Música y Libros

Aquel viernes 9 de abril, en clave literaria

El editor de Laguna Libros cuenta detalles de 'Viernes 9', la novela de Ignacio Gómez Dávila.

Bogotazo

Momentos aciagos del 9 de abril de 1948, cuando el pueblo bogotano perdió sus estribos, se enloqueció y acabó con el centro histórico luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

Foto:

Sady González / EL TIEMPO

07 de abril 2017 , 10:12 p.m.

El próximo domingo, como todos los 9 de abril, recordamos aquel viernes cuando los bogotanos descubrieron su potencial autodestructivo. A diferencia de otras fechas trágicas, esta no se nos olvida. Quizás porque nos la recuerdan los libros, las fotos, las películas, las placas conmemorativas, los abuelos que alcanzaron a ser testigos presenciales del horror y también los cada vez más escasos billetes de mil pesos. 

La fecha incluso fijó una huella en la arquitectura de la ciudad: la avenida de las Américas, que se construyó para recibir a los diplomáticos convocados a la Conferencia Panamericana que se reunía por esos días; la carrera 7.ª, que fue destruida por el caos y el fuego, y luego fue reformulada; hoteles clásicos como el Granada o el Regina, que desaparecieron para ceder sus lugares a edificios modernos, y el tranvía, que dejó de circular para perpetuar un sistema de transporte público obsoleto.

Viernes 9 es una novela que Ignacio Gómez Dávila publicó por primera vez en México en abril de 1953. Es un melodrama donde se destacan elementos significativos del género: la esposa amargada, sueños de fuga con la joven amante, obstáculos cruelmente diseñados por el destino. En términos generales, el mayor problema que enfrentan los protagonistas para cumplir sus sueños románticos es no haber calculado que el día de su fuga iban a asesinar a Jorge Eliécer Gaitán y la ciudad colapsaría.

La obra también es un encantador despliegue de talento literario de un hombre que dominaba la gramática decimonónica como solo un bogotano de mitad del siglo XX podría hacerlo. Pero impacta ante todo la sensibilidad particular que transmite, evocándonos los olores, los matices y las personalidades de la ciudad y sus habitantes, conservando vivo el recuerdo de unos días que, de no ser por el arte y la literatura, terminarían siendo despachados en escuetas entradas ‘wikipédicas’. Se pueden resaltar las descripciones de un ambiente que solo pudo ser vivido en aquella coyuntura particular:

“El humo que antes había observado provenía del edificio de la Gobernación, cuyo interior, pese al esfuerzo de la lluvia, ardía vorazmente. A cada lado de la calle yacían hileras de automóviles quemados, despedazados y volcados. El inmenso gentío que por todos lados se infiltraba, producía un bullicio enloquecedor. Decenas de policías se habían arrancado las insignias y disparaban sus rifles y pistolas al aire; varias mujeres lucían las gorras de los agentes”.

Novela 'Viernes 9'

Laguna Libros rescató curiosidades literarias de Ignacio Gómez Dávila.

Foto:

Cortesía Laguna Libros

Los Gómez Dávila

Ignacio Gómez Dávila era el hermano menor del filósofo Nicolás Gómez Dávila. Los escritos de los hermanos Gómez Dávila tienen un denominador común en el interés póstumo que han despertado. En el caso de Nicolás, quien murió en 1994 a los ochenta y un años, su obra ha sido editada por Villegas Editores en Colombia y Ediciones Atalanta en España, y sus traducciones han sido publicadas en mercados tan exigentes como el francés, el italiano y el alemán, siendo ampliamente leído y aclamado por los especialistas. Ignacio murió en 1961 con escasos cuarenta y cuatro años.

En algún momento de la década de los cuarenta decidió radicarse en México, donde publicó las novelas El cuarto sello, Viernes 9 y Por un espejo, oscuramente. Las dos primeras acaban de ser reeditadas en Laguna Libros, donde esperamos que Ignacio encuentre los lectores que merece, como lo hizo su hermano Nicolás.

Los Gómez Dávila compartieron el hecho de haber vivido su niñez en Francia, donde recibieron una rigurosa formación humanística. A partir de entonces, la vida de cada uno fue radicalmente diferente.

De Nicolás sabemos que pasaba los días en la biblioteca de su casa bogotana, reconocida como una de las colecciones personales de libros más valiosas que haya existido en Colombia. De Ignacio se sabe poco, porque mientras su hermano se zambullía en clásicos e incunables, él recorrió el mundo. Durante su primera juventud estudió y trabajó en Inglaterra y Estados Unidos. En los cuarenta pasó unos años por Colombia antes de radicarse definitivamente en México.

Recogiendo algunas breves semblanzas y acudiendo a los testimonios de unas pocas personas que lo conocieron, pero no lo recuerdan muy bien, incluyendo sus sobrinos, podemos decir que Ignacio era una persona alegre, de carácter bohemio, aficionado a la hipnosis y al espiritismo. De su vida en México se conoce aún menos. Corre el rumor de que a partir de su libro El cuarto sello se hizo una película en 1952 dirigida por el mexicano Chano Urueta, que se llamó El cuarto cerrado.

