Automovilismo

Así se vive Le Mans, una fiesta de 24 horas a 300 kilómetros por hora

Una periodista relata su experiencia detrás de la carrera de resistencia más antigua del mundo.

24 horas de Le Mans

En esta competencia anual participan 60 autos, divididos en dos grandes grupos, los prototipos y los grandes turismos o GT.

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Florent Gooden / AFP

16 de junio 2018 , 11:04 p.m.

El sueño es el tema que desvela. ¿Es posible dormir mientras los autos corren a 300 kilómetros por hora a pocos metros? ¿Se puede pausar la adrenalina al seguir de cerca una de las carreras más míticas? Sí, es posible.

Porque mientras los autos compiten por el podio en las 24 horas de Le Mans, muchos de los visitantes se rinden al sueño en las casas rodantes o en las carpas instaladas alrededor del predio, y otros se acurrucan en alguno de los pocos sillones libres de los salones VIP que quedan abiertos durante la madrugada. Los de sueño más profundo se acomodan en las sillas plegables cerca de la pista, inmunes a los rugidos de los motores.

Y para los que sufren de insomnio es el paraíso. Las tribunas están siempre abiertas. También hay espectáculos, juegos y bares, pero toda la diversión que acompaña a la legendaria carrera termina en la madrugada.

Lejos de conciliar el sueño, los pilotos mantienen la adrenalina sin descanso. Antes de las 24 horas en carrera, hubo un año de trabajo de las escuderías y, los días previos, las últimas verificaciones técnicas de los vehículos. Son tres pilotos por auto que conducen por turnos: no pueden exceder las cuatro horas continuas frente al volante, en un total de 14 horas como máximo. Por lo general, los pilotos cambian cuando hay que reponer los neumáticos.

Las 24 horas de Le Mans son, desde 1923, la carrera de resistencia más famosa del mundo; además de superar marcas de velocidad y rendimiento, busca estar a la vanguardia de las innovaciones. Cada año viajan alrededor de 300 mil fanáticos del automovilismo al circuito de La Sarthe, a dos horas de París, expectantes por ver el movimiento alrededor de sus 13.629 kilómetros y sus 13 curvas hacia la derecha y 10 a la izquierda.

Muchos de los visitantes llegan días antes para conseguir ubicaciones privilegiadas. El lugar preferido es la curva Porsche. Mientras los pilotos toman ese tramo de la pista, los espectadores se instalan con grupos de amigos y familiares, equipados con bebidas y comida.

Compiten 60 autos divididos en dos grupos: los prototipos, que combinan desarrollo tecnológico y rendimiento, y los grandes turismos (GT). En la categoría LMP1 (Le Mans Prototype) participan los más rápidos, que usan motores híbridos para mejorar su resistencia. La LMP2 es una categoría numerosa, con vehículos piloteados por no profesionales (‘gentlemen drivers’). En la LM GTE Pro corren autos derivados de GT de serie como Aston Martin, Ferrari y el Porsche 911 GT3, con pilotos profesionales, y en la LM GTE Am, pilotos aficionados.

Son tres pilotos por auto que conducen por turnos: no pueden exceder las cuatro horas continuas frente al volante, en un total de 14 horas como máximo

La largada

La pista es una fiesta. Falta una hora para la largada y una multitud espera ansiosa en las tribunas. Hace unos años, los pilotos se paraban a un lado de la pista y, con la señal de largada, corrían para subirse a sus autos, estacionados en diagonal frente a los ‘pits’ o boxes. Con el afán de salir con la mayor rapidez posible, y sin medir el peligro, no se ajustaban los cinturones. Hasta que, en 1969, el belga Jacky Ickx decidió caminar en lugar de correr, en señal de protesta. La desventaja no lo perjudicó: su Ford GT40 Mikl resultó ganador.

El ‘show’ comienza antes de la largada: bajo la mirada y los aplausos de la multitudinaria tribuna, los pilotos posan junto a sus naves y hay desfiles de banderas y de fanáticos que buscan fotografiarse con los vehículos que van alineándose para comenzar la travesía. Los esperan 24 horas de carrera, ni un minuto más ni un suspiro menos. Cuando se escuchan los primeros acordes de ‘La Marsellesa’, el silencio es total y la emoción aumenta mientras crece la expectativa del público por escuchar el rugido de los motores.

Para los amantes del automovilismo, es una de las carreras más esperadas del año. Tras la largada, el público se dispersa. Algunos vuelven a sus ‘motorhomes’ o a las carpas, otros se acomodan en los sectores VIP. Si bien se multiplican las atracciones, entrar a boxes es la primera de la lista. Aunque no es tarea fácil. Hay que lograr un permiso especial y cumplir con las consignas: prohibido sacar fotos o grabar, y ajustarse para una visita de no más de 20 minutos, que se terminará a la hora señalada.

Con total cuidado y hasta precisión quirúrgica, en la mayoría de los ‘pits’ suele haber un chasís de repuesto, cuatro motores, cuatro cajas de cambios, seis alerones delanteros y traseros, además de 60 ruedas y más de 100 radios y auriculares. Para el reabastecimiento de combustible, que se realiza cada 45 o 50 minutos, el auto debe estar estacionado frente a su cajón, paralelo a los boxes, con el motor apagado. Lo hacen un mecánico y un ayudante, con extintor de incendios, y un asistente con una válvula de seguridad. En el caso de cambios de neumáticos está permitido un máximo de cuatro mecánicos, en un procedimiento que comienza al completarse el repostaje.

