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Las diabluras del lenguaje: del inodoro de don Pedro a la H...

Un viaje por el universo de las palabras extrañas. Haiga, procrastinar y diastema, algunas de ellas.

Las diabluras del lenguaje

A quienes hablamos y escribimos en castellano, no hay nada que nos haga sufrir más que la letra H, esa muda discreta que se nos coló a través del latín.

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JUAN SEBASTIÁN VILLEGAS

09 de mayo 2018 , 10:30 p.m.

Dígame una cosa, y perdone la molestia: ¿por qué en la lengua española se le dice don pedro al inodoro y también al orinal? Mire usted en las que fue a terminar ese pobre Pedro. Sabe Dios quién sería él. Le tengo otra pregunta, si no es mucho abusar de su paciencia: ¿para qué sirve la letra H, si no suena?

Bueno, como usted está diciendo que hoy amanecí demasiado preguntón, entonces déjeme hacerle la última que se me viene a la cabeza: ¿cómo se llama esa parte hundida del brazo, a este lado del codo, donde queda la articulación con el antebrazo?

La culpa no es mía, sino de ustedes, los lectores. Se los voy a explicar. El otro día escribí en estas páginas una crónica sobre la palabra ‘petricor’, que es como se llamaba antiguamente ese olor penetrante y nostálgico que sale de la tierra caliente cuando empieza a caerle la lluvia.

Quién dijo miedo: desde entonces no han dejado de llegarme mensajes, llamadas telefónicas y hasta gritos en las esquinas para que siga buscando curiosidades de la lengua. Ahí sí, como dicen en mi pueblo, se juntaron el hambre y las ganas de comer. Ustedes que lo piden, y a mí que me encanta...

Por eso, ahora quiero invitarlos a que me acompañen en este viaje fascinante por el universo de las palabras extrañas. Ocupen sus sillas. ¿O me van a decir que ustedes saben lo que significa diastema? (Le advierto desde ahora que haiga existe y está en el diccionario).

Don pedro y dompedro

La primera vez que la vi en mi vida fue porque me salió en el crucigrama de una revista española: nombre del orinal o inodoro, de ocho letras. Casi me rompo la cabeza para resolverlo. Me aparecía una m seguida por una p y, por allá al final, una o. Me quedé pasmado cuando logré por fin obtener la respuesta. Decía dompedro.

Salí corriendo en busca del diccionario de la Real Academia Española, que es la autoridad legítima de la lengua, y allí estaba, con todas sus letras: dompedro o don pedro significa orinal en el lenguaje coloquial o informal. La Academia advierte que procede de don, título honorífico, y de Pedro, nombre propio de varón.

Pero no dice cuál es su origen, ni a qué se debe, ni de dónde diablos salió el terminacho, ni a quién se le ocurrió, ni cuál es el motivo para haberle puesto ese nombre. Ni quién era el pobre don Pedro. A ver si alguno de ustedes me ayuda a averiguarlo.

Como si fuera poco, agrega que dompedro es también el nombre de una planta muy bella, originaria del Perú, que tiene una característica realmente poética: sus flores, que son blancas o amarillas, se abren al anochecer, cuando va llegando la sobretarde, y se cierran al amanecer, mientras va saliendo el sol.

El silencio de la H

Fue entonces cuando tuve que hacerme una pregunta forzosa: ¿cómo es posible que reciban el mismo nombre una hermosa flor y un inodoro? Esas son las chifladuras que se le ocurren al lenguaje, las volteretas inesperadas que lo hacen atlético y cautivante.

Seguí buscando en los diccionarios y lexicones más extraños y curiosos. Varios dicen que dompedro no es solo un orinal, sino un sinónimo de inodoro y de un recipiente de porcelana que sirve para orinar o defecar, el mismo que en Colombia recibe también los nombres de bacinilla, mica o bacinica.

La palabra ‘dompedro’ es de reciente ocurrencia, y debe ser del siglo XX, porque no aparece en una edición del diccionario de la Academia, publicado en 1826.

Dejemos a don Pedro en paz y vayamos a otro tema. A quienes hablamos y escribimos en castellano, no hay nada que nos haga sufrir más que la letra H, esa muda discreta que se nos coló a través del latín. Quién no ha visto que, cada vez que alguien está escribiendo alguna cosa en la mesa del comedor, levanta la cabeza y pregunta:

“¿Idiota es con H o sin H?”.

Para empezar, digamos que la H nació en las antiguas lenguas hebreas y fenicias que se hablaban en los tiempos anteriores a Cristo. De ahí es su procedencia. Y en castellano no suena nunca, salvo cuando está precedida por la C y entre las dos forman una CH.

Entre todas las letras de nuestro abecedario, es la única que no representa ningún sonido. Es tan intrusa que terminó sustituyendo a otras letras. Por ejemplo: hace tres o cuatro siglos nuestros antepasados no decían que querían hablar con alguien sino fablar. Y a las muchachas bonitas no se las llamaba hermosas, sino fermosas. Pero apareció la H, de entrometida, y desplazó a la F.

¿Cuántas haches son?

Como si fuera poco con los enredos que forma cuando aparece insonora al comienzo de una palabra, todavía queda un problema peor: el de la H intermedia en numerosas palabras, como ‘zanahoria’, ‘buhardilla’, ‘adhesión’, ‘bahía’.

