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Cuando trabajar ya no salva de la pobreza

Precariedad del mercado español empuja a 13 % de empleados a renta inferior al umbral de la pobreza.

Mercado laboral en España

Según analistas, luego de cuatro años de crecimiento económico se esperaría un mejor repunte en los salarios.

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AFP

13 de noviembre 2017 , 11:00 p.m.

A María, la expresión ‘no llegar a fin de mes’ se le queda corta. “No estamos ni en el día 10 y ya no me alcanza”, dice sin perder la sonrisa. En su casa, los 900 euros que su marido gana como chofer y lo poco que ella saca de echar una mano en un bar salen tan rápido como entran.

Solo para el alquiler ya van 750. Esta cubana de 30 años es uno de los millones de inmigrantes que llegaron a la España del ‘boom’ del ladrillo y que más tarde acabarían pagando los excesos de aquellos días.

Desde entonces, ha tenido empleos precarios y mal pagados. Su perfil encaja en un fenómeno que, aunque no es nuevo, sí se ha extendido a raíz de la crisis: el de los trabajadores pobres.

Las estadísticas europeas muestran que este es un problema creciente, especialmente en España.

Un 13,1 por ciento de sus trabajadores viven en hogares que no alcanzan el 60 por ciento de ingresos medios. Solo Rumania y Grecia le ganan en este triste indicador.

Y el riesgo de pobreza se ceba en los españoles que tienen un contrato a tiempo parcial: en este grupo, la tasa se dispara al 24,3 por ciento.

Pero más allá de las frías estadísticas, los que están cerca de los más desfavorecidos también notan la creciente importancia del fenómeno de los trabajadores pobres.

Un 40 por ciento de las personas a las que Cáritas ayudó en el 2015 provenía de hogares en los que al menos uno de sus miembros estaba empleado. “El trabajo ha perdido la capacidad de integrar en la sociedad que tenía hasta hace poco”, sintetiza Lucía Martínez, doctora en Bienestar Social de la Universidad Pública de Navarra.

María –quien no da su nombre real ni quiere dejarse fotografiar– es una de esas personas que jamás pensó que necesitaría la ayuda de una asociación benéfica.

Pero ha acabado viéndose obligada a recurrir a Cáritas Madrid. Cuando llegó a España, hace diez años, justo antes de que la palabra crisis se hiciera omnipresente, estaba encantada con su nueva vida. Su puesto de dependienta en una tienda de ropa le permitía ganarse la vida holgadamente. “Trabajaba mucho, pero me sentía muy bien. Llegué a ingresar 1.800 euros al mes”, asegura.

Fuerte apretón

Pero las cosas cambiaron rápida y radicalmente. La fase más aguda de la crisis coincidió con su primer embarazo. La tienda cerró y comprobó en persona las dificultades de una joven madre para encontrar empleo. Desde entonces, ha vendido ropa, ha atendido restaurantes, ha hecho sustituciones en una portería, ha limpiado casas y ahora ayuda días aislados en un bar, donde obtiene 15 o 20 euros por jornada, dinero que va directo al supermercado más cercano para aprovisionarse de comida para ella, su marido y sus dos hijos pequeños.

Al igual que María, más de 1,1 millones de mujeres empleadas ganan menos de 710 euros al mes, según los datos publicados por el INE. Esta baja franja salarial afecta a un número mucho menor de hombres: 400.000.

Para conocer el mapa europeo de los nuevos pobres, primero hay que dibujar su contorno. Si en 2007 uno de cada seis contratos tenía una duración igual o inferior a una semana, ahora la proporción es uno de cada cuatro.

“La situación puede haber mejorado gracias a la bonanza actual, aunque no demasiado porque los salarios no aumentan y la temporalidad repunta. Tras cuatro años de crecimiento económico, uno esperaría un mayor repunte salarial”, explica Florentino Felgueroso, investigador especializado en empleo del laboratorio de ideas Fedea.

La pobreza laboral impacta con más fuerza en los jóvenes. El porcentaje de trabajadores pobres de 18 a 24 años ha pasado del 7 por ciento en el 2007 al 21 por ciento en el 2014, según el último informe sobre emancipación juvenil en España (2016).

María recuerda la sorpresa que se llevó cuando llegó a España. “En Cuba mucha gente vive del cuento. Aquí, en cambio, veía que quien se esforzaba le iba bien”, asegura.

Diez años más tarde, su perspectiva ha cambiado: “Ahora me doy cuenta de que aquí no se puede tener hijos”.

LUIS DONCEL
Ediciones El País sl, 2017@el_pais

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