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Cimarrones le da brillo al Chocó en la Suramericana

Consiguió una clasificación histórica para el baloncesto colombiano a las semifinales del torneo.

Cimarrones

Los jugadores de Cimarrones celebran el triunfo.

Foto:

Prensa Fiba Américas

07 de octubre 2017 , 09:17 p.m.

A una tierra inmersa en una realidad social complicada como es la del Chocó, la recompensa divina le debía llegar, y lo hizo en forma de felicidad, para reconfortar a sus casi 500.000 habitantes con una pequeña gota de esperanza en medio de la oscuridad. Cimarrones, el orgullo de este pueblo sufrido, ganó hace unos meses la Liga Profesional de Baloncesto local y así logró hacer sonar los tambores y encender la chirimía para exponer su cultura en el ámbito internacional. Un momento histórico para este humilde quinteto llegaría con sus rutilantes triunfos en la Suramericana, a mitad de esta semana, para clasificar a las semifinales, en un hecho que solo tiene un precedente. La fiesta era en el río Atrato.

El Chocó es alegría más allá del sufrimiento. Es baile, pese a la penumbra. El baloncesto se convirtió en su salvación y en el empuje de todo un pueblo. Cimarrones pasó a ser su comunión y con ella miles de feligreses asisten al coliseo El Jardín, su caldera, para dejar atrás todos sus problemas y encontrar la energía revitalizante de la vida con el orgullo de su equipo. En esta zona del país aflora la majestuosidad, pero solo se conoce su rostro más miserable.

Fui al Chocó y me quedé como buscando dioses. Para un psicópata que no cree en el psicoanálisis, el Chocó es la tierra prometida. Luego de aterrizar en un potrero y pasar una noche de tormentas en la selva, llegué a Quibdó, capital de este paraíso tropical. Desde mi cuarto, de día, veo un sol áspero mojado de lluvia; de noche, un jardín de estrellas, cantos salvajes y el Atrato, río para soñar. Allá lejos, donde se pierde la mirada y empieza la otra orilla, el infinito es verde: ¡su majestad la selva! Al borde de esta selva se detuvo la civilización. Lo que sigue es leyenda, magia negra, restos de un paraíso perdido”, plasmó en sus líneas sobre el Chocó el escritor colombiano Gonzalo Arango.

El reto era tan alto que la posibilidad de fallar podía ser normal. Recibían en su casa a Hebraica Macabi, de Uruguay, y le ganaron. Después enfrentaron a San Martín, de Argentina, y lo derrotaron. Contra Flamengo, de Brasil, cayeron, pero ya tenían su paso a semifinales asegurado.

Cimarrones logró esta sublime epopeya con jugadores en un 80 por ciento chocoanos. A la cabeza estaba el inoxidable Édgar Moreno, acompañado de Salomón Mosquera y Eleuterio Mosquera. Solo la sangre de esa zona de Colombia tenía la sed para poder triunfar.

Cimarrones

Los jugadores de Cimarrones celebran el triunfo.

Foto:

Prensa Fiba Américas

“La verdad tuvimos mucha sangre y mucho corazón por darle a nuestra tierra lo que realmente se merece. La verdad que es importante crecer y seguir creciendo. Creímos en nosotros, porque sabíamos que podíamos crecer como pueblo y como representantes de nuestro país. Es un hito muy importante. Hicimos historia”, le dijo a EL TIEMPO Plinio Rosero, DT de Cimarrones.

Su gran estrella en este torneo, en el que consiguió dos triunfos en la primera fase, algo que solo lo había logrado Cúcuta-Norte en el 2009 para Colombia, fue Michael Jackson. El ala-pívot promedió 30,3 puntos por partido y su entrega fue al máximo para levantarse en las adversidades. Sin embargo, el pueblo chocoano fue lo que más resaltó.

La gente vive al cien por ciento el equipo. Algo increíble, independientemente de que acá estábamos en las fiestas patronales de San Francisco de Asís. La gente tuvo que ver mucho con los partidos en todos los juegos. Es una conexión cultural. Los aficionados son parte viviente de Cimarrones. Es como se entrega un equipo, como sufre un equipo, esa es nuestra sociedad”, añadió Rosero.

Ahora, Cimarrones espera conocer sus rivales en las semifinales la próxima semana. Mientras tanto, este pueblo celebra y le da una lección a Colombia y al mundo. “Algunos de los que iban a venir a jugar en nuestra casa nos dijeron que esto era una selva. Sí, sí es una selva, pero con corazones, gente linda y humilde”, concluyó lleno de esperanza Rosero, quien sueña con darle un título internacional al Chocó.

FELIPE VILLAMIZAR M.
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @FelipeVilla4

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