Música y Libros

El rey vallenato verseador que no tiene con quien hacer piqueria

Jaime Dangond, rey del 2016, despide un reinado de "dos años", pues en el 2017 hubo ‘Rey de reyes’.

Jaime Dangond Daza, rey vallenato 2016

Jaime Dangond Daza, rey vallenato 2016, se destaca porque es buen verseador, una habilidad necesaria para hacer piquerias (duelos de versos).

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

26 de abril 2018 , 08:14 p.m.

Para Jaime Dangond Daza, su reinado en el vallenato fue de dos años. Porque el año pasado la competencia fue otra, la de ‘Rey de reyes’, contienda que se hacía cada diez años y que eligió a Álvaro López. Así que si alguien despide su reinado en la noche del 30 abril es Dangond, rey vallenato 2016.

Dos años atrás, Dangond, hoy de 36 años, era un aspirante más a la corona, aunque su apellido fuera “sonoro” dentro del mundo vallenato. Pero hasta entonces era tan solo el hermano de Lucas Dangond, el acordeonero de Silvestre.

De hecho, era Lucas el que iba a concursar, pero a última hora no se animó y Jaime, que ya llevaba ocho intentos, se presentó sin muchas esperanzas y ganó la preciosa corona del Festival de la Leyenda Vallenata. Como ventaja tenía el hecho de que nunca se salió de los lineamientos folclóricos —premiados en el Festival—, nunca coqueteó con lo comercial. Él había crecido entre San Diego y Patillal, oyendo las parrandas en las que tocaban y verseaban juglares de la talla de Calixto Ochoa, Colacho Mendoza y Emiliano Zuleta.

Su padre era amigo de todos los baluartes del folclor. Su madre, Palmina Daza, fundó el Festival de Patillal. Tenía que salir músico, aunque estudiara ingeniería química y aunque se especializara en Europa.

De niño contaba chistes. Se aprendió un repertorio para llamar la atención en las parrandas de adultos —los relatos jocosos y de anécdotas forman parte de la tradición—. Y tan pronto algún juglar descuidaba su acordeón, el pequeño Jaime lo agarraba con la intención de hacerlo sonar. A los 11 años ya estaba participando en competencias, en desigualdad de condiciones, con acordeoneros como Sergio Luis Rodríguez, que aunque era menor, tenía más años de práctica.

Mientras que otros de su generación se pasaron a lo comercial como exponentes de la nueva ola, Dangond se quedó con las parrandas. El día que dejó de ser el “hermano de Lucas” para ser el rey vallenato 2016, para muchos era un desconocido. Pero tenía claro que él quería evocar la figura del juglar, aunque no fuera famoso ni vendiera discos comerciales.

A punto de tener un sucesor en el trono vallenato, Dangond hace un recuento de su reinado: “Después de ganar en el festival, tuve el recibimiento de mis dos tierras: San Diego y Patillal. Los primeros días transcurrieron entre entrevistas. Todo el mundo quería saber quién era el rey vallenato. Se dieron cuenta de que era una persona vinculada con la tradición, que canta, versea, compone y compartió con grandes maestros como Escalona, Leandro Díaz”.

Entre los primeros reconocimientos que llegaron está el de la Universidad Industrial de Santander. “Me gradué allí como ingeniero, pero me dieron el grado de licenciado en música honoris causa —cuenta—. El día de la final, antes de presentarme, me preguntaron a quién le dedicaría el triunfo, y dije: “A mi familia, a mi región y a Bucaramanga, porque allí hice mi carrera, llegué y empecé a tocar acordeón por todas partes. No he tocado más en ninguna parte como allí. Luego se presentó lo de la piqueria que intenté con Sammy Ariza...”.

¿Cómo fue esa historia?

Él manifestó su desacuerdo con mi coronación como rey vallenato por redes sociales. Cuando me di cuenta pensé: ‘O le respondo por redes o apelo a mi condición de juglar, porque quiero ser un juglar (que en principio toca, canta, compone y versea)’. Y le hice una canción a Sammy Ariza. Fue noticia en Valledupar, porque se retomaba el estilo de piquerias que tenían el viejo Emiliano Zuleta Baquero y Lorenzo Morales. Y me quedé con las ganas de que me contestara la canción a ver si seguía el duelo de versos.

Eso llamó la atención porque apelaba a métodos de hace cincuenta o sesenta años, en los que alguien decía que Emiliano tocaba mejor que Lorenzo y alguien más decía lo contrario, y empezaba una rencilla que en realidad era sana porque terminaban encontrándose en parranda, y todo el mundo feliz. Quise retomar eso y no quedarme en el comentario de red social. Una canción es la forma de aprovechar un suceso, así me di el gusto de entablar una piqueria, y sigo esperando respuesta.

