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‘El enemigo del desarrollo es el egoísmo’: Jeffrey Sachs

El economista estadounidense habló con EL TIEMPO sobre el calentamiento global y el café.

Jeffrey Sachs

Jeffrey Sachs.

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Archivo EL TIEMPO

09 de julio 2017 , 04:33 a.m.

Jeffrey Sachs es de esas personas que no necesitan presentación, sin importar el lugar donde se encuentren. Considerado una verdadera autoridad en temas de economía, pobreza y desarrollo sostenible, este profesor de la Universidad de Columbia, en Nueva York, ha sido asesor de varios gobiernos y secretarios de las Naciones Unidas.


Autor de numerosos libros, su labor le ha merecido reconocimientos en las más diversas latitudes. Cuando habla en público, llena los escenarios en los que se presenta. Eso seguramente sucederá esta semana en Medellín, donde Sachs será el orador principal del Foro Mundial de Productores de Café, al cual asistirán más de 900 personas provenientes de 40 países.

Sobre este tema, al igual que sobre el calentamiento global, Donald Trump, América Latina y Colombia, Sachs habló en exclusiva con EL TIEMPO.

Viene a Medellín a una reunión de países productores de café. ¿Por qué?

Estoy interesado en los temas relacionados con el desarrollo. También me encanta tomar café, entonces tengo afinidades naturales (risas). Este es un producto extremadamente importante para la economía mundial y para decenas de países. Además es muy vulnerable a las situaciones ambientales que estamos experimentando, como el cambio climático y la pérdida de la biodiversidad. Entonces, encontrar una manera para que el café sea parte del desarrollo sostenible es una prioridad.

Las naciones que forman parte del llamado cinturón del café están en riesgo extremo. ¿Qué pasa si no se toma ninguna acción?


Amplias zonas tropicales se volverán muy calientes, por lo cual el ciclo del agua se verá afectado. Esto va a golpear, principalmente, al café arábica, la especialidad de Colombia. El grano de alta calidad y mayor valor estará amenazado. 

¿Qué se puede hacer?

Hay una solución global al clima y hay métodos agronómicos que pueden hacer más resistentes a las regiones productoras. Prácticas como sembrar el café a la sombra son parte de la historia. También hay trabajo por hacer con el genoma, con el fin de desarrollar variedades más resistentes al cambio climático.

La solución global no se ve tan clara después de la decisión de la administración Trump en lo que respecta al Acuerdo de París. ¿Cómo ve el tema?

Esta es una pelea de intereses poderosos. El mundo desea detener el calentamiento global, pero hay los que están retrasando esa acción, entre ellos las empresas de petróleo y gas, y los países ricos en hidrocarburos. Y en Estados Unidos este sector financia a una parte del Partido Republicano. Entonces tenemos, en mi opinión, una política muy corrupta. Legal, pero corrupta.

¿Está perdida la batalla?

Es un lobby poderoso, aunque muy estrecho en sus objetivos, que va en contra del resto del mundo. Emplea una táctica que retrasa las soluciones. Por eso, países como Colombia, que son altamente vulnerables al calentamiento global, deben hacerse oír.

¿Hay razones para ser optimistas?

La razón para ser optimista es una razón pesimista: el mundo se está volviendo más peligroso y la gente lo sabe. Hay que ser increíblemente estúpido, que la mayoría de personas no lo son, o increíblemente corrupto, que algunas personas lo son, para ignorar estas tendencias.

¿Hay soluciones?

Así es. Y bastante buenas. Principalmente, el cambio hacia las energías renovables: los costos de la energía eólica y la solar son casi competitivos con la que generan los combustibles fósiles. Los vehículos eléctricos han mejorado y van a competir o sacar del mercado muy pronto a los motores de combustión. Tenemos buenas alternativas. También tenemos el sentido común. Ya no se trata de científicos prediciendo que en el futuro va a haber un problema. Estamos viviendo las sequías, las inundaciones, las tormentas, las olas de calor, la desestabilización del océano. Esto es real.

¿Y Washington?

