Música y Libros

El papá del gamín más famoso del país

Ernesto Franco creó ‘Copetín’, la tira cómica que esta semana cumple 55 años.

Artista Ernesto Franco

A sus 88 años, Ernesto Franco sigue dibujando y revisando con lupa el jeroglífico de EL TIEMPO, como lo ha hecho de manera ininterrumpida desde 1971.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

11 de abril 2017 , 09:52 p.m.

Una mañana de abril de 1962, un artista sin dinero y sin trabajo decidió probar suerte llevando unos dibujos al tradicional edificio de EL TIEMPO, en la avenida Jiménez con carrera 7.ª. Había cumplido 33 años y cargaba a cuestas varias quiebras económicas. Pero tenía una idea. Y esa idea cambió la vida del artista: Ernesto Franco.

Había dibujado la tira cómica de un gamincito –dice hoy, 55 años después–. Pensé en ir a El Espectador, pero pasé primero por EL TIEMPO. No estaba don Hernando Santos (por entonces, director de servicios), y le dejé a la secretaria los dibujitos que le llevaba, pero ni siquiera les había puesto nombre, eran dibujos y textos, no más”.

Franco lo recuerda mientras frota sus manos para espantar el intenso frío de su pequeño apartamento. Cubierto por un suéter y una chaqueta de paño, su voz sale con cuentagotas, mansa y cansada, interrumpida con frecuencia por la tos. Tose con todo el cuerpo, pero sus ojos brillan cuando vuelve a 1962...

“Les dejé el teléfono y luego me llamó la secretaria: ‘Don Hernando quiere hablar con usted, porque le interesó mucho’. Fui hasta la oficina, y nos pusimos a charlar, él me dijo que estaba simpático el personaje. Me preguntó cuánto estaba pidiendo por la publicación, y yo le respondí: ‘No, nada, lo traje para que lo publicaran, por darme vitrina’. Pero dijo: ‘No, yo le pago lo mismo que a los otros caricaturistas’. Eran como 10 pesos por tira diaria”.

Así nació el gamín más famoso de Colombia, que hasta ese momento no había sido bautizado. Franco se percató de ese detalle cuando iba en el ascensor, y tuvo que regresar presuroso e improvisar un nombre ante la secretaria: ‘Dígale a don Hernando que lo llame Copetín’.

La tira cómica fue un éxito instantáneo. La portada de este diario reportó su nacimiento el miércoles 11 de abril de 1962, en una nota breve: “Posiblemente ‘Copetín’, aventuras de un típico ‘gamincito’ bogotano, sea la primera historieta gráfica que aparece en un diario del país, dibujada por un artista colombiano”.

Y en efecto, el lunes siguiente, 16 de abril, apareció por primera vez el célebre pelafustán, que con sorna le decía doptor (no doctor) a un cachaco de sombrero, gabardina y paraguas. Este le preguntaba por qué lo llamaba así, y Copetín acuñó un chiste que se volvió popular desde entonces: “Es qui aquí en Bogotá se le dice doptor a cualquier pendejo”.

Desde su primer día en este mundo, Copetín llevó a la letra impresa el lenguaje mal hablado de las calles bogotanas. En esa fecha apareció en la posición más destacada, superando en importancia a tiras legendarias, como Benitín y Eneas, Educando a papá, La pequeña Lulú, Tarzán y Dick Tracy. Pero detrás tenía una tira de fracasos.

Copetín

La tira cómica solía incluir diálogos de terceros que reproducían chistes, dichos populares, líos urbanos o hechos insólitos.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

Dibujo por correspondencia

Franco nació el 28 de septiembre de 1928. Poco tiempo después, su familia se mudó de Bogotá, su ciudad natal, a Duitama, Boyacá, en busca de mejores oportunidades. Pero despuntando la década de los 40, tuvieron que regresar y el futuro artista gráfico estuvo un año sin estudio, recorriendo las calles, colándose en los tranvías y aprendiendo la cartilla de emboladores, mendigos y voceadores de periódicos, cuando apenas tenía 12 años.

