Música y Libros

Una novela que aporta al debate de la sexualidad posmoderna

Armando Silva, semiólogo y columnista, lanza su novela con ‘La mierda y el amor’.

Armando Silva

Armando Silva es Ph. D. en Literatura comparada de la Universidad de California (EE. UU.) con estudios de semiótica y estética en París. Fue alumno, además, de Umberto Eco.

Foto:

César Melgarejo / EL TIEMPO

22 de mayo 2017 , 10:56 a.m.

Como buen observador del simbolismo de la sociedad contemporánea, el filósofo y semiólogo Armando Silva se tomó su tiempo en la escogencia del título de la novela con la que debuta en la narrativa de ficción literaria.

Quería que no solo fuera un reflejo de la trama, sino que debía provocar en el lector algún tipo de reacción desde la misma portada y título. La mierda y el amor. Así, sin tapujos, es el primer disparo directo del autor bogotano al lector desde la misma vitrina o mesa de novedades en las librerías. “Genera curiosidad”, comenta.

Como era de esperarse, si bien Silva le abre la puerta al lector para que ingrese a la historia de amor de Julio Almanza y Anís Strauss –los protagonistas–, también reflexiona sobre una de las temáticas que ha estudiado a lo largo de su extensa carrera ensayística y académica. En esta oportunidad, su personaje masculino se enmarca en letra ‘i’ de la sigla de la comunidad LGBTI.

Almanza es un hombre que pierde el deseo sexual por asuntos físicos, luego de ser sometido a algunas intervenciones. Y en ese proceso se da cuenta de que sufrió bullying y de que fue acosado en su infancia, cuando era muy apuesto. Ahora, a sus 50 años emprende una búsqueda interior que lo llevará a experimentar con las tradiciones místicas de Oriente.

Allí conocerá a Anís, de quien se enamora locamente, aunque ella esté viviendo una especie de proceso de santificación.

“Yo lo que más quisiera es que esta novela contribuya a todas esas situaciones de la sociedad actual. Desde la mala palabra, todo lo que ocultan y la recuperación de sus verdaderos significados, hasta lo que son las zonas sexuales del cuerpo. Es un aporte al debate muy colombiano en este momento de los asuntos de género”, anota Silva, también columnista de este diario.

No obstante ser un canchero en la publicación de libros, desde la academia, el autor dice que con este le ocurrió algo particular. “Me puso tenso. Y, a pesar de que no estoy joven, estoy en una situación casi de novato en la literatura porque uno se expone en carne viva”, comenta.

¿Cómo fue saltar de la academia y la semiología a la narrativa de ficción?

Se piensa que a la persona que se dedica al pensamiento organizado sistemático le es difícil acceder a la ficción. Un colega mexicano me decía que yo me había vengado de las ciencias sociales convirtiéndolas en literatura, porque mi trabajo es sobre las ‘ciudades imaginadas’. Y hoy le encuentro sentido porque los análisis que hago realmente de las ciudades son muy de lo imaginario, de las fantasías de los ciudadanos. Entonces para mí fue más fácil dar el salto.

¿Qué tanto puede impactar en el ser humano la pérdida del sexo?

Es algo muy profundo. Todo el psicoanálisis freudiano está montado sobre el sexo, que es la base del deseo. Indudablemente, el sexo, como lo experimenta Julio Almanza, lo bloquea. Así se lo advierte su médico, que le dice: ‘En la medida en que usted entre en la impotencia, va perder su capacidad de escritura’. Y si bien él podía aceptar perder el sexo, lo que no aceptaba era perder la capacidad de escribir. Total que es cierto. Cuando comenzó internet, la mitad eran usos sexuales, y todavía pasa hoy en día. Buena parte del uso de internet no es solo en la ciencia y la educación, sino en el sexo oculto. El psiquiatra Jacques Lacan explica que el deseo está asociado a los residuos del cuerpo, que es el excremento, la saliva, las lágrimas y que es la misma mirada. En todo eso está asociado el sexo. Los neurocientíficos hoy hablan del hombre que ve y se emociona sexualmente. Y, curiosamente, la mujer que imagina. Porque no es tanto lo visual sino imaginar un futuro alrededor de una persona amada. Y la imaginación sexual de las mujeres es muy poderosa. Solamente ahora se le está dando libertad para que la expresen. Por eso, en la industria sexual hoy en día, los principales consumidores son ellas.

¿Estamos hablando como de un submundo completo?

Claro, es un submundo. Así como se habla, por ejemplo, del mundo profundo de la internet. De alguna manera hay un goce de tener oculto el sexo, pero hay un goce también de poder manifestarlo y de que salga a la superficie en un sentido de transgresión. Porque si lo transexual es transgresión, yo no podía pensar en un título que no fuera transgresor.

En el otro lado de la balanza está presente la idea de santidad, que también pesa en algunas sociedades…

La santidad implica en principio una negación del sexo. De hecho, a los lugares hindúes adonde va la protagonista, su gurú le aconseja eliminar toda fuente de deseo. Y esa es una de las razones por las cuales ella va entrando mucho en su vida espiritual y, a su vez, va abandonando a su compañero. Y Julio, a su vez, en la medida en que se siente abandonado por ella, va perdiendo el sexo. Total que la santidad, el sexo y el amor son ejes que están allí permanentes.

¿Qué le llamaba la atención de hacer un acercamiento literario a la ‘i’ de la comunidad LGBTI?

