Música y Libros

'Un viaje a lo más oscuro del ser humano': Julia Navarro

La ‘best seller’ española presenta en la Feria del Libro la novela ‘Historia de un canalla'.

Julia Navarro

Al empezar a escribir un libro, Navarro no se limita en el número de páginas.

Foto:

Cortesía Penguin Random House

28 de abril 2017 , 11:50 p.m.

Thomas Spencer se mira al espejo y no descubre en él los rasgos de la persona que más quiere en el mundo: su padre. 

A la larga, John no es la persona que más quiere, es la única que parece querer. Pero, páginas adelante parece demostrar que en realidad ni siquiera hubo una persona que pudiera salvarse de la ira del protagonista de Historia de un canalla, la novela que la escritora española Julia Navarro presenta en la Feria del Libro de Bogotá. Sus libros son extensísimos volúmenes: este abarca casi 900 páginas. Aun así, son celebrados best sellers. De esta nueva novela se imprimieron 300.000 ejemplares iniciales.

Indican algo que parece inaudito en estos tiempos de internet y redes sociales: no es en absoluto necesario ser breve para ser leído por muchos. Todo depende de una buena historia.

El canalla de Navarro, Thomas, es un ejecutivo de publicidad retirado que cuenta sus memorias. Relata cada paso que dio en una vida de destrucción de los demás por cuenta de su ira. Comienza por una anécdota de apariencia insignificante: el maltrato a un ave desamparada en una calle, seguida de un pescozón a su hermano menor y una patada a María, quien hacía las veces de niñera. Descrito este recuerdo, narrado en primera persona, el canalla dice que tal vez pudo haber actuado de otra manera, pero no lo hizo.

Esa forma de narrar en paralelo se repite como un estribillo (a veces demasiado) a lo largo de todo el libro: “Hice esto, pude hacer esto, pero no me arrepiento”, parece indicar a medida que sube el nivel de fría maldad.

Así, va contando, por ejemplo, cómo sembró la discordia entre sus padres, cómo dejó hundirse a sus amigas, cómo llevó a la desesperación mortal a mujeres que tuvieron el mal karma de llamar la atención en su camino.

Navarro pinta a un ser de corazón helado que pone todas sus acciones en perspectiva y encima se niega a concederle al lector una confesión de arrepentimiento.
“Alguien así creo que sí existe –dice la escritora–. Si miramos alrededor, la civilización exige que todos salgamos a la calle componiendo el mejor rostro, la mejor cara, para relacionarnos con los demás. Pero realmente no sabemos qué hay detrás de quienes nos rodean. Con Thomas Spencer, desde el primer minuto, se sabe cómo es, porque va diciéndonos cómo se siente, cómo piensa. Eso produce enorme impacto en los lectores”.

El impacto es, quizás, por esa incapacidad de conmoverse…

Están viendo dentro del alma del personaje, detrás de esa pared oscura que generalmente todo el mundo intenta que no aflore o que, por lo menos, no trascienda a los demás. Es una novela en la que quiero hacer un viaje a la parte más oscura del ser humano.

¿Qué motivó en usted ese viaje a la parte oscura?

Es un viaje muy literario, lo han hecho otros autores en la historia de la literatura: meterse en las sombras del alma humana y ver más allá de lo que a simple vista se ve. También es una reflexión sobre la sociedad actual, de la comunicación. Hoy todos los amigos se tienen a través de nuevas tecnologías que hacen más fácil manipular a la opinión pública. Entiendo que es una novela dura, que al lector le causa desasosiego.

¿Conoció a alguien que hubiera inspirado este personaje?

No hay nadie. No está inspirada en ninguna persona concreta.

Llama la atención su relación particularmente destructiva con las mujeres. Solo una parece salvarse, pero psicológicamente también la tortura…

Esther es para él la madre que no ha tenido, porque a la madre la hace culpable de su diferencia. Thomas es una persona que en el fondo no se puede entender si uno no se detiene y analiza las primeras páginas que cuentan su infancia.

Es alguien con un problema de identidad no resuelto, que lo lleva a tener una rabia, una ira, que va marcando su vida y relaciones con los demás.

En el fondo, es el niño que se pregunta por qué no es igual a la persona que más quiere, su padre. Se mira en el espejo y ve algo que no cuadra y sabe que está marcado por los orígenes de su madre.

Es el niño al que se le hiela el alma el día en que escucha una conversación de sus padres. Esto no lo justifica, porque no hay justificación para el mal. Pero sí explica al personaje. Todo lo que vivimos nos va dejando huella. A veces no sabemos qué huella nos puede cambiar la personalidad.

