Ciclismo

El drama por el que no deja de llorar un campeón de la Vuelta Colombia

El 2017, Álvaro Sierra, en 53 días, perdió a su hermano y a su hijo en dos absurdos accidentes.

Álvaro Sierra

Su trabajo en el almacén de bicicletas le ayuda a Álvaro a olvidar la tragedia.

Foto:

Luis Lizarazo /EL TIEMPO

11 de abril 2018 , 07:54 p.m.

Álvaro Sierra caminaba por el centro de Sogamoso, Boyacá. Su teléfono celular sonó; era su hermana Carmen, que vive en Cota, Cundinamarca. Mientras hablaba con ella le entró otra llamada; pero no contestó. Era Ricardo Mesa, el técnico de los juveniles del equipo Boyacá es para vivirla. Mesa insistió, pero el campeón de la Vuelta a Colombia de 1991 no le puso cuidado.

Dos veces más Ricardo volvió a marcarle, algo que finalmente atrajo la atención de Sierra, que le colgó a su hermana, para saber el porqué de la reiteración.

“Ricardo, hola, ¿qué pasó?”, le peguntó el exciclista. Mesa, nervioso, casi sin dejarlo terminar el interrogante, le contestó: “No fue mi culpa. Álvaro, no tengo la culpa”.

Sierra se preocupó más, porque al otro lado del teléfono hablaba un hombre desesperado, nervioso, a quien se le entrecortaba la voz, muy angustiado.

“Pero, ¿qué pasa, Ricardo?”, preguntó un Álvaro asustado, a quien el corazón se le aceleró.

“Fue un accidente, tuvo un accidente”, le contestó el DT. Sierra pensó en Cristian, su hijo, quien en la mañana había cogido su bicicleta para salir a entrenar.

“¿Qué pasó con mi hijo?”, indagó. “Es que Cristian se murió”, respondió un Ricardo Mesa devastado que no pudo contener el llanto y le contó a su amigo y excompañero de aventuras en el ciclismo boyacense lo que había pasado, señalándole el sitio exacto del accidente.

Álvaro quedó estático, no supo qué hacer, no pronunció palabra. Colgó el teléfono, cogió el primer taxi que se la atravesó y se dirigió a su almacén de bicicletas.

Pagó la carrera, entró rápido, se encontró con su primo, Édgar, quien le ayuda en el negocio, y le dio la orden de cerrar; había que irse rápido al lugar.

Cuando llegaron encontraron a Cristian a un lado de la vía entre Sogamoso y Duitama, encima de una alcantarilla. Álvaro se bajó del carro y corrió, se paró cerca del cuerpo sin vida de su hijo; estaba impactado, lloró, en un momento que no quiere volver a recordar pero que a diario le pasa por su mente.

A las ocho de la mañana de ese 7 de septiembre del 2017, Cristian Andrés Sierra Molano se montó en su bicicleta; la práctica tenía como objetivo hacer kilómetros para el Clásico RCN. Se encontró en la ruta con sus compañeros, y a ellos se unió Mesa. La parte final del entreno practicaron embalajes.

En el tercer pique de Cristian, el joven de 23 años perdió el control de la bicicleta, se salió de la vía y se estrelló contra la alcantarilla; lo auxiliaron, pero no respondió. El ciclista en proyección murió de asfixia mecánica, según la necropsia. “Nosotros pensamos que se había reventado con el impacto, pero el resultado no fue eso; quedó sin aire, no lo reanimaron”, comentó Álvaro, sentado al frente de las bicicletas que vende en su negocio en Sogamoso. Su voz se le corta, toma el vaso de agua que le pasó su hija, Nicole, mientras su otro hijo, Fabián, atiende el negocio.

“No es fácil asimilar lo que pasó. Todos lloramos a Cristian, pero no hay nada qué hacer, la vida es así”


Sierra respira hondo, se lleva las manos a la cara, se limpia las lágrimas y hace caso omiso del timbre de su teléfono para seguir con su relato. “Siempre le gustó el ciclismo. Practicó el bicicrós, tuvo una caída y se fracturó la clavícula izquierda. Se cambió a la ruta; el abuelo le regaló una bicicleta y ahí se decidió a ser ciclista”, agregó un Álvaro confundido, triste, que llora cada vez que recuerda esos momentos: “Los más duros de mi vida”, como lo afirma. Álvaro le hacía los planes de trabajo a Cristian, estaba atento a la alimentación, le tenía la hoja de ruta y en las tardes, cuando el pequeño llegaba de entrenar y de almorzar, iba al almacén en el que le ayudaba a su papá.

Cristian terminó el bachillerato en Yopal, Casanare, donde vivía con su mamá, Rocío Molano, la primera esposa de Álvaro. Estudió un semestre de mecatrónica, pero no se amañó y regresó a Sogamoso. Hizo un curso de soldadura industrial en el Sena, cumplió con la práctica, pero se decidió por el ciclismo. “No es fácil asimilar lo que pasó. Todos lloramos a Cristian, pero no hay nada qué hacer, la vida es así”, dijo Álvaro.

