Música y Libros

La ópera de Colombia, 40 años de perseverancia

Desde su debut en 1976, ha formado a toda una generación de nuevos cantantes.

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El coro de la Ópera de Colombia, en el montaje de 'Manon', de Jules Massenet, realizado en el 2012 y que fue uno de los proyectos más ambiciosos. Fue producido en alianza con Carulla.

Foto:

Cortesía Fundación Camarín del Carmen

18 de agosto 2016 , 10:41 p.m.

En los años 60, el caricaturista Velezefe se mofaba en las páginas de este diario del pomposo interés de los llamados ‘nuevos ricos’ cachacos en un cartel de cantantes de la Ópera Municipal de Río de Janeiro que visitaban la ciudad, y del cual creían que no anunciaban a Pelé porque estaba lesionado.

Ir a ópera era considerado un privilegio reservado solo para la ‘aristocracia’ nacional, y el país, una plaza para las compañías extranjeras itinerantes: desde los años 20, el paso de figuras como ‘Il Leone’ Titta Ruffo, el barítono Eduardo Fatticanti o el tenor Ferrucio Tagliavini era el más notorio acontecimiento social.

Y es que, aunque ya se podía hablar de cantantes líricos colombianos reconocidos, como el barítono Carlos Julio Ramírez, lo que no había aún era la confianza de establecer una casa operática propia (fuera de esfuerzos que no permanecieron, como el de la Ópera de Antioquia, en los 40; la Ópera Haceb o la Asociación Coral Giuseppe Verdi).

La quimera se hizo realidad cuando nació la Ópera de Colombia, que debutó el 20 de agosto de 1976, con su montaje de La bohemia.

Cuarenta años no parecen muchos para un género que luce superior al concepto de ‘tiempo’: ‘apenas’ cuatro décadas cantando las obras que se concibieron entre los siglos XVII y XIX. Pero se trata de la permanencia de una institución cultural que, por su naturaleza, ha hecho de cada año la aventura misma de la supervivencia. Luchar por sembrar el interés en el bel canto.

Pero esa misma ‘juventud’ rodea a otras entidades claves. La Ópera de Colombia, como proyecto fundamental para Colcultura, que entonces dirigía Gloria Zea (lo que la enfrentó a muchos detractores), se estableció, por ejemplo, apenas nueve años después de que lo hiciera en firme la Orquesta Filarmónica de Bogotá.

“Cuando empecé a hacer ópera, todos los días me insultaban en los periódicos –recuerda Zea–. Ópera no existía en Colombia, habían venido compañías extranjeras a comienzos de siglo que llegaban por el río Magdalena; había intentos de hacer ópera, pero una compañía estable no existía. Era una cosa esotérica que la gente no conocía”.

El antecedente social pesaba mucho en el debate. “Lo rechazaban, lo veían como una cosa elitista para una minoría, pero la ópera es para la inmensa minoría, como diría nuestro amado Álvaro Castaño Castillo. La ópera surgió y empezó a tener un éxito monumental”, sostiene la gestora cultural.

Hoy, después de más de 830 funciones de 45 óperas distintas (de 20 compositores), Zea hace otro balance fundamental:

“Le hemos dado apertura a toda la generación de nuevos cantantes que se han ido formando, más de 150 colombianos en papeles solistas, muchos de ellos que luego se van a Europa o Estados Unidos a desarrollar su carrera allá”.

Entre ellos, Valeriano Lanchas, quien ya prepara su tercera temporada como cantante en el Metropolitan Opera de Nueva York.Y también la inolvidable Martha Senn, Sofía Salazar, Zoraida Salazar, Juanita Lascarro y César Gutiérrez, por mencionar algunos.

Un público difícil

Los antecedentes de las primeras décadas del siglo XX sobre la relación ópera y Colombia no eran necesariamente motivadores.

Cuentan los investigadores Francisco Barragán, Manuel Fernando Camperos y Andrés Barragán en el libro Ópera de Colombia, 30 años, publicado en el 2006, que su paso por Bogotá marcó a Ruffo (una leyenda, de quien decían “no era una voz sino un milagro”) debido a la virulencia con que el público capitalino lo trató en 1924, una vez que vino a cantar Rigoletto y que, por tener que cancelar su presentación horas antes, la gente fue hasta el hotel a reclamarle la devolución del dinero de las boletas. “Tras el incidente en Bogotá, no volvió a interpretar el papel de Rigoletto y lo retiró de su repertorio para siempre”.