En El cuarto sello se desarrolla muy bien el perfil esotérico de este autor, pero hoy concentrémonos en la novela que recuerda la efeméride que se conmemora: Viernes 9. Recordemos a sus personajes: Alfredo es un comerciante que administra un almacén de insumos agrícolas en el centro de la capital; inconforme con su vida familiar, añora el momento de dejarlo todo. Blanca, representante de la moral y las buenas costumbres, esposa de Alfredo y madre de sus dos hijas, es a su vez hija de una familia conservadora; a ella debe Alfredo toda su fortuna. Yolanda, joven “más que liviana” en palabras de Alfredo, su amante, quien recibe de ella todo lo que Blanca no le dio ni en su más enérgica juventud. Manolo, antiguo amante de Yolanda, bailarín y gitano, rudo y soñador, concentra todos los elementos que Alfredo desconoce y teme de esa otra Bogotá sucia y malhablada que se extiende más allá de su burbuja.

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La radio: otra voz coral

Otra voz que interviene de manera permanente en la novela es la de la radio. Cumpliendo la función del coro en una tragedia griega, las emisoras aportan información que afecta directamente la suerte de los individuos.

Recordemos que, como se relata en muchísimos testimonios y crónicas, las estaciones radiales también sufrieron la violencia de aquel día en que, salvo algunos instantes cuando tropas gobiernistas aseguraban haber retomado el control, revolucionarios espontáneos exacerbaron sus discursos para atizar las revueltas:
“¡Colombianos! –gritó una voz culta y pausada–, ¡compañeros!, ¡pueblo de Colombia!: nuestro jefe, el doctor Jorge Eliécer Gaitán, ha sido vilmente asesinado, y el deber de todos y cada uno de nosotros es el de vengar su muerte. Debemos, en estos momentos de dolor, unirnos para llevar a fin la conquista de los ideales por los cuales luchó durante toda su vida este mártir del salvajismo de un miserable Gobierno asesino… Uníos, colombianos, y ¡a la carga!”.

El tinglado que orquesta Ignacio Gómez Dávila, a partir de estas pobres almas hijas de su época, deviene en una comedia donde los temores y deseos de los protagonistas chocan con el curso de los acontecimientos. Su narración dista mucho de la voz proletaria que magistralmente recrea José Antonio Osorio Lizarazo en su también clásica novela sobre el 9 de abril El día del odio.

Gómez, hijo de una familia acomodada, representa una intelectualidad crítica que, a pesar de su posición, fue capaz de observar las contradicciones y las injusticias de una sociedad en vías de industrialización y, a partir de esas observaciones, componer literatura.

Antes de ser editor fui lector. Leí los libros de Ignacio Gómez Dávila hace varios años en la soledad que se comparte con otros lectores en la sala de una biblioteca pública.

En el 2010 trabajé con unos amigos en la publicación Bogotázombie, compuesta por unos afiches que recreaban las primeras planas de los diarios del 10 de abril del cuarenta y ocho ficcionalizados desde la perspectiva de una invasión zombi. Entre las fuentes consultadas, nos detuvimos particularmente en las obras de ficción que se elaboraron a partir de la tragedia del Bogotazo. Así conocí a Osorio Lizarazo, de quien hemos publicado ya cuatro títulos: Barranquilla 2132, La casa de vecindad, Garabato y El camino en la sombra.

Los títulos de Ignacio Gómez Dávila, junto con los de Osorio Lizarazo, enriquecen hoy nuestra colección Laguna Clásica, cuya punta de lanza es el libro Memoria por correspondencia, de la también ausente Emma Reyes, que ha conmovido a más de 20.000 lectores en Colombia y está siendo traducido a quince lenguas en más de dieciocho territorios.

Tras varios procesos contractuales, editoriales e industriales, es para nuestra editorial un honor presentar a los lectores de hoy los libros de un autor que habla de lo humano en momentos donde aparentemente se perdió toda humanidad, invitarlos para que encuentren esa soledad, ese espacio personal donde la lectura los conecte con su propia historia o con las historias de otros que merecen ser recordados.

Es un lugar común afirmar que la Historia es el más acertado de los críticos literarios. Pero no se nos debe escapar el papel activo que cumplimos los lectores en esos procesos. Todo libro es un puente con la posteridad: es una botella que bien conserva el mensaje de un náufrago, pero solo cumple esta función cuando aquel que está destinado a recibirlo lo abre y lo lee.

La caricatura particular de Adolfo Samper

Las carátulas de las nuevas ediciones presentan dibujos de otro gran artista cuyo legado lucha contra el olvido: Adolfo Samper. Contemporáneo a los Gómez Dávila, es considerado el primer historietista colombiano, recordado por tiras cómicas como ‘Mojicón’, ‘Don Amacise’ y ‘Misiá Escopeta’.

Fue además pintor y elaboró grabados que ilustraron las principales revistas de la época. Para celebrar la presentación de ‘Viernes 9’, Laguna Libros ha programado para el próximo domingo un paseo en bicicleta, dentro de su programa Cicloreaders, por algunos de los lugares emblemáticos de la novela. El escritor Andrés Ospina y el historiador y demógrafo Rafael Navarro guiarán a los interesados. La cita es a las 9 a. m. en Cine Tonalá, en el barrio La Merced.

FELIPE GONZÁLEZ ESPINOSA*
* Director editorial de Laguna Libros
Especial para EL TIEMPO

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