Lágrimas por José Darío

Su melancolía no era nueva. La muerte de su hijo Cristian fue la segunda tristeza que Álvaro Sierra vivió el año pasado. 53 días antes de que conociera la infausta noticia, el exciclista, que colgó la bicicleta a sus 41 años, tuvo otro momento triste cuando se enteró de que su hermano, José Darío, quien llevaba un mes largo internado en una clínica en Tunja, murió de un paro cardíaco.

A principios de junio, José Darío, que era mecánico del equipo Boyacá es para vivirla, en el que estaba Cristian, se desplazaba en un carro de Sogamoso a Tunja, con los hermanos Romero, Jefry, quien iba manejando, y Felipe. 500 metros adelante del peaje de Tuta, el auto se salió de la carretera y chocó violentamente contra un tubo de concreto. José Darío iba en la parte trasera y recibió el impacto; los tres fueron trasladados a Tunja, y Sierra tuvo fracturas en su columna vertebral.

Su estado de salud era grave. Fue sometido a cinco cirugías. Algunos días amanecía bien, otros no. Álvaro y su familia viajaban todos los días a visitarlo, pues era el menor. De 34 años, vivía con Juan Francisco y Rosa, sus padres; tenía una novia y se iba a casar.

Cuando parecía que saldría adelante, el domingo 16 de julio llamó a sus hermanos, les dijo que los quería ver. En la clínica habló bien, se vio tranquilo, tanto que Álvaro pensó que saldría en los próximos días, pero no fue así. A las 3 de la madrugada, José Darío sufrió el primer paro cardiaco, a las 5 el otro y a las 7:30 el último, el que le quitó la vida.

Nos llamó para despedirse, lo hizo para eso, y fue una sorpresa, así como pasó con Cristian

“Nos llamó para despedirse, lo hizo para eso, y fue una sorpresa, así como pasó con Cristian”, recordó Álvaro, a quien esos dos golpes le causan daño y dolor, mucho más fuerte que cuando se le encalambraban las piernas escalando La Línea, Letras o Minas.

No fue fácil para él saber que su hermano se había ido. José Darío quiso ser ciclista y recibió todo el apoyo de Álvaro, quien cuando le nació la idea de poner un almacén se lo llevó a trabajar; era el que armaba las bicicletas, el encargado de hacerles el mantenimiento. Luego le dio por ser ciclista, corrió la Vuelta a Colombia del 2006, pero tuvo un problema en la rodilla y se retiró. Sin el ciclismo como sustento, José Darío volvió al almacén, y Álvaro le colaboró para que equipos como las Fuerzas Armadas, Coldeportes y Boyacá es para vivirla lo emplearan como mecánico.

Claro, compartió varios entrenamientos y carreras con Cristian. Álvaro contó que su hijo, en la Vuelta a Colombia del año pasado, extrañó mucho a su tío. “Me llamaba, hablábamos, era un buen escalador, pero en la Vuelta le fue mal, me decía que extrañaba a José Darío; era normal porque los dos se ayudaban, estaban en el mismo equipo”, comentó. Cristian le dijo a su papá que se iba a retirar, pero Álvaro le habló duro, le dijo que terminara, que lo hiciera en memoria de José, y aceptó.

Han pasado siete meses y Álvaro Sierra aún lamenta lo que pasó. Llega todos los días al almacén, lo abre y atiende a los clientes, pero siente el vacío de José Darío, quien llegaba temprano a desarmar las bicicletas, y de Cristian, que lo hacía en la tarde.

Paradójicamente, el ciclismo, el deporte con el que se ha ganado la vida como pedalista, preparador y comerciante, le quitó a dos personas a las que amaba, pero no lo reprocha.

“No puedo maldecir. El ciclismo es una profesión, y ellos murieron en esa causa, pero lo hicieron como otros fallecen de alguna enfermedad. El ciclismo es una profesión que da alegrías, como los triunfos, pero también tristezas, como la que vivo. La muerte de los dos me dejó triste, derrotado, incapaz, pero hay que levantarse”, señaló Álvaro, con los ojos encharcados, como los tuvo durante casi toda la charla.

No puedo maldecir. El ciclismo es una profesión, y ellos murieron en esa causa, pero lo hicieron como otros fallecen de alguna enfermedad

Para él, la ausencia de los dos es indescriptible. Cada vez que le hablan de ellos se pone a llorar. Le ha servido mantenerse ocupado en el almacén y trazando los planes de entrenamiento de los ciclistas juveniles que manejará en Boyacá es para vivirla, en el que espera trabajar duro y en memoria de José Darío y Cristian, quienes labraron su carrera ciclística sobre el asfalto de las carreteras de Boyacá, en las que lo entregaron todo, hasta sus vidas.

LISANDRO RENGIFO
EL TIEMPO
@lisandroabel

Consulte otras noticias sobre ciclismo

Ya leíste los 800 artículos disponibles de este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido digital
de forma ilimitada obteniendo el

70% de descuento.

¿Ya tienes una suscripción al impreso?

actívala

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA