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Pasteles con un toquecito venezolano en La Paz

Isamar y Adriana atienden juntas una pastelería en Bolivia, ambas son venezolanas y esperan regresar

Isamar - Venezolana

A Isamar le gustaría dedicarse más a la pastelería que a las labores de aseo, pero no se queja. Está agradecida.

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Ginna Morelo / El Tiempo

18 de abril 2018 , 12:46 p.m.

Adriana corta un trozo de torta de frutilla que saca del refrigerador. Sus ojos son negros y brillan más mientras le sonríe al comensal que le paga en voz bajita siete bolivianos. Ella le contesta en tono zalamero, caribeño: “A sus órdenes, que tenga una linda noche”. El hombre del altiplano se sorprende, confirma que ella no es de su país, sino de una tierra mucho más abajo de los 3.625 msnm (metros sobre el nivel del mar) en los que ambos se encuentran hoy: La Paz, Bolivia.

Adriana Mendoza Viscaya siempre supo que en América Latina hay un país montañoso que pelea hace años una salida al mar, muy distinto al de ella, Venezuela, que tiene 40 mil kilómetros de costa. Lo que, por supuesto, no podía imaginar era que terminaría viviendo allí, muy arriba en los Andes, como consecuencia de la crisis política y social de su nación y añorando la playa.

Adriana - La paz

Adriana atiende los clientes en la pastelería y los invita siempre a regresar.

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Ginna Morelo / El Tiempo

Ella tiene tres hijos: Andreína, de 21 años, estudiante de Medicina; Adrianni, de 18, universitario en Comunicación Social y Andriu, de 17, bachiller. La hija mayor y el menor sobreviven en Caracas con lo que les manda la mamá, empleada en una de las cafeterías y reposterías más tradicionales de La Paz: 'El pato de goma'.

​A sus 38 años Adriana creyó que la vida le había cantado su destino: criar tres hijos como madre cabeza de hogar en el territorio que conoce desde que nació: Barquisimeto, Estado de Lara. Pero los tres trabajos que tenía como mesera en un restaurante, apostillando documentos para los venezolanos que se iban al extranjero y su negocio propio de venta de empanadas y arepas, no generaban lo suficiente para darle de comer a sus hijos. Las 20 horas al día que dedicaba a ganarse la vida, la estaban matando.

Hizo lo de muchos y armó un plan de salida con ayuda de las redes sociales. En ellas encontró las respuestas a sus preocupaciones y las orientaciones de miles de compatriotas que como ella se están lanzando a lo desconocido, convirtiéndose en los migrantes del desespero. A comienzos de 2018 la mujer se despidió de sus tres hijos. La hija mayor, Andreína, le dijo que se quedaba a terminar su carrera: “quiero ser profesional de la medicina y no voy a abandonarlo para volver a comenzar”. “Mi hija ha tenido que madurar más de lo normal al hacerse cargo de Andriu, el menor”, comenta Adriana. Un mes después de irse les mandó 100 dólares, un mercado y otro dinero adicional para que Adrianni se fuera a vivir con ella a La Paz.

Sus palabras son las de una mujer que sabe lo que hace, que no le tiene miedo a las circunstancias. “Desde joven salí de la casa, trabajé en Aruba y viajé buscando oportunidades para mi familia. Ahora estoy aquí, en un lugar en el que hace mucho frío, pero no por ello la gente es distante. Por lo menos a mí me han tocado amables”.

Los bolivianos, pero parecen serlo más los paceños, son callados. Quizá es la montaña y el frío, esa cultura del encierro que los hace más reservados. Igual son gentiles. Los que le piden los servicios a Adriana y luego se acercan a pagarle a la caja la miran con un gesto de amabilidad. Ella les dice a todos “que vuelvan”.

