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'Me hubiera gustado morir en el ring': Lupe Pintor

El boxeador mexicano habló con EL TIEMPO de su carrera y de algunas de las peleas más emblemáticas.

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Pintor, quien tiene 61 años, vino a Barranquilla invitado por el Carnaval de las Artes.

Foto:

Carlos Capella / EL TIEMPO

12 de febrero 2017 , 10:42 p.m.

Calvo y con bigotes, sentado, se parece a Marvin Maravilloso Hagler, el campeón mundial de boxeo del peso mediano en los 80. Sin embargo, por bromear, su esposa (la cuarta), Virginia Martínez, dice que más se parece al múltiple monarca Óscar de la Hoya. Lejos está, de todas maneras, de tener similitud con aquel indio pelos de punta que cautivó el mundo del pugilismo con el nombre de José Guadalupe Pintor.

A secas, Lupe Pintor, el mexicano excampeón mundial gallo (1979-1982, con ocho defensas exitosas) y supergallo (1985-1986), ambos títulos en el CMB, acababa de aterrizar –“en el peor vuelo de mi vida”, dice– el pasado jueves en Barranquilla, invitado al Carnaval de las Artes que terminó ayer, y no había ido a su habitación, cuando ya estaba hablando de manera amable con este periodista sobre su carrera, que comenzó por defenderse de las pandillas del barrio Cuajimalpa, de Ciudad de México, y tuvo la inspiración en el gran ídolo Rubén ‘Púas’ Olivares.

Una carrera del segundo hijo entre seis de una familia de padres separados –con progenitor violento–, en que al chico, a quien su madre lo apodaba ‘Grillo’, le tocó vender helados en la calle. Una carrera que tuvo en Arturo ‘Cuyo’ Hernández, su mánager y una leyenda mundial, un guía indispensable para ser catalogado, por su don de lucha, como uno de los mejores peleadores latinoamericanos de todos los tiempos y, desde el año pasado, con un lugar en el Salón de la Fama del Boxeo Mundial.

Una carrera que, según sus cuentas, ronda las 100 peleas –muchas de ellas no registradas–, en la que ha quedado su récord oficial en 56 victorias (42 por nocaut), 14 derrotas y 2 empates.

Una carrera que le permite a este hombre, hoy a los 61 años, dictar charlas de boxeo y preparar un libro, además de enseñar boxeo a hijos de políticos y empresarios. Un hombre que no ve el boxeo ahora porque le parecen sin nivel (dice: “Veré como ‘Canelo’ Álvarez le da una paliza al hijo de Julio César Chávez”) y que recuerda a púgiles colombianos como ‘Pambelé’, Rodrigo Valdés, Alfredo Pitalúa y José Bernardo Prada.

Una carrera también salpicada por la muerte, la de Johnny Owen, su rival en la tercera defensa del título gallo, el 19 de septiembre de 1980, en Los Ángeles (Estados Unidos). Este hombre, que no evita ese tema de la muerte sobre el ring, habló con EL TIEMPO.

Vamos a su pelea de la consagración contra Carlos Zárate. Fuera de México pocos saben que ustedes tenían una rivalidad de tiempo atrás en el gimnasio. ¿Cómo fue aquello?

Zárate era un boxeador altivo, oportunista, encajoso, soberbio. No estaba bien ubicado. Era el campeón, era la figura. Creo que es entendible, pero no se vale que menosprecie ni humille a los compañeros de gimnasio. Este deporte es bonito y da muchas vueltas. Me tocó vivir esto y le gané por decisión (el 3 de junio de 1979, en Las Vegas).

¿Pero qué le hizo Zárate en un entrenamiento para la discordia si eran compañeros de cuerda?

El flaco era abusivo: cuando era campeón, en un entrenamiento, me golpeó después de acabar el primer asalto, cuando yo había dado la espalda para irme a mi esquina. Yo volteé y lo miré a la espera de su disculpa. Se burló de mí, que estaba lastimado en un oído. Me prometí que no lo iba a ayudar más. Al día siguiente, el ‘Cuyo’ me dijo que lo ayudara, le di un motivo para no hacerlo y me corrió del gimnasio. Regresé después. A los meses hicimos guantes y le di golpes. Allí comenzó la rivalidad: él siempre me dijo que me iba a noquear... Sabe que esa actitud de él me sirvió de experiencia cuando fui campeón: siempre respeté a los compañeros de gimnasio.