Ya establecida la Ópera de Colombia, en 1976, se trató del reto de sostenerla. Empezó con una temporada con dos títulos para ensayar la reacción del público: La bohemia y La traviata.

“Fueron llenos, hasta llegar a hacer nueve títulos anuales –recuerda Zea–. Ese fue todo el periodo hasta el 86, en el cual los pioneros fueron Francisco Vergara, miembro estable de la Ópera de Colonia y por medio de él trajimos a los mejores directores escénicos y a los mejores cantantes de ese momento en Europa; y Alberto Upegui, que fue uno de mis colaboradores y quien hizo conmigo la ópera”.

El contraste de ópera y colombianidad era caldo para una historia singular. Zea recuerda que en alguna ocasión estaban a minutos de iniciar en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán el último ensayo general (que se realiza con el vestuario, escenografía, iluminación y orquesta, todos los detalles como una primera función) de Turandot, cuando, de repente, y apenas antes de la nota inicial, el teatro se llenó de humo y por las puertas se filtró el tronar de tambores y clarinetes que interpretaban La pollera colorá.

“Todos con sus vestidos, era Pekín en el siglo XI, con la Orquesta Sinfónica de Colombia en el foso, bajo la dirección del maestro Francisco Rettig (…). ‘¿Qué pasó?’. Yo no entendía. ¡Salí enfurecida!”.

Nadie había advertido que la administración del teatro había alquilado el espacio del foyer para un festival de cumbia.

“A esa hora ya no había nadie de la administración y no había nada que hacer. Tuvimos que realizar el ensayo con todo el mundo vestido de chino y apenas terminaba de sonar Turandot, seguía sonando La pollera colorá, y los muchachos (los cantantes) comenzaron a bailar cumbia. Pensé para mí que el realismo mágico existe y que García Marquez no lo había inventado”.

También, de poner a la casa en un pedestal internacional, como la realización de Tannhäuser, de Wagner, con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela y bajo la dirección del cotizado Gustavo Dudamel: “Hacer Wagner era uno de los grandes retos y quise hacerlo con la dirección de ese genio. Fue extraordinario. Todo el mundo recuerda el nivel de calidad. Fue un reto enorme con un final maravilloso”.

Otros momentos no fueron tan simpáticos, como las reducciones de presupuesto en 1983 y el receso a partir de 1986, cuando ya había completado 485 funciones.

“Ahí, la ópera se acabó –recuerda con dolor Zea–.Uno de mis sucesores en Colcultura pronunció una frase célebre: ‘Quien quiera ir a ópera, que vaya a verla a Nueva York’, cuando precisamente nosotros habíamos creado la ópera para que la pudieran oír en Colombia los que no podían viajar a Nueva York”.

Fue en 1991 cuando se estableció de forma privada, en torno al teatro Camarín del Carmen, como una fundación.

Hoy, pese a que no se presenta la misma cantidad de títulos que se vivían en los años 80, el género parece captar una atención mayor. Hay público que asiste regularmente a la ópera, pero también que acude a las salas de cine a ver la ópera del MET en transmisión en vivo, y teatros como el Julio Mario Santo Domingo y el renovado Colón están haciendo producciones.

“El año próximo, los dos títulos que presentaremos los haremos en coproducción con el Santo Domingo. Estamos exportando nuestras producciones: 22 de ellas han salido a Canadá, México, Estados Unidos, España, Brasil, Ecuador, Perú, Uruguay, Venezuela, y todos los días la ópera tiene mayores seguidores, más público. Eso es lo más bello, la ópera es una parte de los aspectos musicales más importantes del país”, concluye Zea.

El próximo año promete el sueño de Zea: “Haremos Orfeo y Eurídice en la versión de Berlioz, y, para terminar el año, vamos a hacer lo que significa la ópera más difícil de realizar: El caballero de la rosa, de Richard Strauss. Es dificilísima. Son más de 50 papeles diferentes, pocos teatros se le miden, y eso será nuestra consagración como una de las óperas más importantes de América Latina. Este era mi sueño desde que empecé, pero no con la escenografía del Metropolitan sino con la nuestra (…). Siempre he dicho que yo no puedo terminar mi gestión sin haber desarrollado El caballero de la rosa”.

CARLOS SOLANO
Cultura y Entretenimiento

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