Habla de sus padres, que se quedaron en Barquisimeto. De su hermano menor de 21 años que se fue a Perú. De la iglesia evangélica a la que asiste y en donde le ayudaron a conseguir el empleo cuando llegó por accidente a La paz. “Es que yo originalmente iba a Buenos Aires. Atravesaría toda Latinoamérica pasando por Colombia, Ecuador y Perú para vivir en Argentina, pero se me acabó la plata en Bolivia”.

Todo el recorrido de 5.700 kilómetros lo hizo sola. Un mes después mandó por su hijo Adrianni. Se lo trajo un hermano pero por otra ruta, saliendo por la frontera de Brasil.

En Bolivia empezaron la vida temporal, como la llama. “Mi sueño es regresar a Venezuela. Pero claro, chama, yo estoy aquí prestada mientras se solucionan las cosas. Confío en que todo cambie”.

Sin embargo, Adriana es consciente de que todo podría empeorar y por eso se informó bien. “En dos años uno puede aspirar a la residencia en La Paz, acá se gana decentemente y no es tan caro el costo de vida. Así que si Maduro sigue, espero a que mi hija termine y me la traigo junto con su hermano menor”. Por lo pronto gestionar las visas de residentes para ella y su hijo les puede costar hasta 1.000 USD.

Son las 6:30 de la tarde, Adriana despide a los clientes, recoge los platos de las mesas de la cafetería, los lleva a la cocina y le sonríe a Isamar Lara Maestre, otra venezolana que friega la loza y ordena la cocina. Es una chica activa, de 25 años y quien comenzó su vida familiar muy joven. Tiene dos hijos de 6 y 2 años, Isaac y Sebastián.

Isamar - La Paz

Isamar concentrada en sus labores cotidianas.

Foto:

Ginna Morelo / El Tiempo

Isamar salió de San Juan de los Moros, muy cerca de Caracas. Llegó hace un año y 3 meses a La Paz con su esposo e hijo menor; pese a que su idea original era ir a Uruguay. Con lo que gana mensualmente, 1.800 bolivianos y lo que gana su esposo César Boyer, 1.000 bolivianos más en una empresa transportadora, ahorran para sacar los documentos de los cuatro. “No es fácil, y contrario a Adriana, a mí no me han tocado tan bien”. Se le nota triste y cansada.

Un día para la pareja de venezolanos es complicado. “Al niño mayor lo dejamos en la guardería y el más pequeño me lo cuida una señora. Yo entro a trabajar a las 3:00 de la tarde y salgo a la medianoche. Mi esposo desde las 8 de la mañana y nunca se sabe hasta qué hora. Lo que hago está bien, pero me gustaría ir a la pastelería y aprender más. No estar aquí lavando platos y haciendo aseo. Pero bueno, no me quejo, agradezco”.

Y si a lo anterior se suma que algunos venezolanos han llegado a su casa a aprovecharse de las circunstancias, la entristece más. “Vinieron mi cuñada con su hijo, se quedaron en la casa y me dejaron una deuda de 200 USD. Llevaron al bebé a la guardería y nunca pagaron y ahora a nosotros nos está tocando”.

Isamar vive con su esposo y los dos niños en una ciudadela en la que también habitan otras familias venezolanas. Una prima y el esposo están en un apartamento, la madrina de Sebastián y su familia viven en otro. “El uno le dijo al otro y se fue regando la cosa y mira, ya somos toda una comunidad”, dice. Se acompañan, pero Isamar no deja de soñar con el regreso a su país. “Aquí en la Paz lo que estamos es ahorrando para que nos construyan la casa en Venezuela. “Quiero volver, deseo volver algún día y sé que pasará”.

Mientras habla y sus palabras y rostro reflejan esperanza, decora con crema de chocolate un pastel que llegó a buscar un chico enamorado. Ella lo guarda con dulzura en una caja de corazones, se lo entrega a Adriana y se retira otra vez a la cocina a la valar la loza que quedó pendiente. “Los sueños de volver no dan espera”, dice.

Por Ginna Morelo
Texto para el Reportaje Venezuela a la Fuga

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