Música y Libros

‘En otro tiempo, la idea de un EE. UU. totalitario era inverosímil’

Charla con Margaret Atwood, cuya novela ‘El cuento de la criada’ volvió con una serie televisiva.

Margaret Atwood, escritora canadiense

La novelista y poeta Margaret Atwood nació en Ottawa, la capital de Canadá, en 1939.

Foto:

Leonardo Cendamo - Leemage / AFP

29 de abril 2018 , 11:18 p.m.

Tal vez no sea casualidad que Margaret Atwood haya escrito ‘El cuento de la criada’ (‘The Handmaid’s Tale’) en 1984, el mismo año que George Orwell eligió para su clásico antitotalitario. Hizo un borrador en Berlín occidental, como recuerda Atwood en un prefacio de la novela, mientras escuchaba los jets de Alemania del Este pavoneándose por el cielo, en sus intentos de romper la barrera del sonido. Berlín le legó ecos orwellianos, aunque la fantasía de la autora canadiense estaba situada lejos, en Nueva Inglaterra (Estados Unidos).

‘El cuento de la criada’ imagina una república, Gilead, en donde el poder fue tomado por una teocracia enraizada en los viejos valores puritanos. La peor parte, en esa sociedad brutalmente codificada, se la llevan las mujeres. Algunas, como Offred, la narradora, una joven fértil adjudicada a la familia de un “comandante”, son usadas con simples fines reproductivos. El libro, publicado en 1985, fue un inmediato clásico feminista, pero el atavío obligatorio de las “criadas” —vestido rojo, cofia blanca— empieza a formar parte de la cultura popular. La novela dio pie a una reciente serie, protagonizada por Elisabeth Moss, que le atrajo más lectores y arrasó en la última entrega de los Emmy. Atwood visitó Buenos Aires en diciembre y participó en varias charlas organizadas en la Biblioteca Nacional.

¿Fue difícil iniciarse como escritora en los 60? ¿Es verdad que iba vendiendo sus libros de aquí para allá?

Lo difícil no era escribir, sino llegar a ser un escritor publicado. No había tantas posibilidades. De hecho, el primero, en 1961, lo imprimí yo misma. Hasta hice la serigrafía de la tapa. Después, cuando empecé a presentar libros, en los ‘book tours’ siempre llevaba ejemplares. ¿Sabía que los ‘book tours’ se inventaron en Canadá? Es un país grande, de largas distancias, y muchas veces los lugares a los que iba no tenían siquiera librerías. Por lo general se hacía una lectura en colegios, y los vendía después. No había tarjetas de crédito, así que daba el vuelto, metía la plata en un sobre y, al volver, se la pasaba al editor.

De esos comienzos a ‘El cuento de la criada’ hay un largo trecho. ¿Se lleva bien con la popularidad de la novela?

Se convirtió en uno de esos libros que se escaparon de las tapas que los contienen. No solo están la serie, la vieja película, la ópera. También se lo usa como consigna en marchas de protesta. Por otra parte, el ‘marketing’ a veces produce efectos cómicos. Hay gente que viste a sus perros o gatos como los personajes. En una firma de libros apareció alguien con un bebé disfrazado con una ropita idéntica a la de las criadas. Es extraño, porque esa vestimenta tiene connotaciones terribles. Pero también hay cosas interesantes. En YouTube se puede encontrar una versión de la ropa para hombres.

Si las elecciones de EE. UU. hubieran sido después del escándalo de Harvey Weinstein, el resultado habría sido diferente


¿Cómo explica que la distopía se haya vuelto un género tan frecuentado?

Una novela distópica es una historia que describe un tipo de sociedad en la que no querríamos vivir. Podría ser en este mundo, en otro planeta, en el futuro. Se supone que una utopía es lo contrario, un lugar donde a alguien sí le gustaría estar, pero no hay que olvidarse de que los totalitarismos del siglo XX empezaron como visiones utópicas.

¿Qué diferencias nota entre el mundo de 1985, aquel en que se publicó la novela, y el presente?

La diferencia más notoria es que, en vez de alejarse, Estados Unidos se acerca cada vez más al espíritu de ese libro. Supongo que por eso la gente lo saca a relucir en las protestas. Pero también hay diferencias. En 1985 no había internet ni celulares. Se usaban casetes, como hace Defred en el libro. La novela se centra en gente blanca: hoy, Estados Unidos es más interracial. Y lo más importante: la Guerra Fría terminó en 1989. Antes de eso, a Estados Unidos, sobre todo en Europa, se lo veía como faro de libertad, democracia. La idea de que podría volverse totalitario era para la mayoría inverosímil.

¿Sus rasgos proféticos lo hacen actual? La teocracia, por ejemplo, llega al poder como reacción al islamismo radical.

Parece profético, pero nadie puede de verdad profetizar. A mediados de los ochenta estaban los ayatolás, y también había ocurrido lo de Afganistán. Estuve atenta para ver ese cambio.

El uso de mujeres como instrumento de reproducción se puede asociar con debates actuales...

