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El universo de la estética y la sanación afro en Bogotá

“Ser una mujer negra en Bogotá es tener el poder de la sabiduría”, asegura la líder de un Kilombo.

Afrotá: MAlle y Karen

Karen Villadiego y Malle Beleña, dos mujeres afrodescendientes que reivindican el uso político y estético del cabello chontudo en contextos de ciudad.

Foto:

Sara Castillejo Ditta / Unidad de Datos

10 de mayo 2018 , 10:40 a.m.

Malle y Julitza tienen dos cosas en común: sus cabellos chontudos y que recurren a los kilombos para atender sus males físicos. La sabiduría ancestral de la cultura afrodescendiente se ha tomado muchos rincones de Bogotá y ha puesto un sello particular dándole sentido a la urbe habitada por más de cien mil afros.

Ese sentido es, ante todo, colectivo.

El acento de ambas, su sonrisa, los colores de sus ropas y ese desenfado al andar son Pacífico puro. La comunidad afro se metió en el alma de Bogotá y toda su identidad se expande en sentimiento y belleza por sus localidades.

El arte de peinar

“Me gusta que Bogotá le hace creer a una en la ilusión de que aquí puedes alcanzar todos tus sueños y, aunque no sea verdad, el solo convencimiento de eso determina la actitud con la que asumes la vida en esta ciudad”. La frase le sale desprevenida a Malle Beleño Potes, una afrocolombiana nacida en un pueblo que quiere ser recordado por el valor y no por el dolor: Bojayá, Chocó.

“Los ojos miel de Malle, hipnotizan”, es el comentario de un barbero afro que atiende su peluquería en la Avenida Caracas con 40A. Ella es alegría y también esperanza. Estudió Licenciatura en Educación en Cali. Hoy está dedicada en cuerpo, alma y cabello a reivindicar la belleza afro.

Afrotá: Las chontudas

Yescenia Rosero y Malle Beleña lucen sus peinados en una barbería amiga de Las Chontudas en Bogotá.

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Sara Castillejo Ditta / Unidad de Datos

En localidades como Kennedy o en el centro de Bogotá abundan las peluquerías especializadas en el tratamiento del cabello afro, y ellas no solo obedecen a un tema de moda, es claramente una apuesta política reivindicatoria de la identidad étnica afrocolombiana.

Malle hace parte del colectivo de mujeres afrodescendientes llamado “Las chontudas”. “Nos llamamos así porque en el Pacífico hay una palma: la chonta, el alma de esta palma se parece al cabello nuestro”, explica. Y va más allá al indicar que el arte de peinar desarrollado por los afrocolombianos, raizales y palenqueros es una de las tradiciones que con más fuerza lleva implícita la huella africana.

“En los peinados está el secreto de la planeación de las fugas en la época de la esclavitud. Las trenzas dibujaban eso que no podía contarse y ni siquiera hablarse en voz alta, nos contaron los mayores”, relata Malle.

Ella se ha organizado con varias chicas para enseñar el arte de peinar, que aprenden casi de forma natural. Sin embargo, hace la salvedad de que hay técnicas y tipos de peinados con nombres particulares: como las trenzas, duenzas, tropas, cangas, los gusanillos y nudos bantú. Todos se roban las miradas de cualquiera en las calles capitalinas, por la precisión, forma y belleza como son elaborados.

Células de “Las chontudas” se han esparcido a Cartagena, Buenaventura, Medellín y Cali. En la capital del Valle la Asociación de Mujeres Afrocolombianas (Amafrocol) abandera la lucha por los derechos de los afros. “Y aquí en Bogotá, con un grupo de chicas pilosas y serias, que aman el servicio comunitario, vamos a empezar a trabajar con mujeres en las localidades de Engativá y Usme”, dice Malle.

El arte de peinar ha derivado en la organización de una pequeña industria para el cuidado del cabello afro, rizado y ondulado. El secreto es que los productos son elaborados con plantas del Pacífico como copoazú, aceites de cacay, de sacha inchi, de coco, de chontaduro y de camu camu.

Queremos generar valor económico en las comunidades en donde se cultiva y se transforma nuestra materia prima

Cuando Malle habla de que el colectivo intenta generar empleo, sus ojos brillan más. “Queremos valorar y dar a conocer al mundo las tradiciones de los pueblos más estigmatizados de nuestro país, frente a la manera de relacionarse con su cuerpo, sin atropellar la naturaleza y sin despojar a nadie de su tierra. Queremos generar valor económico en las comunidades en donde se cultiva y se transforma nuestra materia prima”.

Su empoderamiento es contagioso. Ella está convencida de que la industria cosmética no reconoce la belleza afro y por eso trabaja duro para cambiar esa realidad. “Bogotá me ha ayudado a darle forma a lo que hoy es mi proyecto de vida. Aquí encontré lo que necesito para configurar nuestra apuesta al servicio de las economías de nuestros territorios”, dice.

El arte de sanar
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Afrotá: Kilombos

En Bogotá hay ocho kilombos, que sonlos lugares donde se practica la medicina ancestral afrocolombiana. Allí no sólo se atienden comunidades negras, sino público en general. 

Los kilombos son otra tradición que agrupa a mujeres sabedoras y parteras que se dedican a curar los males de sus iguales. En el centro local de atención a víctimas, Rafael Uribe Uribe de la calle 22 sur, funciona el kilombo Yumma, que es dirigido por la matrona Julitza Mosquera. Hay ocho en total en toda Bogotá y están por abrirse dos más, según Eddy Bermúdez Marcelín, subdirector de Etnias de la Secretaría de Gobierno.

Julitza es consejera distrital para las comunidades negras, nació en Quibdó y de allá salió espantada por la violencia. “El haber dejado el territorio nos marca, pero es un reto por lo que representa construir lo que es una mujer negra y chocoana en la urbe”, dice.

Y se adelanta a dar otra respuesta sin necesidad de la pregunta: “ser una mujer negra en Bogotá es tener el poder de la sabiduría”, asegura.

Afrotá: Yulizta

Yulitza Mosquera, matrona del kilombo Yumma.

Foto:

Sara Castillejo Ditta / Unidad de Datos

El desplazamiento del pueblo afro del Pacífico colombiano causó que sabedoras y parteras vinieran a Bogotá. El espacio que las recibe es hostil, distinto. “Ellas se estaban muriendo de tristeza. Una vez acá se dedicaron a hacer lo que saben”. Las mujeres de Yumma saber partería y prevención de enfermedades. Varios tratamientos se hacen como ‘chirimioterapia’: sanación a través del baile. “Con la danza atendemos los dolores y las tristezas”, cuenta Yulitza.

El Kilombo es como el centro de pensamiento del ser afro. En el sitio hay plantas naturales, marimbas, chirimías, objetivos típicos de la cultura afrodescendiente, así como fotografías de los exponentes más representativos de la cultura negra. Allí trabajan una sabedora, una partera, una enfermera jefe, un gestor y un técnico ambiental experto en plantas medicinales. Atienden de lunes a viernes desde las 9:00 de la mañana hasta las 4:00 de la tarde.

Malle y Julitza se aman tal cual son. No bajan el tono de voz al hablar y no se dejan tomar una fotografía sin aplicarse labial. “Ser afro en Bogotá es diferente. A veces es duro porque es cierto, hay discriminación, pero en gran medida depende de nosotros conquistar los espacios”, dice Malle. “Ser afro en la urbe es traer un pedacito del Pacífico a la montaña fría y valorar por encima de todo esa diferencia”, puntualiza Julitza.

POR:
Ginna Morelo
Unidad de Datos

Capítulo 3



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