La neurociencia y, por supuesto, los movimientos sociales hoy han entendido muy bien que ser hombre o mujer no es solamente un asunto genético sino de información cultural. De tal manera que a través de la educación se nos induce a ser hombre y mujer. Por supuesto, el movimiento feminista en los 50, 60 y 70 fue muy importante, hasta que se gastaron esas banderas de transgresión que traía. Pero, ese movimiento no salía de un aprisionamiento de género. En el último feminismo va apareciendo el movimiento gay, que rompe esa hegemonía de masculino y femenino. Y la otra ruptura es lo trans. Y de ese cambio de lo genético a lo nominativo es cuando aparece la ‘i’. En la medida en que en los últimos años empieza a darse toda una experimentación de la sexualidad, sobre todo del género, entonces empiezan a experimentarse nuevas posibilidades, incluso nuevas sensaciones en el cuerpo. Y hay uno que es el ‘indefinido’, que no es una persona que sea homosexual, no es un transgénero, no es exactamente un bisexual. O sea, es aquel que no tiene sexo, pero que podría tenerlo y en cualquier momento ocupar una de esas situaciones de ser hombre, mujer o los otros.


Llama la atención que el protagonista comienza la búsqueda de su sexo en Oriente, en donde se ha explorado mucho el lado femenino de los hombres…

Durante la escritura entrevisté a cinco mujeres lesbianas y les pregunté qué les gustaba de su condición. Prácticamente las cinco me respondieron que la razón por la que se sentían felices con otra mujer es porque no había violencia. Entonces, la mujer a su vez ya está pidiendo otro tipo de hombre. Uno más femenino, que ya se nota hoy en la tranquilidad del uso del arete en ellos, por ejemplo.

¿Cómo fue pasar de lo académico y racional al terreno literario?

Es que a mí me ha pasado el proceso contrario. Poco a poco, de las ciencias sociales y de la filosofía yo me fui saliendo. Entonces me estaba esperando la literatura. De hecho, lo que yo más hago hoy en día es teoría del arte contemporáneo. Todo eso me fue acercando mucho más a la literatura. Yo crecí en un ambiente familiar en el que me acercaron mucho más a la música, a la literatura y a la cocina. Pero, ciertamente, sí es un desafío. Y yo también he estado muy cercano a la fotografía y al cine con Bogotá imaginada y esas series que dirigí.

A propósito de ‘Ciudades imaginadas’, ¿esta novela se nutre mucho de lo urbano?

Sin embargo, yo no diría que es solo una ciudad. Hay momentos en que el protagonista dice, por ejemplo: ‘Mi sexo se está volviendo mental’. En ese sentido de lo imaginado, ocurren muchas cosas en ciudades, pero también ocurren cosas en conventos y lugares místicos. Es un recorrido por muchas ciudades, y cada una le va a aportar algo al protagonista. Por ejemplo, Bangkok tiene toda la idea de la fiesta. Y así le voy dedicando un capítulo a todo lo que pasa en Estambul, en Goa (India), en Nueva York, en São Paulo y en Bogotá. Entonces es el personaje dentro de muchas ciudades.

Usted también pone sobre la mesa el proceso de decadencia sexual de un hombre; algo tan dramático en el imaginario masculino…

Pues, el protagonista quiere estar con su novia y hay un momento en que ella lo rechaza porque su miembro ya no le funciona. Entonces, el libro sí es una indagación a la sexualidad femenina y masculina, pero en especial a esta última. Porque aquí, por el machismo –aunque esta palabra es tan vaga–, el hombre no puede dejar de tener una erección. Y, por eso, la llegada del viagra refuerza la idea de que “el hombre tiene que morir con el pene parado”.

Y, entonces, ¿cuál es su propuesta con la novela?

Que hay que aprender de la mujer. En el caso de ellas, por eso se dice que en el amor, el órgano no es tanto la vista. Es un poco sentir el amor del otro. Y, por supuesto, al sexo no se le puede quitar nunca la importancia, pero no estamos hablando del sexo depravador. Porque en la medida en que se rompa esa idea aparecen otras formas de satisfacción sexual. Esto tiene un trasfondo político porque en la medida en que la sociedad dependa menos del pene vamos a ser una sociedad más democrática. La guerra es un asunto de machos agresivos. De armas y de penetraciones. Por eso, esto debe irrigar hasta esos fenómenos políticos del posconflicto.

¿Cómo surgió el título?

El libro se iba a llamar ‘En busca del sexo perdido’. Pero me siento cómodo con La mierda y el amor, que fue el primero que surgió en mi cabeza. Y, luego de una gran discusión con el editor y con otros primeros lectores, me parece que este es el título que acompaña la novela porque la protagonista, Anís Strauss, es una persona muy retenida y tiene una gran dificultad para ir al baño. Y hay un momento estelar en el que luego de varios tratamientos ayurvédicos, ella logra evacuar. Y cuando eso ocurre, su cuerpo y su mente se sienten libres y ella puede amar. En ese momento, el protagonista dice: ‘Qué extraña relación entre la mierda y el amor’. Entonces, asociarlo a algo tan hermoso como es el amor, tanto en el cuerpo como en el imaginario, es algo que va a llevar toda la trama y que nutre a los personajes en todos los sinsabores que tienen ellos como pareja.

'La mierda y el amor'
Armando Silva
Taller de Edición Roca
273 páginas


CARLOS RESTREPO
Cultura y Entretenimiento

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