Poco después de que decidió salirse del Acuerdo de París, Nikky Haley, embajadora en las Naciones Unidas, dijo sobre Trump: “Él sí cree en el cambio climático”. Yo escribí un artículo al día siguiente afirmando que eso acababa de probar que él es un sociópata, porque tomó la determinación sabiendo del daño que causaría. Y es verdad, él no hizo esto por ser ignorante, lo hizo porque los líderes republicanos le dijeron. Pero estamos llegando al final de este tipo de comportamiento, porque es demasiado obvio, demasiado crudo, demasiado en contra del interés general.

Este es un elemento clave de las metas de desarrollo sostenible, pero no es el único.
¿Por qué nos deberían importar estas metas?


La idea de las metas es muy simple: tener vidas mejores, más pacíficas, más prósperas y más sostenibles. Llaman a acabar la pobreza o garantizar el acceso universal a la salud y la educación, parar el cambio climático o reducir la inequidad. Y son, básicamente, propósitos decentes, metas de sentido común, razón por la cual todos los países miembros de las Naciones Unidas las han aceptado.

Pero aplicarlas es otra historia…

La implementación cuesta dinero, como cuesta decirle a la industria petrolera que eventualmente tiene que cerrar. Lo mismo pasa con la desigualdad elevada que tanto Colombia como Estados Unidos registran y que obliga a decirles a las personas ricas que deben pagar impuestos para que podamos asegurar que los pobres reciban una buena educación. Es aquí donde la tensión aparece. El enemigo del desarrollo sostenible es el egoísmo.

¿A eso se resume todo?

Al final, de esto se trata realmente el conflicto. ¿Es la política una batalla por el interés propio, como dijo Maquiavelo, o es la política acerca de la búsqueda del bien común, como dijo Aristóteles? Esta es la cuestión, filosóficamente hablando.

¿Y cuál visión se impone sobre la otra?


Maquiavelo no dijo que su manera era mejor para el mundo. Solo dijo, como príncipe, esto es lo que se debería hacer para mantener el poder. Mientras que Aristóteles no estaba tomando la posición de príncipe, estaba tomando la posición del bien común. Diferentes países libran la batalla de manera distinta. En Escandinavia, la cultura está orientada alrededor del bien común; pagan la mitad del PIB en impuestos, la inequidad es muy baja y todos se consideran parte de una comunidad. Es el lugar más aristotélico del mundo. En Estados Unidos la idea del bien común casi que no existe, especialmente entre las élites y los grupos con intereses poderosos en Washington, los cuales han estado maximizando su riqueza en los últimos 30 o 40 años.

Trump es inestable desde el punto de vista psicológico

¿Se confirmaron sus miedos con Donald Trump en el poder?

Donald Trump es una persona psicológicamente inestable y, por lo tanto, muy peligrosa. Hasta podría tener demencia temprana. No soy médico, pero he leído y observado lo suficiente acerca de él para preocuparme por sus aspectos psicológicos. Yo diría que toda su vida ha sido narcisista y sociópata, pero hay algo peor ahora.

Muchas personas que lo conocen bien, y yo conozco a muchas de esas personas, dicen que realmente ha cambiado en este par de años. Y él está viejo, está bajo presión, lo cual es un problema para todo el mundo. Pero es el resultado de un problema más grave.

¿Está corrompido el sistema presidencialista?

Ese es el otro problema. Si pudiera volver a 1789 o a 1787 a Filadelfia, a la convención que dio origen a la Constitución, les diría: “No un presidente, por el amor a Dios”. O, si van a tener un presidente, que sea una cabeza figurativa. Creo que el sistema parlamentario es superior.

Pero hay casos de casos…

Incluso si se pudiera imaginar un sistema presidencial honesto, seguiría prefiriendo un sistema parlamentario. Un sistema presidencial impulsado por dinero es realmente un problema, y eso es lo que tiene Estados Unidos. Mucho dinero pudo elegir a Trump. Si se hubiera enfrentado a los filtros parlamentarios, los colegas le habrían dicho: “¿está loco?”. En cambio, alguien puede llegar de la nada y volverse presidente. A veces eso lleva a grandes resultados, pero la mayoría de las veces lleva a desenlaces terribles.

