Música y Libros

'Canoa': escritos del expresidente Betancur reunidos en un homenaje

Palabras de Carlos Caballero A. sobre amor del autor por el idioma, a propósito de su nuevo libro.

Belisario Betancur

Belisario Betancur, nacido en 1923, fue presidente de la República entre 1982 y 1986.

Foto:

Juan Manuel Vargas / Archivo EL TIEMPO

08 de noviembre 2017 , 10:12 a.m.

¡Qué merecido homenaje al expresidente Belisario Betancur!

Tengo el privilegio enorme de haber cimentado una amistad con el expresidente Betancur en los últimos treinta y más años. Una amistad que me ennoblece, que me ha hecho un mejor ser humano.

Con Diego Pizano Salazar tuvimos la oportunidad y la fortuna en los últimos dos años de entrevistarlo y de repasar con él los momentos decisorios de su vida. Pensamos ahora que es trascendental que los colombianos conozcan ese recorrido vital y, muy especialmente, las nuevas generaciones.

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La vida de Belisario Betancur demuestra lo que la inteligencia, la audacia, la educación y la entrega al conocimiento logran en un individuo. Belisario Betancur es el reflejo vivo de que en Colombia ‘sí se puede’. El lema de su campaña presidencial de 1982 se aplica cabalmente a él mismo. Que ‘se pueda’, sin embargo, requiere atrevimiento, esfuerzo y propósito.

Cuando al expresidente Betancur se le pregunta por qué decidió, recién graduado de abogado en Medellín –ya siendo escritor y conociendo algo de las artes de la política–, venirse para Bogotá, su respuesta lo dice todo: “Para buscar destino”. Betancur buscó destino y lo encontró. Los beneficiarios de ese destino hemos sido todos los colombianos y, como bien lo ilustra el libro que gracias a la Universidad Sergio Arboleda se divulga hoy, los muchos millones de personas que hablamos la lengua española.

Belisario Betancur aprendió a leer a los cuatro años en “el sigilo verde de la cordillera de los Andes”, en donde, como él mismo lo pronunció al recibir el Premio Meléndez Pelayo hace diez años:

“Entré en la lectura, a los cuatro años de edad, guiado por maestros semianalfabetos que entretenían al niño en posadas de arriería a la luz de un candil, mientras mi padre ataba a su hijo a la retranca de la enjalma para trepar por los caminos sinuosos, y cuidaba la mulada y las muchachas de las fondas”.

Al hacerlo, continúa Betancur, “esos versados muleros, faltos de toda ignorancia, como dicen ellos de sí mismos, entretenían al infante, imitando, sin saberlo, la manera como don Quijote le ofrecía al enamorado Cardenio ‘más de 300 libros, que son el regalo de mi alma y el entretenimiento de mi vida’”.

En ese ambiente y con esos profesores –además de misiá Rosario Rivera, en la escuela, aun antes de que le permitieran matricularse por no haber llegado a los siete años–, Betancur comenzó a jugar con las palabras, a sentirlas, a masajearlas, a interesarse por su origen y, como él mismo diría, por su “vecindad con el corazón, las plantas, los planetas y las realizaciones de la creación y de la mente humana”.

Canoa, Belisario Betancur

El libro es una publicación de la Universidad Sergio Arboleda.

Foto:

Universidad Sergio Arboleda

Años más tarde, imagino yo, se regocijaría al encontrar que para su paisano Marco Fidel Suárez –otro Presidente de Colombia antioqueño de origen humilde– las palabras tenían alma y que, “si los pueblos no se acaban sino cuando su lengua se acaba”, era posible decir que “el pensamiento es el alma, la palabra es el hombre y la lengua es la patria”.

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Betancur conoció, muy pequeño, en las faldas de Antioquia, los libros. Nada menos que en aquellos de la Colección Araluce –de los cuales todavía yo guardo algunos tomos– dedicada a la historia, a las humanidades, a la mitología griega. En un decir, a la cultura universal. Allá fue consciente de que leer era el medio para adquirir el conocimiento y para transportarse no solamente al pasado, sino al mundo exterior. Supo que había algo grande allá afuera, lejos de las montañas de Antioquia. Y comenzó a soñar y a elaborar sueños.

Por eso, el expresidente dice que su primer viaje internacional fue a Alemania, soñando que se embarcaba con el café en el río Magdalena, en esos buques de la Naviera Colombiana que llevaban el grano de Puerto Berrío a Europa. Eso fue porque a los siete años se ganó un concurso en la escuela cuyo premio era ir a Puerto Berrío, “con maestro y maestra. Entonces fui a Puerto Berrío, conocí el río Magdalena y los barcos,... Vi que cargaban el café y que el café iba para Alemania. Entonces me embarqué en sueños y fui a Alemania”.

