Música y Libros

La increíble historia del padre de James Bond

Se cumplen 110 años del nacimiento de Ian Fleming, el creador del agente menos secreto del mundo.

Ian Fleming, creador de James Bond

Fleming ocupa el puesto 14 entre los mejores autores británicos de libros publicados desde 1945.

Foto:

Evening Standard/Getty Images - AFP

01 de julio 2018 , 10:03 p.m.

Eran esos tiempos salvajes e ingenuos en que toda la preparación física del héroe antes de emprender una nueva misión consistía en rebajar a la mitad su consumo de 60 cigarrillos diarios; en los que no dudaba a la hora de matar sin compasión a sus enemigos, villanos grotescos cuyos motivos ‘malvados’ jamás eran comprendidos o relativizados; en los que los personajes femeninos cumplían a menudo una función de reclamo erótico y el protagonista también, al recibir desnudo palizas y torturas tremendas a las que a ningún lector se le ocurría buscar un trasfondo freudiano... ¡Unos tiempos en los que el espía proclamaba allá donde iba su nombre real!

El culpable de esas imposibles fantasías heteros masculinas, tremendamente adictivas y trepidantes, fue Ian Fleming, de cuyo nacimiento se celebra el 110.° aniversario. Constantemente cuestionado en vida como autor de calidad (los insultos y menosprecios que recibió de sus colegas coetáneos lo hacían poco menos que el Paulo Coelho del ‘pulp’), paradójicamente casi toda la prensa especializada reconoce hoy su importancia en el desarrollo de la literatura de género negro y espionaje, o de entretenimiento, mientras que su principal fuente de críticas las genera el sexismo asociado a su personaje, especialmente en su paso a esa fórmula de exhibicionismo de chicas Bond que lo popularizó en la gran pantalla.

Pese a ello, la “literatura de quiosco” de Fleming ha vendido más de cien millones de ejemplares en todo el mundo, y su héroe, James Bond, es el más popular y longevo de Hollywood, hito que alberga doble mérito al tratarse de un personaje inglés. Pero ¿quién fue este adinerado mujeriego, fumador empedernido y amante del sadomasoquismo, que dio tumbos por la vida hasta encontrar en la literatura la fuente definitiva de su fama y fortuna?

Del acoso a expulsión escolar

Nacido en Londres el 28 de mayo de 1908, Fleming era nieto de un financiero escocés e hijo de un miembro del Parlamento británico que murió bajo la metralla alemana durante la Gran Guerra. Desde 1914, el muchacho estudió y conoció el acoso escolar en la Durnford School; de esa institución pasó al Eton College, donde solo se destacó como atleta; más tarde ingresó a la escuela militar de Sandhurst: su estilo independiente y alocado no fue bien recibido, y en 1927 lo expulsaron tras contraer gonorrea con una prostituta. Finalizó sus estudios en Austria, en un colegio privado para jóvenes ricos y problemáticos cuyo director había trabajado en el MI-6, el servicio secreto inglés. Allí, Fleming quedaría fascinado con las mujeres judías y disfrutó la disipada moral germánica.

La relación con Evelyn, su madre, era controvertida y dependiente: en 1931, gracias a las influencias de ella, consiguió un puesto de redactor en la agencia de noticias ‘Reuters’. Pero aceptar tales favores implicaba someterse a un férreo control materno, y ese mismo año Evelyn lo obligó a romper con su primera prometida. Fleming tuvo que lamer sus heridas viajando a Moscú como enviado especial. Y, en 1933, casi logró una entrevista personal con Stalin... casi. Como el periodismo tampoco le deparaba ningún éxito reseñable, Fleming se plegó de nuevo a los deseos de Evelyn e incursionó en la tradición banquera familiar, y después como corredor de bolsa: fracasó en ambos ámbitos. Por suerte para él, llegó la guerra.

La forja de un vividor

El clima prebélico que llevó a la Segunda Guerra Mundial sirvió para que Fleming encontrara algo útil que hacer con su vida: en mayo de 1939, de nuevo sin méritos que lo justifiquen, entra como asistente personal de John God-frey, director de Inteligencia Naval. De allí saldrá ascendido a comandante. Con el estallido del conflicto armado, Fleming propone varios planes de espionaje en los que ya demostraba sus dotes para la imaginación y la metáfora: en uno de ellos, el ‘Memorando de la trucha’, compara la lucha contra el adversario con la pesca con mosca. También incluye la idea de plantar un muerto “infiltrado” en el frente enemigo con información falsa (un presunto paracaidista accidentado) para despistar a los alemanes, y sugiere la obtención de un cadáver, de ser posible “fresco”. Su idea no prosperará.

Esto no lo desanimó: su penúltima ‘hazaña’ consistirá en formar una unidad de comandos de inteligencia, la 30.ª Unidad de Asalto, dedicada al robo de documentos sensibles en el frente. Con ella obtuvo varios éxitos pese a su impopularidad entre los propios miembros, quienes no veían con buenos ojos que él los denominara “sus pieles rojas”. También contribuyó a la formación de la Fuerza T, unidad consagrada a escoltar y vigilar tanto documentos como personal en territorio liberado.

Su actividad durante ese período (“no pude haber tenido una guerra más interesante”, llegó a declarar) no solo nutrió de argumentos un montón de sus futuras novelas, por más que la tarea de Fleming discurriera siempre entre despachos; también le ayudó a descubrir Jamaica, donde más tarde instalaría Goldeneye, su residencia de verano, y hasta le proporcionaría una condecoración en Dinamarca por ayudar a oficiales de ese país a escapar a Gran Bretaña tras la ocupación nazi.