Estudió la primaria en el Instituto de La Salle y luego pasó al Colegio Agustiniano. Al terminar, fue secretario de la Alcaldía municipal de Floridablanca, pero por falta de presupuesto volvió a Bogotá y decidió estudiar radio y televisión en la Academia Julio Abadía, y dibujo publicitario por correspondencia, con una escuela estadounidense.

Por pura necesidad, fue dactiloscopista en la Registraduría Civil y, años después, dibujante de planimetría judicial en la antecesora del servicio de inteligencia del Estado.

Sus empleos eran efímeros y mal pagos. Sobrevivía vendiendo pinturas, dibujos y colaborando con ilustraciones para pequeñas publicaciones. Según escribió su amigo, el popular humorista Enrique Aguirre López, que fundó la Fábrica Nacional de Discursos y era conocido como Cimifú, Franco pudo haber sido un pionero del cine nacional. Un amigo le vendió una vieja cámara filmadora alemana y unos rollos de película virgen, que el dibujante compró pensando en el incipiente mundo de la animación cuadro a cuadro. Durante meses dibujó los 24 fotogramas necesarios por cada segundo de animación, y construyó un cortometraje de tres minutos: más de 4.000 cuadros.

“Este corto (el primero que se hacía en Latinoamérica) se refería a un excursionista que vagaba por el desierto –relató Cimifú–, y de repente se encuentra frente a un oasis. En vez de dirigirse a él, voltea a un lado atraído por una botella de cerveza que se encuentra sobre la arena. Aunque estaba destinado para la publicidad, nunca fue adquirido por una fábrica cervecera. Su título era El sediento refinado”.

Luego, Franco intentó hacer un corto más largo, sobre un gato y un pollito, pero por falta de dinero nunca pudo ser sonorizado. Como sabía que lo suyo era el dibujo creativo, lo intentó de nuevo en el mundo de la publicidad, pero la empresa quebró y entonces montó un restaurante bar. Como él mismo admite, junto con sus amigos “se bebieron el chuzo”.

No obstante, gracias a ese bar, conoció al niño de la calle que dio origen a Copetín. El dibujante registró su inspiración: “Al alzar la cabeza, veo en un andén unos gamincitos arrunchaditos, dándose calor unos a otros, y sentí escalofrío de ver cómo el Gobierno y la sociedad tenían en el absoluto abandono a estos pequeños (...). Decidí seguirlos por muchos días. Conseguían su alimento, si así se lo podía llamar, mendigando en restaurantes y cafeterías”.

Copetín

Con esta sátira de los cachacos de entonces debutó Copetín en EL TIEMPO, el lunes 16 de abril de 1962.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

Una vida, a pulso

Desde 1962 hasta finales de la década del 70, Franco dibujó todos los días a Copetín, contando con ternura y humor sus aventuras y las de otros personajes: El Misuniverso (por lo bonito: calvo y desdentado), el Car’ecaucho, Querubina y el Angelito, con cabellos como agujas de puercoespín.

No es exagerado decir que se convirtió en una referencia de sátira social, porque Copetín, siendo apenas un gamín, se burlaba de políticos y ricachones, de los problemas de la ciudad y del país, y sensibilizaba a sus lectores sobre la condición de los niños más desvalidos.

“Lo que más le gustaba a la gente –evoca Franco– era que en los edificios y en la calle casi siempre había diálogos simpáticos. De una ventana salía una queja: ‘Ay, doctor, deje barrer, que tiene esa mano muy fría’ ”.

Por coincidencia, el mismo día en que publicó en EL TIEMPO, Franco fue contratado en la televisión educativa. Durante algunos años combinó su oficio de caricaturista con el de dibujante en el departamento de ayudas audiovisuales de Inravisión.

Poco después, la cadena nacional de televisión lo envió a hacer cursos en la Universidad de Nebraska (EE. UU.). A su regreso, le propuso a su amigo Cimifú (que escribía en EL TIEMPO una columna de aforismos titulada ‘Cimifusas’) crear la revista Copetín y su gallada, con el fin de donar esos ingresos a la fundación Bosconia, del padre Javier de Nicoló, que redimía a niños de la calle. La revista solo tuvo un par de ediciones, gracias al patrocinio de la Federación Nacional de Cafeteros, el Banco de la República y Colseguros.