¿Imaginan ustedes al niño Betancur en una casa campesina de tierra cafetera, transportado por la literatura a Roma, a Atenas, a Persia, a Troya y a Constantinopla? ¿Viajando en sueños al exterior? ¿Cómo no comprender, ahora, que ese niño les había tomado ventaja a los de su generación y que se extraviaría en la política y en el gobierno, pero sería ante todo y durante toda su vida un intelectual de la palabra, del idioma y del libro?

Y, viniendo a la segunda mitad de la segunda década del siglo XXI, ¿cómo no convencernos de que la lectura en los primeros años, más que el acceso a los videojuegos y a los teléfonos móviles, es crucial en la formación de los individuos?

La literatura en sus diversas formas y los libros fueron las compañeras de la niñez y la juventud de Belisario Betancur. Lo fueron en el seminario –del cual fue expulsado con justa causa, según él, y porque no había ni la vocación ni la intención de hacerse cura– y en la Pontificia Bolivariana en donde estudió derecho y en donde, gracias a una beca, pasó de dormir en la banca de un parque a hacerlo en la biblioteca de la universidad, que se convirtió en el paraíso para este lector insaciable, ávido de conocimiento, quien así tuvo acceso a miles de libros que se transformaron en sus amigos inseparables del día y de la noche, para el resto de su vida.

No resisto la tentación de reproducir aquí el párrafo sobre los libros que trae la conferencia del expresidente Betancur en la Cátedra Cortázar en Guadalajara, México, en 1988, citando al humanista español Francisco Rodríguez Marín:

“Son los mejores amigos que puede tener el hombre: silenciosos cuando no se los inquiere; elocuentes cuando se les pregunta; sabios como que jamás sin fruto se les pide consejo; fieles, que nunca vendieron un secreto de quien los trata; regocijados con el alegre; piadosos con el dolorido; y tan humildes, que nada piden ni ambicionan, y, por ocupar poco espacio, se dejan estar de canto y estrechos en los estantes”.

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Aunque el mismo Betancur se pregunta con frecuencia si su trayectoria vital es un invento suyo, porque parece no creer en el destino que se forjó, uno entiende, ahora, que nunca dejó de ser un pensador, un periodista, un escritor, un librero y un editor.

Sí. Se extravió en la política porque siempre fue un rebelde. Y qué mejor manera de expresar sus inconformidades que haciendo política para luchar contra las arbitrariedades del dictador, a la cabeza del que él mismo bautizó como el “batallón suicida”; para empeñarse en la conciliación entre liberales y conservadores participando activamente en la construcción y el desarrollo del Frente Nacional; para hacer frente a la pobreza y la desigualdad social en un gobierno lleno de adversidades, y para apoyar, sin restricciones, la búsqueda de la paz entre los colombianos como lo demostró, ejemplarmente, con su respaldo a las conversaciones entre el Gobierno y las Farc en La Habana y al acuerdo firmado entre las dos partes.

Fue un extravío con sentido y justificación, que no persiguió exclusivamente satisfacer el ego, aunque este siempre le dio motivos para ello. Y terminado su tránsito por la política y por el gobierno, regresó a su pasión por el idioma y por los libros. De ahí su comportamiento ejemplar como expresidente de la República en medio de una sociedad con vocación de autodestrucción. Ojalá sus congéneres se comportaran en la actualidad y en el futuro como Betancur lo ha hecho en los treinta y un años que, para fortuna de todos nosotros ha vivido como expresidente de Colombia

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Este libro es el mejor testimonio de esa pasión de Belisario Betancur por el humanismo y por el idioma. Reúne sus escritos y sus conferencias de los últimos años y dibuja muy bien al hombre que los escribió y las dictó, su talante, su personalidad, su historia personal, su profunda cultura y su extraordinaria bonhomía.

Yo gocé la lectura del libro precisamente por retratar maravillosamente a Betancur. Cuando imagino a Cristóbal Colón tocando tierra en el mar Caribe me sonrío con la ocurrencia de Betancur de que “el mundo fue redondo, primero en español”. Como sonreí con la anécdota de los poetas españoles que en los años cincuenta viajaban con Eduardo Carranza de Bogotá a Tunja y pararon en una tienda del camino a tomarse un aguardiente; el tendero captó que los “señores” eran españoles y al preguntársele por qué lo había sabido, contestó: “Pues por el dialecto que hablan”.

Gracias a la Universidad Sergio Arboleda por la publicación de este libro, el cual nos debe profundizar en el corazón el sentimiento de admiración por la figura de ese colombiano ilustre y ejemplar que se llama Belisario Betancur. En mi caso personal, ese fue el propósito que cumplió la lectura del libro: acrecentar la enorme admiración que siento por mi amigo el expresidente Betancur.

CARLOS CABALLERO ARGÁEZ*
Especial para EL TIEMPO
*Palabras pronunciadas durante la entrega de la Orden al Humanista Universidad Sergio Arboleda 2017 y presentación del libro del ex presidente 'Canoa: Cervantes y Don Quijote en las Indias'.

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