Fleming tuvo que lamer sus heridas viajando a Moscú como enviado especial. Y, en 1933, casi logró una entrevista personal con Stalin... casi

El precio de ser un narcisista

El brillo militar no le alcanzó sin su contrapartida trágica: su novia, la modelo Muriel Wright, murió durante uno de los bombardeos a Londres. El suceso lo sorprendió en compañía de su amante, Ann Charteris, y tuvo que viajar por la noche a identificar el cadáver.

Con la vida civil llegó su momento de sentar cabeza: por un lado, se colocó como responsable de coordinaciones extrajeras del poderoso diario ‘The Sunday Times’; por otro, decidió casarse con Ann, mujer de la alta sociedad con quien había mantenido relaciones durante los dos matrimonios de ella con sendos lores y el noviazgo de él con Wright. De hecho, la mansión Goldeneye había sido su nido de adulterio, al calor de los tres meses de vacaciones estivales que Fleming se tomaba del trabajo para pasarlos en Jamaica: Charteris hacía compañía a su amante, de quien ya había alumbrado una hija que murió a las ocho horas de nacer. En Goldeneye fue engendrado otro hijo, Caspar. Y allí también nació James Bond.

Hijo del miedo al compromiso

En el verano de 1952, y para no pensar demasiado en su inminente boda con una Charteris ya encinta (y divorciada), Fleming escribió a mano y en dos meses ‘Casino Royale’, el debut del agente secreto 007. La novela fue publicada en Gran Bretaña en 1953 y obtuvo un éxito instantáneo, dando pie a la tradición adoptada por Fleming de redactar una nueva aventura de James Bond por año, siempre durante los tres meses estivales en Jamaica y a razón de dos mil palabras por día. Sin embargo, no fue hasta 1961 cuando la popularidad de Bond se disparó, convirtiendo a su autor en el más vendido en su género en Estados Unidos. ¿El motivo? El entonces presidente, el demócrata John F. Kennedy, declaró que ‘Desde Rusia con amor’ era uno de sus diez libros favoritos. Con el lanzamiento de su primera adaptación al cine y Sean Connery encarnándolo en ‘Dr. No’ (1962), la universalidad de 007 quedó establecida.

Bond sedujo a millones de lectores con sus novelas, pero no así a la crítica, que las halló terriblemente amorales y de pésimo gusto. Bond resultaba demasiado frío y expeditivo con sus enemigos y, además, no seguía las “buenas costumbres”, al cambiar de amante en cada aventura. Muchos críticos hallaron deplorable la combinación de sexo y violencia, y llegaron a acusar a su autor de sádico. Y tan desencaminados no estaban...

Liberal y sadomasoquista

Fleming y Charteris formaron desde el primer momento una pareja liberal: ella se encamaba en paralelo con el líder del Partido Laborista, el también casado Hugh Gaitskell; él, con quien se cruzara, desde una heredera del petróleo hasta una vecina... Llegó a intentar seducir incluso a Lois Maxwell (‘miss’ Moneypenny de las películas de Bond) delante de su propia esposa. Además, los Fleming compartían fetiches y fantasías que incluían la flagelación.

Fuera del dormitorio, la única relación de fidelidad que Fleming mantuvo fue la del tabaco y la bebida: cada día tomaba una botella de ginebra y fumaba 80 cigarrillos. Nunca renunció a ambos placeres (“prefiero morir de trago que de sed”, bromeaba), ni siquiera después de su primer infarto. En 1956 le llegó el segundo y definitivo.

Su hijo Caspar tenía 12 años. A los 23 se suicidó con una sobredosis. Siete años más tarde, en 1981, murió Ann Charteris. Los restos de los tres reposan juntos.

Actualmente, quien consideraba su obra “novelas de aeropuerto” cuenta con uno en Jamaica que lleva su nombre desde el 2011. La ironía del asunto le hubiera complacido.

Muchos críticos hallaron deplorable la combinación de sexo y violencia, y llegaron a acusar a su autor de sádico. Y tan desencaminados no estaban...

Novelas con Bond y sin él

Tras la muerte de Fleming, otros autores tomaron el relevo: desde el prestigioso Kingsley Amis (‘Colonel Sun’) hasta el más rutinario John Gardner (16 títulos en los ochenta y noventa) y un esforzado Raymond Benson. Hoy se puede escoger entre novelas protagonizadas por el Bond de los años sesenta (‘La esencia del mal’, de Sebastian Faulks, o ‘Forever and a Day’, de Anthony Horowitz, precuela del canon y que aparecerá a finales de este mes) o actualizaciones del personaje a nuestros tiempos, a la manera de los filmes. Por ejemplo, en ‘Carta blanca’ (2011), el autor Jeffery Deaver no logra capturar la esencia de 007, pero a cambio nos regala un villano memorable, versión mejorada de los de Fleming: Severan Hydt, empresario holandés y propietario de Green Way Int., multinacional de reciclaje. Un señor maduro obsesionado con la decadencia y la muerte al extremo de que su pareja es una antigua ‘miss’, hoy septuagenaria...

El mejor Bond en el cine

Resulta fácil imaginar a un adolescente Steven Spielberg atónito ante ‘Operación Trueno’ (1965), el filme de Terence Young cuya espectacular magnitud y sentido de la maravilla el director de E. T. supo recrear en ‘Indiana Jones y el templo de la perdición’ (1984). Su protagonista, Sean Connery, fue el mejor 007; pero Daniel Craig se le acerca en ‘Casino Royale’ (2006), de Martin Campbell, tal vez la mejor película de toda la franquicia Bond en la gran pantalla (y con seguridad, la que posee los mejores créditos).

HERNÁN MIGOYA
EL COMERCIO (Perú) - GDA
En Twitter: @uterope

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