Música y Libros

Un paseo por la Academia Colombiana de la Lengua

Versión condensada de un capítulo del libro ‘Huellas en la Academia’, que llega a librerías.

Academia Colombiana de la Lengua

La imponente fachada de la Academia, con la estatua de Miguel Antonio Caro.

Foto:

Mauricio León / EL TIEMPO

17 de noviembre 2017 , 08:17 p.m.

Ahí, en pleno centro de Bogotá, se levanta el enorme, soberbio e imponente edificio de la Academia Colombiana de la Lengua, fiel copia de su similar y modelo en Madrid, sede de la Real Academia Española (RAE), cerca del Museo del Prado.

Obra del arquitecto español Alfredo Rodríguez Orgaz, fue construido hace más de medio siglo, en 1960, con un estilo clásico que contrasta junto a modernas edificaciones a su alrededor; pero, sobre todo, es una puerta al hermoso barrio colonial de La Candelaria.

Su ubicación estratégica: sobre el Eje Ambiental de la tradicional avenida Jiménez –bautizada así en memoria de Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de la ciudad–, a pocos metros de la calle 19, parte en dos la zona céntrica. Y, los domingos y festivos, por quedar frente al parque de los Periodistas, es obligado escenario del mercado de las pulgas.

Ascendiendo hacia el tutelar cerro de Monserrate, a pocas cuadras se llega a la histórica Quinta de Bolívar, donde por 423 días residió el Libertador, y se reviven hechos como el simbólico fusilamiento del general Santander tras el atentado de la terrible noche septembrina.

La Academia parece alzarse en un montículo, sobre un pequeño cerro, gracias a la gigantesca puerta de hierro forjado, pero en especial por las escalas de piedra que suben hasta la entrada principal del edificio, cuyo frontis resalta sobre todo por las cuatro empinadas columnas que lo sostienen.

La simple visión inspira admiración, respeto, como si fuera un templo. Y claro que lo es, pero de sabiduría, como en su momento lo fue la primera academia en el mundo, fundada por Platón en Atenas al sentar las bases de la filosofía occidental, guiado por su maestro Sócrates.

Academia Colombiana se lee arriba. Aunque por ningún lado diga ‘de la lengua’ ni de qué tipo de academia se trata, tampoco hace falta: al fin y al cabo solo una se puede llamar así, como sucede con la Academia Francesa (cuyos miembros son conocidos como Los inmortales) y la citada Real Academia Española.

La de nuestro lenguaje –o idioma, máxima expresión cultural que se considera, en palabras de Eduardo Guzmán Esponda, “parte integrante de la nacionalidad y prodigioso elemento de cohesión espiritual y material entre las gentes”– es, pues, la academia por excelencia.

Pero, subiendo la escalera, como dándonos la bienvenida sobresale la estatua de Miguel Antonio Caro, cuyo autor, el escultor francés Charles Henri Pourquet, lo muestra sentado, con la mirada en alto, de corbatín, chaleco y abrigo, es decir, con la típica estampa de un elegante señor de la vieja Santa Fe.

De hecho, el personaje en cuestión es noble en grado sumo: hijo de José Eusebio Caro, fundador del Partido Conservador; presidente de la República en tiempos de la Regeneración de Núñez, cuando redactó la Constitución de 1886 que rigió a nuestro país hasta 1991, o sea, durante más de un siglo. Y, como si fuera poco, era poeta, uno de cuyos versos todos los colombianos aprendimos en la escuela: “Patria: Te adoro en mi silencio, mudo…”.

Caro fue uno de los fundadores de la Academia Colombiana, cuyas primeras sesiones se desarrollaron en su propia casa, como a lo mejor tenía que ser en reconocimiento a este gran cultor de la lengua castellana, quien fuera exaltado, a su vez, por el Instituto Caro y Cuervo, organismo creado en honor suyo y de Rufino José Cuervo, otro miembro fundador de la Academia.

Paseo por el jardín

No entre todavía. Deténgase frente a la puerta principal y vea a su derecha, sobre la pared, un enorme escudo nacional (firmado de nuevo por Pourquet), que deja constancia del espíritu patriótico de la corporación, en el cual tanto ha insistido su actual director, Jaime Posada, a quien alguien identificó como ‘el poder de las ideas’.