Conoce bien esta región y América Latina está enfrentando tiempos difíciles. ¿Cómo ve las cosas?

Voy a concentrarme en tres casos. Primero, aunque yo sé que hay escepticismo, creo que la paz de Colombia es algo muy grande y positivo para el país. Es la mayor señal de éxito en toda la región. Acabar una guerra que ha tenido lugar durante más de medio siglo es algo extraordinario.

Pero los motivos de esperanza en esta parte del mundo son pocos…

Puede ser que hasta el desastre y el colapso en Brasil puedan resultar siendo muy catárticos, al final, porque durante 20 años uno iba allá y le decían lo corrupto que era todo, pero básicamente se reían al respecto. Y ahora todo está siendo revelado. 

¿Y Venezuela?

Es un completo desastre, chocante, el colapso máximo del populismo. ¿Cómo pudo caer en la pobreza y en una hambruna que va más allá de la imaginación? Que esto sucediera tomó décadas de errores de Chávez, con su mesianismo, y después de Maduro, con su locura, su crueldad viciosa y su estupidez, porque es un idiota. Pero es posible imaginarse también una catarsis en Venezuela, porque esta situación no puede durar mucho más tiempo.

¿Es optimista, entonces?

Latinoamérica tiene muchas fortalezas. No enfrenta una amenaza terrorista, no sufre una crisis como la del Medio Oriente, no muestra grandes divisiones intrínsecas dentro de la sociedad. Evidentemente hay diferencias entre ricos y pobres, pero desde el punto de vista de cohesión social tiene la capacidad para elegir gobiernos de largo plazo y cuenta con bases más sólidas. Incluso en el plano ecológico: hay más agua, más producción de comida. Cuenta con recursos amplios, energía renovable y una belleza física increíble. En otras palabras, es una región con suerte.

¿Qué le falta?

La mayor diferencia que hay entre la Latinoamérica actual y Latinoamérica como una región próspera y estable de alto ingreso es el desarrollo de un mejor nivel de educación que permita aprovechar la revolución tecnológica. Esa es la agenda de desarrollo para seguir en los próximos 25 años: la calidad de la educación, de la investigación y el desarrollo. Porque todo lo demás ya está presente: lo básico, la urbanización, la infraestructura, incluso la estructura política.

Pero eso pasa al segundo plano por las urgencias de mediano plazo...

El crecimiento no es un asunto de corto plazo, punto. Esta es la clásica región del mundo de ciclos de auge y caída porque eso es lo que les pasa a las economías basadas en materias primas. Pero eso no es crecimiento, sino bonanzas de precios o vacas flacas. La diferencia entre eso y el crecimiento es, básicamente, la educación y la tecnología.

Por ejemplo…

Cuando uno viene a Colombia o a Chile habla de política, de distribución del ingreso, de los ciclos de las materias primas. Cuando uno va a Corea del Sur habla sobre tecnología, de lo que está pasando en la robótica, en información, en la batalla de Samsung contra Apple. Un ministro chileno famoso dijo: “No me importa si son chips de papa o chips de computadoras, vamos a ir con el mercado”. Mi consejo sería irse por los chips de computadores. Si opta por las papas, uno se quedará estancado comiendo papas.

¿Ese es nuestro caso?

Colombia invierte muy poco en ciencia y tecnología, apenas el 0,2 por ciento de su producto interno. Hay universidades muy buenas pero poca investigación, que es la mejor forma de pasar a ser un país de ingreso alto.

Con lo cual volvemos a la importancia del café…

Precisamente, este va a necesitar mucha tecnología debido al cambio climático. Mi mensaje es que Colombia debería tener una economía altamente diversificada; no es posible llegar a ser una nación de ingreso alto solo con base en las materias primas, porque los números no dan. Israel, Corea o Suecia invierten casi el 4 por ciento del PIB en investigación y desarrollo. El esfuerzo puede tomar 10 o 20 años en dar resultados, pero es la estrategia adecuada en el largo plazo. Lo otro es pensar con el deseo.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio

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