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El suicidio está en todas partes menos en la política de salud pública

2017 fue el año en que más colombianos se suicidaron. Hubo un aumento del 10% con respecto al 2016. 

Cementerio
13 de junio de 2018 , 09:25 a.m.

Fecha: 13 de junio de 2018

Unidad de Datos

El año pasado 2.571 colombianos se quitaron la vida, según el último informe del Instituto Nacional de Medicina Legal (INML), que es honesto en indicar que la cifra puede tener un subregistro. Con todo y eso, el dato supera la media del decenio 2008-2018, que el Instituto ubica en 1.998 casos. 2017 fue el año en que más colombianos se suicidaron.

Según el informe, por cada 100 mil habitantes del país, 5 se quitan la vida (la tasa exacta es de 5,72) y si se hace un zoom sólo en la población masculina, este cálculo aumenta hasta 13 de cada 100 mil hombres entre los 18 a los 29 años (13,05 exactamente) y 16 de cada 100 mil después de los 75 años (16,55 exactamente). Es en esta población, así como en los hombres y mujeres adolescentes, que el reporte llama la atención, pues es donde se dan la mayor cantidad de casos. También hay que contar que el Instituto no entrega información de los intentos fallidos (conducta suicida) y que es todavía más difícil saber la cantidad de personas que tienen pensamientos suicidas. Pero aumentan.


La información sobre casos de suicidio llega hoy por todos los canales de comunicación, incluso la industria cultural releva este problema en sus contenidos audiovisuales, como seriados, videos musicales y películas. Una búsqueda rápida en la Internet Movie Database (IMDb) devuelve por lo menos 11.636 películas cuya trama hace alguna mención al suicidio.

IMDb reseña 11.636 películas cuya trama incluye algún suicidio

La Organización Mundial de la Salud (OMS) previene sobre la posibilidad de que los detalles en estas historias pueden generar ‘suicidios por contagio’, detalles que ya están disponibles en todos los formatos y a todo color. Además, el incremento en los casos colombianos obliga a concluir que hoy más que antes hay mayor probabilidad de que una persona que vive en Colombia conozca alguien que se quitó la vida, o se la vaya a quitar en el futuro.

FUENTE: Revista Forensis 2017, Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. ELABORACIÓN: Unidad de Datos.

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De hecho, en menos de una semana, los colombianos han tenido noticia de dos adolescentes guajiras, un reo procesado por el crimen de una niña en Santa Marta y un famoso chef extranjero que se quitaron la vida. Esto sin mencionar el reciente caso de una niña monteriana, ocurrido el 30 de mayo pasado. Todos son casos muy dispares, pero tienen en común que ponen en la agenda el tema del suicidio.

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Secuelas de la violencia


Si bien el fenómeno de la muerte autoinflingida incrementa anualmente en la mayor parte del mundo, en el país confluyen diversos factores de riesgo que alertan de la necesidad de prevención y atención del problema desde la salud pública. Natalia Trujillo, Coordinadora de la Maestría en Salud Mental de la Universidad de Antioquia e investigadora en el campo del suicidio, señala que “Colombia ha estado golpeada por múltiples eventos asociados al conflicto, abusos, crímenes de lesa humanidad, desplazamientos, en fin, y todo esto ha estado un poco desatendido”. Para la docente, estas situaciones sumadas a variables como el abuso y dependencia de sustancias psicoactivas, pueden contribuir a los pensamientos suicidas, sobre todo en los ciclos de la infancia, adolescencia y juventud.

En eso concuerda con Jorge Luis Muñoz, psiquiatra cordobés, quien afirma: “Colombia es un país traumatizado que ha sido violentado”, y refuerza diciendo que en esta nación hay “muchos enfermos mentales que no se asumen o no reconocen la condición que viven”. Para él, los suicidios sí se pueden evitar, pues “tienen síntomas previos”, sin embargo, critica que “no hay intervención desde políticas públicas” y por ello “es complejo avanzar en este tema, que sigue siendo tratando dentro del clóset, como tabú”.

“Se requieren políticas públicas para sanar mentalmente a la sociedad, pero lamentablemente de eso no hablan los gobernantes”, precisa Muñoz.


Un abanico de factores de riesgo


Sobre por qué ocurre el suicidio, Trujillo se cuida de no dar explicaciones totalizantes, pues si bien las situaciones sociales influyen, este es un fenómeno multifactorial en el que cada caso puede tener componentes neurobiológicos, hereditarios, de aprendizaje familiar, de procesos vitales (vulneraciones de derechos) y condiciones de salud mental que aumentan el riesgo de pasar de los pensamientos a la consumación.

