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Seis horas de cruel desorden en los Juegos Olímpicos

La organización de las justas sufre por tener todo al día, y fallan.

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Las filas en todos los escenarios de Río de Janeiro crece con el paso de las horas antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos.

Foto:

Archivo particular

03 de agosto 2016 , 10:13 p.m.

Sí, seis horas duró el intenso trasteo desde el aeropuerto hasta un hotel de Copacabana, en Río de Janeiro, luego de pasar por el normal desarrollo de un primer día previo a los Juegos Olímpicos.

Y duró tanto, porque aún el desorden en la ciudad es evidente, el corre corre por tener las cosas a tiempo, algo que por el momento no se ha podido cumplir, pues hace que todo colapse.

Una vez se baja del avión la idea es acreditarse lo más pronto posible, tener en orden y validado el permiso para realizar el trabajo se hace indispensable, y ahí comienza el trancón de seis horas.

Una larga fila para hacer el control de inmigración fue el primer obstáculo. Una sola persona se encarga de tomar la lectura biométrica de los visitantes, mientras los agentes de inmigración tratan de hacer su labor lo más rápido posible, pero es imposible, porque los aviones vienen cargados de delegados, periodistas, deportistas y hasta de colados.

Se baja de la escalera, ya con el sello de ‘bienvenida’ en su pasaporte y se buscan las maletas. Una vez se encuentran, aunque siempre alguna que se refunde, se busca la validación de la acreditación. Pasan y pasan los minutos, y mientras se busca la red wi-fi gratis, de las que uno prueba como 4 y ninguna sirve, pues el tiempo se  va.

Finalmente, la escarapela oficial cuelga en el pecho con la cintilla verde y la letra E de prensa y como se puede, se sale del aeropuerto en busca de un transporte, pero esto sí que está difícil. Un voluntario dice una cosa, el otro afirma que no, que no es así, que los taxis salen por un lado y resulta que al dar la vuelta, pues no es así, y las pesadas maletas de paseo.

Por fin, alguien dice: “los llevo” y, tome: 50 dólares al centro de prensa, el primer golpe al bolsillo de quien llega con la ilusión de estar en unos Olímpicos.

A coger carretera, el trancón de la salida a la vía principal y, uff, por fin se toma el carril olímpico, la línea amarelha por donde circulan los carros con el autorizado, con lo que se evitan los tacos.

Allí, en la avenida Amaro Cavalcanti, usted va rápido, mientras que a su derecha los particulares sufren el inmenso trancón, haga de cuenta que usted se sube al Transmilenio en la hora pico y el resto de la autopista norte de Bogotá, por poner un ejemplo, no se mueve.

Se llega al MPC, aún con las maletas y el morral en las manos, y se dirige a la sala de prensa principal y, como usted ya validó la acreditación mientras buscaba la red wi-fi gratis, pues no era problema el ingreso a la sala de prensa, pero sí.

La pistola del control electrónico de ingreso dispara, pero ni su foto ni sus datos aparecen en la pantalla del computador. Entonces, deje las maletas en la calle y vaya a revalidar la credencial. Espera unos 20 minutos a que alguno de los encargados se desocupa y con la frase: “Es que el sistema falla”, le informan a usted que vuelva a donde están las maletas e intente de nuevo. Y otra vez, nada: ni su foto ni sus datos en la pantalla, pero entre, ya está corroborado y usted está acreditado.

Y sí, ya adentro, pues a buscar la internet. En el mostrador principal entregan unos audífonos, en un morral iba el instructivo de prensa y un repelente. Pase, luego, a comprar la sim card, y otra larga espera: solo una niña, bonita por cierto, es la que atiende y se demora con cada paciente 40 minutos. Ah, después de que usted paga 110 reales, unos $110 mil por tener un número de teléfono y el paquete de datos.

Y llega lo bonito del día, después de más de 15 horas entre el avión y la escala: que su computador quede en el sistema registrado para que no tenga problema en el cubrimiento de los Juegos. Buen trabajo el de los asesores, buena sala de prensa y aunque se pasaron dos horas, pues usted sale tranquilo porque tiene señal de cable, bueno, los que alcanzaron a pagar los 170 dólares, porque cerraron temprano, o al menos, wi-fi.

Y otra vez, coja el transporte de regreso, con las maletas pesadas, y otra hora metido en un bus o en un taxi vía Copacabana para instalarse en un hotel: 8:30 de la noche, luego de haberse bajado del avión a las 2:30 p.m.

Río de Janeiro promete, es una ciudad que ya ha sido sede de grandes eventos y que no le quedará difícil sacar adelante estos Juegos Olímpicos, aunque sean lo contrario del orden y la puntualidad de los de Londres y de los mejores organizados en Pekín.

LISANDRO RENGIFO
Redacción de EL TIEMPO
En Twitter: @LisandroAbel

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