Música y Libros

Retrato de un fotógrafo frustrado en una ciudad sin norte

El periodista y escritor Fernando Gómez presentó su nueva novela ‘La soledad del cuarto oscuro’.

Retrato de fotógrafo frustrado en una ciudad sin norte

El periodista palmireño Fernando Gómez Echeverry dirige las revistas ‘Bocas’, ‘Donjuán’ y ‘Habitar’.

Foto:

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

31 de marzo 2017 , 10:50 p.m.

“Mi vida no era nada de lo que me había prometido. No era un fotógrafo de leyenda. Me comparaba con los dioses y mi biografía era un chiste. Margaret Bourke-White había fotografiado los campos de concentración nazis y sus imágenes eran el gran testimonio del Holocausto. Sebastião Salgado había tomado fotos del hambre, el trabajo y la resurrección de la tierra. Robert Capa fotografió la muerte de un soldado republicano, el culo de Hemingway y el desembarco de Normandía.

En los últimos tiempos yo apenas he tomado fotos de mis hijos pequeños, de hadas, princesas, superhéroes y gordos disfrazados de ejecutivos; no tengo la menor intención de morir con las piernas destrozadas por una mina antipersona o de recibir un tiro en la frente y gozar de un funeral heroico. Ese era y es mi dilema. Ya tengo edad para sentir miedo y siempre fui un cobarde”.

Más de 20 años duró armándose en la cabeza del periodista y escritor palmireño Fernando Gómez Echeverry la novela 'La soledad del cuarto oscuro', sobre un fotógrafo, el protagonista, que se encuentra en una crisis porque siente que sus sueños se han visto frustrados.

La idea de la novela la tomó de un colega de EL TIEMPO sede Cali, cuando Gómez comenzaba su carrera periodística, a mediados de los años 90.

“El germen es un fotógrafo que se va a cubrir el accidente en 1995 del avión de American Airlines, un domingo por la noche. En ese tiempo no había Twitter ni redes y el tipo oye la noticia por el radio y se va de inmediato al periódico. Allí no encuentra ni conductor ni periodista y el tipo siente que esa es su cita con la historia y decide coger el Jeep del periódico y arranca para Buga a medianoche y se estrella, sin poder tomar ni una sola foto”, comenta Gómez, director de las revistas Bocas y Donjuán, de esta casa editorial.

La historia impactó al autor en ese momento hasta el punto de convertírsele en una obsesión, pero él era consciente de que no tenía ni el tono ni las herramientas para llevarla al terreno de la narrativa.

Pasaron los años, Gómez guardó esta idea, hasta hace poco, cuando retomó su afición por la fotografía, con el auge del mundo digital, y la historia volvió a golpearle en la ventana.

“Me senté a escribir el cuento que me habían contado y me dio diez páginas no más. Y me pregunté: ¿era esta la famosa novela que yo quería escribir desde hace 20 años?”, recuerda.

En verdad le gustó lo que había escrito. Y mientras continuaba luchando frente a su computador, imprimiendo hojas, tachando y corrigiendo párrafos, se le apareció Peña, otro de los personajes de la novela, que es un detective.

Así lo relató durante la presentación de la novela en días pasado, en la librería Lerner, en el norte de la capital: “Cuando salió ese personaje, sentí que se lo tenía que presentar a mi fotógrafo. En ese momento empezó a crecer la novela y a salir la historia”.

Aquella noche, en diálogo con su colega Marta Orrantia sobre el libro, Gómez reflexionó acerca de la era dorada de la fotografía, cuando la ceremonia del oficio incluía “la soledad del cuarto oscuro”.

“La fotografía, antes de la era digital, tenía algo de magia; los fotógrafos llegaban luego de un día de trabajo con varios rollos en sus bolsillos y no sabían exactamente qué imágenes escondían. No había pantallas que les mostraran sus fotos. El rollo podía estar velado, el instante supremo que creían haber atrapado se podía haber escapado por una fracción de segundo. Y la verdad de la fotografía se definía en el cuarto oscuro. En el momento en que la imagen que habían perseguido aparecía ampliada o aparecía entre líquidos fotográficos. Era el momento de mayor intimidad, felicidad o decepción de un oficio irremediablemente solitario”.

El escritor habla también de ese periodismo de vértigo que se hacía en salas de redacción llenas de humo, al calor de unas copas y con los teléfonos y los radios y televisores sonando por todos lados.


Sus protagonistas se mueven en ese periodo histórico de los años 90, cuando la capital vallecaucana fue marcada por la influencia del narcotráfico.

“Era la realidad sucia de los 90 en Cali, cuando mataban gente y no era noticia, porque era como algo normal. ‘Si lo mataron es porque algo debía’, decía la gente”, cuenta.

Gómez, por esa época, logró conseguir un empleo en la sección Cultura de la redacción de este diario en esa ciudad, donde tenía media página de información diaria sobre el tema.

“Muchas veces el editor, que era Alejandro Moya, me decía: ‘Oiga, ¿ya terminó ahí? Póngase las botas y váyase para Aguablanca a cubrir una inundación’. Y cuando uno volvía, lo mandaban a cubrir otro tema de última hora. Entonces uno terminaba haciendo tres notas diarias”, dice, evocando aquellos tiempos de ejercicio del periodismo de calle.

Orrantia destacó la habilidad de Gómez de mantener una narrativa llena de mucho humor, a pesar del trágico episodio que vive el protagonista, quien mientras se dirige al lugar del accidente del avión de American Airlines, acaba chocando contra un árbol y mordiéndose la lengua.

“El protagonista –dice– tiene dos cosas que me gustan: una es que es muy Hemingway. Recuerda El viejo y el mar, cuando el protagonista consigue el gran pescado y sin embargo se lo terminan comiendo los tiburones; y de todas maneras se siente orgulloso con su esqueleto. Me gustaba ese tipo de heroísmo. Pero Hemingway es muy trágico al mismo tiempo y yo quería que mi personaje se pudiera reír de él mismo”.

Gómez admira de su personaje esa capacidad de levantarse y reírse de sí mismo, a pesar de las adversidades, y como mantiene ese anhelo por hacer la foto que lo llevará a la fama.

En esa línea, Orrantia y Gómez se tomaron unos minutos para hablar de lo efímero o perenne que vienen siendo la fotografía y el periodismo. Gómez salió a la defensa de ambos oficios.

“Quién va a dudar de que 'Frank Sinatra está resfriado', de Talese, es mejor que muchos cuentos. Y una fotografía, por ejemplo, como 'Muerte de un miliciano', de Robert Capa, es una obra clave del siglo XX, que si bien es fotoperiodismo, bien puede estar al lado de Guernica”.

Durante el proceso de escritura de sus libros, el autor confesó que es un obsesivo de la corrección. “Siempre en aras de lograr la fluidez narrativa –dice–. Con esta novela, en particular, que duré un año y medio escribiéndola y otro año corrigiendo, lo que más me importaba era poder contar una historia sin usar capítulos. Y el montaje me costó mucho trabajo”.

Aprovechó para hablar de su metodología de trabajo, poniéndose horarios específicos, que por lo general comienza en las mañanas escribiendo, antes de salir para el periódico. Aprovecha para corregir durante el trancón de regreso a su casa y se sienta en el computador a sacar en limpio el trabajo del día.

“Cuando ya estoy montado en una historia, tengo que escribir todos los días, porque siento que se me pueden escapar los personajes y la trama. Creo mucho en la disciplina a la hora de escribir”, explica.

Para cerrar la charla, Orrantia recordó un momento muy colorido de la novela, cuando el protagonista hace un repaso de su vida, imaginando todo lo que se le quedó pendiente. Uno de esos balances existenciales, por los que tal vez todos los humanos pasan en algún momento de crisis.

“Nunca le conté a nadie en el periódico por qué me iba; dije que quería estudiar inglés en Estados Unidos. (…) Me fui y pasé veinte años pensando en las fotos que nunca tomé, en las fotos que pude haber hecho y en las que hicieron otros. (…) Me hubiera gustado haber estado frente a las Torres Gemelas. Me hubiera gustado vivir la Segunda Guerra Mundial y haber entrado hombro a hombro con Margaret Bourke-White en los campos de concentración y ser uno de los primeros en tomar las fotos del horror. Me hubiera gustado tomar su foto de los nazis suicidas. Me hubiera gustado tomar fotos del Palacio de Justicia en llamas y la foto del tanque de guerra que disparó un cañonazo contra la fachada. Me hubiera gustado…”.

Entonces, la periodista Marta Orrantia aprovechó para lanzarle la pregunta: ¿quién le hubiera gustado ser?

Sin dudarlo un instante, Gómez respondió: “Francis Scott Fitzgerald, que ya es Dios”.

Historia y ficción

Durante la presentación del libro de Gómez se analizó el periodismo como fuente de memoria para los historiadores.

Un asistente le preguntó al autor qué papel podía jugar en ese contexto la ficción en la construcción de memoria.

Gómez recordó que una vez, cuando era estudiante universitario, hizo una dura crítica a los libros de sociología, que molestó a su profesora.

“Yo decía que tanta metodología y tanta cosa en diez o veinte años se moría, por ser trabajos demasiado inmediatos. Mientras que una novela como ‘Por quién doblan las campanas’ es un gran retrato de la Guerra Civil Española. Yo sí creo que las novelas en el siglo XX, si hace un repaso temático, sí son la historia disfrazada de ficción”, comentó el escritor y editor periodístico.

CARLOS RESTREPO
Cultura y Entretenimiento

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