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El miedo a la muerte hizo boxeador a Céiber

A diario, en Currulao (Antioquia), se encontraba con 6 o 7 cadáveres.

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Céiber Ávila (izq.), triste, tras la decisión de los jueces, que le dieron el triunfo al ruso Misha Aloian, quien dio positivo en un control de dopaje en cuartos de final en los Olímpicos.

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Archivo / EL TIEMPO

10 de febrero 2017 , 10:14 a.m.

Un grupo de muchachos jugaba fútbol en una calle del barrio Primero de Mayo de Currulao, un corregimiento que hace parte del municipio de Turbo (Antioquia). (Lea aquí: Estos han sido los boxeadores campeones olímpicos).

La violencia, por esos días, había recrudecido en esa región. De un momento a otro, un ruido ensordecedor de una motocicleta espantó a los dos equipos.

La gran figura del encuentro, el goleador del partido, Céiber David Ávila Segura, salió corriendo, ‘buscando escondederos a peso’, su velocidad era impresionante, iba más rápido que cuando le ponían un balón en profundidad para enfrentar al arquero y acomodar un gol más a su cuenta personal.

Ávila Segura llegó a su casa, cansado de darle patadas al balón y del tremendo carrerón que se tuvo que pegar, todo con el fin de esquivar a la muerte, porque los dos ocupantes de la moto eran reconocidos asesinos del sector, que buscaban a sus víctimas y las ultimaban a balazos, sin importar el sitio, la hora y quiénes estuvieran cerca de la escena del crimen.

“Es que uno escuchaba esa moto y corría, no había de otra, esos ‘manes’ siempre que aparecían se iban a ‘bajar’ a alguien, y uno evitaba no solo ver más muertos de los acostumbrados, sino ganarse una bala perdida. Eran unos matones”, recordó Céiber, hoy uno de los boxeadores reconocidos del país, el mismo que espera que un litigio por dopaje le entregue una medalla Olímpica, la que dejó de ganar en los pasados Juegos de Río de Janeiro.

Ávila es uno de los integrantes del seleccionado colombiano que afrontará la Serie Mundial de Boxeo, la que comenzó en Argentina.

Céiber tiene claro que esos tiempos ya pasaron, que el miedo con el que vivían los habitantes de Currulao desapareció, pero en su mente quedaron momentos imborrables, de esos que hoy nadie quiere acordarse.
Una vida dura

Asegura que vio muchos muertos, que perdió la cuenta, pero que a diario eran 6 o 7 los cadáveres que se encontraba en la calle.

Su infancia fue miedosa debido a la violencia y se acostumbró a vivir en medio de los enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército.

“A diario escuchábamos tiros, el ejército siempre iba detrás de la guerrilla y nos tocaba correr, evitar esos enfrentamientos, eso no fue fácil. Vivíamos muy asustados”, recordó Ávila, que nació en San Pedro de Urabá, el 26 de mayo de 1989, y que cuando cumplió los 5 años se trasladó con su familia a Currulao.

David Ávila y Humberta Segura son sus padres, y Céiber creció al lado de Omaira, David, Nelson, Josué, Jorge, Angélica y Arledys, sus hermanos, con quienes pasaba la mayoría del tiempo. Fue inquieto, no era un niño pasivo; al contrario, jugaba, recochaba, se burlaba de sus compañeros, pero nunca se metió en problemas, no le pegó a nadie, como es tradición en los boxeadores.

La violencia de la que fue testigo nunca lo tocó, su familia nunca se metió en problemas, porque, según él, eran sanos, no se metían con nadie.

El deporte, para él y para sus hermanos, fue una forma de escaparse de la violencia que se vivía a diario; por eso el fútbol, por eso el boxeo, por eso el gimnasio de boxeo, que no era de lo mejor del mundo, pero servía para preparar campeones.

Sus padres no sabían cómo controlarlo, lo castigaban, pero minutos después estaba otra vez buscando juego, porque lo de él era el deporte.

Perteneció a los equipos de fútbol de los intercursos en el colegio Instituto Ferrín, en Apartadó, en el que se graduó como bachiller.

Su infancia no fue fácil, en su casa no todo sobraba; al contrario, faltaba, y a él, como a sus hermanos, les tocó trabajar.

David laboraba en una finca bananera, era empleado de ‘oficios varios’, mientras Humberta se encargaba de vigilar a sus hijos, de hacer de comer y de estar pendiente de que los niños hicieran tareas y no se metieran en problemas.
Pero a Céiber siempre le gustó ayudar en la casa, así que con algunos amigos y hermanos se empleaba en las fincas, a veces lavaba los plátanos, en otras ocasiones el trabajo era marcar la mercancía y les pagaban en especie, con racimos de plátano que llevaba para la casa, algo que recibía su mamá con alegría, pues era producto del esfuerzo de su hijo.

Figura de ‘papá’

Cuando Ávila Segura cumplió 16 años, el tema económico en su familia empeoró. David tuvo un problema en dos discos de la columna vertebral producto de hernias discales; duró más de seis meses incapacitado. La comida faltó, no alcanzaba el dinero para hacer mercado y para pagar los servicios, fue cuando a Céiber le tocó emplearse, trabajar y ser la cabeza visible de la familia para sostener a sus padres y a cuatro de sus hermanos que aún vivían en la casa.

No importaba el clima, muchas veces llovía y la parcela era muy grande, de unas 4 hectáreas, las que Céiber le tocaba cruzar con los racimos de plátanos en hombros, por lo que su cuerpo sufrió. Llegaba a la casa y de inmediato su mamá lo trataba con paños de agua tibia para curar las heridas en los hombros.