Ante semejantes complicaciones, desde hace muchos años los hablantes del español, incluyendo eruditos y lingüistas, han hecho incontables peticiones para que desaparezca la H. Entre ellos se puede mencionar a escritores tan célebres como el venezolano Andrés Bello, filósofo y filólogo, que fue profesor de Simón Bolívar, y más recientemente el premio nobel colombiano Gabriel García Márquez.

El problema para eliminarla es que en el idioma español hay más de dos mil doscientas palabras que empiezan por H, y algunas, para completar el enredo, no podrían sobrevivir sin ella porque entonces quedarían iguales a otras palabras que suenan igual pero tienen distinto significado.

De manera que si usted va a bañarse en el mar y ve a un amigo en la playa, le dice “Hola”. Y después se mete en la ola. ¿Ya me entendió?

No dejes para mañana...

La verdad sea dicha, la gente no solo me pide que siga rebuscando curiosidades en los entresijos del lenguaje. También hay muchos lectores amables que me envían sus colaboraciones por internet. Son una auténtica maravilla. Por eso, ahora los invito a que compartamos algunos de sus hallazgos.

Una tarde sabatina, a la salida del cine cultural en que presentan óperas y obras de teatro, un señor me salió al paso para preguntarme si es verdad que en el castellano existe una palabra que sirve para definir la costumbre de estarlo aplazando todo, dejándolo para después, demorando las cosas, atrasándolas.

—Yo oí esa palabra una vez —me dijo, azotando un dedo contra los otros, forzando la memoria—. ¿Cómo es, cómo es? Lo siento, pero ya se me olvidó.

Y se fue, agobiado por la vergüenza. Yo me puse a buscar aquella curiosidad hasta que la encontré. Es el verbo procrastinar, que el diccionario define como diferir o aplazarlo todo de manera permanente. El acto de incurrir en ese hábito se llama “evitación”, andar evitándolo todo.

Para que quede claro, y si ustedes me autorizan, yo puedo definirles el vocablo ‘procrastinar’ de esta manera: significa que no dejes para mañana lo que puedas hacer pasado mañana.

(Perdonen la broma).

Que haiga mil

Entre las que yo mismo voy encontrando en las noches de insomnio, y las que me envía la gente por internet, mi colección de palabras curiosas va creciendo. Ya casi no me cabe en ninguna parte.

Miren esto: la palabra ‘haiga’ existe en castellano, es admitida por la Academia y no significa que sea un error a la hora de decir haya. Según el diccionario de la Academia, es usada especialmente en España y, en sentido irónico, con ella se define a un automóvil muy grande y ostentoso, “generalmente de origen norteamericano”, lleno de adornos y perendengues, con aletas y luces por todas partes. Ni más ni menos, la bendita costumbre europea de creer que todos los gringos son gente de mal gusto.

Ahí les va esta otra curiosidad, para que vean que hasta los números tienen su gracia. Mil es el único número que no tiene O ni E. Pueden contar hasta un millón, si no me creen, o hasta mil millones. Y el cinco tiene cinco letras, lo cual es una coincidencia que no se presenta en ningún otro número.

¿Y qué tal esta? La palabra ‘centrifugados’ es tan larga que tiene trece letras. Pero es tan extraña que, a pesar de su extensión, ninguna letra se repite. Cuéntelas y verá.

El susto del diastema

Otro día hablamos de las maravillas que pueden hacerse con un palíndromo, o de sinécdoques, metonimias y demás diversiones de la lengua castellana, porque ahora debo volver a una palabra que mencioné al comienzo de esta crónica.

Mientras yo estaba sentado en la silla de su consultorio, el doctor Buelvas, mi odontólogo, me dijo que tenía que regresar dentro de dos días, porque era urgente someterme a una revisión de mis diastemas. Y yo, que tenía la boca abierta como un caimán, casi me ahogo del susto. Ni siquiera me atreví a preguntarle qué era eso. ¿Sería una enfermedad mortal? ¿Tendrían que operarme? Llegué volando a mi casa y eché mano de mi hermano querido, el de la Academia.

Allí estaba, en la página 793. Diastema es, sencillamente, la separación que hay entre los dientes. Me volvió el alma al cuerpo.

Epílogo

A propósito de dompedro, una de las palabras más cómicas que he encontrado en mis búsquedas de explorador en la selva tupida del lenguaje es ‘tenesmo’, con la que el diccionario define las ganas constantes de ir al baño. Me parece que sería más graciosa si se llamara tenemos. Ya que tenemos tantas ganas...

Ah, caramba. Me distraje hablándoles a ustedes de la H, de dompedro, de haiga y procrastinar, y se me estaba olvidando que desde el principio les debo una.

Sépanlo: ese hueco que se forma en el brazo, opuesto al lado donde está el codo, también tiene su nombre propio. Se llama sangradura. La palabra se usa igualmente en otros casos. Así se llama también la abertura que se hace para que desagüe un charco. Y, además, sangradura es la chuzada que le pegan a uno en la mano o el brazo para tomarle muestras de sangre o para ponerle un suero.

JUAN GOSSAIN
Especial para EL TIEMPO

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