Aquí es como si el tiempo no pasara. Entre palmas y pinos elevados, que simulan un pequeño bosque, y el rosal que nunca falta, más las hortensias, la naturaleza deja sentir su aroma y su magia, su paz y hasta su lucha silenciosa contra el cemento y el asfalto.

En una de las esquinas que da hacia el parque está la imagen señera del padre Félix Restrepo, calificado “el director más activo” en la historia de la Academia por alguna publicación y a quien muchos recuerdan igualmente por su labor “restauradora” en la Universidad Javeriana, por su helenismo y, claro, por su intensa gestión durante una larga década (1955-1965) que pocos esperarían de un sacerdote jesuita, fallecido a los 94 años en cabal ejercicio de sus funciones.

Su estatua, esculpida por Fernando Montañés, reposa acá desde 1971 con la mitad de su cuerpo en la piedra, libro en mano y de pie frente a un atril, como dictara la cátedra que durante tanto tiempo impartió en esta su universidad y ante un país admirado por su inteligencia, bondad y dinamismo.

Pocos metros después se descubre el busto de Marco Fidel Suárez, el pobre estudiante antioqueño salido del anonimato al ganar un concurso literario en Bogotá, convocado por la Academia Colombiana (de la que llegaría a ser uno de sus miembros más ilustres), para transformarse luego en presidente de la República y autor de obras estelares como los 'Sueños de Luciano Pulgar'. Acá permanece solitario, pensativo, como invitando a la meditación.

Y por la parte de atrás, la avenida Jiménez continúa su marcha. Así vuelve a surgir la ciudad moderna, agitada, estruendosa, ajena a la tranquilidad del pequeño jardín que al fin dejamos para hacer nuestro esperado ingreso.

El saludo de Cervantes

Si Caro nos dio la bienvenida, en el vestíbulo es Cervantes quien nos saluda apenas se abre la puerta principal. Sí, el autor del Quijote, en una estatua de cuerpo entero, deja caer su fría mirada en el centro del amplio salón, donde tienen lugar importantes actos sociales de carácter académico.

Con su rostro inconfundible, un elegante traje de la época y, en fin, su imagen más popular que logró esculpir Juan de Ávalos, el Manco de Lepanto (que no era manco, por cierto) hace las veces de anfitrión, igual que en la Real Academia Española y sus hermanas –¿o hijas?– de América Latina, por una razón obvia: él es el padre de la lengua castellana, como que su magna obra, pionera de la novela moderna, es la máxima expresión de la literatura hispanoamericana y una de las más representativas de la literatura universal.

Por consiguiente, nuestra Academia no se podía quedar atrás. Al fin y al cabo fue la primera de su género en el Nuevo Mundo, nacida en 1871, hace ya cerca de 150 años; Bogotá ha sido considerada, desde tiempos remotos, la Atenas suramericana por su elevado nivel cultural, en especial de las bellas letras. Por ello, Cervantes es figura principal, sobre la cual han girado múltiples disertaciones de los miembros numerarios, correspondientes y honorarios, ciclos de conferencias y hasta exposiciones de sus escritos, dados los valiosos libros incunables, con varias ediciones príncipe, que reposan en la biblioteca del segundo piso.

Nos invita además a admirar detrás suyo, a sus espaldas, el extenso mural del maestro Luis Alberto Acuña (donado en 1960 –¡cómo cambian los tiempos!– por una compañía de seguros), donde el precursor del Bachuismo, apasionado por la historia que se remonta a nuestro pasado indígena precolombino, describe en un mapa del mundo las vastas posesiones del imperio español en los años cervantinos, desde América hasta Asia pasando por Europa, con las razas blanca, india, negra y amarilla que entonces estuvieron bajo su dominio, representadas por cuatro figuras situadas en los extremos del cuadro.

Y a ambos lados de Cervantes, como si estuviéramos en una corte imperial donde él es rey, se distribuyen aquí y allá bustos de académicos insignes: los expresidentes Alberto Lleras Camargo y Marco Fidel Suárez, lingüistas como Andrés Bello y Rufino José Cuervo, el poeta Guillermo Valencia y el ensayista Baldomero Sanín Cano, entre otros.

Hacia uno de los costados, usted puede pasar a la sala José María Vergara y Vergara, cuyo retrato (copia del óleo de Acevedo Bernal en la Academia de Historia) rinde culto al Inspirador de la Academia, quien está acompañado en la pared por el joven Miguel Antonio Caro, rostro bastante desconocido y sorprendente, incluso por su pintor, Juan Antonio Roda. En esta sala se realizan las sesiones ordinarias y de junta directiva.