Su presencia en EL TIEMPO creció, pues desde el 30 abril de 1971 se comenzó a publicar el jeroglífico, un pasatiempo que aún hoy elabora Franco, con su pulso intacto a los 88 años: “Yo lo propuse y me dijeron que lo llevara también. A Enrique Santos (Castillo) le gustó, pero en cambio nunca le gustó el Copetín. Yo creo que fue porque dibujé una pareja de amigos, parecidos a Enrique y Hernando Santos. A Hernando, como era tan despreocupado, le gustó. Pero Enrique le comenzó a ‘coger tirria’. Cuando me lo encontraba, me decía: ‘Voy a matar a Copetín’. Y una vez, en 1979, me volvió a decir, y yo le respondí: ‘¿Cómo va a hacer eso, si estamos en el Año Internacional del Niño?’ Ahí sí le cayó más mal el chiste, y no se volvió a publicar”.

Pese a todo, la fuerza del personaje se impuso y el 9 de febrero de 1983, EL TIEMPO anunció su regreso triunfal. “Siempre es grato el reencuentro con viejos conocidos, mucho más si estos han llevado ratos de solaz y buen humor”, comenzaba la nota. Y agregaba: “Copetín, el famoso ‘mono’ creado por Ernesto Franco y que se constituyó en el personaje que encarna a los niños de barriada de todas las ciudades colombianas, ocupará de nuevo su lugar en las páginas de espectáculos, como lo hizo durante varios años”.

El gamín del copete generoso y la palabra procaz, al que nunca le conocimos los ojos, se publicó por casi treinta años, un registro inédito en las tiras cómicas colombianas. Además de este diario, apareció en El Espectador y en la revista Vea.

Millares de dibujos

Tanto o más notable es el hecho de que el jeroglífico siga acompañando las mañanas de los lectores de EL TIEMPO, sin interrupción desde 1971: más de 16.000 piezas han salido de las manos de Ernesto Franco, hoy menguadas por la enfermedad y las condiciones económicas.

Quien vela por su salud es su esposa, Amanda Cecilia Rojas, con quien se casó hace 39 años. “Está bastante delicado –confiesa ella–. Tiene una hernia inguinal complicada con otras cosas. Tiene pendiente una cirugía urgente, a finales de este mes. Ya no puede estar mucho tiempo fuera de la cama”.

Franco no quiere comer. Recibe complementos alimenticios y vitaminas para sostenerse en pie. Se alimenta de sus recuerdos, que guarda en una carpeta. Tiene dos hijos, Ernesto (que este mes cumple 40 años) y Mario Fernando (34 años), que viven con sus propias familias.

En el 2002, sus allegados lo convencieron de presentar una postulación a un premio por su vida y obra. En los documentos, Cimifú describió así la situación de su amigo: “Deriva su subsistencia y la de su familia de las pequeñas entradas que le significan la publicación de sus jeroglíficos, uno diario en EL TIEMPO y otro semanal en el periódico económico Portafolio, y la venta esporádica de pinturas”.

Ese premio nunca llegó. En el pasado recibió reconocimientos simbólicos, medallas, diplomas y palabras de aliento. Alguna vez, el entonces presidente Misael Pastrana le envió una felicitación pública por reflejar la vida de los niños de la calle, y en 1983 recibió una carta del jefe de Estado Belisario Betancur, a raíz de que Copetín, en una tira cómica, soñó con recibir los beneficios del Gobierno, que promovía la vivienda popular sin cuota inicial.

A sus 88 años, Franco sigue dibujando en las tardes, mientras su esposa, 31 años menor que él, le soluciona la vida. “Ella lleva las cuentas de cobro –dice el dibujante–, hace los mandados; yo ya no puedo salir, de pronto me caigo y me da vértigo. La vejez no llega sola”. Y su sonrisa calca la de Charles Chaplin, que preside las paredes de su sala, en un retrato dibujado por el propio Franco, como homenaje a otro genio que hizo reír a los colombianos.

JULIO CÉSAR GUZMÁN
Editor Cultura y Entretenimiento

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