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Bruselas impulsa su propio Fondo Monetario para apuntalar el euro

La Comisión quiere aprovechar la cohesión europea por el ‘brexit’ para avanzar en la integración.

Macron

Macron pretende crear un superministro del euro, aunque está por ver qué presupuesto tendría.

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REUTERS

12 de septiembre 2017 , 08:30 p.m.

El euro cumplió la mayoría de edad en el 2016, pero aún es una moneda adolescente.

Bruselas y los Estados miembros son conscientes de la necesidad de crear una institución equivalente al Banco Central Europeo (BCE) en el plano de la política fiscal para darle solidez.

Un euro sin unión política, sin política fiscal, es “un castillo en el aire”, decía Helmut Kohl.

Durante la última década, una moneda que estaba diseñada para fomentar la estabilidad llegó a convertirse en uno de los grandes riesgos económicos del mundo y alumbró una fractura norte-sur, una guerra de baja intensidad acreedores-deudores, tanto por sus defectos de fábrica como por las incompatibilidades entre las culturas de política económica de los países que la usan.

La eurozona está incompleta, y aun así consiguió salvar la Gran Recesión apenas retocando el edificio. Pero Bruselas, París y Berlín son conscientes de que necesita cambios profundos.

Berlín se aviene a convertir el Mede, que sirvió para rescatar países en crisis, en un Fondo Monetario

La Comisión ya presentó en primavera varias opciones. El empuje reformista de Emmanuel Macron en Francia —si realmente se sustancia— ha obrado una especie de milagro.

Alemania pasó del nein general —no a la mutualización, no al fondo de garantía de depósitos, no al respaldo fiscal del fondo de resolución de bancos, no a un seguro de paro común— a buscar la manera de revivir el motor francoalemán.

Berlín se aviene a convertir el Mecanismo Europeo de Estabilización (Mede, que sirvió para rescatar países en crisis) en un Fondo Monetario.

Pero hay que ponerle el cascabel al gato: el FME que quiere Alemania no es exactamente el que desea Francia y está lejos del que pretende la Comisión.
Esa será una de las grandes batallas políticas de los próximos tiempos.

Y Bruselas dispara primero: el jefe de la Comisión, Jean-Claude Juncker, esbozará su idea de FME este miércoles, en el discurso sobre el estado de la Unión.

Según documentos en poder de este diario, Juncker cree que la Unión “tiene ahora, económica y políticamente, mucho más viento en sus velas”, y debe aprovechar esa oportunidad para transformar el Mede en el FME y completar una ambiciosa agenda: dotar un presupuesto de la eurozona para invertir en los países en crisis; reducir los riesgos del sector financiero a la vez que se completa la unión bancaria con un fondo de garantía de depósitos y un respaldo fiscal —quizá vía ese FME— al fondo de resolución de bancos, y, más adelante, empezar “el trabajo exploratorio para crear un activo seguro del euro”.

Esos eurobonos serían para el 2025.

“Los eurobonos son una fantasía, pero la Unión Europea y el euro también lo fueron”, dicen fuentes de la UE.

Los planes alemanes son más prosaicos. Al inicio de la crisis, el ministro Wolf-gang Schäuble, amo y señor del Eurogrupo, ya insinuó la conveniencia de crear un FME.

La propuesta quedó olvidada bajo el peso de los acontecimientos, pero Schäuble acaba de anunciar que lanzará un plan para transformar el Mede en el FME tras las elecciones alemanas.

Esa oferta depende de la coalición de Gobierno: si Merkel se alía con los socialdemócratas, todo será más fácil; si elige a los liberales, su idea es acabar, incluso (paulatinamente), con el Mede.

Aún no hay detalles, pero los esbozos que circulan en Bruselas hablan de un enfoque intergubernamental, para arrebatar a la Comisión la supervisión fiscal y otorgarle el control presupuestario a esa nueva institución.

Berlín elevó hasta el infinito las críticas contra Bruselas porque considera que la Comisión ha politizado las reglas fiscales.

Si triunfan las tesis alemanas, el nuevo FME se encargaría de imponer disciplina, sobre todo en los países que pidan ayuda.

Alemania, Francia e Italia podrían tener derecho de veto: tal vez por eso París no ve mal esa propuesta, aunque quiere añadir un presupuesto de la eurozona fuerte, una opción que Alemania no contempla.

Macron pretende crear también un superministro del euro, aunque está por ver qué presupuesto tendría.

Está en juego la fisonomía futura de la Unión Económica y Monetaria.

El marco actual tiene una dinámica muy rudimentaria: políticas presupuestarias nacionales y un conjunto de reglas y sanciones que nadie se cree.

Pero las ideas alemanas, si los franceses no consiguen suavizarlas, darían munición a los ayatolás de la flexiausteridad, la política económica insuperablemente mediocre —salvo por el BCE— que ha caracterizado la gestión de la crisis.

A Bruselas le ha faltado tiempo para salir en tromba: el comisario Pierre Moscovici subraya que sería “un escándalo democrático” dejar la supervisión fiscal en manos de una institución “que no rinde cuentas a nadie”.

En su opinión, “el FME no puede convertirse en otra estructura creada para aplicar mecánicamente reglas fiscales aún más automáticas”.

Bruselas recuerda que cuando París y Berlín dictan las normas, el desastre está asegurado: el error Deauville (un acuerdo entre Merkel y Sarkozy que desató el pánico en los mercados de deuda) aún escuece en Europa.

CLAUDI PÉREZ
Ediciones EL PAÍS, SL 2017

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