Ese título suyo no cayó bien en parte de su país. Su amigo Eduardo Lamazón me dijo que la gente no le perdona haberle ganado a Zárate, que era ídolo. ¿Usted qué piensa?

Pues sí. Siempre pasa lo mismo. Cuando hay un ídolo y otro viene y lo derrota, no se lo perdonan. A mí me pasó. Yo le gané. Es gusto, amor del pueblo. Luego tuve mi público que siempre me apoyó. Hicimos una carrera mejor, pulcra. Al final eso me hace digno y me siento orgulloso como peleador mexicano.

Hay otra pelea interesante: cuando sube a supergallo y enfrenta al campeón Wilfredo Gómez (Puerto Rico). En esa pelea, Colombia estaba con usted, porque Gómez había noqueado a tres colombianos. ¿Qué le pasó?

William (así llama a Gómez) también le había ganado a todos los mexicanos, menos a Salvador Sánchez, que le dio una paliza. Conmigo fue una pelea fuerte (3 de diciembre de 1982, en Nueva Orleans), una pelea cerrada. Él me enganchó en el asalto 14 y me tumbó (se levantó y nuevamente lo derribó). Me noqueó y cuando a uno le dan nocaut no tiene excusas.

¿Esa fue su pelea más brava (La revista ‘The Ring’ la declaró la ‘Pelea de la Década’)?

Casi todas mis peleas cuando fui a defender mi campeonato fueron duras. Siempre fue mi estilo de guerrero. Los japoneses también son guerreros, prefieren dejar la vida a que lo derroten y defendí el título con dos japoneses. Pero creo que esa y la pelea que perdí con Albert Dávila (la primera, antes de ser campeón) fueron mis dos mejores peleas. Entrega total.

Gana otro título, el supergallo, contra su compatriota Juan ‘Kid’ Meza, que como vivía en EE. UU., solo hablaba en inglés para menospreciarlo. ¿Era otro Carlos Zárate para usted?

Era un agrandado. Pobrecito. Hablaba mucho. Tuve la oportunidad de noquearlo y no quise hacerlo para taparle la boca a golpes... Ese día (18 de agosto de 1985, Ciudad de México) se hundió el ring de tanta gente que se subió a felicitarme que no pudieron darme el cinturón. Como al mes, el CMB me lo dio en una ceremonia en su oficina.

¿Qué le decía ‘Kid’ Meza?

Un día se atrevió a meterme un bolillo (de harina) por si tenía hambre. Estaba mal. Él decía que yo era un viejo, un anciano, cuando teníamos casi que la misma edad. Como boxeador sí era más experimentado y lo aplasté en el ring.

Pero pierde después en la primera defensa (18 de enero de 1986 en Bangkok) ante el tailandés Samart Payakiaroon. Pierde en la báscula y luego lo noquean. ¿Cuál es la historia?

Yo no tenía nada que hacer en el box. Había cumplido un ciclo. Pero había un compromiso: defender el título ganado. Me era imposible dar el peso. Allí me quitan la faja, subo al ring y me tumban. Ya no tenía ningún sentido seguir y allí se acaba mi carrera.

Pero ocho años después regresa. Sabemos que no fue por dinero, sino por salud. Si exponía su salud, ¿por qué regresó?

Estaba muy pesado, casi en 90 kilos, y me estaba dando un infarto. Entonces el doctor me dijo que si no hacía ejercicios, si no bajaba de peso, había la posibilidad de que muriera. Me dije qué caso tenía tanto sacrificio si estaba tirando todo por la borda por la irresponsabilidad. Entonces empecé a bajar y a entrenar y subí al ring, sabiendo que no iba a tener éxito.

Ganó 2 y perdió cinco. ¡Peleó en wélter júnior! Hasta un colombiano, ya muerto, Fernando ‘Burulú’ Caicedo, en ligero, lo derrotó en Miami. Se retiró en 1995, a los 40 años...

Era un reto personal. Estaba fuera de ritmo. Seguí haciendo ejercicio, pero sabía que ya no era boxeador activo. Gracias a Dios pude salir adelante con mi vida digna, que era lo mejor.

Usted también sufrió lo que yo llamo ‘el despertar de la ducha’, la reacción del boxeador bañándose sin saber qué ha pasado en su pelea. ¿Cómo fue su caso?

