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Shalane Flanagan y sus incansables zancadas en busca de la gloria

A los 36 años corrió su última carrera, la maratón de Nueva York, y la ganó. Un final feliz.

Shalane Flanagan

La atleta Shalane Flanagan, en toda la expresión de felicidad. Así la vivió el 5 de noviembre, cubierta con la bandera estadounidense, tras ganar la maratón de Nueva York.

Foto:

Andrew Gombert / EFE

10 de noviembre 2017 , 08:03 p.m.

Y fue un final feliz, de los que le gustan a la gente, a la afición. Con una protagonista que comenzó la maratón en un papel secundario y que kilómetro a kilómetro, a medida que iba devorando el asfalto en un día frío, un poco lluvioso, pero con clima fresco en Nueva York, se adueñó del protagónico, por delante de la keniata Mary Keitany, quien había llegado con tres títulos consecutivos y se había puesto la corona de laureles en las tres últimas películas de manera consecutiva.

Esta vez, Shalane Flanagan, una rubia de 36 años que en su largo historial de carreras no se había adueñado de ninguna victoria de las grandes pruebas del maratón mundial, aprovechó su fugaz momento de estrellato, dejó atrás a sus rivales, entregó todo su aliento y sus fuerzas en las metros finales porque sabía que esa era su última grande, para convertirse en la nueva reina de Nueva York y ser la primera estadounidense en ganar la competencia en los últimos 40 años. Antes que ella, Miki Gorman había ganado esta histórica prueba de manera consecutiva en 1976 y 1977.

Para Flanagan, Nueva York será un principio y un final, con sensaciones encontradas en su rostro. Con amargura, pero también con eterna felicidad. Su reciente victoria en la Gran Manzana tiene algo más que especial, pues justo ahí, en esas calles neoyorquinas fue su punto de partida en las grandes maratones. Lo hizo hace 10 años, cuando después de incursionar con éxito y renombre en el atletismo de pista, se decidió por colarse en las carreras de ruta. Y se estrenó con un segundo lugar, detrás de otra keniata, un país que no se cansa de producir a las gacelas, sin duda, las dueñas absolutas de las pruebas de largo aliento.

Un discreto tiempo de 2 h 28 m 40 s le significó en esa ocasión subir al segundo lugar del podio. Veinte segundos de diferencia le negaron la posibilidad de morder el oro frente a Edna Kiplagat. Después de esos 42 kilómetros y 195 metros de esfuerzo se tuvo que morder la lengua y conformarse con un no menos destacado segundo escalón del podio, que sin embargo no la dejó contenta. “Veré si lo disfruto”, dijo con frialdad Flanagan a una periodista tras su llegada a la meta en esa demoledora carrera de calle.

Pero el domingo 5 de noviembre, consciente de que esa carrera era paradójicamente su punto final en las grandes maratones, en las que nunca se había podido quedar con el máximo pergamino de honor en el World Marathon Majors, corrió con inteligencia al lado de las favoritas africanas. Ella, tan blanca como un diente de marfil, no se amilanó con el poder de las fondistas de raza negra. Moderó sus fuerzas y tuvo con qué atacar para llegar de manera solitaria a la meta y cortar la cinta azul como ganadora.

Sabía que era su último intento por quedar en la historia de la una de las maratones que hacen parte del circuito mundial. Su mejor actuación, luego de su segundo puesto en los 42 kilómetros de Nueva York, había sido un honroso tercer lugar en la maratón de Berlín (Alemania) y quería despedirse de las competencias con dignidad. No se veía en el podio, pero tenía que intentarlo y no podía guardarse nada, y menos, contra las rápidas africanas y algunas europeas, las dueñas en los últimos años en la maratón de la ‘capital del mundo’.

Un final electrizante

Los últimos 7 kilómetros fueron frenéticos. Una liviana lluvia caía sobre los alrededores del Central Park. Recuperada de una lesión que le impidió competir hace unos meses en el maratón de Boston, la carrera de su ciudad natal, Flanagan sacó una energía adicional. No era para menos, quería ganar. Mientras se desplazaba con sus largas zancadas y su braceo continuo, la estadounidense reconoció, que en la parte final se trató de olvidar de las dolencias físicas que la aquejaron. Nunca miró hacia atrás.

Cuando se sintió ganadora, soltó un grito de batalla, mandó un beso al aire, rompió la cinta y alcanzó la gloria. “No sentía las piernas, pero solo pensaba en la victoria. Todo está en cabeza”, soltó la ganadora en sus primeras declaraciones tras cruzar la línea de meta.

En cuanto a las carreras de pista, justo este año, la medalla de bronce que se colgó Flanagan en Pekín 2008 en los 10.000 metros tomó el brillo plateado después de que una corredora fuera descalificada por dopaje, en la presentación más destacada en su paso por unos Juegos Olímpicos. El Londres 2012, ya en la maratón, finalizó décima y el Río 2016 cruzó la línea de meta en la sexta casilla en una competencia en la que la ganadora, Jemima Sumgong, dio positivo en la EPO y acaba de ser suspendida por cuatro años.

