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La zurda de bronce de Íngrit Valencia

La caucana entró pegando duro y le regaló a Colombia su primera medalla en boxeo femenino.

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Íngrit Valencia, boxeadora colombiana.

Foto:

AFP

21 de agosto 2016 , 10:10 a.m.

No todos los boxeadores están preparados para esquivar los puños de un zurdo, menos cuando vienen disparados del brazo izquierdo de Íngrit Valencia, la caucana que a punta de sudor y golpes ha logrado abrirse paso entre las adversidades para convertirse, a sus 27 años, en la primera boxeadora colombiana en alcanzar el podio en unos Juegos Olímpicos.

Nació en Morales, municipio del Cauca, y a los 13 años se vio obligada a abandonar su vida en el campo a raíz de la muerte de la mujer que la crió: su abuela Aurora Valencia. Así que tuvo que irse a vivir a Cali  con su mamá, Rubiela, y con dos de sus hermanos menores.

Allí dio y recibió los primeros golpes. La tez morena, el acento foráneo y sus ojos -sus claros y profundos ojos por los que se ganaría el apodo de ‘La zarca’- resultaban tan desconcertantes para sus nuevos compañeros de colegio que rápidamente comenzaron a matonearla. Pero Íngrit no se dejaba.

“Las primeras veces me hacían llorar. Entonces empecé a armar un caparazón sobre mí. No me la dejaba montar de nadie. Me volví agresiva. Quería pelear todo el tiempo. Me agarraba con el que fuera. Me sacaban del colegio. Me expulsaban cinco días. Los profesores no se daban cuenta de lo que me hacían porque a mí no me gustaba poner quejas”, recuerda la campeona.

Hasta que un día, y haciendo caso omiso a las advertencias, un chico llamado Harold –Íngrit nunca olvidará su nombre– cometió un grave error. Durante el recreo le arrebató su bizcocho para enseguida devorarlo enfrente de ella. Su paciencia llegó al límite.

La paliza fue tal que a ningún otro estudiante se le ocurrió volver a retar a la futura pugilista. Después del combate, sin embargo, ambos contrincantes terminaron como buenos amigos, algo que dibuja la esencia de una boxeadora que, a pesar de no tener piedad sobre el cuadrilátero, es pura humildad y nobleza fuera de él.

Fue después de este suceso que algunos de sus nuevos amigos comenzaron a invitarla a practicar boxeo. Así empezó su camino, como un pasatiempo. Pero antes de considerar a este deporte como su futuro, el destino tenía otros planes. A los 17 años, y sin siquiera haber terminado el bachillerato, quedó embarazada.

“Era una niña inmadura. Además, no supe manejar mi relación con el papá del niño. Pero siempre pensé en tenerlo y cuando nació se convirtió en lo mejor de mi vida, lo más lindo”, dice hoy, enamorada de su hijo.

Los sacrificios

Para poder responder por el pequeño Johan Estiven terminó trabajando en la cocina de una obra de construcción, donde debía cocinar para más de 300 obreros. Durante los tres años que laboró allí, tuvo la mente en otro lugar: después de salir de la obra, a las tres de la tarde, se iba a entrenar.

Desde entonces dedicó todo su tiempo y fuerza a entrenar -con hombres en su mayoría-, hasta que un año después, y sin haber competido nunca en un torneo, logró la medalla de bronce en unos Juegos Suramericanos. Transcurría el 2010 y en Colombia no existía ni una sola plataforma que exhibiera el boxeo femenino (de hecho, es la segunda vez que esta disciplina llega a los Olímpicos).

Consciente de esto, el entrenador tolimense Raúl Ortiz -quien años más tarde se convirtió en su esposo- logró convocar a un grupo de mujeres para que compitieran por primera vez en esa disciplina. De esta manera tres deportistas del país, entre ellas Íngrit -que en ese entonces competía por el Valle- representaron por primera vez el boxeo femenino colombiano en los juegos que esa vez se llevaron a cabo en Medellín.

“Lo primero que vi en ella fue una persona muy noble y humilde con unos deseos enormes de salir adelante”, dice orgulloso su esposo y entrenador.

Ahora, seis años después, Íngrit Valencia ha vuelto a hacer historia. Logró ser la primera pugilista colombiana en llegar a unos Juegos Olímpicos, donde clasificó después de haber derrotado por decisión unánime a la americana Virginia Fuchs en marzo de este año en el Preolímpico de Argentina. Así mismo, acaba de conseguir la primera medalla olímpica de bronce para el país en su categoría, después de haberle ganado 3 a 0 a Peamwilai Laopeam, la tailandesa que hace dos años atrás le arrebató –injustamente, según ella– su primera oportunidad de llegar a estos Juegos.

Sin embargo, la mujer que ahora vuelve a su hogar, en Ibagué, ha tenido que sacrificar muchas cosas en el camino. La más difícil: haberse distanciado de su hijo.

“Esta es una disciplina de mucha exigencia y sacrificio. A mi hijo solo puedo verlo cada cuatro o cinco meses, y también para él ha sido muy duro. Yo he sido una sacrificada por el deporte, pero él ha sido sacrificado”, cuenta.

A pesar de la distancia, el pequeño Johan Estiven, que solo tiene 10 años, es su admirador número uno. En su colegio presume de su mamá boxeadora y cada vez que puede la ve pelear.

Pero el sacrificio ha traído recompensas. Ha ganado medallas en Juegos Nacionales, Suramericanos y Panamericanos. Y una de las más importantes fue cumplir el sueño de clasificar a unos Olímpicos y ganar una medalla. “Ser la primera boxeadora colombiana que clasifica a una olimpiada… eso queda para la historia; lo voy a recordar siempre y cuando tenga nietos voy a tener una historia que contar”, dice.

Semanas antes de su viaje a Brasil, durante su concentración en Bogotá, confesó en entrevista con la ‘Revista Carrusel’ algunos de sus sueños: el primero era ser medallista olímpica. Lo consiguió. También añoraba ser la portada de una revista.  Lo consiguió. Ahora le quedan los sueños de lograr que su hijo sea un profesional, graduarse en educación física o gastronomía; conocer Estados Unidos y viajar a Orlando con su niño. Y, por último, pero no menos importante, participar en un ‘reality’ como ‘El Desafío’ o ‘Master Chef’.

Aunque perdió su cupo a la final de peso mosca de los Olímpicos de Río, por cuenta de la francesa Sara Ourahmoune, regresa feliz con el bronce y con la promesa de seguir dando la pelea.

JUAN DAVID PARDO JURADO
Para EL TIEMPO

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