Fue en San Antonio (EE. UU., el 12 de abril de 1977, cuando no era campeón y enfrentó a Gabby Cantera). Llegué bien preparado. En el segundo asalto me tumba, quedo desconectado, pero sigo peleando por inercia, por inercia. Termina la pelea, el protocolo del vencedor, me voy al vestidor, agarro mis cosas, me voy con mi chofer al hotel. Cuando me meto al baño, me cae el agua fría... Tomo la reacción de ¿dónde estoy? y veo que está allí el chofer. Le pregunto quién ganó esa pelea. Se río y dice: ‘¿por qué’. Le digo: no sé quién ganó. ‘Tú ganaste’. ¿Cómo? Entonces me narró el cuento (ganó en el séptimo por nocaut). Me quedé sorprendido, pero gracias a Dios salí adelante. Estoy seguro de que si aquel boxeador sale con determinación y sigue adelante, allí yo me hubiera quedado esa noche. Estoy seguro de que a muchos boxeadores le pasó eso y muchos han muerto.

¿Cree que eso le pasó a su retador y rival británico Johnny Owen, quien murió 46 días más tarde?

Estoy seguro de que sí. Él estaba ido, pero decía que sí podía seguir peleando (cayó en el sexto, noveno y una vez en el 12 antes del nocaut), porque el espíritu de uno, la inercia, lo hace reaccionar positivo. Y esta es una guerra más. Estoy seguro que pasó con Johnny Owen y desgraciadamente murió.

Usted permaneció todo el tiempo en Los Ángeles, fue al hospital, intentó ver a Owen, pero no pudo. ¿Su cabeza estaba clara para, 90 días más tarde de ese accidente, pelear de nuevo en defensa mundial?

O lo toma o lo deja. Era una oportunidad y una pelea definitoria. Albert Dávila me había ganado y yo quería vengar esa derrota. Fue una de las mejores exposiciones de mi vida. Peleé 15 asaltos y gané. Le dediqué la pelea a Owen.

¿Cómo hizo para sacarse a Johnny Owen de la cabeza?

En ese momento lo dejas todo a un lado. Tenía un rival que me había ganado y había que darle con todo. Creo que fue determinante y por eso seguí adelante con mi carrera.

¿Cómo tomó la invitación del padre de Johnny Owen para ir hasta su pueblo en Gales a develar una estatua de bronce del púgil fallecido, en el 2002?

Era un reto. La familia Owen tenía otra manera de ver las cosas. Es trabajo, es un deporte: como murió él, pude ser yo y se han muerto mucho más. Tuve la oportunidad de platicar con la familia y detallar la situación de cómo uno está en riesgo y desgraciadamente le tocó a él. Lo entendieron y me aplaudieron.

¿De pronto pensó en no ir, pero después entendió que era importante hacerlo para cerrar ese capítulo?

Fue importante y bonito ir. Se veían caras con cierto rencor hacia mí, pero al final me despidieron con besos. Eso me liberó de esa pena. Si uno tiene que vivir, hay que vivir libre.

Usted, en el acto, llamó a Owen como ‘campeón de la dignidad’. ¿Por qué?

Porque, como boxeador, sabes que subes al ring y no estás seguro si vas a bajar. Entonces cuando uno tiene esa capacidad, ese coraje, esa entrega no es más que dignidad. Y para mí, Johnny Owen tuvo dignidad y murió en lo que él quería...

A propósito de muerte, le presentó a Mario Miranda (sentado, escuchando la entrevista), colombiano, retador número uno cuando murió su amigo y campeón pluma Salvador Sánchez...

(Luego del saludo) Chava (así les dicen en México a los Salvadores) era mi compadre y mi mejor amigo. De repente, jugando a la carrera de coches (la pasión de ambos), una vez con él choqué mi coche y no me pasó nada. Al poco tiempo él chocó el suyo y se mató. Esa es la vida. Mario estaba en su punto: hubiera sido una gran pelea, pero el hubiera no existe. Mario perdió con Juan Laporte (puertorriqueño, por el título mundial vacante) y Chava se fue, pero Mario aquí está.

¿A usted le hubiera gustado morir en el ring?

Si yo naciera de nuevo, sería boxeador. Este deporte es lindo y por él he conocido el mundo y a mucha gente. Me hubiera gustado morir en el ring, peleando.

ESTEWIL QUESADA FERNÁNDEZ
Redactor de EL TIEMPO
Barranquilla

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