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'La autobiografía es más que lo que le ha sucedido al escritor': Fayad

‘Los parientes de Ester’, del escritor Luis Fayad, sigue reeditándose y conquistando seguidores.

Fayad

Cuando fue traducido al alemán, Fayad vio que Europa recibía ya literatura latinoamericana que no era solo de exotismos.

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Archivo EL TIEMPO

19 de febrero 2018 , 07:49 p.m.

Luis Fayad tiene un lejos serio, adusto, casi triste. Su cerca es diferente: es el más cordial y cariñoso de los amigos. Con los conocidos es tan fraterno que algunos sienten que hacen parte de su círculo de íntimos y con los extraños, esos que después de una charla se acercan a pedirle un autógrafo o a intercambiar alguna opinión, es cálido, generoso y, también, afectuoso.

No escatima esfuerzos para reunirse con sus amigos y con los colombianos que llegan a Berlín, su lugar de residencia. Los paisanos que lo llaman siempre lo encuentran dispuesto a tomarse un tinto, fumarse un Pielroja, que nunca le faltan, y hablar por horas, sobre todo de esos entretelones de este país donde las noticias trepidan.

Habla bien de casi todo el mundo, salvo de esos políticos que le apuestan a la guerra. Sobre la obra de sus colegas no es avaro a la hora de elogiar forma y fondo.

Su escritura, seis novelas, algunos cuentos, ensayos, artículos periodísticos, varias traducciones y su correspondencia, ya sea por las redes, se caracteriza por una prosa clara, precisa, sin afeites, escritura que es su sello de originalidad desde que comenzó a pergeñar esas historias que fueron de las primeras en nuestro medio que se sacudieron del realismo mágico y del relato de tierra caliente.

Primeras letras

En esos años 70, después de haber estudiado unos semestres de sociología en la Universidad Nacional, renunció a todo para hacerse escritor.

Época que recuerda Fayad con lujo de detales y alegría. “Antes de 'Los parientes de Ester' había ensayado en dos ocasiones escribir una novela, una llegó a tener cuarenta páginas, pero no las sentí como un trabajo literario, romper las páginas escritas fue una liberación. Sentía que había una atmósfera dentro de mí, que me brindaba posibilidades de escribir una novela, me pesaba y tenía que quitármela de encima. De pronto se me hicieron claros los personajes y sus historias. No solo los que pertenecían a un ambiente, sino los que podían representar la dimensión humana, la de cualquier parte, la que hace que las personas se identifiquen a pesar de sus diferencias de lugar y de tiempo”.

Se me hicieron claros los personajes y sus historias (...) los que podían representar la dimensión humana, la que hace que las personas se identifiquen a pesar de sus diferencias de lugar y de tiempo

Su obra se localiza, casi siempre, en Bogotá: calles y carreras bien identificadas, barrios y sitios emblemáticos descritos al detalle y por el descubrimiento de personajes anodinos, sin vidas intrincadas, con personalidades comunes y corrientes y con trabajos como los de cualquier hijo de vecino.

En sus relatos, también, repite una y otra vez críticas directas a una administración pública indiferente con las demandas ciudadanas,
a las políticas discriminatorias, las injusticias, la desigualdad, las carencias y toma partido por esas personas que después de una vida de trabajo terminan sin patrimonio, sin fortuna, sin tener dónde caerse muertas, siempre esperando que un milagro, una lotería o una oportunidad feliz los saque de la situación precaria en la que medio sobreviven, o con una pensión que únicamente les alcanza para lo mínimo.

Unanimidad de la crítica

“La anécdota de 'Los parientes de Ester' está estrictamente ceñida a su prosa. La vida en el centro de la vieja capital colombiana toma cuerpo a medida que Fayad desarrolla una prosa directa, vacunada contra circunloquios y los laberintos de estilo, concediendo lo mínimo posible al facilismo o la truculencia, ofreciendo al lector frases cargadas de sentido y humor, así este sea en no pocas ocasiones amargo. Una prosa bien aprendida en el cine de los años en que Gregorio Camero (protagonista de Los parientes) recorre las calles, las plazas, los cafés, los bares de mala muerte de una ciudad que desaparece entre la deslumbrante corrupción de los gobiernos del llamado Frente Nacional, cuando todo, en Colombia, empezó a desaparecer”, escribió el poeta Harold Alvarado Tenorio para la primera edición de la novela.

“Luis Fayad publicó en 1978 una de las novelas más reveladoras de la nueva narrativa urbana, ambientada en Bogotá: 'Los parientes de Ester'. Novela de diálogo y pequeñas existencias empeñadas en sobrevivir entre los tortuosos escalafones de la burocracia, la lucha tenaz, día a día, para alcanzar las tres comidas diarias en esos hogares de clase media sostenidos por una estropeada dignidad y la llegada inexorable de la jubilación y la vejez”, comentó Juan Gustavo Cobo Borda, poeta y escritor, en el libro Papeles americanos.

“Luis Fayad, orgánico, poderoso, articulado, en su excelente novela Los parientes de Ester, una obra fundamental de la década de los setenta”, dijo el uruguayo Ángel Rama, reconocido crítico literario.

“'Los parientes de Ester' es una novela de culto, con una prosa sobria y de una extraordinaria eficacia”, dijo la escritora bogotana Consuelo Triviño, radicada en Madrid, en una reseña de hace algunos años.

