Música y Libros

El cielo está de fiesta con la música de Jaime Llano González

Con 85 años y más de 70 discos grabados, falleció el músico. Fue embajador de ritmos colombianos.

Jaime Llano González, músico antioqueño

El maestro Jaime Llano González nació en Titiribí, Antioquia. Aunque inició estudios de medicina, la música ganó la partida.

Foto:

Diego Caucayo / Archivo EL TIEMPO

06 de noviembre 2017 , 09:57 p.m.

Con la partida este lunes del músico antioqueño Jaime Llano González, ángeles, arcángeles, querubines, serafines y todos los santos presenciarán el mejor concierto de música colombiana de la larga historia de la casa de Dios. Será el encuentro de Llano con los que se fueron antes.

Allí lo están esperando: los hermanos Martínez con sus voces, su tiple y su guitarra; Oriol Rangel en el piano y Otton Rangel en el bajo; Zoilo Nieto en su bajo, Eduardo Osorio en la guitarra, El Gran Paquito con sus maracas y cucharas de palo; Óscar Álvarez en la flauta y Gabriel Uribe en los vientos.

También, Guillermo Amado con su tiple, Manuel Jota Bernal en otro órgano, Gentil Montaña con su guitarra, el trío Morales Pino, el dueto Garzón y Collazos, José A. Morales, Jorge Villamil, Lucho Bermúdez y Arnulfo Briceño. Y se unirán Berenice Chávez, Las Hermanas Garavito, Carmiña Gallo, Helenita Vargas, Matilde Díaz, Gerardo Arellano, Alberto Osorio, Jaime R. Echavarría y Carlos Vieco.

Sonarán sus voces, tiples, guitarras, bandolas, flautas, pianos, violines y bajos. Todos ellos formarán parte de este inigualable concierto
y en un lugar especial estará el maestro Jaime Llano González en su órgano.

El recordado músico de 85 años falleció en Bogotá el lunes en la madrugada, por complicaciones derivadas de una larga enfermedad que lo aquejó en sus últimos años.

Y hablar de su vida es reencontrarse con la felicidad: un hombre recto, educado, elegante, sencillo, gran conversador, bien plantado, un conquistador innato y, sobre todo, un buen amigo. Compinche de sus amigos, un hombre íntegro difícil de encontrar en la vida.

Nunca lo oí expresarse mal de algún colega y siempre tenía una frase amable así como también estaba lleno de anécdotas y bellos recuerdos.

Que rico era compartir un aguardiente y un bambuco en su casa, donde muchas veces tertuliamos, cuando de pronto salía con ese bello detalle de esconder las llaves de la casa y abrir de nuevo a las 6 de la mañana, diciendo que lo hacía por la inseguridad reinante en la ciudad.

Jaime Llano González nació el 5 de junio de 1932, en Titiribí (Antioquia) y él, con su simpatía a flor de piel, decía que su pueblo natal era en inglés: Titiri-bye, “porque en mi pueblo somos bilingües”.

Sus padres fueron Luis Eduardo Llano y Magdalena González. Su madre era maestra de piano y además tocaba el tiple. Fue ella quien lo introdujo en el mundo de la música dándole clases.

Terminó su bachillerato en Medellín, en el Liceo de la Universidad de Antioquia, y comenzó a estudiar medicina.

Pero su espíritu aventurero lo llevó a mudarse a Bogotá, donde comenzó a vender órganos en J. Glottmann. Así consiguió unos pesitos. Entonces, el joven Llano González se regresó a Medellín para proponerle matrimonio a la señorita Luz Aristizábal, gran mujer, llena de virtudes y paciencia, a quien conquistó con versos y serenatas. Contrajeron matrimonio el 11 de octubre de 1954. De esta unión quedan tres hijos: Jaime León, Luis Eduardo el ‘Tato’ y María Elena Llano Aristizábal.

La pareja regresó a Bogotá, donde fijó su residencia. Es cuando Jaime conoció a sus amigos músicos, con los que inició una interminable carrera artística. De esta manera logró ser contratado en varios grilles de la época, donde compartió escenario con grandes cantantes y músicos como Pedro Vargas y Alfredo Sadel.

Se inició en el grill-bar La Cabaña y su dueño, Pedro Rueda Mantilla, le permitió dar sus primeros pasos artísticos en su local

Se inició en el grill-bar La Cabaña y su dueño, Pedro Rueda Mantilla, le permitió dar sus primeros pasos artísticos en su local.

Más tarde tocó con un grupo en un grill llamado La Kashba, cuyo eslogan era ‘Un rincón de París en el centro de Bogotá”, en la calle 23 con carrera 6, en un segundo piso. Allí alternaban con un conjunto de músicos extranjeros que tocaba largas tandas de tonadas francesas.

El conjunto en el que estaba el maestro Llano lo conformaban Felipe el ‘Chiqui’ Henao en el piano, el ‘Pote’ Tejada en el clarinete, saxo y flauta; Pedro Caicedo en la batería, y el cantante era Alfonso Restrepo, compositor de la conocida canción ‘Vámonos, vámonos donde nadie nos juzgue’.

Alguna vez, me contaba el maestro Llano, “tocábamos en los intermedios pero ya estábamos metidos en la onda de la música de la Costa. Estaba de moda ‘Ay cosita linda mamá’, y la gente se enloquecía y no paraba de bailar. El dueño del establecimiento, que era alemán, se paraba en el borde de la pista de baile y nos decía “¡hogible, hogible!” (¡horrible, horrible!), pero se daba cuenta de la reacción de la gente. Entonces, al poco tiempo sacó al grupo extranjero y nos dejó como orquesta de planta. A la gente le encantaban los porros, cumbias, merecumbés y vallenatos que tocábamos, y así nos posicionamos. El dueño nos bautizó el ‘Conjunto Arepa’ porque la mayoría éramos antioqueños”.

