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Virgilio Barco, un presidente ignorado

Llega a librerías ‘Virgilio Barco, el último liberal’, que resume la vida del gobernante colombiano.

Virgilio Barco

Curiosa foto del expresidente en plena actividad política en una de las tradicionales tardes bogotanas de tejo y pola, departiendo con copartidarios.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

11 de mayo 2018 , 11:55 a.m.

¿Sabía usted que Virgilio Barco, el presidente que gobernó a Colombia entre 1986 y 1990, se salvó por lo menos tres veces de un atentado cuando comenzaba su carrera política, en la época de la Violencia con mayúsculas, como se denominó el período de la “guerra civil no declarada” entre liberales y conservadores en el siglo pasado?

La primera fue el 14 de septiembre de 1947 en Pamplona, cuando iba a denunciar el intento de sus rivales conservadores de destruir el registro electoral de esa ciudad para sabotear las elecciones del 5 de octubre siguiente, y un grupo que lo acompañaba impidió que le dispararan por la espalda. La segunda fue a mediados de 1949 en Arboledas, un municipio nortesantandereano cuya población estaba tan dividida que los liberales vivían a un lado de la calle principal y los conservadores al otro lado. La intervención del coronel Gregorio Duarte, quien se arrojó al suelo con Barco, impidió que hicieran blanco los disparos dirigidos a quien entonces era un primerizo representante a la Cámara por Norte de Santander. La tercera fue el 19 de febrero de 1950 en Cúcuta, cuando su casa fue abaleada y allanada por la policía secreta del Gobierno y él debió saltar la tapia de su residencia para refugiarse en la del vecino.

Estos son algunos de los episodios que documenté durante la investigación realizada para escribir el libro Virgilio Barco, el último liberal (Intermedio Editores), que está llegando a las librerías del país. Esta aventura editorial duró casi cuatro años y me proporcionó más de una sorpresa. Decenas de entrevistas con familiares, amigos y colaboradores de Barco en la Alcaldía de Bogotá, la Presidencia de la República y los otros cargos que desempeñó en una carrera de más de medio siglo me permitieron completar el retrato del protagonista, una de las figuras públicas más incomprendidas de la reciente historia colombiana.

Los lectores descubrirán en la biografía facetas desconocidas y sorprendentes del fallecido mandatario, quien gobernó en una de las etapas más traumáticas de la vida nacional: aquella en la que las mafias del narcotráfico, y en especial la de Pablo Escobar, aterrorizaron a la población con bombazos, atentados y asesinatos selectivos como los que borraron del mapa —cosa solo vista en Colombia— a todo un partido político: la Unión Patriótica.

Manzanillo y estadista

Barco solía decir, medio en broma y medio en serio, que era un manzanillo en Cúcuta y un estadista en Bogotá. No fue difícil comprobar qué tan cierta era esta afirmación. A su paso por la Alcaldía de la capital, que fue uno de los períodos más destacados de su carrera, demostró que en verdad se desenvolvía como pez en el agua en la política parroquial.

En una ocasión la concejala María Eugenia Rojas, quien encabezaba la bancada de la Anapo en el cabildo, le reclamó al enterarse de un proyecto de decreto de nombramientos elaborado por un miembro del gabinete distrital que excluía a varios aspirantes de sus simpatías, y Barco la tranquilizó al ordenar en su presencia que el decreto fuera anulado. Lo que ella no sabía era que se trataba de una idea coordinada por él con el miembro de su gabinete, quien apareció como el único responsable a sus ojos. Con jugadas así, Barco aseguró el apoyo de la Anapo a los proyectos de su administración, que realizó la mayor transformación de Bogotá hasta entonces.

Barco se apasionó por la política desde joven, como lo atestigua la correspondencia con sus padres en los cuatro años en los que adelantó estudios fuera de Cúcuta (primero en la Universidad Nacional y luego en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), hasta graduarse de ingeniero civil en 1943. La revisión de esa correspondencia fue posible porque su padre y él cuidaron de ella y a la muerte del primero, Barco la conservó íntegra. Hoy permanece en poder de sus hijos, como la que sostuvo con su novia Carolina Isakson cuando él se iniciaba en la política y ella estudiaba en Stanford, California.

Esa correspondencia es todo un tesoro. Ella contiene la narración del drama nacional de ese tiempo y de las circunstancias en las que se produjo el encuentro de Barco con Carolina, descendiente de inmigrantes europeos pobres arribados a Estados Unidos, uno de los cuales llegó a Cúcuta con la compañía petrolera que administraba la Concesión Barco.

Ancestros de ambos bandos

Aunque su presidencia fue el lapso más importante en la vida de Barco, la biografía no se limita a ella ni a la carrera política que la precedió. Se remonta a sus ancestros, los generales Virgilio Barco Martínez y Justo Leónidas Durán, que participaron en los bandos opuestos en la guerra de los Mil Días y después se convirtieron en parientes cuando el hijo del primero se casó con una sobrina del segundo.

Nacido en un hogar favorecido por la riqueza petrolera gracias al hallazgo que su abuelo paterno hizo en el Catatumbo y condujo a la creación de la Concesión Barco, el futuro presidente conoció desde niño los lujos que proporciona el dinero cuando viajó a Europa con toda su familia antes de cumplir los seis años. Pero, en lugar de sentirse atraído por los negocios, desde joven absorbió las ideas liberales y siguió la ruta del general Durán en vez de la conservadora que favorecían el general Barco y Jorge Enrique Barco, su padre, un dirigente conservador en Norte de Santander. Se inauguró en la política en la corriente más progresista del Partido Liberal, que dirigía Jorge Eliécer Gaitán, en lugar del sector dominante del partido que encabezaba Gabriel Turbay.