Comienzos

Fayad ahonda en esos días dedicados a desarrollar su primera novela. “Escribí a mano la primera versión de Los parientes. Le hice correcciones mientras la pasaba a máquina, una Olivetti Lettera 22 que cargué de Colombia y todavía está conmigo. No dejé de usarla ni cuando tuve una máquina eléctrica ni cuando me llegó mi primer computador, escribía cartas con su teclado sonoro, ahora tengo que conseguirle una cinta nueva, no la abandono”.

Nació en 1945 en Bogotá y ahí vivió hasta los 30. Pero no puede negar, ni lo haría, su ascendencia libanesa que lleva tatuada en su rostro y, por supuesto, en su alma. En 1975 se fue a Europa, primero a París, como tocaba en esos años, con el borrador de Los parientes debajo del brazo, 250 hojas mecanografiadas a espacio sencillo, que eran su más preciado patrimonio. Vivió luego en Barcelona, donde conoció a una pamplonica de la que se enamoró. Tuvieron tres hijos: Darío, Delia y Diego. Con Charo, compañera inseparable, se les ve siempre risueños.

En 1986 se radicó en Berlín con toda la familia, ciudad a la que ama no tanto como a esa Bogotá que lleva en su mente, la cual, a pesar de ser cada día más áspera y que no se parece en casi nada a la capital alemana, es a la que quisiera regresar después de ese exilio voluntario que, para su gusto, se ha alargado más de la cuenta.

“Duré dos años en escribir y corregir la novela. La primera persona que leyó el manuscrito fue mi hermano Ramón, él me le hizo algunas correcciones. Se publicó en Alfaguara, Madrid, en 1978. Eduardo Naval, director literario en ese entonces de la editorial, y Juan Benett, lector, me dieron el sí. Después ha tenido unas diez ediciones en España, Colombia, México y Cuba. En los países en los que se ha publicado y a los que llegó me dieron oportunidad de ponerme contento con las reseñas y los artículos con que fue recibida”.

También fue traducida al alemán. Una traducción de la que el escritor se siente muy satisfecho y que fue hecha ni más ni menos que por el siempre lúcido Peter Schultze-Kraft en compañía del escritor austriaco Erich Hackl, dúo especializado en traducir al alemán a los más importantes novelistas latinoamericanos.

“Me di cuenta de que en Europa empezaban a recibir bien otra clase de literatura latinoamericana, no solo la que se divulgaba por sus escenarios exóticos, que era una condición para ser traducida”. Es su recuerdo de esa feliz oportunidad de ver su novela en lengua alemana.

Me di cuenta de que en Europa empezaban a recibir bien otra clase de literatura latinoamericana, no solo la que se divulgaba por sus escenarios exóticos, que era una condición para ser traducida

Este año, Los parientes saldrá publicada en Ediciones Cátedra, de España, con un estudio crítico del profesor José Manuel Camacho, director del Departamento de Literatura y Lenguas de la Universidad de Sevilla.

En 1978, Bogotá inauguró la torre Colpatria, el edificio más alto de la ciudad, y Luis Fayad, con Los parientes, debutaba con un estilo literario poco común, en el que personas de carne y hueso, de clase media, aparecían en sus historias, eran sus personajes, sin acreditar vivencias intrépidas ni historias difíciles. Todo simple y llano, mas no plano.

Al respecto, Álvaro Bernal en una entrevista con el autor le preguntó: “¿En qué momento surge la idea de escribir una novela como 'Los parientes de Ester' que enlace de forma tan eficaz las relaciones familiares y la cotidianidad de algunos espacios de Bogotá?”.

Fayad respondió: “Primero tenía una atmósfera, la de la ciudad en la que había vivido hasta los veintinueve años. No solo la veía, la sentía, tenía que contarla, que narrarla. Pero yo no narro atmósferas sino historias con personajes, de ellos sale lo que pueda decirse de mis novelas y mis cuentos. Cuando tuve los personajes con sus historias, procuré que todos estuvieran relacionados, que cada uno influyera en la historia de los otros, que sus apariciones no fueran arbitrarias ni superfluas, un personaje no puede aparecer como un adorno y cada uno se me fue creciendo, se me hizo real en las reglas de la novela, por eso sus relaciones son intensas y en las escenas que protagonizan se manifiestan los espacios para resaltar sus afinidades y sus diferencias”.

Parentescos, influencias

“Para mí, escribir es inventar lo que uno ya conoce. Yo parto de hechos reales, pero me valgo de mi imaginación para hacerlos creíbles. Si me preguntan si los episodios son autobiográficos, puedo decir que la autobiografía va más allá de lo que le ha sucedido al escritor, es también lo que él piensa, lo que ve, lo que oye y lo que le cuentan, todo pasa a ser parte de su individualidad, ninguno de esos conceptos es menos importante que otro”, explica.

La autobiografía va más allá de lo que le ha sucedido al escritor, es también lo que él piensa, lo que ve, lo que oye y lo que le cuentan, todo pasa a ser parte de su individualidad

“Por lo general, no hablo de influencias sino de enseñanzas. Yo he aprendido de todos los escritores que he leído y amado desde que era niño; de los más antiguos y de los más nuevos, son mis amigos, no dejo de volver a sus libros y a sus enseñanzas.

Cuando me siento incomunicado con la capacidad de escribir los invoco y les rezo para que me salven, porque a los únicos que yo les rezo es a los escritores. Pero ellos siempre me contestan que no confíe en su bendición, que no crea en el Espíritu Santo ni en la inspiración, solo en el trabajo, y que, si no soy capaz de enfrentarme a la página en blanco, entonces deje de escribir, que no sufra en vano, que no sea majadero”, sentencia.

MYRIAM BAUTISTA G.
Especial para EL TIEMPO

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