Música y Libros

Oficios hechos con manos que labran la memoria

Un libro recoge las historias de quienes trabajan la lutería, cestería e hilado, entre otros.

Ana Dolores Russi, tejedora de Barichara

Ana Dolores Russi, tejedora de Barichara, Santander.

Foto:

Andrés Sierra Siegert

17 de diciembre 2017 , 10:40 p.m.

Los oficios manuales se van perdiendo porque el mundo cambia, porque sus hacedores no tienen quién los siga o porque estos desaparecen.

Pero todavía quedan luchadores que guardan en sus manos y en su memoria el oficio que aprendieron de sus ancestros y que les ha dado el sustento para ellos y sus familias.

Las historias de 20 maestros en varios oficios se cuentan en ‘Oficios de manos colombianas’, el libro que se presentó en Expoartesanías, editado por el Ministerio de Cultura, la empresa privada y MNR Comunicaciones y Ediciones.

Los textos son de Alberto Escovar Wilson-White, director de Patrimonio del Ministerio de Cultura; la edición, de María Lía Neira Restrepo; y las fotografías, de Andrés Sierra Siegert.

Allí están las manos del maestro Baudilio Guama, de Buenaventura, con ancestros negros e indígenas y hacedor de marimbas, cununos, bombos y guasás.

Cuenta que, cosa extraña, su padre indígena –no afro– le enseñó a tocar la marimba durante todos los sábados de su infancia. Hoy, él, pensionado, la construye y escoge las mejores chontas para hacer este patrimonio inmaterial de la humanidad.

La memoria del barro está en las manos de Ana Felisa Alquichire, que aprendió de sus papás y estos de sus padres, hasta concluir que la tradición en Barichara, Santander, proviene directo de los indígenas guanes.

En sus mejores días hacía hasta 20 vasijas y ollas en cada jornada, pero el aluminio se instaló para robarle buena parte de su trabajo. Sin embargo, sigue en su labor con algunos objetos que deja pulidos, hermosos y que quien los compra se lleva un poco de su alma.

Y así van pasando las páginas. De ahí que María Lía Neira diga que el trabajo de este libro, producto de la unión de varias entidades y conocedores de estos creadores, como antropólogos y sociólogos, lleva mucho corazón.

“Tal vez nos hubiéramos podido ir por la estética en otro contexto, pero quisimos que esa estética fuera la búsqueda detrás de un oficio y la historia de vida de cada persona. En ver cómo su trabajo ha perdurado gracias a la paciencia, la persistencia y el amor por ese oficio, y a que quieren seguir transmitiendo su legado”, cuenta.

La cestería en el libro tiene dos nombres: Rubiel Velásquez y Wílmar Colorado, quienes cuentan, desde el Quindío, cómo sus canastos fueron imprescindibles para la industria cafetera hasta la década del 80, época en la que llegaron los baldes de plástico para poner en ellos el grano. Aun así, hoy continúan con su labor aunque cada vez es más difícil encontrar buen bejuco.

El tejido, por su parte, tiene un nombre: Ana Dolores Russi, de Sutamarchán, Boyacá, quien “toda su vida se ha dedicado a esta labor, ella esquila, hila y teje. Su oficio enaltece su tierra”, dice Neira.

Hay otros oficios que se ven en el libro, como vidriería, con Alejandro Pachón y su familia, en Bogotá; la construcción en tapia pisada, honrando la tierra, con el sabedor Clímaco Gómez, de Barichara, y la tabaquería, con Luis Rivera y Zoraida Peñuela, en Piedecuesta, Santander.

Y aparecen otros oficios, como la sericultura (cría de gusanos de seda y producción de seda), que realiza Jesús Antonio Marín en Timbío, Cauca; la agricultura sostenible de la Sierra Nevada de Santa Marta, la pesca artesanal en distintas regiones del país y la hilada de fique en Curití, Santander.

El oficio del encuadernador lo representa Nelson Martínez, de Bogotá, mientras que el de la orfebrería está en las manos de Abelino Palacio, en Quibdó, pero también se muestra la orfebrería momposina.

El oficio de la cerámica lo representa Nelson Zuluaga, de El Carmen de Viboral, Antioquia, y la talabartería viene de la mano de Luis Alberto Aguirre, de Medellín.

José María Pupo es el defensor de la herrería –de los pocos que quedan– y tiene su taller en Mompox, y la talla en madera llega desde Timbío, Cauca, con Carlos Ovidio Jiménez.

El bordado no se olvidó y la cartagüeña Cecilia Velásquez es una de sus mejores exponentes y guardianas. La tipografía, en un capítulo llamado ‘Oda a la tinta’, llega con tres bogotanos: Luis Parra, María Eugenia Niño y Héctor Céspedes. La familia Viancha, de Bogotá, tiene la memoria de las baldosas.

Por supuesto que estos hacedores no son los únicos: en todo el territorio hay muchos de ellos a los que también se honra en este libro, aunque sus nombres no aparezcan en los artículos.

“Estos oficios pueden desaparecer y por eso, con este libro, los ponemos en manos de la gente”, dice Neira.

Así, son 258 páginas de memoria, de manos maravillosas que construyen nuestra historia y de fotos que las acercan al lector.

OLGA LUCÍA MARTÍNEZ ANTE
Cultura
olgmar@eltiempo.com

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