En las listas gaitanistas fue elegido en 1945 concejal de Durania (el municipio nortesantandereano bautizado en honor de su tío abuelo, el general Durán) y en 1947, concejal de Cúcuta. Su primer registro gráfico de gran significado político fue una fotografía tomada durante la visita que Gaitán hizo a Cúcuta el 22 de diciembre de 1947. En ella apareció al lado de Gaitán junto con los demás concejales, tres meses antes del asesinato del caudillo en Bogotá.

Su adhesión a la causa gaitanista llevó a Barco a convertirse en un soporte financiero de Jornada, el periódico fundado como semanario en 1944 para servir de vocero al gaitanismo en la campaña presidencial de 1946, que en 1947 se convirtió en diario. También apoyó en 1957 a La Calle, el órgano del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) dirigido por Alfonso López Michelsen, y fundó en 1960 La Opinión, que hasta hoy es el diario liberal de Cúcuta. Una anécdota simpática de sus inicios políticos es la de su amistad con un gaitanista de condición humilde a quien los liberales cucuteños llamaban “Vásquez Cobo”, en alusión irónica al general conservador que disputó la candidatura presidencial de su partido con el poeta Guillermo Valencia en 1930 y facilitó así el triunfo liberal.

El suyo fue el único caso en el que un mandatario colombiano se enfrentó a los expresidentes de su mismo partido

Damnificado del 9 de abril

Barco fue uno de los principales damnificados del 9 de abril de 1948 porque perdió su inversión en i y, además, fue testigo y víctima de la violencia que arreció después del asesinato de Gaitán. Elegido a la Cámara en 1949, presenció el tiroteo del 9 de septiembre de ese año en el recinto de la corporación, en el que cayó el representante liberal Gustavo Jiménez. Tras el cierre del Congreso sufrió la persecución oficial, hasta el punto de tener que huir de Cúcuta y adelantar su matrimonio, que estaba programado para 1952, para exiliarse en 1950 con su esposa en Estados Unidos. Tras otros cuatro años en Boston, regresó al país al terminar la hegemonía conservadora, y cuando el general Gustavo Rojas Pinilla pretendió mantenerse en el poder participó en la formación del movimiento bipartidista que puso fin a la dictadura en 1957. Durante el Frente Nacional ocupó los ministerios de Obras Públicas y de Agricultura y la Alcaldía de Bogotá y ayudó a preparar los principales proyectos adelantados en esos años, como la reforma agraria de 1961.

El relato de su vida incluye todas sus actuaciones antes y después de su elección a la presidencia. Allí aparecen hechos poco conocidos, como el encuentro frustrado con López Michelsen en busca de un acuerdo para la elección presidencial de 1982, que dejó sin resolver la duda sobre lo que habría pasado en esa elección si los contendores hubieran sido Virgilio Barco y Belisario Betancur.

Enfrentado a los expresidentes

La forma como Barco vivió los cuatro años de su presidencia y tomó sus principales decisiones proporciona abundante material de estudio para los politólogos. El suyo fue el único caso en el que un mandatario colombiano se enfrentó a los expresidentes de su mismo partido y, sin embargo, salió airoso. Lo hizo cuando decidió impulsar la reforma de la Constitución contra la resistencia de los tres expresidentes liberales (Alberto Lleras, Carlos Lleras y López Michelsen). Fue el promotor de la séptima papeleta, que abrió el camino para la adopción de la Constitución de 1991.

Si “el pasado es el futuro”, como sentenció Shakespeare, para las nuevas generaciones no solo puede ser novedoso sino necesario conocer la vida de Barco. Ella comprende acontecimientos como la entrega de millones de hectáreas a las comunidades indígenas del Amazonas, el establecimiento de un gobierno de partido por segunda vez en un siglo y la apertura del sistema político a nuevas corrientes de opinión, todo ello en medio del narcoterrorismo que asoló a Colombia en los años noventa del siglo pasado; además de episodios cruciales en el campo internacional como la crisis con Venezuela por el incidente de la corbeta Caldas o las confrontaciones con Estados Unidos por la guerra de las drogas y la invasión a Panamá en 1989, e incidentes agridulces como el de la noche en la que César Gaviria olvidó que Barco había sido el presidente que lo catapultó a la política nacional.

Una deuda histórica

“De Barco se ha dicho muchas veces que es de los pocos presidentes colombianos sobre cuya vida y gobierno no se ha hecho aún el balance adecuado. Esta biografía busca enmendar esa falta”, anota en el prólogo Roberto Pombo, director de EL TIEMPO. De hecho, luego de una exhaustiva investigación, el autor repasa con detalle la vida del exalcalde de Bogotá.

Virgilio Barco, el último liberal

Carátula de 'Virgilio Barco, el último liberal', de Intermedio Editores.

Foto:

Archivo particular


'Virgilio Barco, el último libreral'
Leopoldo Villar Borda
Intermedio Editores
367 páginas
$ 40.900


LEOPOLDO VILLAR BORDA* 
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
* Villar Borda (Funza, 1936) comenzó su carrera periodística a los 21 años como redactor de EL TIEMPO. Fue embajador ante la OEA y defensor del lector de este diario, del cual es hoy columnista. Es autor también de ‘Alberto Lleras, el último republicano’, con el que ganó el Premio Planeta de Historia 1996.

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