En los ‘pits’ todo es calma. Afuera rugen los motores, que aceleran cuando terminan los controles técnicos. Adentro, silencio, concentración y espera. En la cabeza de cada piloto, concentración extrema. Adrenalina. Superación. Un especialista en automovilismo cuenta que algunos pueden cerrar los ojos y recrear mentalmente el recorrido de toda la pista.

En el mundo exclusivo de los boxes también es posible cruzarse con el actor Patrick Dempsey (‘Grey’s Anatomy’), que capitanea a su equipo. ¿Dónde encontrarlo? Siguiendo el rastro de un séquito de fanáticos que monta guardia para pedirle autógrafos. Una advertencia: es una misión imposible, gracias a sus guardaespaldas.

El ‘affaire’ entre actores y el automovilismo no es novedad. Aquí, el caso más emblemático fue el de Steve McQueen, amante de la adrenalina casi más que de la actuación, que protagonizó el film ‘Las 24 horas de Le Mans’. Durante el rodaje, en 1970, al actor no le permitieron correr, lo abandonó su mujer y se registraron graves accidentes. Su historia de fracasos se recrea en el documental ‘Steve McQueen, The Man & Le Mans’, que se estrenó el año pasado.

Quien sí triunfó en la mítica pista fue Paul Newman (‘El color del dinero’). Luego de competir en varias carreras y de armar su propia escudería, en 1979 se subió a un Porsche 935 y, bajo la lluvia, ganó en su categoría (quedó de segundo en la general), acompañado por Dick Barbour y Rolf Stommelen.

Al atardecer, alrededor del circuito de La Sarthe los espectadores dejan de seguir los autos para admirar el cielo azul teñido de naranja. En cambio, para los corredores es la hora mala, uno de los peores momentos para manejar.

En 1969, el belga Jacky Ickx decidió caminar en lugar de correr, en señal de protesta. La desventaja no lo perjudicó: su Ford GT40 Mikl resultó ganador

Mientras cae el sol, se encienden las luces laterales de los autos. Todos llevan tres luces circulares, que indican si el automóvil es líder (una luz encendida), si es segundo (dos luces) o tercero (tres luces). Para optimizar las señales, cada categoría cuenta con su propio color: rojas para LMP1, azules para LMP2, verdes para LMGT1 y amarillas para LMGT2.

Veinticuatro horas mirando una pista puede ser el mejor plan para un aficionado al automovilismo. Para los que no lo son, tampoco hay posibilidades de aburrirse. Espectáculos de música (el año pasado, Kool & The Gang), juegos de feria, un museo y, claro, la rueda de Chicago son parte de las atracciones que acompañan las 24 horas de carrera continua.

Los ‘pubs’ y la zona de diversión cierran a las 2 de la mañana. Hasta esa hora es habitual ver gente disfrazada, cantando, festejando, compitiendo en los juegos de tiro al blanco por un peluche o pateando penales contra una máquina.

Desde lo más alto de la rueda de Chicago, la pista se empequeñece y las luces de los automóviles que la recorren a 300 kilómetros por hora bien podrían confundirse con rayos que la atraviesan. Al empezar el descenso, se vuelven más nítidos a pesar de la oscuridad de la noche. De un lado se percibe una de las curvas más cerradas, y del otro, la entrada a boxes. Mientras la rueda gira, los autos no se detienen. Ya hace 12 horas que están con los motores encendidos, y faltan otras 12 para que lleguen a la meta. La brisa da un respiro al sofocante verano europeo.

La emoción de la legendaria carrera mantiene a todos en vilo. Pero son pocos los que permanecerán despiertos toda la noche. Cuando los entretenimientos cierran y la cerveza escasea, el público se dispersa. En las tribunas ya no se sienten los aplausos ni el calor de la largada.

Hay otra opción: volver al hotel. Porque en Sarthe no hay camas ni comodidades para pasar la noche. Solo alguna silla incómoda en el ‘hospitality’ que permanece abierto o, claro, las tribunas. Por eso se entiende –y felicita– al público previsor, bien equipado con sus sillas plegables, carpas y casas rodantes.

Por la noche, los especialistas comparten su pasión por los fierros con increíbles anécdotas. Como la del piloto Eddie Hall, que en 1950 corrió solo las 24 horas, aunque tenía un piloto de reserva, y se clasificó octavo luego de 236 vueltas. Recuerdan a José Froilán González, el único argentino ganador en Le Mans, en 1954. Como él se sentía más seguro manejando bajo la lluvia que su coequipero, el francés Maurice Trintignant, lo hizo durante 17 horas.

Para ellos, el rugir de los motores suena como Beethoven, pero también puede resultar ensordecedor en la vigilia. Después de una noche sin dormir, las horas parecen trascurrir lentamente. Buen momento para desayunar y visitar el museo de las 24 horas de Le Mans. No es justamente un ‘shock’ de adrenalina, pero sí una posibilidad única de ver piezas exclusivas, como un Bugatti Type 57 de 1938 o la Ferrari 166 MM, vencedora de la edición 1949. O un Ford GT 40, ganador de la carrera cuatro veces seguidas, desde 1966 hasta 1969. También hay carruajes de 1897 y hasta un autobomba donado por el porteño cuerpo de bomberos voluntarios de La Boca.

Es tiempo de volver a la carrera, que ya está en su recta final. Antes de subir al podio, los ganadores reciben una corona de hiedras y flores, y se sacan selfis con sonrisas desbordantes. La euforia compite con el cansancio. La felicidad es total cuando levantan sus trofeos y se bañan en champaña.

Los visitantes emprenden la retirada. Saben que la salida del circuito puede llevar más de una hora. Deberán esperar un año para que comience de nuevo la aventura.

MARIANGELES LOPEZ SALON
LA NACIÓN (Argentina) - GDA
En Twitter: @mlopezsalon

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