Sí, pero es una vieja cuestión. Uno puede retrotraerse a Job. También la esclavitud, el sometimiento, está ya en los comienzos, en la Biblia. Uno de mis objetivos al escribir ‘El cuento de la criada’ fue recordar que nuestra idea de la libertad y de la individualidad —los derechos humanos, en suma— es reciente, tiene apenas poco más de dos siglos. Poco frente a la historia de la humanidad. En mi opinión, aún cualquier cosa puede pasar en cualquier lugar, en cualquier momento. Si hay inestabilidad, si la gente tiene miedo, siempre hay terreno fértil para que llegue un hombre fuerte y diga: “Soy el que puede arreglar esto”. Pero para eso hay que dejar de lado la propia libertad.

¿Qué opina de la gestación subrogada?

La pregunta depende de las circunstancias. ¿Se trata de niños que van a ser libres? Es la primera pregunta, porque también en el pasado hubo ejemplos de nacimientos forzados. Uno de los más terribles fue el del régimen de Nicolai Ceaucescu en Rumania. Estableció una cuota para que las familias tuvieran obligatoriamente hijos, porque él quería. Y eso solo puede terminar, como terminó, en algo espantoso; en ese caso, el abandono de gran cantidad de criaturas.

¿Podría definirse lo que sufre Defred como un abuso sistemático, en el sentido actual?

Sí, pero lo que les dice a las criadas la república de Gilead es, justamente, que el papel que cumplen les evita tener que enfrentar esa, por así llamarla, atención no deseada. Pero es una solución costosa, y no la eligen.

¿Qué puede decir de Donald Trump?

No creo que la mayoría de la gente que lo votó haya entendido qué estaba en juego. Sobre todo entre los independientes que votaron por Trump hay un gran remordimiento. Si las elecciones hubieran sido después del escándalo de Harvey Weinstein, el resultado habría sido diferente. Ha habido un gran cambio de actitud después de eso.

Antes de las elecciones dijo que Hillary Clinton era “mejor hombre que Trump porque tenía más conexión con las virtudes masculinas tradicionales”. ¿A qué se refería?

La gente no nace con virtudes, las virtudes se socializan. Hillary Clinton, por ejemplo, es una persona más firme y resistente en el frente internacional que Trump. Es mucho más previsora, en ese y otros terrenos, pero tuvo la mala fortuna de ser mujer.

¿Ser mujer fue una desventaja para llegar a la presidencia?

No le quepa la menor duda. Estados Unidos fue fundado por puritanos del siglo XVII, que eran claramente misóginos. Evidentemente, ese país no está preparado todavía para tener de presidente a una mujer.

¿Por qué no le gusta considerar ‘El cuento de la criada’ un libro feminista, como la mayoría de sus lectores?

Me gusta más pensar que explora cómo sería el totalitarismo de EE. UU., de tener uno. En un totalitarismo masculino cualquier hombre tendría más poder que una mujer. Las mujeres que tienen algo de poder en el régimen son las esposas, y claramente son más influyentes que los hombres que están por debajo en la escala social. Es un sistema de clases. No solo una cuestión de hombres versus mujeres.

Eso no quita lo feminista...

Bueno, ‘feminismo’ es una palabra muy amplia, tan amplia como la palabra ‘cristianismo’. ¿Cuando hablamos de cristianismo hablamos del papa Francisco o de los cuáqueros? Son cosas distintas. Diría que bajo el amplio paraguas del feminismo hay personas que comparten algo en común y están en desacuerdo en otras cuestiones. Lo primero es que las mujeres son seres humanos. Después, que deberían tener los mismos derechos ante la ley. Pero hay muchas visiones sobre qué lejos se debe llevar eso y qué significa.

Escribió libros situados en el futuro, pero también en el pasado, como ‘Alias Grace’, que transcurre en el siglo XIX. ¿Se siente más cómoda en las épocas reales o en las imaginarias?

En la que esté trabajando en ese momento. Cada historia plantea problemas diferentes. En una novela de época como ‘Alias Grace’ hay que ser muy riguroso, investigar, profundizar en la vida cotidiana del período. Si uno se equivoca, siempre va a haber alguien dispuesto a señalarle los errores. Cuando se trata del futuro, el desafío es otro: hay que crear un mundo que sea consistente. Uno no puede violar las premisas que estableció.

‘El cuento de la criada’ sucede en Nueva Inglaterra, pero usted es canadiense. ¿Importa en algo la nacionalidad para un escritor?

Todo el mundo tiene un punto de origen. Venimos de algún lugar, y eso nos afecta. Lo importante es que no nos limite. Borges era argentino, pero ¿eso lo limitó? No me parece. De ser así, solo sería entendido en la Argentina. Pero podrían pensarse muchas categorías para entender a un escritor: ¿canadiense, pequeña, mujer, vieja? (se ríe).

El secuestro de niños en Argentina

En un reciente prólogo de ‘El cuento de la criada’ nombra el secuestro de bebés en Argentina entre los hechos reales que influyeron en la novela.

Sí, por supuesto. No hace falta imaginar la clase de problemas emocionales que conlleva eso: creer que los padres que uno creía eran los suyos no lo son y enterarse de que los verdaderos fueron asesinados. Es algo trágico, pero, si se ve históricamente, Argentina no es una excepción.

PEDRO B. REY
LA NACIÓN (Argentina) - GDA
En Twitter: @LANACION

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