Música y Libros

Kazuo Ishiguro, el premio nobel del retorno a la literatura

Quizás la Academia quiso tranquilizar así a quienes fastidió el año anterior con Dylan.

Ishiguro

El escritor es famoso por textos como 'The Remains of the Day' ('Los restos del día') o 'Never Let Me Go' ('Nunca me abandones').

Foto:

Toby Melville/ REUTERS

05 de octubre 2017 , 11:51 p.m.

De entrada quiero decir que los premios de la Academia Sueca han estado, en general, condicionados por el código de la pertinencia: el Premio Nobel de Física se lo dan a un físico; el de medicina, a un médico; el de literatura, a un escritor, ya sea novelista, poeta, dramaturgo, cuentista o cronista, como ocurrió con el del 2015.

Ahora bien, creo que son los premios Nobel en sí mismos los que han empezado mal, pues sí debió haberse instituido un Nobel para un músico y, desde luego, para un músico de verdad. De modo que si existiera este galardón para la música, la academia se ahorraría polémicas.

En cualquier caso, el Nobel de Literatura siempre es y será el más controversial. Si antes de la noticia me hubieran preguntado por mis candidatos, hubiera respondido que, de un tiempo para acá, he tenido en primera fila a Don de Lillo, a Thomas Coraghesan Boyle, a William Trevor, a Ismael Kadaré, a Yasmina Kasdhra.

Pero tenemos un ganador del que es necesario y justo decir algo. No estaría de más hacer la lista de autores que se han consagrado por escribir un solo libro que está muy lejos de sus otros libros. Ahora se me ocurren algunos como Elias Canetti, con su novela Auto de fe (con la que, por cierto, ganó el Nobel); Malcolm Lowry, con Bajo el volcán, quien no ganó nada… E Ishiguro, con Lo que resta del día, quien acaba de ganarlo.

No tengo la menor duda de que, por esta novela, lo tiene más que merecido. ¿Y por qué me atrevo a decir esto? Porque, precisamente, si bien este Premio ha caído de nuevo sobre un escritor, Ishiguro es uno de esos autores que entienden que sus libros huelen, traspiran y saben a literatura.

Lo que resta del día nos muestra, en pleno siglo XX, y guardando las proporciones, temas aparentemente añejos, anacrónicos, muy británicos, pero que, siento, son prácticas políticas humanas y sociales, que son muy actuales. Esto lo captamos si la leemos con profundidad.

Se trata de la vida de un mayordomo, Stevens, que obedece a una tradición –y un tipo de servidumbre que tuvo en los ingleses, sobre todo en la época victoriana, unos hábitos y códigos demasiado severos–.

Un sistema de pensamiento y moralidad que organizaba su sociedad con la idea de que una cosa es el código y otra, el deseo. Una cultura que exigía la administración de los sentimientos y las pasiones a como diera lugar. Una época que había pasado del amor pasión, de los románticos, al amor por conveniencia, de los victorianos. Un tema que ya habían avizorado escritoras como Jane Austen, las hermanas Brönte, George Eliot…

Y la estadounidense Edith Wharton. Nadie supo mejor que ella describir esa forma de ser, de estar y de sentir, especialmente en su bella novela La edad de la inocencia.

Quizá este haya sido el gran aporte cultural de Freud al siglo XX: enrostrarles a los victorianos, y al resto de la humanidad, que también existen el deseo, los sentimientos y las pasiones. Aunque ya Sófocles, Shakespeare, Cervantes, Hoffman y Poe existían antes del psicoanálisis.

Es el gran atractivo de Lo que resta del día. La vida de un mayordomo (maior-Domus, el jefe mayor de la casa entre la servidumbre). Recordemos que en la servidumbre tradicional, además de servir había que ver, oír y callar. Pero en Stevens su gran misión es la obediencia, la compostura y, sobre todo, creer que lo que más se debe guardar es la dignidad. Stevens ha heredado el oficio de su padre, quien tenía protocolos y rituales arraigados. “Hay que tener en cuenta, además, que mi padre perteneció a una generación anterior de mayordomos”. En mucho tiempo ha vivido en Darlington Hall, la casa que acaba de comprar Mr. Faraday, un ciudadano norteamericano, su nuevo patrón.

La novela tiene el mérito de mostrar una pericia estilística propia de este tipo de libros, en los que lo importante son los pensamientos, las subconversaciones, los recuerdos, en especial los que tienen que ver con su padre y su vida en la casa. También sobre las reflexiones relacionadas con el oficio de la mayordomía.

Hay una anécdota contada por su padre que puede ilustrar la condición a que podría estar sometida este tipo de oficio.

“Una tarde, como era habitual, nuestro hombre entró en el comedor para asegurarse de que todo estaba listo para la cena, y descubrió que debajo de la mesa había un tigre moribundo. El mayordomo abandonó en silencio el comedor, se aseguró de cerrar bien la puerta y se dirigió sin prisas al salón en que su señor tomaba el té con algunos invitados.

Tosiendo educadamente, llamó la atención de su patrón y, acto seguido, acercándosele al oído, susurró: –Discúlpeme, señor, pero creo que hay un tigre en el comedor. ¿Me permite que utilice el rifle?

Según dicen, unos minutos después, el patrón y sus invitados oyeron tres disparos; cuando algo más tarde el mayordomo volvió a aparecer en el salón para rellenar las teteras, el dueño de la casa le preguntó si todo estaba en orden. –Perfectamente, señor. Gracias –replicó–. La cena será servida a la hora habitual, y me complace decirle que no quedará huella alguna de lo ocurrido.

Todo ha sido por su trabajo, su caballerosidad, su represión, si sale de la casa en un viaje es para buscar a una mujer, la antigua ama de llaves, la señora Kenton, no por un asunto de mujeres como le dice su nuevo patrón.

Cuando se está leyendo esta novela, con esa finura estilística impecable, con esas descripciones sensibles de los paisajes, uno siente que está en una mansión atendido por un mayordomo hacendoso, solícito y protector, al tiempo que se observa a un individuo vestido con una diplomática y sutil amargura, un hombre que espera a ver qué le queda del día, un personaje al que se le nota el desgaste espiritual de una vida perdida, gracias a los códigos de lealtad laboral, de responsabilidad incondicional.
Una novela, en el fondo, exquisita y contada por Stevens, pero donde se siente en su voz la sutil pátina de un alma oxidada, vencida y derruida por una vida desperdiciada.

RODRIGO ARGÜELLO
Escritor y experto en autores muy desconocidos.
Acaba de publicar ‘Leer en la oscuridad. La pasión por la lectura en tiempos difíciles’.
Especial para EL TIEMPO

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