Por todo el edificio, los retratos abundan: el expresidente José Manuel Marroquín, autor de la célebre Perrilla, y exdirectores (Luis López de Mesa, José Joaquín Casas, monseñor José María Carrasquilla, Eduardo Guzmán Esponda y el padre Manuel Briceño Jáuregui), quienes conforman esa selecta nómina de lujo de la Academia Colombiana, que honra al país.

Dicho esto, podemos entrar al paraninfo, escenario por excelencia de la institución. Deslumbrante, por decir lo menos.

Apoteosis de la lengua

El paraninfo es el salón de los actos solemnes. Todo allí es solemne: las sillas de los académicos, en primer plano; las del público asistente que observa, extasiado, un magnífico mural sobre la lengua castellana, al frente suyo, o las esculturas de pensadores y escritores representativos de la cultura universal, en la parte de atrás. Este escenario único, incomparable, con su forma semicircular y su pompa, con la belleza a diestra y siniestra, genera esa alegría interior que solo puede nacer en lo más hondo del espíritu humano. Es un templo de la sabiduría.

Empecemos, pues, por el mural: es gigantesco, de 10 metros de ancho por 4 de alto; es también un fresco del maestro Acuña, donado igualmente por una empresa –¡cómo cambian los tiempos!–, y de veras, según lo llamó su autor, es la Apoteosis de la lengua castellana, cosa que salta a la vista por sus personajes protagónicos de obras estelares de la literatura hispanoamericana, cuyo propósito didáctico, educativo, es evidente.

En efecto, ahí están, para refrescar su vista y sus recuerdos literarios, el Cid Campeador, Amadís de Gaula, Don Quijote y Sancho Panza, la Celestina, el Lazarillo de Tormes, Segismundo (el de La vida es sueño de Calderón de la Barca), Don Juan Tenorio y el alcalde de Zalamea, entre otros que ocupan la izquierda del cuadro, propiedad –si se quiere– de España, la Madre Patria.

La derecha, en cambio, pertenece a la América de origen hispano, con personajes tan queridos y emblemáticos como Caupolicán (en La Araucana), Gonzalo de Oyón, Martín Fierro, Peralta (el de Carrasquilla en A la diestra de Dios Padre), Efraín y María con Arturo Cova, entre los más conocidos.

En cuanto a las esculturas, que en su mayoría son obras de Ávalos (tres son de Acuña), se trata de pensadores y escritores que simbolizan lo mejor de las culturas griega (Homero, Platón y Sófocles), latina (Cicerón, Horacio y Virgilio) y cristiana (David, Jesús –¡en el centro de todos, por haber partido en dos la historia de la humanidad!– y San Agustín), así como de la literatura moderna, desde fines de la Edad Media hasta la época contemporánea (Dante, Camoens, Shakespeare, Moliere, Goethe y Dostoievski).

Aquí hay autores del mundo griego, del imperio romano, Israel, Italia, Inglaterra, Portugal, Francia, Alemania y Rusia, pero ni uno solo es de España o América, situación bastante extraña. ¿Por qué? La respuesta es simple: también se valora, como debe ser entre los hombres de letras, la cultura universal.

Concluimos nuestro recorrido, guiados por diversas publicaciones institucionales, folletos o plegables promocionales que se reparten entre el público hasta libros como la Historia de la Academia Colombiana de la Lengua, de Guzmán Esponda, y La apoteosis de la lengua castellana y las estatuas del paraninfo de la Academia, de Horacio Bejarano Díaz, quien fue subdirector de la institución.

¿Qué tanto se conoce esta hermosa sede de la Academia Colombiana de la Lengua en Bogotá? ¿Alguna vez la han recorrido los habitantes de la capital y el resto de nuestros compatriotas? ¿O es desconocida por completo, con honrosas excepciones como son, en primer término, los miembros de tan respetable institución?

¿Será que algún día, en el futuro, el sitio formará parte de las guías respectivas de la Atenas suramericana, en el marco del turismo cultural que atrae a cientos de personas de Colombia y el exterior?


¡Cuán bueno sería que así fuera!

JORGE EMILIO SIERRA MONTOYA
Especial para EL TIEMPO
* Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua

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