El boxeo llegó de casualidad a la vida de Céiber David. Su papá hizo un préstamo bancario y compró una casa en el barrio Frontinico, donde la familia vive en la actualidad. Marcial Urbina lo formó en el pugilismo, lo descubrió. El primero de los Ávila Segura que incursionó en ese deporte fue Josué.

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Su oro en los Bolivarianos del 2013, la pauta para comenzar bien el ciclo olímpico. Prensa COC

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Todos los días hacía ‘guanteo’ guiado por Urbina, quien le indicaba cómo era la técnica para pegar más fuerte. Josué no se quedaba solo con eso, llegaba a la casa y ponía a sus hermanos a boxear, a Céiber poco le gustaba, pero muy pronto lo acompañó a entrenar. Los dos iban al gimnasio y se deleitaban con lo que pasaba en ese recinto.

Alguna vez, Céiber se calzó los guantes, se puso a pelear con su amigo Élver, a quien le decían ‘Chipi chipi’, y su rivalidad se trasladó de la cancha de fútbol al cuadrilátero.

Ambos subieron al ring, Céiber lo tumbó varias veces y salió ganador del combate, gracias a lo que le había enseñado Josué.

“Usted tiene futuro”, le dijo Urbina, pero Céiber no entendía lo que había pasado; allá en la lona quedó ‘Chipi chipi’ llorando debido a la tunda que le dio.

Animado por su primer éxito boxístico, Céiber David no le perdió pisada a Josué, volvió al gimnasio y se hizo imbatible en el barrio.

Josué le dijo “adiós al boxeo”, se casó y no regresó. El peso del deporte en la casa de los Ávila recayó en Céiber, quien se entusiasmó con los guantes, lanzando golpes y tumbando a todos los rivales que se le ponían al frente.

Llegaron los intercolegiados, los departamentales, la selección Antioquia y la Selección Colombia, equipos en los que salió adelante, dejando a los rivales tirados en la lona.

Su sueño eran los Juegos Olímpicos. Hizo casi que el ciclo completo y logró ser el deportista 140 clasificado a Río. Llegó a Río de Janeiro muy ilusionado, le favoreció el sorteo, pues le tocó debutar en la segunda ronda, algo de ventaja.

La idea era clara: dos victorias y peleaba por el bronce, con mucha posibilidad de ir por el oro. Le ganó al mexicano Elías Emigdio, triunfo que lo llevó a enfrentarse contra el ruso Misha Aloian, quien lo derrotó y le cortó las alas.

Céiber Ávila no lo podía creer. Bajó del cuadrilátero y en el camerino lloró, al lado de su DT, Rafael Iznaga, quien no se cansaba de repetir que le habían robado la pelea. Cuando salió de su entorno, sus ojos estaban aguados, criticó la decisión, exigió justicia y hasta se atrevió a decir que se iba del boxeo, que no volvía al cuadrilátero.

“Me cortaron los sueños, mucho, bastante. Después de esta pelea hasta me dan ganas de no seguir en el boxeo”, dijo esa vez.

Pero no fue así. Recapacitó. En la Villa Olímpica habló con su familia, se sintió apoyado porque le contaron que el pueblo lo respaldaba, que a pesar de la derrota seguía siendo el ídolo, tal y como se fue para Brasil.

En diciembre pasado, cuatro meses después de ese triste día, Céiber volvió a soñar. Se conoció que Aloian había dado positivo en el control de dopaje y que sería despojado del metal de plata que ganó en los Olímpicos, luego de haber caído en la final de los 52 kilos con el uzbeko Zoirov Shakhobidin. Mientras espera una notificación, sigue entrenando en el gimnasio buscando su mejor forma. La idea es ir a los Olímpicos de Tokio 2020 por el oro que se le escapó el año pasado.

Admira a Floyd Mayweather por su forma de pelear, a Manny Pacquiao por su don de gente, humildad y trabajo.
Ser campeón mundial es otro de los objetivos de Céiber David, a eso le apunta, porque aún recuerda cuando su papá, David, lo cargaba en los brazos, prendía la linterna, se internaba en la maleza, cruzaba la finca y llegaba a la casa de un amigo para escuchar las transmisiones radiales de las peleas de Antonio Cervantes ‘Kid’ Pambelé, mientras en su casa se quedaban sus hermanos y Humberta, quien sufre con el boxeo, quien no soporta ver a su hijo lanzando y recibiendo golpes. Ella no va a las peleas, no ve los combates de Céiber, porque no se puede emocionar: un problema de tensión alta se lo impide.

Céiber David sigue lanzando puños, guanteando, buscando la gloria, esa que se le escapó en Río de Janeiro, pero la que cree que está cerca para olvidarse del tremendo ruido de la moto asesina, esa que lo puso a correr muchas veces para proteger su vida.

La familia, lo máximo

Céiber Ávila ama a su familia, no solo a sus padres y hermanos. Vive en unión libre con María Fernanda Rodríguez, a quien conoció en Currulao, de cuya unión nació su hijo Céiber, de 2 años.

Cuando descansa y deja atrás los entrenamientos, los viajes y los combates, Ávila pasa el tiempo libre con ellos dos.

Le gusta ir a la playa con la familia, se encarga de armar los paseos, ir al río, cocinar en la orilla y jugar al fútbol.

Hace poco, en diciembre, entre su familia y amigos alquilaron un bus, fueron al río y el sancocho de gallina no pudo faltar. El fútbol es su otra pasión; es más, quiso ser futbolista, pero el boxeo se le atravesó. Es hincha de Nacional y fue uno de los que vibraron con los goles de Víctor Hugo Aristizábal. En el mundo, gozó las cabriolas y los tantos que anotó el brasileño Ronaldinho, para él, uno de los mejores del mundo.

LISANDRO RENGIFO
Redactor de EL TIEMPO

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