El maestro Llano González hizo radio especialmente en La Voz de Colombia, Nueva Granada y Radio Santa Fe. Participó en programas inolvidables como ‘Los maestros’, ‘Tierra colombiana’, ‘Fantasía’, ‘Al estilo de Jaime Llano’, ‘Donde nacen las canciones’, ‘Embajadores de la música colombiana’ y ‘Postales de Colombia’, entre otros.

Algún día le pregunté: “Jaime, ¿cuénteme cómo era Oriol Rangel?” Él me respondió: “Lo conocí en Bogotá. Era una persona superdotada en todo sentido, no era normal. Era un músico de proporciones inmensas, tenía una mano izquierda prodigiosa. Vivía en un mundo de música las 24 horas. El mundo externo no le interesaba. Amaba los bambucos, pasillos, torbellinos y guabinas. Yo que toqué tantas veces con Oriol, todos los días encontraba cosas diferentes y matices que no me imaginaba que se pudieran hacer. Desafortunadamente no quedó quien lo siga… de pronto la maestra Ruth Marulanda”.

“¿Y qué otros recuerda”, le volví a preguntar, al verlo tan animado.

“También conocí al maestro Lucho Bermúdez, uno de los grandes compositores que ha dado la música Colombiana y a quien le debo que me hubiera enamorado de la música de la costa Atlántica. Lucho tiene también un puesto de privilegio en la música andina y compuso, entre otras, ‘Espíritu colombiano’, ‘Huracán’ y ‘Plenilunio’. Recuerdo que alguna vez le pregunté: ‘Luchito, ¿por qué no compones un bambuco?’ Y me contestó con mucha gracia: ‘No Jaimito, es que el bambuco está muy mal hecho, tiene su problema de la síncopa, y a las personas que no lo han sentido desde pequeños y que no lo llevan en la sangre les cuesta mucho trabajo’. He grabado por lo menos 30 discos de música de la Costa y lo he hecho con mucho gusto, pues en música rítmica yo no conozco otra igual en el mundo”, me comentó Llano González.

En otra de nuestras interminables charlas, que yo solía grabar, le pregunté cómo era el maestro José A. Morales. “Mira, no terminaría en varias noches de contarte el señor que era José. Un señor en todo el sentido de la palabra. Me invitó al El Socorro, su tierra (‘Pueblito viejo’), y me enamoré, porque yo también soy de pueblo. Cada vez que llegaba a este pueblito viejo vibraba de emoción”, me contó.

Hablando con algunos de los músicos que acompañaron al maestro, como Henry Cuevas, este me dijo alguna vez: “Conocí al maestro Jaime Llano por el año 1976. Uno de los músicos de su grupo me invitó a formar parte del conjunto y empezamos a tocar en El Portón 3, en el pasaje del hotel Tequendama. Tocábamos con los Martínez, el ‘Chiqui’ Henao y Rodolfo Cely. También se presentaba Julio César Luna, actor y cantante argentino que era un excelente declamador, y Lida Zamora, una actriz y cantante. En este lugar tocábamos música andina y argentina, porque el dueño era el argentino Marcelo Fontana. Con este grupo recorrimos el país. El maestro Jaime era un profesional serio, rígido, perfeccionista. Fuera de la tarima era jovial, con un gran sentido del humor y casi siempre con una copa y un cigarro en la boca. Yo le agradezco mucho que me hubiera hecho conocer e interesar por la música andina colombiana, pues yo venía de hacer música popular como buen valluno que soy. El maestro Llano era único”.

Por su parte, el maestro Fernando León me dijo sobre Llano González: “Conocí a Jaimito en Radio Santa Fe por el año 71. Fui a llevarle una carta al maestro José A. Morales que un amigo en común, Varguitas, integrante de la Rondalla Bumanguesa, le enviaba. Tuve la fortuna de tocar con él y con los hermanos Martínez en el programa que tenía –‘Extensión cultural de Bogotá’–. Yo hacía la bandola. Jaimito, una leyenda de la música Colombiana, era muy querido, algo tímido, él hablaba más bien tocando el órgano. Muy solidario con los colegas, vivía pendiente de sus músicos. Fueron mutuamente confidentes con el maestro José A. Morales y hasta le pulió algunas obras instrumentales. Era amante de la música clásica y de los tangos. Tenía una cultura musical muy amplia. Nos enseñó el respeto por la música colombiana”.

El maestro Llano González recibió a lo largo de su vida artística muchas condecoraciones como la Cruz de Boyacá, El Hacha de Antioquia, Ciudadano Meritorio del Valle del Cauca y de Santander, Hijo Adoptivo del Socorro y le otorgaron el Premio Aplauso, como reconocimiento por su trabajo por la música colombiana.

Además, viajó representando al país por los cinco continentes.
Fue un gran embajador volante. Compuso varias obras, entre las que se destacan ‘Si te vuelvo a besar’, ‘Orgullo del arriero’, ‘Puntillazo’. También grabó discos con artistas colombianos y extranjeros.

En el cielo están de fiesta, un bambuco y un aguardiente… ¡Salud maestro! Gracias por su música, gracias por tanta felicidad, usted es inolvidable.

ALBERTO BORDA CARRANZA*
Para EL TIEMPO
* Abogado y músico bogotano de la agrupación Borda y San Juan, y director del programa radial 'Amor a Colombia' (RCN)

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