Le voy a decir al cura del pueblo que venga y bendiga mi casita. Durante este tiempo ahorré para la cerámica y lo primero que pienso hacer es instalarla”, señala Manuel Cano a sus 65 años, volviendo al pasado, recordando cómo se demolió, debido al riesgo, el hogar en el que había vivido desde la década del 80 del siglo pasado.

“Usted no sabe la nostalgia que sentí cuando vi que lo que había construido durante tanto tiempo se venía al piso”, y no se refería tan solo a su hogar, sino al futuro con el que soñaba.

Cada casa parece ser un universo distinto. Y la mezcla entre la alegría y los sinsabores de la tragedia no se hace esperar. La mamá de Nora, una de esas señoras de antaño de Salgar, se entristece a pesar de su nuevo hogar. Estaba acostumbrada a los cultivos de tomate y cebolla que se llevó la avalancha. También a las ocho chivas, gallinas y conejos que la acompañaban. Sin embargo, apoya a su hija, nieta y bisnieta, a falta de la presencia de un hombre en la familia.

Por un nuevo Salgar

Salgar entero parece festejar. ¿Y por qué no?, si demostró de manera heroica que, como pueblo paisa que es, se levantó desde los escombros. Claro está que contó con el apoyo del Gobierno Nacional, que subsidió un total de 278 viviendas para quienes lo perdieron todo e invirtió un promedio de 34.000 millones de pesos en este proyecto.

“Estamos muy contentos y satisfechos con el trabajo realizado. En octubre se entregarán otras 50 casas del proyecto La Pradera, en el que solo falta el sistema de alcantarillado. Estimamos que a comienzo del otro año se entreguen las 186 viviendas restantes, del proyecto de La Florida”, dice Carlos López, secretario de Planeación del municipio.

Además de las casas, también se reconstruyó el parque principal (con una inversión de 2.894 millones de pesos), cinco puentes peatonales y el vehicular Las Margaritas. Pero el ideal no es quedarse ahí. “Como parte del proyecto, se está gestionando la forma de ayudar con empleo a las personas desfavorecidas y en condición de discapacidad, en pro del desarrollo económico”, dijo Carlos Cuervo, alcalde de Salgar.

Y es que, como mencionó Luz Matilde Cuartas, una de las beneficiarias de La Habana, en Salgar existen otro tipo de necesidades que deben suplirse, como el trabajo. “Usted no sabe lo que es tener que pedir plata a las personas para comprar arroz o una panela, en especial cuando se tiene a cargo toda una familia”.

EL TIEMPO

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