Thomas, neoyorquino, inicia su vida profesional en Londres. Una visita a España parece reconciliarse con los orígenes hispanos de su madre…

Cuando llega a España se encuentra con unas reglas de juego y códigos totalmente diferentes a la hora de afrontar la vida y el trabajo. A él le supone un choque, pero positivo. Nueva York es una ciudad donde es impensable que uno se ponga a hablar en un bar con alguien y termine yendo de copas o que al día siguiente te invite a su casa. Eso en Madrid o en cualquier capital latinoamericana es más habitual. Somos más expansivos, comunicativos, tenemos otra alegría de vivir.

Pero, sigue con su ira, casi parece decirnos que no hay esperanza de redención…
En el fondo, Thomas es una víctima de sí mismo.
Es alguien que no logra encontrarse bien dentro de su propia piel. Su venganza contra los demás, en el fondo, lo hace ahondar en su propia desgracia.

A mí me gustaría que los lectores vieran en él algo más que alguien que es malo, que vieran los matices del personaje, las contradicciones de su alma. Les pido a los lectores que no simplifiquen. Este no es un personaje para simplificar. Algunos preguntan: Pero ¿por qué no se arrepiente? Les digo: tienen que volver a las primeras páginas cuando está haciendo una reflexión sobre su vida.

Cuando uno está haciendo una revisión de su vida, de alguna manera la conciencia está llamando a su puerta. Si echas la mirada hacia atrás y te planteas qué hice y qué pude haber hecho, hacer esa relación significa que la conciencia te está tocando el alma y no te deja tranquilo, otra cosa es que digas que no te arrepientes.

¿Cuántas personas que tenemos por excelentes dicen esa frase absolutamente manida: No me arrepiento de nada, volvería a cometer los mismos errores…? Sin embargo, al reflexionar sobre la vida, están mostrando que realmente la conciencia inquieta.

Por eso tantas reflexiones sobre lo que pudo ser y no fue…

Es un acto casi de contrición, aunque aparentemente no lo parezca.
Esta es su novela del viaje a la oscuridad del alma, las anteriores respondían a otras inquietudes…

Todas mis novelas responden a un momento de mi vida. A través de ellas quiero contar algo. La novela anterior, Dispara, yo ya estoy muerto (2016) es una reflexión sobre el conflicto entre palestinos e israelitas. Es contar lo que supuso parte de la historia del siglo XX, contada desde Oriente. Dime quién soy (2010) es un repaso del siglo XX, pero desde Occidente. La sangre de los inocentes (2007) es sobre el fanatismo religioso. La biblia de barro (2005) es antibélica.

‘Historia de un canalla’ es un volumen extenso, otras novelas suyas también lo son. ¿Por qué?

Cuando escribo nunca me condiciono a mí misma diciendo que voy a escribir 300 o 400 páginas. Encuentro una historia y uso la extensión que necesito para contarla. Nunca me ha preocupado si son largas. Las novelas no son largas ni cortas. Te cuentan una historia que te interesa o no te la cuentan. Hay novelas de 100 páginas que pueden resultar interminables. Hasta ahora los lectores no me han dado la espalda, aunque mis novelas sean extensas.

Cuando uno lee Ana Karenina no está pensando si va en la página mil, sino que se está o no entusiasmado con lo que se cuenta. Hay que contar las historias en el espacio que uno necesita.

Comenzó, sin embargo, en un trabajo donde el espacio es medido: el periodismo…
Hace años que no ejerzo periodismo. Escribo artículos, pero eso no es estar ejerciendo. El periodismo lo entiendo de otra manera: es estar en primera línea, contando lo que sucede, pintando lo que sucede, no tiene que ver con el periodismo activo. Sigo conservando una columna de opinión, pero eso no es ejercer el periodismo. He hecho radio, televisión, revistas, agencias, lo he hecho todo. Pero di un paso atrás.

¿Por qué?

Porque al final es difícil compaginar la literatura con el periodismo, entendiendo lo periodístico como lo entendía yo. Si haces bien el trabajo, y el periodismo ha sido siempre mi gran pasión, no tienes tiempo para dedicarte a escribir libros. Realmente lo intenté durante una temporada, pero luego la salud no me daba para tanto. Entonces opté. Si hubiese sido más joven, habría seguido ejerciendo ambas.

Este sábado en la Feria

La periodista y escritora española hablará con Gonzalo Mallarino, a las 3 p. m., en el auditorio José Asunción Silva de Corferias.

LILIANA MARTÍNEZ POLO
Cultura y Entretenimiento

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