Su rápido análisis tras el desgaste caluroso en el Sambódromo fue contundente y con un alto tono de decepción: “Eso es todo lo que tengo. Eso es lo que soy. No he podido ser más”.

También en su historial está una medalla de bronce en el Campeonato Mundial de Cross Country en 2011.

En los meses posteriores a la Olimpiada de Río, Flanagan trató de asimilar lo que para ella había sido una derrota. Necesitaba estar aplomada. Fueron meses en los que aprovechó para escribir un libro de cocina con su esposo, Steve, con quien adoptó dos niñas adolescentes. Había un aire de calma y transición en ella y en su hogar. Encontró nuevas motivaciones en su vida a una edad bien madura y en la que el deporte ya estaba doblando la esquina.

Por eso, el convincente triunfo en Nueva York, con tiempo de 2 h 26 m 53 s, tiene ribetes de heroísmo. Estaba de salida y se iba a marchar de las maratones sin ninguna de las grandes distinciones en su hoja de vida. Se notaba resignada, y más cuando este año no había podido correr ninguna de los 42 k, incluyendo a la más querida, a la que le toca su corazón, la de Boston, por su lesión en la espalda.

El mejor regalo para EE. UU.

“Esto significa mucho para mí, para mi familia, y espero que inspire a la próxima generación de mujeres estadounidenses a ser pacientes. Ha sido una semana dura para los neoyorquinos y para la nación, y pensé que el mejor regalo para sobreponer el ánimo era hacer sonreír a Estados Unidos, y eso fue lo que hice”, dijo después en la rueda de prensa la atleta.

La atleta nacida en 8 de julio de 1981, en Boulder, Colorado, pero crecida y hecha deportista en Marblehead, Massachusetts, muy cerca a Boston, dijo también que había corrido la prueba pensando en todo momento en el ataque del martes (primero de noviembre) en el bajo Manhattan, que le costó la vida a ocho personas e hirió a once.

El 15 de abril de 2013, Flanagan finalizó el maratón de Boston justo antes de que explotaran las bombas que también dejaron víctimas mortales y muchos heridos. Fue justo en Boylston Street, a pocos metros de la meta. “Definitivamente el atentado de Manhattan trajo de vuelta algunos de esos tristes sentimientos y emociones fuertes. Este triunfo va por ellos y por sus familias”, dijo la aguerrida campeona luego de descansar unos minutos.

Con genes atléticos

En su menudo y frágil cuerpo de 1,45 metros de estatura y 48 kilos de peso, hay genes hereditarios. Los padres de Flanagan fueron destacados corredores. Su madre, Cheryl Treworgy, fue poseedora del récord mundial de maratón y cinco veces participó en Campeonato Mundial de Cross Country de Estados Unidos. Ella se convirtió en la primera atleta femenina en recibir una beca de atletismo en una universidad pública. Ese título le abrió la puerta a una generación de corredoras y ahora sus hijas tomaron el relevo.

Su padre, Steve, también participó en el Mundial de Cross Country y corrió maratones. Crió a Shalane y su hermana Maggie en Marblehead con su segunda esposa, Mónica.

Además, Shalana está casada con una exestrella de atletismo de la Universidad de Carolina del Norte.

Flanagan, tan pronto paró los cronómetros recibió la ovación de los miles de aficionados que se apostaron en los alrededores, lloró y luego fijó su mirada en las personas más allegadas que estaban en la meta, como su hermana Maggie y la familia de su amigo Meb Keflezighi, estadounidense de origen eritreo, que a sus 42 años, luego de imponerse en la maratón de Boston 2014, entre otros logros, también colgaba sus zapatillas en esta grande del atletismo.

De inmediato se cubrió con la bandera de Estados Unidos y fue un final feliz. “He soñado con un momento como este desde que era una niña”, destacó.

Shalane lo hizo con paciencia, sabe que su camino ya terminó y que es hora de parar, pero escribió su historia y entró a hacer parte de las grandes y guerreras maratonistas. Nadie le quitará ese sitial.

Flanagan y su entrada a la Gran Manzana

Flanagan fue la primera atleta no africana que alzó los brazos en la mítica maratón de Nueva York desde 2008, cuando ganó la británica Paula Radcliffe. Hace 40 años que no ganaba una estadounidense esta carrera en la rama femenina.

La última vez fue Miki Gorman, en 1976 y 1977. La prueba se corrió bajo medidas de seguridad, tras el ataque terrorista del 1.o de noviembre en el bajo Manhattan. Flanagan dedicó su victoria a las víctimas.

JAVIER ARANA
EL TIEMPO
Twitter: @arana_javier

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