“Una persona puede tener papá y mamá con depresión mayor”, narra Trujillo, “y aprender a copiar las conductas que ellos tienen cuando entran en depresión: cuando me siento triste me aíslo, me vuelvo tímido… o todo el tiempo me transmiten ideas de que el mundo es peligroso y me siento solo”. En ese caso no sólo hay un factor hereditario de trastorno del ánimo (depresión) sino un aprendizaje social de la conducta de sus padres. De ahí que haya también el caso inverso: “hay familias muy luchadoras, que buscan tener soluciones a los problemas”, dice la investigadora que en esos casos, aunque existan pensamientos suicidas, “puede que nunca se concreten, gracias al aprendizaje familiar y las redes de apoyo”. Pero, insiste, depende de cada caso.

Otro ejemplo de la complejidad del problema es la relación con el consumo de drogas. Para la investigadora, “hay toda una discusión alrededor de qué fue primero, si la depresión o el abuso de sustancias”. El cerebro de los seres humanos entraña una química particular y compleja que debe estar en equilibrio para que no afecte la lectura de la realidad del individuo. Ante la ingesta de drogas, inclusive el alcohol, esta química se descompensa y puede alterar el estado de ánimo y la percepción del riesgo. Sin embargo, según explica Trujillo, habrá casos en los que la droga induzca el suicidio, habrá otros en los que las personas deprimidas consumen para disminuir su sufrimiento.



A este enorme panorama de posibles detonantes se suman, según el análisis de Trujillo, “problemas en la atención [en salud], problemas en la adherencia [de las personas con enfermedades o trastornos mentales] a los tratamientos y problemas para que desde salud mental se puedan direccionar de manera más adecuada los casos y dar seguimiento más oportuno a cada uno de ellos una vez se presentan”.

“las sociedades violentadas deben rehabilitarse desde una visión de salud mental integral”

De acuerdo con el psiquiatra Muñoz, hay tres factores que generan enfermedad mental: violencia, pobreza y desnutrición. Dice que ellos promueven la sociopatía: "eso hace de la sociedad una enferma, poco solidaria y egoísta", sentencia.

En este escenario, el psiquitra apela a la oportunidad que entraña la coyuntura política por la que atraviesa el país “ahora que en Colombia intentamos construir un clima de paz”, pues, dice, “las sociedades violentadas deben rehabilitarse desde una visión de salud mental integral”. De allí la urgencia de la política pública de salud mental.



Matoneo y depresión en clase


La Revista Forensis 2017, un informe del Instituto Nacional de Medicina Legal (INML), dedica un capítulo al análisis del comportamiento del suicidio en Colombia y destaca la aparición del matoneo dentro de los factores de riesgo para la población estudiantil, cuyos indicadores van en aumento: “el entorno escolar debe adoptar estrategias de detección temprana del acoso escolar y abordaje adecuado tanto de las víctimas como de los victimarios [del bullying] para prevenir conductas suicidas entre los niños, adolescentes y jóvenes”, se lee en el texto como recomendación final, y termina “en esta tarea debe involucrarse a otros sectores como salud y, por supuesto, a las familias de los estudiantes”.

Por problemas como estos, el psiquiatra Muñoz es enfático al señalar que “la salud mental merece ser un tema del que se hable abiertamente en los colegios. Deberíamos hacer una cruzada por ello, así como cuando fue necesario llegar con educación sexual a las aulas”.


“No se es víctima de suicidio, sino de negligencia”


"Los suicidios de niños, niñas y adolescentes pasaron de 397 en 2016 a 415 en 2017, lo que implica un incremento cerca del 5,0%, mientras en la población adulta mayor se incrementó en 9,0%", se lee en Forensis. Foto: 123rf.com.


El suicidio no termina cuando se consuma, hay sentimientos de culpabilidad que emergen ante la muerte en el entorno cercano del fallecido. Frente a esto, la docente investigadora Natalia Trujillo dice que “la responsabilidad de terceros es muy relativa”, incluso en el caso de los niños y adolescentes que se quitan la vida, Trujillo se pregunta “¿la responsabilidad de una mamá, cuál sería?”, piensa y elabora su respuesta, “que un niño entre en depresiones mayores, o depresiones sistemáticas y que nunca se le brinde una atención en salud mental o al menos una cita de médico general”.

“La responsabilidad de terceros es muy relativa”

Para ella, en ese caso podría existir negligencia, pero rápidamente matiza: “depende del contexto de los papás y el acceso a los servicios de salud”. “No se es víctima de suicidio, sino de negligencia”, concluye, “pero si yo tengo una capacidad de autodeterminación, salvo que alguien pueda atestiguar que yo definitivamente no tenía esa capacidad, sería diferente”. Y es aquí cuando pone el ejemplo final: “en el caso de la esquizofrenia. Una persona con esta condición, que tiene cuidadores y cierta movilidad… Yo como mamá no puedo ponerle una camarita. Lo que puedo hacer es acompañarlo al médico”, sentencia, y resuelve que si el suicidio se consuma, esta persona “tenía todo para que esto no pasara, pero no fue adherente a tratamiento”.


POR: UNIDAD DE DATOS

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