Su misión, entonces, es rescatar otras tradiciones más allá del acordeón...

Estoy en la tarea de ser acordeonero y cantante, porque esa figura ya no se ve. Está Alfredo Gutiérrez, que toca mejor que cualquiera, pero no es una figura usual. Estamos acostumbrados a ver cantante y acordeonero, y el sueño es que los jóvenes se fijen en una figura que haga ambas cosas y traten de seguirla, porque es propia de la tradición, una forma de rescatar los orígenes.

Generalmente hago una demostración de piqueria de versos, aunque parezca que no. Me toca hacerla solo, aunque a veces hay en el público algún verseador que sube a tarima.

¿Cómo lo ha puesto en marcha?

Me dediqué a presentarme cantando y tocando. Siempre con los cuatro aires. Aparte de las canciones clásicas que conocemos, hacía piqueria, para mostrar al juglar. Siempre canto una canción mía, aunque no sea conocida, dejando en claro que tengo canciones. Lo de los versos se presta para mostrar el repentismo: se saca una frase jocosa, se elogia a las personas, se puede interactuar.

Sin embargo, para versear se necesitan dos...

Generalmente hago una demostración de piqueria de versos, aunque parezca que no. Me toca hacerla solo, aunque a veces hay en el público algún verseador. Hace poco me encontré con un rey de piqueria, en Matildelina. Me subí a hacer mi presentación y cuando empecé a echar versos me dijeron que estaba ahí, y lo invité a subir. Hicimos una buena presentación.

¿Cómo es hacer su propia piqueria?

Hago versos en el contexto: si estoy en una ciudad o un pueblo, me documento sobre lo típico de allá. Eso gusta, así como saludar a las mujeres bonitas y a los parranderos. Es una forma no tan fácil, porque en la piqueria uno propone y el otro responde, y sigue la secuencia. He tratado de hacer una especie de monólogo, porque difícilmente se consigue un verseador en el interior, donde me desenvuelvo.

Quiere ser juglar, ¿qué se necesita para lograrlo en estos tiempos?

Es complicado. Los juglares vivieron en un tiempo en que las noticias viajaban a lomo de mula, de pueblo en pueblo, y ellos cantaban esas noticias. Hacían sus canciones, tenían un amor en cada pueblo, se emparrandaban varios días. Hoy es difícil hacer abstracción de esa situación y tratar de cantar sin nombrar el WhatsApp. Trato de hacer canciones de situaciones generales; por eso, si me encuentro a unos amigos, les hago una canción con el estilo de antes.

Otra de sus tareas fue promover reconocimiento a las figuras del folclor...

Me vinculé con unos amigos, Camilo Quiroz y Ciro Villazón, que hacen parte de la discoteca Matildelina. Ellos siempre han tenido la inquietud por el vallenato tradicional y engrandecer a los juglares. Hicimos varios reconocimientos: un homenaje al Festival Tierra de Compositores, de Patillal, trajimos a los compositores a Bogotá y les hicimos un reconocimiento.

También al Festival de Compositores, de San Juan del Cesar. Vinieron Sergio Moya Molina, Roberto Calderón y otros. Queríamos mostrarle al público quiénes son los forjadores del folclor. Después estuvo el homenaje al maestro Hugues Martínez. También organicé un festival en Bucaramanga, con la UIS; se hizo un concurso de acordeón y de canciones, y conversatorios sobre temas vallenatos.

En este tiempo también grabó sus canciones...

Una sola, Para que no me olvides, un merengue hecho con producción de Carlos Huertas. Quería invitar a los cantantes a grabar más merengue.

Le compuse también una canción a lo que ocurrió con el monumento de la silla de Diomedes en Valledupar y el trato que le daban algunos visitantes. Así que compuse una letra en la que hablaba de Diomedes como una figura del vallenato y exaltaba eso, su obra, su canto, su música; dejaba claro que aunque como persona tuvo sus problemas, debía honrarse su memoria musical y no ir a irrespetar su monumento. La grabé con el teléfono, sin pretensiones, y el alcalde la puso como insignia de la campaña para cuidar la silla de Diomedes.

El vallenato es eso: vivencias, historias, canciones que se hacen no para estar de moda, sino para responder a una situación, es lo que trato de hacer.

LILIANA MARTÍNEZ POLO
EL TIEMPO
Twitter: @Lilangmartin

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